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«Tesoros de la Fe» Nº 33 > Tema “Estirpes familiares”

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Estirpes familiares II


Las estirpes familiares, en su conjunto, constituyen y caracterizan una nación. En la medida en que ellas sean despreciadas o debilitadas, la nación pierde su continuidad histórica y se despersonaliza.


En un número anterior (Tesoros de la Fe, julio del 2004) hemos publicado la primera parte de una conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, en la que el insigne líder católico define el concepto de estirpe y resalta la influencia que los ambientes ejercen sobre la familia, para la formación y el desarrollo de la personalidad de sus miembros. Asimismo explica la misión de la familia en el sentido de favorecer el desarrollo de las cualidades de sus miembros y transmitir, por vía de herencia, los caracteres físicos y morales que le son propios.

Hoy publicamos la continuación de esta luminosa conferencia:

Así puede nacer una estirpe: mientras el padre ofrece sus fotografías a eventuales clientes (véase la ventana, arriba a la derecha), los hijos, aún muy pequeños, intentan imitarlo en su oficio.

“Esta transmisión de caracteres físicos y morales es acentuada por el ambiente. Supongamos que yo, que tengo una inclinación natural hacia la abogacía, habiendo sido educado en una familia de abogados, fuese trasplantado artificialmente a una de comerciantes, por ejemplo, que entienden de precios de zapatos, calidad de betunes, tipos de cueros, etc. Yo me habría vuelto un ser medio comprimido. Porque las aptitudes naturales que en mí existen en estado germinativo, habrían quedado sin posibilidad de expandirse.

En el momento en que yo quisiese hacer una articulación de frases bien hecha, una argumentación sutil, no encontraría ni en los betunes ni en los zapatos materia para ello. Y necesitaría conversar e interesarme en los betunes. El resultado es que yo podría, tal vez, hasta volverme un buen comerciante de betunes; pero habría algo de irremediablemente truncado en mi persona. Las fuerzas profundas de mi herencia pedían que yo fuese abogado, intelectual; las circunstancias de la vida habrían aplastado esta llamada de mi ser e impuesto sobre mí una personalidad artificial.

Dado que, por el contrario, fui educado en una familia de abogados, mis inclinaciones naturales tuvieron expansión, y pude realizarme. Todo lo que en mí había en estado germinativo, floreció.

Excepciones que no rompen la regla

En una familia donde existe, pues, herencia de alma, de cuerpo y de atmósfera moral, encontramos todo un ambiente espiritual que acentúa el efecto de la herencia, obligando a la persona a dar de sí todo cuanto tiene.

Pero la herencia es una fuerza llena de misterios. Comporta excepciones, hasta agudas; es propio de ella admitir excepciones, a veces gloriosas inclusive: hay hombres que brillantemente rompen la costra de las disposiciones familiares, para llegar a ser algo mucho más alto. Pero la regla general permanece intacta.

Estos tres elementos —la herencia de cuerpo, de alma y el ambiente moral— completados con otros, como la expresión de la mentalidad de la familia en el modo de ser cortés, en el modo de conversar, de decorar la casa, de cocinar, de tratar los negocios, en la manera incluso de concebir las relaciones afectivas, el matrimonio, el noviazgo, etc., todo este conjunto constituye la tradición que una familia transmite. Y si estas fuerzas pueden ser extraídas, desarrolladas y consolidadas por la familia, ella es capaz de producir esta tradición.

Las raíces de una nación

Denominamos estirpe a una familia que produce una tradición de esta forma: un tipo físico muy continuado, un tipo de constitución psíquica y nerviosa muy definida, un tipo de virtudes, y a veces también de defectos muy definidos, un sistema de vida, un estilo de existencia, todo muy definido.

Estirpe es una familia que carga consigo una gran densidad de tradición, bajo todos estos aspectos, y que constituye un todo homogéneo e igual a sí mismo a través de varios siglos. Los hombres pasan, la estirpe es siempre la misma; como un río, en que el agua pasa, pero él es siempre el mismo.

Esta noción de estirpe requiere ser completada. No hay estirpes solamente en la clase noble, sino en todas las clases sociales. Si la estirpe es el producto del desarrollo de la familia, y si ésta es llamada, por los designios de la Providencia a desarrollarse, entonces deberemos tener series y más series de estirpes en todos los grados de la jerarquía social. Estirpes de panaderos, de príncipes, de recogedores de basura, de joyeros, de cantantes.

El conjunto de estas estirpes es lo que constituye la nación. Y la nación no solamente en el presente, sino la nación como una continuidad histórica, en el pasado, en el presente y en el futuro. El Perú de hoy es el mismo Perú de otrora, porque desciende de las mismas y antiguas estirpes, conservando una identidad de tradición. Sin embargo, a medida que esas estirpes se van descolorando y siendo sustituidas por otras nuevas, sin verdadera tradición, él ya no es más el mismo país.

La desigualdad de cuna

Lo que nació en el feudalismo, tanto en las ciudades como en los campos, fue un conjunto enorme de hombres que formaron estirpes. Este conjunto de estirpes y de organizaciones basadas en estirpes fue lo que propiamente constituyó la Edad Media. Lo que ella tuvo de más intrínseco y arraigado fue esta estructura de estirpes, vivificada por el espíritu de familia.

¿Por qué razón la Revolución universal detesta tal orden de cosas? –Porque ese orden es el menos igualitario de todos. La afirmación de que los hombres no sólo son desiguales después de nacidos, sino que lo son antes mismo de nacer, es abominable para los revolucionarios [ver recuadro abajo].

Según esta concepción, el futuro del individuo por regla general está preestablecido por el aprovechamiento que su libre arbitrio dará, conforme corresponda o no a la gracia de Dios, a las riquezas que la herencia en él depositó. Aunque aproveche mucho, no será más de lo que aquellas riquezas le permitiesen; y ellas son muy desiguales.

Llegamos así a una desigualdad hereditaria, que es lo contrario de lo que la Revolución Francesa afirmara. Ella quiso inculcar la creencia de la igualdad de todos los hombres; ella toleró, por no tener otra solución, la desigualdad basada en el mérito; pero esa tradición —resultado de un conjunto de méritos pasados, que da al hombre una formidable ventaja sobre los demás—, este elemento de desigualdad, ella jamás lo toleraría. La desigualdad fundamental que afirmamos está necesariamente ligada a las estirpes y a la organización de la familia”.     


Principio expuesto por Pío XII refuta
preconcepto revolucionario

Mozart a los 11 años. Su genio lo elevó muy por encima de los demás miembros de una familia musical.

“Las desigualdades sociales, también aquellas que están vinculadas al nacimiento, son inevitables; la benignidad de la Naturaleza y la bendición de Dios sobre la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las igualan. [...]

“Una mente cristianamente instruida y educada no puede considerarlas sino como una disposición de Dios, querida por Él por la misma razón que las desigualdades en el interior de la familia, y destinada, por tanto, a unir más a los hombres entre sí en su viaje de la vida presente hacia la patria del Cielo, ayudándose los unos a los otros del mismo modo que el padre ayuda a la madre y a los hijos.”

* Alocución al Patriciado y a la Nobleza romana, 5 de enero de 1942. Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, Tipografía Políglota Vaticana, vol. II, p. 347. Apud Plinio Corrêa de Oliveira, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Editorial Fernando III el Santo, Madrid, 1993, p. 76.





  




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