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«Tesoros de la Fe» Nº 177

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San Vicente María Strambi:

Modelo de misionero

Ingresó a la congregación de los pasionistas y fue nombrado obispo de Macerata y Tolentino. Confesor del Papa León XII, ofreció su vida por ese Pontífice. Su fiesta se conmemora el día 24 de setiembre.

PLINIO MARÍA SOLIMEO

Vicente Nació en Cività Vecchia , Italia, el 1º de enero de 1745. Educado cristianamente, se ordenó sacerdote en 1767, siendo designado prefecto y después rector del seminario, a pesar de su corta edad. Deseando dedicarse a la evangelización, en la vida religiosa, dos años después ingresó a la Congregación de la Pasión, fundada poco tiempo antes por san Pablo de la Cruz, quien aún vivía.

En la soledad de los retiros pasionistas, se entregó a la oración y a la mortificación, a fin de prepararse para la vida misionera. San Pablo de la Cruz, reconociendo su virtud, procuró infundirle su espíritu, confiándole el futuro de su congregación. Más tarde, san Vicente se encargará del proceso de beatificación de su fundador, escribiendo su primera biografía.

“Orador por excelencia, dotado de una extraordinaria capacidad de adaptación al auditorio, procuraba no sólo dirigirse a la inteligencia de sus oyentes para instruirlos, sino llegar a lo más íntimo de su corazón y de su voluntad para arrastrarles. Misionero de fama y de extraordinaria eficacia, fue reiteradamente escogido por los romanos pontífices para predicar las misiones en Roma y apaciguar las sediciones y motines populares” . 1 Recorrió la región central de Italia proclamando con fervor y competencia los tesoros que encontramos en Cristo, especialmente su Pasión.

Tal era su fama como predicador, que varias veces fue llamado a predicar retiros espirituales a los miembros del colegio cardenalicio y al alto clero de la Ciudad Eterna.

Misionero y formador de santos

Durante 25 años san Vicente Strambi recorrió gran parte de Italia, aclamado como uno de los mejores predicadores de la península y uno de los más provechosos catequistas de su tiempo.

Era irresistible en el púlpito y convertía los corazones más empedernidos, que después iban a purificarse con él en el tribunal de la penitencia.

El santo sacaba de sus largas y fructíferas meditaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo tema para sus sermones, en que lo transmitía con tanta vida y compunción, que conmovía a su auditorio.

Como confesor, era de una acentuada bondad, acogiendo a los pecadores con la caridad de Cristo, amparándolos, auxiliándolos a que se liberasen del pecado y enmendasen su vida. El confesionario era el complemento del púlpito. En este, movía las almas al arrepentimiento y al deseo de cambiar de vida. En aquel, curaba las llagas de las almas y las incentivaba a ir por el camino de la virtud.

San Vicente Strambi también era un conceptuado director de almas. Algunos de sus dirigidos alcanzaron la santidad, como san Gaspar de Búfalo y la beata Ana María Taigi.

El ardiente misionero completaba también su trabajo de predicación con escritos, donde derramaba toda la doctrina sorbida en los profundos estudios y en la contemplación de las verdades eternas.

Obispo de Macerata y Tolentino

En 1801 el Papa Pío VII lo nombró obispo de Macerata y Tolentino. Por más que el santo pretendió rehusar tal honra, el Sumo Pontífice lo obligó bajo obediencia a aceptarla, afirmando que lo hacía movido por una inspiración celestial.

Catedral de Macerata, en la actualidad

Al asumir la dirección de ambas diócesis, san Vicente tomó como modelos a san Carlos Borromeo y a san Francisco de Sales, el ardor apostólico de uno y la dulzura del otro.

Comenzó sus actividades pastorales con una gran misión, predicada por él mismo. Se puede decir que tal misión fue permanente, sólo interrumpida en el momento en que fue exiliado. Por ese medio, procuraba conocer los problemas de todos sus diocesanos, hasta de las aldeas más distantes, para darles eficaz remedio.

La fuente de donde extraía las energías para su intenso trabajo pastoral era la oración. Empleaba cinco horas diarias rezando y transcurría toda su jornada en la presencia de Dios. “Este contacto ininterrumpido con la Divinidad envolvía su persona y sus actividades como en una atmósfera sobrenatural, imprimiendo a todos sus actos de gobierno un marcado tono de la más alta espiritualidad, a la vez que de la más escrupulosa justicia y exactitud, no buscando jamás otra cosa que la gloria de Dios” . 2

Desvelo por una mejor formación de los seminaristas

Sabiendo que los sacerdotes están llamados a ser la sal de la tierra, tuvo desde el primer instante un particular cuidado por su formación y santificación. Cuidados mayores tuvo con los futuros sacerdotes, los seminaristas. Reformó el edificio del seminario de su diócesis para que atendiera a las necesidades requeridas; modificó su reglamento, excluyendo a todo joven que no diera pruebas cabales de tener verdadera vocación sacerdotal.

