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«Tesoros de la Fe» Nº 37 > Tema “Dios”

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¿Qué es la Gracia?

 

PREGUNTA

 

Soy un asiduo lector de los «Tesoros de la Fe». En ellos Ud. responde las preguntas que le formulan los fieles. Por eso, resolví enviarle este mensaje que encierra una vieja duda que tengo con relación a la doctrina católica: ¿qué viene a ser la Gracia?

La Gracia divina es algo que aún no consigo comprender bien, a pesar de tener una vaga noción de lo que es. Pienso que consultarlo con un sacerdote como Ud. me será de gran ayuda.

 

RESPUESTA

 

En vez de atenerme a una respuesta esquemáticamente teológica, que tal vez no fuese comprensible por buena parte de los lectores, procuraré, sin abandonar el rigor doctrinario, resaltar con palabras simples, en cuanto sea posible, el concepto, de modo a hacer sentir al lector el contenido altísimo y la necesidad que tenemos de la Gracia divina (que muy justamente el lector escribe con mayúscula).

La Gracia es una intervención sobrenatural de Dios en nuestra vida, que supera la naturaleza creada del hombre. Según la definición clásica, el hombre es un animal racional, es decir, está compuesto de un cuerpo material y de un alma espiritual, y por eso mismo inmortal, a saber, no se destruye con la muerte, como sucede con los animales irracionales (éstos no tienen un alma espiritual, sino apenas un “principio de vida”, que podría también llamarse “alma”, pero que es meramente corpórea y material, y por lo tanto perecible).

A esta obra prima de la Creación, que es el hombre —hecho a imagen y semejanza del Creador—, Dios quiso elevarlo a un estado sobrenatural, concediéndole algo más de lo que su naturaleza creada estrictamente exigía. Ese algo más es la Gracia divina, que está por encima de la naturaleza creada y hace al hombre participante de la propia naturaleza divina, hijo de Dios (por adopción) y heredero del Cielo. Como se ve, es algo completamente gratuito de parte de Dios, y exactamente por eso se llama Gracia. A esta Gracia los teólogos la denominan gracia santificante, o gracia habitual.

Por la gracia santificante, la Santísima Trinidad habita en nuestra alma, que pasa a ser templo del Espíritu Santo

 

En otras palabras, en su estado de naturaleza pura, el hombre justo que observase la Ley natural —la ley inscrita por Dios en la naturaleza del hombre (p. ej. no matar, etc.)—, al término de su vida terrena merecería apenas una vida feliz en un Paraíso meramente terrestre. Sin embargo, en su infinita misericordia, Dios quiso elevarlo a la participación de su propia naturaleza divina, y por lo tanto hacerlo partícipe de una vida beatífica en el Cielo, en que el hombre vivirá en la contemplación eterna y gozosa de la propia esencia divina. Tal es la gracia santificante que recibimos en el Bautismo, y aumenta con la recepción de los Sacramentos. Y que sólo se pierde por el pecado mortal, pudiendo ser readquirida por medio de una confesión bien hecha.

Por esa gracia, la Santísima Trinidad habita en nuestra alma, que pasa a ser templo del Espíritu Santo. Y a la vida natural de la criatura humana se acrecienta por la gracia una vida sobrenatural, en la cual el hombre se hace apto para practicar actos meritorios para alcanzar el Cielo.

En un texto inédito, titulado Reflexiones para la Sagrada Comunión, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira hace este magnífico comentario: “El fiel católico debe habituarse a estas perspectivas maravillosas de la doctrina de Jesucristo: a ese hecho grandioso y sublime de que lo sobrenatural lo rodea por todos lados, de que él es hijo de Dios, y de que el término normal de todas sus perspectivas es inmenso. En consecuencia, él no puede vivir absorto en la consideración de las cositas menudas de la vida cotidiana, sino, por el contrario, debe tener siempre en vista el gran horizonte que se desvenda en la punta de todas esas realidades”.

Tal es el panorama profundo e inmenso que la Gracia desvenda para el hombre.

No obstante, para vivir sumido en ese panorama el hombre necesita de la ayuda de otro tipo de gracia que los teólogos denominan gracia actual. Ésta es un auxilio sobrenatural con el cual Dios ilumina nuestra inteligencia llevándola a dar una adhesión a la Verdad, y moviendo nuestra voluntad a hacer el bien y evitar el mal —principio primero y supremo de todo orden moral. Sin esta gracia sobrenatural, no conseguimos practicar establemente la ley moral y así salvar nuestra alma.

Por fin, el hombre enfrenta en esta vida dificultades de todo orden, para lo cual requiere constantemente del auxilio de Dios, relativas a bienes terrenos y materiales. Esos auxilios son llamados también gracias en el lenguaje corriente: salud, empleo, dinero, aprobación de exámenes, armonía familiar, etc. Podemos y debemos pedir esas gracias a Dios, con tal que nada tengan contra la Moral católica y nos sean útiles, o convenientes para nuestro provecho espiritual y la mayor gloria de Dios.

Para alcanzar tales gracias, debemos recurrir a la oración y a los Sacramentos, y principalmente a la intercesión de Nuestra Señora y de los santos. Pero esto ya sería materia para varias otras columnas mensuales.     





  




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+1137 Barcelona. Hijo de noble familia nació en Barcelona. Su padre era valido del conde de Barcelona, Ramón Berenguer I. Su madre, Guilia, descendía de la nobleza goda. A los 10 años de edad, entró en el gremio de canónigos de la catedral de Barcelona. Asistió a los concilios de Tolosa, Reims, y al I de Letrán, noveno de los ecuménicos. Enviado por el papa Inocencio II al Concilio de Letrán II, coincidió allí con San Bernardo de Claraval. La elocuencia de sus argumentos consiguió la excomunión del antipapa Anacleto. Se le considera uno de los obispos más eminentes de la Edad Media, con una gran influencia sobre toda la Iglesia latina.








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