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«Tesoros de la Fe» Nº 215

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San José de Pignatelli y Moncayo

Restaurador de la Compañía de Jesús

Plinio María Solimeo

Séptimo de los ocho hijos del príncipe Antonio Pignatelli y de la marquesa Francisca Moncayo, de la rama española de una nobilísima familia del reino de Nápoles, José nació en el palacio de la familia en Zaragoza, España, el 27 de diciembre de 1737.

Al fallecer su madre, cuando él tenía apenas cuatro años de edad, su padre regresó con toda la familia a Nápoles. Allí, su única hija mujer, María Francisca, condesa de la Acerra, cuidó de la educación de José y Nicolás, sus dos hermanos menores. Al fallecer su padre, el mayor de los hermanos, Joaquín, conde de Fuentes, llevó de vuelta a los dos menores a Zaragoza, donde estudiaron en el colegio de los jesuitas. José contrajo allí la tuberculosis, que lo mortificaría la vida entera.

El 8 de mayo de 1753, a los quince años de edad, ingresó en el noviciado de la provincia aragonesa de la Compañía de Jesús, santificada por la presencia de san Pedro Claver, el apóstol de los negros. Insistió en que sea enviado a las misiones entre los indígenas americanos, pero sus deseos no pudieron ser atendidos debido a su delicada salud. Después de dos años de noviciado en Tarragona, de 1753 a 1755, acabó el año de estudios humanísticos en Manresa, y después el trienio de filosofía en Calatayud.

De vuelta al colegio de Zaragoza, terminó sus estudios de teología, siendo ordenando sacerdote en diciembre de 1762. Se dedicó entonces a la enseñanza en el colegio de la ciudad y particularmente al ministerio apostólico, que desempeñó con gran esmero. Visitaba las prisiones, tomando especial cuidado con los condenados a muerte, lo que le valió el epíteto popular de “padre de los ahorcados”. A pesar de tener apenas treinta años de edad, era ampliamente consultado. Desempeñó un papel relevante en la defensa de la Compañía de Jesús, que entonces era objeto de una guerra ignominiosa. En aquel tiempo, su hermano mayor, Joaquín, conde de Fuentes, fue nombrado embajador del rey católico en Francia.

Supresión de la Compañía de Jesús

En 1773, el mismo año en que el Gran Oriente masónico se establecía en Francia, el Papa Clemente XIV disolvió la Compañía de Jesús (Papa Clemente XIV, anónimo – Vaticano)

En la segunda mitad del siglo XVIII, los monarcas europeos presionaron al Papa para que suprimiera la Compañía de Jesús por múltiples razones políticas. En 1767 ella fue abolida en Portugal, Francia, las Dos Sicilias, Parma y España. En 1773, el mismo año en que el Gran Oriente masónico era establecido en Francia, el Papa Clemente XIV la disolvió por completo mediante el breve Dominus ac Redemptor. Federico II de Prusia obtuvo entonces el permiso del Pontífice para que los jesuitas continuaran dirigiendo sus escuelas en el país; lo mismo ocurrió en Rusia, donde prosiguieron su actividad de modo ininterrumpido. A causa de ello, la Compañía de Jesús logró sobrevivir en aquellos dos países.

En 1766, el gobernador de Zaragoza fue culpado por el hambre que asolaba a la ciudad. Enfurecida contra él, la población estuvo a punto de incendiar su palacio. El poder persuasivo del padre Pignatelli sobre el pueblo evitó la calamidad. A pesar de la carta de agradecimiento enviada por el rey Carlos III, los jesuitas fueron acusados de instigar el tumulto. La refutación presentada por el santo no surtió efecto; sobrevino entonces el decreto de expulsión de los jesuitas de Zaragoza del 4 de abril de 1767.

Sin embargo, el conde de Aranda, favorito del rey y defensor de tan radical medida, se ofreció para permitir que Pignatelli y su hermano Nicolás, en su calidad de miembros de la nobleza, permanecieran en el país, si abandonasen la Compañía de Jesús. A pesar de la endeble salud de José, ambos hermanos permanecieron firmes y siguieron el camino del exilio junto a sus hermanos de religión.

Cabe resaltar que durante el período de la supresión de la Compañía, algunos de sus antiguos miembros de gran virtud, como José de Pignatelli en Italia y Pedro José de Clorivière en Francia, se convirtieron en preciosos eslabones entre las dos etapas de la Orden, reagrupando a su alrededor a los religiosos remanentes y guiándolos en medio de las dificultades del momento, como la Revolución Francesa y el advenimiento de Napoleón.

Prohibición del ejercicio del ministerio sacerdotal

Tras su expulsión de Europa, los jesuitas fueron acogidos en Rusia por la emperatriz Catalina, la Grande, en 1773 (Catalina II, anónimo, s. XVIII – Museo del Hermitage, San Petersburgo)

No habiendo permitido el Papa Clemente XIII que los jesuitas de la provincia de Aragón desembarcaran en Civitavecchia, Italia, navegaron hasta la república de Córcega, donde Pignatelli mostró una sorprendente capacidad de organización para la manutención de 600 sacerdotes y seminaristas. Su hermana, la condesa de la Acerra, los ayudó con dinero y provisiones. El santo organizó los estudios, y los jesuitas pudieron mantener sus observancias religiosas regulares.

