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«Tesoros de la Fe» Nº 162

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El Reinado Social del Corazón de Jesús

Péricles Capanema

LA IDEA DE LA RECONQUISTA, no apenas de las almas, sino de la sociedad entera para Cristo, siempre estuvo presente en la devoción al Sagrado Corazón. De ahí la expresión corriente de Reinado Social del Corazón de Jesús, para significar su dominio sobre los grupos sociales, desde la familia, su célula inicial, hasta el mayor de ellos, el Estado. Es un complemento de su reinado al interior de las conciencias 1.

El Reinado Social del Corazón de Jesús es de fundamental importancia para la salvación de las almas. Sin embargo, su camino no es fácil. Recuerda el Papa Pío XII en la primera encíclica de su pontificado, que este reino está continuamente amenazado por el “nefasto esfuerzo” de aquellos que pretenden arrojar a Cristo fuera de la sociedad humana. De ahí una lucha inevitable entre quien desea su Reinado —única vía de salvación para los hombres— y quien trabaja contra él 2.

Reinado en las almas, condición para el reinado social

El reinado social del Corazón de Jesús no vendrá principalmente de actos públicos y oficiales. Sólo existirá de hecho si antes Él reina en las almas.

Ese reinado del Sagrado Corazón sobre las almas consiste en la práctica de los Mandamientos y en la obediencia a las leyes de la Iglesia. Siendo el reinado sobre las almas el más importante, es también el fundamento sobre el cual descansa el único y legítimo reinado social de Cristo.

Si Nuestro Señor no reinara en los corazones, su imperio en la familia, en las diversas organizaciones y grupos sociales, y hasta en el Estado, será vacío, más aparente que real. Y si Él tuviera efectivamente el gobierno de las almas, de una forma o de otra, acabará reinando en la sociedad. Las personas conformarán sus gustos, sus rechazos, su afectividad, así como actividades e instituciones, a ese amor interno que aspira a conformar todas las cosas a Él. La gran obra del Divino Corazón es cambiar el interior de sus devotos.

Por otro lado, la sociedad existe para el hombre y no el hombre para la sociedad. Las sociedades son pasajeras, aunque necesarias al hombre por disposición divina, para posibilitarle la obtención de sus fines temporales y eternos. Todo cuanto se refiere a la sociedad tiene, de una forma u otra, al hombre como fin.

El propio reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, bajo cierto aspecto, tiene ese objetivo personal: facilitar al hombre la obtención de su destino eterno bienaventurado, así como secundariamente, la consecución de los bienes temporales que necesita en la tierra para buscar la perfección.

De un punto de vista diferente, el Reinado Social de Cristo es un deber de justicia, que proviene de la virtud de la religión. Siendo Dios el Creador, el Salvador tiene el derecho de recibir de sus criaturas ese homenaje. Las consagraciones hechas al Corazón de Jesús, sobre todo en el siglo XIX, eran un reconocimiento público de ello.

La lucha contra los ambientes hostiles a la virtud

En los medios en que se luchaba por el reinado social del Corazón de Jesús, era más fácil sentir los grandes obstáculos para su realización. Y percibir que ciertamente el mayor de ellos eran los ambientes hostiles a la virtud, aunque muchas veces encubiertos por un manto de falsa piedad o de indiferencia.

En tales ambientes la virtud difícilmente florece, pues el hombre, estimulado por su instinto de sociabilidad, procura continuamente vivir en armonía con sus semejantes. Para reaccionar contra las malas tendencias que dominan los medios en que vivimos, necesitamos sujetar enérgicamente nuestras inclinaciones primarias, lo cual es muy penoso, pues buscamos instintivamente conducir nuestro proceder por el de nuestros prójimos. Y por eso nos acostumbramos fácilmente con los ambientes que frecuentamos. Acabamos por juzgar hasta como loables situaciones que merecen serias censuras.

Quien, por ejemplo, vive en una sociedad inmoral y laica, como es el caso de la mayor parte de nuestros contemporáneos, acaba por considerarla normal. Sin embargo, generaciones y generaciones de católicos que vivieron en otra situación, la consideraban una ofensa grave a Dios. Y tenían razón.

Tal vez nada dificulte más la virtud que el respeto humano, esa concesión pusilánime al instinto de sociabilidad. La impresión de que aquellos que nos circundan no comparten nuestros puntos de vista, no aprueban nuestros deseos de bien y de virtud, puede ser devastadora para los buenos propósitos. Sobre todo si esa impresión nos induce a creer que es una opinión generalizada, dominante en el público; o al menos es pregonada por personas que, a cierto título, son nuestros superiores, sea por la edad, por las dotes de la inteligencia o de la cultura, así como por la educación, condición social o patrimonio. Hay gente que va a la guerra más por el temor de ser considerado cobarde por sus compatriotas que por patriotismo o valentía. Teme más ese desdoro, físicamente inofensivo, que las balas enemigas tantas veces mortíferas.

En el orden natural, la gran defensa contra el respeto humano es que haya una opinión pública católica. Ella constituye un estímulo precioso para la práctica de la virtud por el gran público; dado lo duro que es para la generalidad de las personas ir contra las tendencias dominantes en la sociedad.

El reinado social del Corazón de Jesús es ese gobierno de la opinión pública y de las instituciones humanas, de trascendental importancia para la salvación de las almas. Es querer la conformación de todas las esferas de la existencia al Evangelio, desde la familiar hasta la del Estado.

Buscar el reinado del Sagrado Corazón en las almas y en la sociedad es, en suma, un apostolado conjugado y simultáneo en dos frentes, el personal y el social. Los éxitos en uno ayudan a las victorias en el otro; los fracasos en el primero dificultan los pasos en el segundo. Ese deseo supone almas con amplios horizontes, con objetivos que van mucho más allá del círculo de sus intereses personales.

