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«Tesoros de la Fe» Nº 182

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Beato Esteban Bellesini

Modelo de párroco santo

Beatificado por san Pío X ocho días antes que el santo Cura de Ars, fue el primer párroco en la historia de la Iglesia en ser elevado a la honra de los altares

Plinio María Solimeo

Hijo de José Bellesini, notario de Trento, descendiente de una antigua familia española, y de María Orsola Meichlpeck, de ilustre casa belga, este bienaventurado nació en la ciudad de Trento, en los Alpes de Italia (entonces territorio austríaco), el 25 de noviembre de 1774. Recibió en el bautismo el nombre de Luis.

Alegre, saludable, aplicado, piadoso, Luis pasó su infancia y parte de la adolescencia junto a sus padres, cursando sus estudios en las escuelas locales.

Después, sólo sabemos de él que a los 17 años de edad, logró convencer a su padre de dejarlo entrar en el noviciado agustino del convento de San Marcos, en el cual era superior un tío materno. Cambió entonces su nombre por el de Esteban. De Trento partió al noviciado en Bolonia. Un año después realizó su profesión solemne.

Catequesis y predicación en Trento

Después de una breve estadía en Roma, Esteban retornó a Bolonia, donde estudió filosofía y teología. Allí recibió el subdiaconado.

No obstante, la tormenta revolucionaria que sacudía a Francia penetró en los Estados Pontificios con las tropas de Napoleón. A fines de 1796 fue proclamada la república en Bolonia. Los frailes fueron expulsados y sus bienes confiscados. Esteban Bellesini regresó a su convento en Trento, donde aún reinaba la tranquilidad.

Fue encargado entonces de la sacristía y de la predicación, lo que hacía con unción y celo, siendo sus sermones muy apreciados y concurridos.

Una grave enfermedad lo postró en el lecho en la época de su ordenación; y como él deseaba ardientemente recibirla, estando aún muy débil, en la fecha señalada se hizo llevar en camilla hasta la iglesia para la ceremonia, que tuvo lugar el día 5 de noviembre de 1797.

Como sacerdote, continuó predicando aún con más fruto, atrayendo al público de los alrededores para asistir al catecismo y a sus sermones.

La Revolución, sin embargo, llegó a Trento con la victoria de las armas de Napoleón, y los conventos fueron allí cerrados. Para seguir predicando, el padre Esteban era obligado a prestar un juramento impío, semejante al de la Constitución Civil del Clero, en Francia. Obviamente, se rehusó de modo perentorio a efectuar tal juramento.

Desvelo para salvar a la juventud de la corrupción

Al no poder dedicarse más a la predicación, se volvió entonces hacia la juventud. Obligado a regresar a la casa paterna, que era muy espaciosa, pensó de inmediato en transformarla en una escuela gratuita para jóvenes que habían quedado al margen de los estudios, de todas las clases sociales, principalmente las más pobres.

Declara su hermano Angelo, en el proceso de beatificación: “Habiendo observado el siervo de Dios que, en esos tiempos calamitosos, los políticos se dedicaban a corromper y subvertir a la juventud, y que para ello habían introducido en las escuelas públicas a profesores y maestres sospechosos de pertenecer a la secta masónica, los cuales insinuaban a los escolares sus máximas contra la religión, él, para impedir del mejor modo que podía esa destrucción, empleó toda su actividad, industria y caridad, recogiendo a cuantos niños pudo, de ambos sexos, especialmente de la clase pobre”.

Inicia así su Scola per gente (Escuela para las gentes, como la pasaron a llamar los escolares), donde los alumnos pobres recibían todo, desde libros hasta el pan. Las clases eran separadas para niños y niñas.

La finalidad que el beato se había propuesto al abrir tal escuela, era la de educar cristianamente y en el santo temor de Dios a la juventud. Por eso, además de aprender a leer y escribir, los alumnos recibían también clases de catecismo.

En poco tiempo, pasaron a frecuentar su escuela entre cuatrocientos a quinientos niños.

Esteban Bellesini no era un santo triste. Sus contemporáneos lo describen como “jovial y alegre”, “risueño y apacible”, “siempre lejos de los dos extremos, severidad y condescendencia”. Él no tenía en vista sino la mayor gloria de Dios y el bien material y espiritual de los niños.

En una época convulsionada, con la casa siempre llena hasta de soldados a quien debía alimentar, el beato tenía que desdoblarse y sobre todo confiar mucho en la Providencia Divina, a fin de conseguir los medios necesarios para mantenerla.

Después de la persecución, el reconocimiento de sus virtudes

Las escuelas de la competencia andaban vacías. A raíz de lo cual se inició una campaña de difamación contra el padre Esteban. Lo calumniaban, lo injuriaban cuando atravesaba las calles, llegando a lanzarle piedras. Finalmente lo denunciaron ante las autoridades, pero el gobierno, que conocía bien al padre Bellesini, aprobó y elogió su trabajo. Poco a poco las otras escuelas tuvieron que cerrar, mientras que la del beato quedó como la única escuela comunal en Trento.

