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«Tesoros de la Fe» Nº 29 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Simón Stock

Prior General de la Orden del Carmen

Nuestra Señora entrega el Escapulario a San Simón Stock


En una hora de grandes persecuciones contra su Orden, este santo carmelita recibió de la Santísima Virgen el Escapulario símbolo de protección y eterna alianza


Plinio María Solimeo


Simón nació en 1165, en el castillo de Harford, condado de Kent, en Inglaterra, del que su padre era gobernador. Sus padres unieron la virtud a la más alta nobleza. Algunos escritores juzgan que estaban emparentados con la familia real inglesa.

Antes de nacer su madre lo consagró a la Santísima Virgen. En reconocimiento por el feliz parto y para pedir su especial protección, la joven madre antes de amamantarlo, lo ofrecía a la Madre de Dios, rezando de rodillas un Avemaría. Si por distracción se olvidaba de ello, encontraba una resistencia de parte del pequeño Simón, que rechazaba alimentarse hasta que ella rezase esa oración. Cuando la criatura, debido a algún malestar propio de la edad, comenzaba a llorar, bastaba que su madre le mostrase una estampa de la Virgen para que se calmase.

El niño aprendió a leer a muy tierna edad. A ejemplo de sus padres, comenzó a rezar el Pequeño Oficio de la Santísima Virgen, y luego también el Salterio en latín. Aunque aún no conocía la lengua latina, encontraba tanto placer en ello que quedaba extasiado.

Este niño precoz inició a los siete años el estudio de Bellas Artes en el colegio de Oxford, con tanto éxito que sorprendió a sus profesores. Eso hizo con que fuese admitido a la Mesa Eucarística, en un tiempo en que la costumbre era recibir la Sagrada Hostía mucho más tarde. Fue entonces que consagró su virginidad a la Santísima Virgen.

Eremita a los doce años de edad

Perseguido por la envidia de su hermano mayor, y atendiendo a una voz interior que le inspiraba el deseo de abandonar el mundo, dejó el hogar paterno a la edad de doce años, encontrando refugio en un retirado bosque. Prefirió seguir el llamado de Dios que permanecer en la comodidad del hogar.

Un enorme roble cuyo tronco consumido formara una cavidad suficientemente amplia como para colocar una cruz, una imagen de Nuestra Señora y recostarse, le sirvió de oratorio y habitación. Empleaba el tiempo en la contemplación de las cosas divinas, oración y austeridades. Bebía agua de una fuente en las proximidades y se alimentaba de hierbas, raíces y frutos silvestres. De vez en cuando, sin embargo, un misterioso perro le llevaba un pedazo de pan. Evidentemente, como otrora a los solitarios del desierto, el demonio no lo dejaba en paz.

Simón fue entregado por el enemigo de la salvación a las penas del espíritu, a violentos escrúpulos, a crueles remordimientos sobre los peligros de esa vía extraordinaria que él recorre, privado como estaba de la gracia de los sacramentos, desprovisto de todos los medios que la Iglesia concede sin cesar a los fieles, todos los días expuesto a morir en esa terrible soledad, sin socorro ni consolaciones. El ejemplo de tantos ermitaños que Dios condujo en la misma vía reanimaba su confianza,- el recuerdo de las gracias con las cuales el Cielo lo había favorecido, para confirmarlo en su resolución, lo reaseguraba”.1

Y especialmente la protección de Nuestra Señora, a quien fuera consagrado desde el vientre materno, le devolvía la paz. De otro lado, también los ángeles venían a hacerle compañía y lo entretenían en la soledad en que moraba. Así vivió cerca de 20 años.

Mandato para que se uniese a los carmelitas

Nuestra Señora le reveló entonces su deseo que se uniese a ciertos monjes que vendrían a Inglaterra provenientes del Monte Carmelo, en Palestina, “sobre todo porque aquellos religiosos estaban consagrados de un modo especial a la Madre de Dios”. A pesar del gran atractivo que tenía por la soledad, Simón volvió a la casa de sus padres y retomó el curso de sus estudios. Se graduó en teología y recibió las sagradas ordenes. Mientras aguardaba la llegada de los monjes anunciados, el Padre Simón Stock se dedicó a la predicación.

Como Vicario General de la Orden, enfrenta una obstinada persecución

Finalmente dos frailes carmelitas llegaron el año 1213, y él pudo recibir el hábito de la Orden en Aylesford.

El convento carmelita de Aylesford, Kent (Inglaterra), en donde el santo recibió de Nuestra Señora el Escapulario

En 1215, habiendo llegado a oídos de San Brocardo, segundo general del Carmen, la fama de virtudes de Simón, quiso tenerlo como coadjutor en la dirección de la Orden; en 1226, lo nombró Vicario General de todas las provincias europeas.

San Simón tuvo que hacer frente, en esa ocasión, a una verdadera tormenta contra los carmelitas en Europa, suscitada por el demonio a través de personas que se decían celosas por las leyes de la Iglesia. Éstas querían a todo costo suprimir la Orden, bajo pretexto de ser nueva, instituida sin la aprobación de la Iglesia, contrariamente a lo que disponía el IV Concilio de Letrán.

Simón envió delegados al Papa Honorio III, para informarlo de la persecución de que estaban siendo víctimas los carmelitas y pedir su protección. El Soberano Pontífice delegó dos comisarios para examinar la cuestión. Éstos, ganados por los adversarios, opinaron por la supresión de los carmelitas. Pero la Santísima Virgen se apareció a Honorio III, ordenándole que aprobase las Reglas del Carmen, confirmase la Orden y la protegiese contra sus adversarios.2 El Sumo Pontífice lo hizo mediante una bula, en la cual declaró legítima y conforme a los decretos de Letrán la existencia legal de la Orden de los Carmelitas, y la autorizó continuar sus fundaciones en Europa.

