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«Tesoros de la Fe» Nº 217

Esplendores de la Cristiandad  [+]  Versión Imprimible
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La catedral sumergida

Gabriel J. Wilson

La misteriosa Bretaña es una de las más interesantes regiones de Francia. Inmensa plataforma que avanza sobre el Atlántico, al sur de Gran Bretaña, ella es azotada por toda clase de vientos y mareas, como también lo fue por invasiones, a lo largo de su historia milenaria.

Los primeros celtas la llamaron Armor – “Tierra orientada hacia el mar”. De ahí el nombre de península Armórica, con que aún hoy se le llama.

En su extremidad sur se formó Cornouaille, nombre que parece venir de la Cornwall británica, la península más occidental de Inglaterra.

Ocupada por galos, romanos, celtas, saqueada sucesivamente por los normandos, Bretaña se constituyó en reino hasta el siglo X, y después en un poderoso ducado, antes de ser incorporada definitivamente a Francia con los matrimonios sucesivos de Ana de Bretaña con Carlos VIII y Luis XII, ambos hijos del astuto Luis XI.

Llena de misterios, es una tierra fértil en leyendas y tradiciones inmemoriales.

Santos, calvarios, menhires, procesiones del perdón… una riqueza de tradiciones y costumbres que hacen de Bretaña una región característica, llena de mitos y leyendas. Tal es el caso del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda.

El Santo Grial de la leyenda habría sido el cáliz usado por Nuestro Señor en la Última Cena.

José de Arimatea, miembro del Sanedrín y discípulo oculto del Divino Maestro, habría traído de Tierra Santa ese cáliz, que contenía algunas gotas de la Preciosísima Sangre de Cristo.

En la península Armórica, el discípulo habría vivido en un bosque para luego desaparecer sin dejar huellas.

*     *     *

Otra leyenda de Bretaña concierne a la ciudad de Ys, o Is, sepultada en el fondo del mar en la bahía de Douarnenez, la “bahía de los muertos”.

Construida en un terreno pantanoso ganado al mar y protegida por un dique, Ys habría sido la capital de Cor­nouaille bajo el rey Gradlon, el Grande, en el siglo VI.

Enormes compuertas permitían evacuar las aguas que venían de los ríos y proteger la ciudad de las mareas altas. El rey guardaba personalmente la llave de las puertas del mar, como eran conocidas las compuertas.

Gradlon tenía una hija llamada Dahut o Ahés. La princesa era conocida en toda la ciudad por sus costumbres disolutas. Gwénolé (o Guenole), un santo monje de la región, venía frecuentemente a Ys y advertía a sus habitantes, pero estos no le daban oídos.

La fuga del rey Gradlon, Evariste Vital Luminales, s. XIX – Museo de Bellas Artes, Quimper

Dios permitió entonces que el demonio se introdujera en el palacio real bajo la forma de un apuesto joven y sedujera a la hija del rey, a quien el príncipe de las tinieblas pidió como prueba de amor que le abriera las comportas que protegían la ciudad. Dahud robó las llaves a su padre cuando este dormía y ejecutó la voluntad diabólica.

Con la marea alta fueron abiertas las esclusas. Las aguas invadieron pronto las calles y las casas de la ciudad, tomando de sorpresa a sus habitantes, la mayoría de los cuales estaban dormidos.

Dios permitió que el rey fuera despertado por Gwénolé algunos instantes antes de la tragedia. El soberano saltó sobre su caballo y huyó precipitadamente, llevando a su hija en la grupa del animal. Sin embargo, mientras el caballo del monje iba rápido como el viento, el de Gradlon se agotaba rápidamente con el peso de la pecadora.

Las olas ya alcanzaban a los fugitivos. Gwénolé ordenó entonces al rey que, si quería salvarse, debía separarse de su hija; Gradlon se rehusó. Las aguas comenzaron a cubrir los cascos del animal.

El santo renovó entonces su orden y, finalmente, el rey obedeció. En el mismo instante, su caballo dio un salto y como que liberado de un gran peso, se disparó (ver ilustración a la izquierda).

Luego el rey y el monje alcanzaron la tierra firme mientras el mar cubría toda la ciudad de Ys, hasta sus más altos monumentos.

Después Gradlon hizo de Quimper su nueva capital y habiendo terminado sus días en penitencia, falleció en olor de santidad.

*     *     *

En su Historia de la Liga de Bretaña, escrita a finales del siglo XVI, cierto canónigo Jean Moreau escribió sobre la bahía de Douarnenez: “Aún hoy en día hay personas antiguas que, mientras pescaban, afirman haber visto a menudo, en las mareas bajas, viejas ruinas de murallas”. Según estos testigos, se trataría de una “gran obra de la que nunca se ha oído hablar”.1

Algunas ruinas parecen indicar construcciones del tiempo de los romanos, que dominaron la región después que los celtas. A su vez, en días de mar tranquilo, pescadores de Douarnenez decían que a menudo oían el sonido de campanas bajo las aguas de la bahía. Y de vez en cuando sus redes o anzuelos atrapaban curiosos objetos.

Estatua de Nuestra Señora de los Náufragos, que domina la bahía

Entre la leyenda y la historia real hay siempre una zona nebulosa, de incertidumbre. El hecho es que Ys se convirtió en la atrayente figura de una bella ciudad sumergida, con una magnífica catedral cuyas campañas tocan al vaivén de las olas… ¡o de los ángeles!