En 1812 el gobierno lo nombró director general de todas las escuelas del Trentino, comprendiendo inclusive a las escuelas normales.

El padre Esteban estableció que en cada aula de su escuela hubiese dos libros: un Libro de Oro y un Libro Negro. En el primero, debían ser inscritos los nombres de los alumnos más capaces y más hábiles, pero —detalle singular— también el de aquellos que, a pesar de flaquear en el estudio, “por su diligencia y fatiga, hicieron todo lo que podían”, pues tanto unos cuanto otros demostraban una conducta ejemplar. Y por eso merecían ser honrados.

En el Libro Negro, debían ser registrados los que tuvieran mala conducta, sobre todo los que proferían palabras indecentes o que robaban algo del vecino. Aquellos que reincidieran en la falta serían expulsados.

Nave central del santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano

Apelo de la vocación de religioso y eximia aceptación

Casi todo corría a satisfacción para el beato Bellesini. Pero no todo. Él había entrado a la Orden de los agustinos deseando, sobre todo, hacerse religioso. Y eso no era posible en Trento, donde el convento de San ­Marcos permanecía cerrado. Supo, sin embargo, que Pío VII había vuelto a Roma y que la mayoría de los religiosos también habían regresado a sus conventos en la Ciudad Eterna. Decidió entonces dirigirse hacia allá, a fin de vivir su vocación como hijo de san Agustín. Para evitar que lo retuvieran, planeó todo en secreto. Cuando llegaron las vacaciones de 1817, partió sin decirle a nadie a dónde viajaría.

Al tomar conocimiento de la “fuga” del beato, el gobierno austríaco, para no perderlo, le prometió cargos honoríficos y altos salarios. Pero el corazón de Esteban ya estaba en otro lugar.

En Roma, en el convento de San Agustín —el principal de la Orden— fue nombrado maestro de novicios, cargo que ejerció también en Città della Pieve, en Umbría y después en el santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano.

Uno de sus novicios declaró: “Era amable con todos; su mansedumbre, su afabilidad y jovialidad, unida a la gracia en el hablar, lo hacían estimado y querido de cuantos a él se aproximaban”.

Y así lo describen en la época: “Es de estatura alta, grave en el comportamiento, ojos negros, bella faz, simpático de fisonomía, con una palidez que dejaba conocer cuan débil era el envoltorio corpóreo en el cual, sin embargo, habitaba tan grande espíritu”.

Junto a la Madre del Buen Consejo

Finalmente, habiendo sido restablecida la vida común en el convento de Genazzano, Esteban Bellesini fue admitido en él. Donde ejerció al mismo tiempo la función de sacristán, demostrando un empeño amoroso por la belleza y decoro del santuario y del culto.

En 1831, a los 57 años de edad, fue nombrado párroco. Como tal, “predica, enseña el catecismo, asiste a los enfermos, visita a las familias, pide ayuda a los amigos de Roma y de Trento para la población pobre, hambrienta, sobrecargada por las tasas y tributos”. Se convirtió en el sustentáculo de la vida común, padre de los pobres y consolador de los afligidos.

Era una escena muy común en la ciudad de Genazzano ver al beato con un haz de leña en las espaldas, dirigiéndose a algún tugurio. Llegaba a dar la propia vestimenta a los desprovistos de fortuna, cuando no tenía otra cosa a mano.

Bellesini redactó un compendio del catecismo, fácil de ser memorizado, con todos los artículos de la fe. Proporcionando junto con la ayuda material, la espiritual.

Devotísimo del Santísimo Sacramento, era frente al tabernáculo que bebía la fuerza necesaria para su apostolado. Su otra tierna devoción era hacia la Madre del Buen Consejo, a quien él recomendaba a todos sus feligreses.

Desenlace del siervo fiel de la Virgen María

El beato Bellesini fue víctima de su caridad con los que habían contraído la peste. Después de una visita a uno de ellos, se sintió extenuado y febril. Pero continuó desempeñando sus funciones hasta una semana antes de entregar a Dios su espíritu.

Cuando, en la tarde del día 2 de febrero, sintió que llegaba el último momento, pidió una vela bendita y quiso ponerse de rodillas, para recitar las últimas oraciones: el rosario, la coronilla de la Madonna della Cintura y la novena de la Purificación. A alguien que le dijo que mejor era que no se fatigara, le respondió: “¡¿Cómo?! ¿Hoy debo presentarme para besar los pies de María Santísima sin haber rezado el rosario, la coronilla y hecho la debida meditación?”

Al canto del Magnificat, entró en agonía y, poco después, comparecía para besar los pies de su augusta Señora. Fue beatificado por san Pío X, el 27 de diciembre de 1904. Su fiesta se celebra el día 3 de febrero.

Urna que contiene el cuerpo incorrupto del beato

 

 Bibliografía.-

* Vico Stella, Una vita per gli altri – Beato Stefano Bellesini, paroco agostiniano, Santuario Madre del Buon Consiglio, Genazzano, Piccole Arti Grafiche, Roma.

 



  




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