Para la formación espiritual de los seminaristas, insistía en dos puntos esenciales: la comunión diaria, en una época en que no había tal costumbre, y la oración mental. Esta era fundamental para la formación del apóstol; y de tal manera, que él mismo tomaba los exámenes no sólo del método de la meditación, sino también de su práctica y de los frutos reales en ella conseguidos. Sin oración mental no hay verdadero sacerdote. Por eso, para auxiliar a sus seminaristas y sacerdotes en la práctica de este indispensable medio de oración, escribió algunas meditaciones sobre los deberes del estado sacerdotal y sobre los novísimos (muerte, juicio, infierno y paraíso).

No debe sorprender que en breve el seminario de san Vicente María se convirtiera en un centro de fervor y de saber, donde reinaba la más perfecta disciplina. Muchos de sus métodos de formación, no usuales hasta entonces, pasaron a ser comunes después en todos los seminarios.

Durante los 22 años de su episcopado, san Vicente Strambi no dejó un día de interesarse por sus seminaristas, tanto por su progreso espiritual como por su bienestar material. Quería, al par de la virtud, sacerdotes preparados, siendo obligatorio el examen para la concesión del uso de órdenes o para escuchar confesiones.

Obispo diligente, pastor de almas

Con tal pastor, es natural que se verificara el progreso espiritual de las ovejas. Bastaba que los diocesanos miraran a su obispo, para que entendieran en qué consiste la práctica de la virtud. Él se esmeraba en su formación religiosa, no solo mediante la predicación, sino también del catecismo para niños y adultos. Redactó un catecismo, para que su enseñanza fuera aún más eficaz en función de su tiempo y de las personas.

Se interesaba también por la juventud universitaria, predicando todos los domingos para los estudiantes de la Universidad de Macerata.

Austero para consigo mismo, era generoso con los necesitados, dándoles no apenas de su sustento personal, sino pidiendo a las personas más ricas donaciones para ese fin. Tenía un don especial para ello y los bolsillos se abrían fácilmente a su pedido. Cuando dejó definitivamente su diócesis, a camino de Roma, dio de limosna su anillo episcopal, el único bien que le quedaba.

Amor al Papado y obediencia a la Santa Sede

Su amor al Papado y su obediencia a la Sede de Roma fueron dos características principales de su actividad episcopal. Cuando hablaba del Primado de Pedro, su elocuencia no conocía límites. Sus escritos sobre la materia son sus mejores trabajos. Fue por esa fidelidad que rehusó el juramento cismático, que Napoleón exigió a los obispos de los Territorios Pontificios conquistados en 1808. Debido a su negativa, san Vicente fue exiliado a Novara y Milán, durante siete años.

Se dedicó entonces a las obras de misericordia y reservó más tiempo para la oración, suplicando a Dios Omnipotente que tuviera misericordia de su Iglesia perseguida. Procuró consolar, con sus cartas, al Pontífice prisionero en Savona, y auxiliarlo con las limosnas que recolectaba para tal fin. Sin embargo, incluso a la distancia, gobernaba su diócesis por medio de vicarios generales, interesándose minuciosamente por ella.

Confesor del Papa, ofrece su vida por él

Con la deposición de Napoleón, en 1814, pudo regresar a su diócesis, donde permaneció hasta 1823. Sintiéndose ya muy mayor, pidió al Papa que le aliviara del peso de aquellas ocupaciones. El Sumo Pontífice, León XII, esta vez consintió, con tal de que fuera a Roma como confesor suyo.

En su nueva residencia, predicó misiones en diversas partes de Roma, siempre con el mismo fruto. Tampoco los pobres fueron olvidados por él.

En la noche del 23 de diciembre de 1823, san Vicente María fue despertado deprisa: el Papa estaba casi agonizando y requería de su presencia. Consoló como pudo al Sumo Pontífice y lo preparó para recibir el viático. Y resolvió pasar el resto de la noche a su lado, rezando con él. Cuando parecía que el moribundo iba a expirar, san Vicente, movido por una inspiración interior, manifestó su deseo de celebrar el Santo Sacrificio. Y allí mismo, al lado del Pontífice agonizante, celebró la Santa Misa por una intención especial, como después se lo comunicó al propio Papa: que Dios aceptara el sacrificio de su vida por la del Sumo Pontífice. Y le confió a León XII que aún viviría cinco años y cuatro meses, pues Dios había aceptado su ofrecimiento.

Y, efectivamente, el día 28, san Vicente Strambi sufrió un ataque de apoplejía, viniendo a fallecer el día primero de enero de 1824, a los 79 años de vida. 

Cuerpo de san Vicente María Strambi que reposa en la catedral de Macerata, Italia

Notas.

1. PAULINO ALONSO BLANCO DE LA DOLOROSA C.P., http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/09/09-24_S_Vicente_Maria_Strambi.htm.
2 . Id., ib.



  




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