La belleza de esta leyenda estimula la imaginación, al describir a Ys como la más bella capital del mundo de entonces. Más tarde París habría ocupado su lugar.

Un proverbio en bretón dice: “Después de que se inundó la ciudad de Ys / Nada más bello se encontró igual a París”.

Entonces la rueda del destino deberá invertirse, porque otro refrán dice: “Cuando París sea sumergida, / la ciudad de Ys resurgirá”.2

*     *     *

Al tomar conocimiento de una breve narración de esta leyenda, Plinio Corrêa de Oliveira hizo una linda aplicación de ella a la fase de la vida en que la persona aún no perdió su inocencia primaveral.3

Teóricamente, todo católico que sea enteramente fiel a la gracia sobrenatural podría conservar la inocencia hasta el fin de su vida. En realidad, no obstante, la debilidad humana difícilmente lo alcanza.

¡Pero es posible! Muchos santos y santas conservaron la inocencia incluso en medio de los más violentos combates, exteriores o interiores, en el anonimato de una celda de convento como en la vida pública o familiar de un laico. Así, una santa Teresita del Niño Jesús, un san Francisco de Asís y tantos otros.

Muchos conservan esa inocencia en la infancia, a veces hasta en la juventud. La batalla para conservarla se complica cuando comienzan los trastornos causados por el orgullo y por la sensualidad en el tránsito a la vida adulta. Comienzan entonces las dificultades, los dramas, las luchas… ¡las caídas!

Vita hominis super terram militia est – “La vida del hombre sobre la tierra es una lucha” (Job 7, 1), sus días son como los de un mercenario, dice el axioma latino. Y mientras más avanzan los años, tanto más aguda es esa lucha. Es en esta fase que, ¡si uno no resuelve ser santo, puede volverse escéptico, pragmático, materialista, sensual o simplemente perder la fe!

Sin embargo, si conservó un resto de fidelidad a la virtud, de religiosidad, de honestidad, de vergüenza, ¡uno aún podrá ser tocado por el eco de las campanas de una catedral sumergida en nuestro mar interior! Habrán momentos en la vida en que uno tuvo fe, confianza, generosidad, alma para comprender que este mundo no es sino el paso para otro mundo perfecto, maravilloso e ideal. Las infidelidades, pecados y omisiones podrán haber oscurecido la visión maravillosa de la vida eterna, que afirmamos en el Credo. ¡Entonces nos sentimos en un mundo en que nuestra Ys ideal está sepultada en el mar de nuestros crímenes o de nuestra vida banal sin Dios!

Sin embargo, como los pescadores bretones, de vez en cuando oímos el tañer de campanas que de las profundidades nos trae a la memoria el mundo ideal para el cual fuimos creados.

¡Es el llamado de la gracia o de la inocencia! A cualquier edad podemos abrazarla y establecer con ella un connubio para la eternidad. Creo que esta bien puede ser la relación de la legendaria catedral sumergida de Ys con la reconquista de la inocencia, según las consideraciones de Plinio Corrêa de Oliveira.

*     *     *

Antes de concluir, sería necesario disipar algunas posibles confusiones sobre un tema tan delicado. En primer lugar, ¿qué es exactamente la inocencia? ¿Se confunde ella con la virtud de la castidad?

Bajo ciertos aspectos, la castidad puede realmente confundirse con la inocencia. Así es en el niño, que no conoce el mal. Pero ambas son diferentes.

Nocente es lo que causa daño o practica el mal. Pero según la concepción de Plinio Corrêa de Oliveira, in-nocente no es apenas no ser nocivo o no practicar el mal. La persona inocente es la que adhiere a aquel estado original de espíritu, de equilibrio y templanza con que el hombre fue creado, y por eso mismo, se conserva abierto a todas las formas de rectitud y de maravilloso.

Con mayor precisión: “La inocencia es la armonía de todas las cosas o de todas las potencias del alma entre sí. Y que por causa de tal armonía, ella tiene una noción fácil e inmediata de las cosas como ellas deben ser y, por lo tanto, del modelo ideal de todas las cosas”.4 Así, la inocencia es hermana de la castidad, sí, pero es mucho más abarcadora.

¿Cómo readquirirla? Por medio de la práctica de la virtud y por la observancia de los Mandamientos, sin duda. Pero el ser humano es extremadamente débil frente al pecado. Cuando consigue algunas victorias con su propio esfuerzo, fácilmente se engaña con las propias virtudes. Y la falsa virtud puede ser más nociva que el mismo pecado.

Solo existe un medio de recuperar la inocencia de modo seguro: es aferrarse a Aquella que es la inocente por excelencia, porque fue concebida sin pecado original, María Santísima.

Hija del Padre Eterno, Madre de Dios Hijo y Esposa del divino Espíritu Santo, ella nos fue dada como Madre de bondad a quien podemos recurrir en cualquier instante, incluso después de haber cometido los mayores crímenes. La serpiente del orgullo y de la sensualidad, el mayor enemigo de las almas de todos los tiempos, será aplastada por Ella, como lo está prometido en el Apocalipsis.

 

Notas.-

1. Cf. Guide de la Bretagne mystérieuse, Editions Tchou Princesse, 1976, art. Douarnenez.

2. Idem., p. 224.

3. Cf. A inocência primeva e a contemplação sacral do universo, IPCO, Sao Paulo, 2008, Parte I, c. 5, p. 53.

4. Idem., Parte I, c. 2, p. 35.



  




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