Eremita en Oriente y Prior General

San Simón participó del Capítulo General de la Orden en Tierra Santa, en 1237. En ese Capítulo, se trataba de decidir, debido a las continuas persecuciones movidas por los moros, si era el caso de mantener aún los conventos de Tierra Santa. Una ala pretendía permanecer, incluso bajo el riesgo de enfrentarse al rnartirio. Otros, alegando la frase de Nuestro Señor —“cuando os persiguieren en una ciudad, huid hacia otra”— eran partidarios del traslado total a Europa. San Simón Stock era de esta segunda opinión, alegando, además, que no se podía tentar a Dios en esa situación. Pero él mismo no pudo volver inmediatamente a Europa, porque los sarracenos dominaban los mares. Con ello, placenteramente se aisló en una gruta del Monte Carmelo, donde pasó más de seis años en completa soledad, hasta que, sabiendo que algunos cruzados ingleses se preparaban para volver a su tierra, juzgó su deber partir con ellos.

En un nuevo Capítulo, en 1245, fue elegido 6º Prior General de la Orden Carmelita.

Si la bula papal había aplacado momentáneamente el furor de los enemigos del Carmelo, no lo hizo cesar del todo. Después de un periodo de calma, las persecuciones recomenzaron con más intensidad.

Nuestra Señora le concede el Escapulario de la Orden

Abandonado del auxilio humano, San Simón recurría a la Virgen, con toda la amargura de su corazón, pidiendo que fuese propicia a su Orden, tan probada, y que diese una señal de su alianza con ella.

En la mañana del día 16 de julio de 1251, le suplicaba con mayor empeño a la Madre del Carmelo su protección, recitando la bella oración por él compuesta, Flos Carmeli.3

Según el mismo lo relató al padre Pedro Swayngton, su secretario y confesor, de repente “la Virgen se me apareció en gran cortejo, y, teniendo en la mano el hábito de la Orden me dijo: «Recibe, dilectísimo hijo, este escapulario de tu Orden como señal distintiva y la marca del privilegio que yo obtuve para ti y para todos los hijos del Carmelo; es una señal de salvación, una salvaguarda en los peligros, alianza de paz y de una protección sempiterna. Quien muriese revestido con él será preservado del fuego eterno».

Ella me dijo ( ... ) que bastaba enviar una delegación al Papa Inocencio, Vicario de su Hijo, que él no dejaría de mandarme un remedio para nuestros males”.4

La expansíón de la Orden del Carmen

Esa gracia especialísima fue inmediatamente difundida por los lugares donde los carmelitas estaban establecidos, y autenticada por muchos milagros que ocurrían en todas partes, hicieron callar a los adversarios de los Hermanos de la Santísima Virgen del Monte Carmelo.

En Julio de 1951, las reliquias de San Simón Stock fueron llevadas de Aylesford al monasterio carmelita de Burdeos, en Francia, donde murió en 1265

La Orden del Carmen se multiplicó tan prodigiosamente, bajo la dirección de nuestro Santo, que pocos años después de su muerte, cerca delfin del siglo XIII, según la observación de Guillermo, Arzobispo de Tiro, esa Orden contaba ya con más de 500 monasterios o eremitorios, poblados por un gran número de religiosos, que el mismo autor eleva al número de 120 mil”.5

Como General, San Simón procuró propagar por todos los medios la Orden por Europa, prefiriendo fundar casas en ciudades donde había universidades. Fue lo que realizó en Cambridge (1249), Oxford (1253), París (1254) y Bolonia (1260).

San Simón alcanzó una vejez extrema y altísima santidad, obrando innumerables milagros, habiendo también obtenido el don de las lenguas.

A pesar de su edad, viajó por Europa erigiendo incontables monasterios, y se le atribuye también la fundación de las Cofradías del Santo Escapulario.

En fin, ya centenario, al llegar a Burdeos, en Francia, cuando se dirigía a Tolosa para el Capítulo General de la Orden, entregó su alma a Dios, el 16 de mayo de 1265.

De su tumba salieron rayos de luz durante 15 días después de sepultado, lo que llevó a los religiosos a comunicar el portento al Obispo. Éste llegó a su tumba, acompañado del clero y de mucho pueblo. Habiendo constatado el fenómeno, mandó que se abriese el sepulcro, apareciendo el cuerpo del santo emitiendo rayos de luz y exhalando una delicada fragancia.

Alrededor del año 1276, el culto a San Simón Stock fue confirmado para el convento de Burdeos, por la autoridad de la Santa Sede, y poco después para los de toda la Orden carmelitana.     


Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vie de Saints, d'aprés le Pére Giry, par Mgr. Paul Guérin, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. V, p. 585.
2. Cf. Bollandistes, op. cit., p. 588.
3. En latín, dice esta bella oración: ¡Flos carmeli, Vitis florigera, Splendor Coeli, Virgo puerpera, Singularis; Mater mitis, sed viri nescia. Carmelitis da privilegia, Stella maris! — “¡Flor del carmelo, vid floreciente, Esplendor del Cielo, Virgen incomparable, Singular! ¡Oh Madre amable y siempre virgen, dad a los Carmelitas los privilegios de vuestra protección, Estrella del Mar!”
4. Bollandistes, op. cit., p. 592.
5. Id. ib. p. 593.





  




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Nº 203 / Noviembre de 2018

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