En 1770, cuando Francia tomó el control de Córcega, los jesuitas fueron obligados a trasladarse a Génova en busca de refugio. Pignatelli encontró después asilo en la legación de Ferrara, tanto para los jesuitas de su provincia como para los que habían sido forzados a regresar de las misiones en América. Sin embargo, con la supresión completa de la Compañía por el Papa Clemente XIV, en agosto de 1773, esa comunidad fue disuelta.

Convertidos en sacerdotes seculares y estando prohibidos de ejercer su ministerio, los hermanos Pignatelli fueron forzados a buscar refugio en Bolonia, donde vivieron en retiro. Se dedicaron al estudio, y José empezó a coleccionar libros y manuscritos sobre la historia de la Compañía. Durante los 24 años siguientes, mantuvo contacto con sus hermanos de religión dispersos en varias partes del mundo.

Restablecimiento de los jesuitas

En 1775, el recién elegido Papa Pío VI concedió el permiso a los jesuitas sobrevivientes para que se reunieran con los miembros de la Compañía de Jesús en funciones en el Imperio ruso. José de Pignatelli intentó unirse a ellos, pero diversos motivos lo obligaron a postergar su partida.

Durante ese lapso, el religioso fue autorizado por Fernando, duque de Parma, a restablecer a los jesuitas en su ducado, del cual los había expulsado en 1768 por presiones de Portugal, Francia y España. Con algunos jesuitas venidos de Rusia y otros que estaban dispersos en varios lugares, esto se concretó recién en 1793.

Ciertamente, un nuevo paso que favoreció la restauración de la orden jesuita, consistió en la apertura de un noviciado autorizado por el Papa en Colorno, en el ducado de Parma, donde el santo fue elegido maestro de novicios.

El 6 de julio de 1797, san José Pignatelli renovó sus votos religiosos. En 1801, Carlos Manuel IV, rey de Cerdeña y duque de Saboya, obtuvo para los jesuitas el derecho de residir en su reino; y al enviudar en febrero de 1815, ingresó al noviciado de la Compañía.

Con la muerte del duque de Parma en 1802, el ducado fue absorbido por Francia. Sin embargo, los jesuitas permanecieron imperturbablemente en él durante dieciocho meses, período en que Pignatelli fue nombrado por el Papa Pío VII superior provincial de los jesuitas en Italia. Después de una larga discusión, obtuvo el permiso para que los jesuitas sirvieran en el reino de Nápoles. La autorización, mediante un breve papal del 30 de julio de 1804, fue mucho más favorable que la concedida en Parma.

Los jesuitas sobrevivientes pidieron entonces ser recibidos nuevamente entre sus hermanos de Nápoles. Pero muchos estaban ocupados en diversos cargos eclesiásticos y se vieron obligados a permanecer en ellos. Fueron abiertos un colegio y escuelas en Sicilia. Cuando esa parte del reino cayó en poder de Napoleón, fue ordenada la dispersión de los jesuitas, aunque el decreto no fue aplicado rigurosamente.

Bula Sollicitudo Omnium Ecclesiarum del Papa Pío VII (1814), para Restablecimiento Perpetuo de la Compañía de Jesús

Fortaleza, confianza y paciencia en la adversidad

Pignatelli fundó facultades en Roma, Tívoli y Orvieto, y los padres jesuitas iban siendo gradualmente solicitados en otras ciudades. Durante el exilio del Papa Pío VII y la ocupación francesa de los Estados Pontificios, la Compañía de Jesús continuó sin ser tocada, en gran parte debido a la prudencia de Pignatelli, que evitó cualquier juramento de lealtad a Napoleón y garantizó la restauración de la sociedad en Cerdeña.

En 1806 se trasladó a Roma, donde preparó sin ruido el renacimiento de la Compañía, ocurrido en 1814 bajo el mismo Pío VII. Pero a esa altura el santo ya había fallecido. El 15 de noviembre de 1811 entregó su alma a Dios, a los 74 años de edad, víctima de una hemorragia a consecuencia de la tuberculosis que padecía. Sus restos mortales descansan en un relicario bajo el altar de la capilla de la Pasión, en la iglesia del Gesù en Roma.

La causa de canonización de Pignatelli fue introducida bajo el pontificado de Gregorio XVI. Fue beatificado el 21 de mayo de 1933 por Pío XI y canonizado por Pío XII el 12 de junio de 1954.

Insigne tanto por el talento cuanto por la cultura sagrada y profana, san José de Pignatelli dio muestras de especiales dones de prudencia y consejo. Cultivó las virtudes religiosas y se distinguió particularmente por la fortaleza, paciencia en la adversidad y por una enorme confianza en Dios. Tal era su liberalidad con los pobres, que muchos juzgaban que el dinero se multiplicaba en sus manos.

Devoto amoroso del Sagrado Corazón de Jesús e hijo fidelísimo de la Madre de Dios, acostumbraba rezar: “Señor, entrego mi pasado a tu misericordia, mi futuro a tu providencia y mi presente a tu amor”.

El Papa Pío XI afirmó que José de Pignatelli fue “el anillo que unió la Compañía de Jesús que había existido antes, con la que empezó a existir nuevamente”.



  




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