Elevación de miras

Es una actitud normal del devoto del Sagrado Corazón de Jesús querer llevar el Reino de Cristo a todas las esferas de la vida humana. Esto equivale a hacer suyos los más altos intereses de la salvación de las almas. Tal elevación de miras y nobleza de propósitos es un don más del Corazón Divino: facilita la santidad de vida.

Quien se eleva, se destaca. Existe pues en esta devoción, un llamado especial a las élites. Élites sobre todo morales, diseminadas en todas las condiciones sociales, pues esas son las más importantes. Y en medio de ellas, conviene recordarlo, brilla la mayor élite de la humanidad: la cohorte de los santos.

Pero existe también un llamado particular a las élites culturales y sociales, para que hagan fructificar sus talentos para el bien. Al siervo que no los hizo rendir, recuerda el Evangelio, el Señor lo maldijo (cf. Mt 25, 30). El Sagrado Corazón de Jesús vino también a buscar a los “grandes de la tierra”, para emplear aquí la expresión de Santa Margarita María Alacoque, la santa de Paray-le-Monial.

Eso jamás significaría que la devoción al Sagrado Corazón aleje a los pequeñitos. Sería un absurdo, ya que es precisamente la devoción del amor misericordioso y de la confianza.

Además de ello, no podemos olvidar que la Iglesia fue enviada para todos, y sus columnas son simples pescadores. Por fidelidad a Jesucristo, tiene hasta una especial inclinación hacia los pequeñitos, los desvalidos, los perseguidos, los pecadores. Quiere ayudarlos y salvarlos. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos… no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9, 12-13). Pero nadie tuvo mayor nobleza de alma, que aquellos simples pescadores de Galilea.

Élites y restauración social

Especialmente en un punto, las élites, incluso las obreras, tienen condiciones de desempeñar un importante papel, actuando normalmente en su propio medio: luchar por la restauración cristiana de la sociedad temporal y promover así el Reinado Social del Corazón de Jesús. A pesar de la pavorosa corrupción en que está hundida la sociedad actual, aquellos grupos de elección no deberían perder la esperanza, pues su éxito depende no del esfuerzo propio, sino de la gracia que Dios confiere a sus emprendimientos; ni deberían encontrar en la terrible corrupción moral pretextos fáciles para la inacción; antes bien, ver en ella una razón adicional para actividades de restauración. “Deseamos también vivamente que cuantos … combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo —dice Pío XII—, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera” 3.

La condición social de cada persona le impone deberes especiales con relación a la sociedad temporal. Están más obligadas aquellas personas que por su nacimiento o patrimonio, así como por los dones de cultura, talento o educación, tienen en ella particular relevancia.

En otras palabras, las personas de mayor representatividad, en cualquier situación o grupo social, están obligadas a deberes especiales de preservación y perfeccionamiento. En razón de su misión social, tales personas son asistidas por gracias especiales. Pues su acción puede ser un importante factor de perfección, o en sentido contrario, incitar al desorden, es decir, a la disgregación y a la muerte. Un padre de familia virtuoso es una invitación enérgica a la virtud para la familia entera. La acción santa de un rey o de una reina estimula en el reino las fibras del bien. Entre los padres de familia, tenemos el ejemplo del padre de Santa Teresita; y entre los monarcas, podemos recordar el de San Luis IX o el de Santa Isabel de Portugal. Lo contrario también es trágicamente verdadero: ¿cuántos padres de familia de mala conducta descarrían a sus hijos? En una palabra, los grandes responsables por la restauración social son las élites. Y ellas solo estarán a la altura de la tarea si buscan las fuerzas en el Corazón de Jesús.

Basílica del Sagrado Corazón de Jesús de Paray-le-Monial

Restaurarlo todo en Cristo

Un Pontífice santo hizo del deseo de restauración la meta de su pontificado: restauración de las almas, restauración de la sociedad, restauración de todas las cosas en Cristo. Instaurare omnia in Christo, fue el lema del Papa San Pío X (1903-1914).

“La Iglesia —enseñó él— …mientras propaga el reino de Dios en donde antes no se predicó, procura por todos medios el reparar las pérdidas sufridas en el reino ya conquistado.

Restaurarlo todo en Cristo ha sido siempre su lema, y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo... restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, en la forma que hemos explicado, esto es, la civilización cristiana”.

Para esa obra gigantesca, el Santo Pontífice convocó a todos los fieles y, sobre todo, como es natural, a los miembros del clero. Y tuvo palabras particulares para los seglares, al recordar su misión específica en la obra de restaurar la civilización cristiana, que es el Reino de Cristo en la esfera temporal:

“Bien veis, venerables hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos, que precisamente se proponen el reunir y concentrar en uno todas sus fuerzas vivas, para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana: reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad” 4.

Como medio para obtener las gracias para esta restauración, el Papa Pío XII, siguiendo a sus Predecesores, propone la devoción al Sagrado Corazón:

“Con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad divina, en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las naciones” 5.

Notas.-

1. La doctrina sobre el Reinado Social del Corazón de Jesús tiene su expresión más completa en la encíclica Quas Primas, del Papa Pío XI, del 11 de diciembre de 1925.

2. Cf. Encíclica Summi Pontificatus, n. 6 y 15.

3. Pío XII, Encíclica Haurietis Aquas, n. 35.

4. San Pío X, Encíclica Il fermo proposito, n. 6 y 7.

5. Encíclica Haurietis Aquas, n. 36.



  




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