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«Tesoros de la Fe» Nº 49 > Tema “Espíritu de familia”

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La santidad de la madre


La oración antes de la comida, Juan Bautista Chardin, 1699-1779. El cuadro resalta la solicitud cariñosa y la piedad maternas.


El papel de la madre de familia para formar a sus hijos en la virtud y en la fidelidad a los principios perennes de la doctrina católica es insustituible y particularmente importante en los tiempos actuales, en que la institución familiar está siendo atacada de modo inclemente.


Superior a la influencia ejercida por la suma de todos los preceptores que alguien pueda tener en su adolescencia, el benéfico influjo representado por las virtudes de una buena madre marca indeleblemente a una persona; ésta será, generalmente, moldeada en gran medida por aquello que recibió de la formación materna.

Cedamos, pues, la pluma a Mons. Henri Delassus.1

*     *     *

“¡Feliz el hombre a quien Dios dio una santa madre!”, exclamó Lamartine. Pese a los desvíos de su imaginación, Lamartine guardó siempre el recuerdo de la educación cristiana que le dio su madre. Dos años antes de su muerte, se arrodilló para recibir la Sagrada Comunión en la misa de Pascua de Resurrección, al lado de su madre. Como dijo Joseph de Maistre: “Si la madre tomó como un deber imprimir profundamente en el alma de su hijo el carácter divino, se puede estar prácticamente seguro que la mano del vicio nunca lo borrará enteramente”.

¡Cuántas otras madres imprimieron profundamente en el alma de sus hijos el respeto, el culto, la adoración de Dios; de ese Dios de quien ellas mismas eran, por la pureza de vida, una imagen viva!

Como madre, la mujer cristiana santifica al hombre-hijo; como hija, edifica al hombre-padre; como hermana, ayuda al hombre-hermano; como esposa, santifica al hombre-marido.

La “raíz” de la santificación

Casi todos los santos hicieron remontar los orígenes de su santidad a su propia madre.

“Quiero hacer de mi hijo un santo” —decía la madre de San Atanasio.

“¡Mil veces gracias, Dios mío, por haberme dado una santa madre!” —exclamó en ocasión de la muerte de Santa Emelia su hijo San Basilio Magno.

“¡Oh, Dios mío! ¡Todo se lo debo a mi madre!”, decía San Agustín.

En reconocimiento por haberlo impregnado tan profundamente con la doctrina de Cristo, San Gregorio Magno mandó pintar a su madre Silvia a su lado, vestida de blanco y con la mitra de los doctores, extendiendo dos de los dedos de la mano derecha como para bendecir, y teniendo en la mano izquierda el libro de los Santos Evangelios bajo la mirada de su hijo.

¿Quién nos dio a San Bernardo y lo hizo tan puro, tan fuerte, tan ardiente en el amor de Dios? Su madre, Aleth.

El mismo Napoleón tuvo que reconocer: “El futuro de un niño es obra de su madre”. Y Daniel Lesueur afirma: “Cuando se es alguien, es muy difícil que eso no se deba a su madre”. “¡Oh padre mío y madre mía, que vivisteis tan modestamente —dijo Pasteur— todo se lo debo a vosotros! Oh mi valerosa madre, que me comunicasteis vuestro entusiasmo. Si siempre asocié la grandeza de la ciencia a la grandeza de la patria, es porque estaba impregnado de los sentimientos que me inspirasteis”. A algunos que lo felicitaban por tener desde la infancia el amor a la vida de piedad, el santo Cura d’Ars les dijo: “Después de Dios, eso se debe a mi madre”.

Casi todos los santos recibieron de sus madres los fundamentos de su santidad.

La “raíz” de grandes personajes...

Se puede decir igualmente que los grandes hombres fueron forjados por sus madres.

El obispo Cartulfo en una carta dirigida a Carlomagno le hace recordar a su madre Bertha y dice: “¡Oh Rey!, si Dios todopoderoso os elevó en honra y gloria por encima de vuestros contemporáneos y de todos vuestros predecesores, eso se lo debéis sobre todo a las virtudes de vuestra madre”.

“Es en el regazo de las madres —dice Joseph de Maistre— que se forma lo que hay de más excelente en el mundo”.

La madre es en el hogar aquella llama resplandeciente de que habla el Evangelio, irradiando sobre todos la luz de la Fe y el ardor de la caridad divina. A ella le compete alimentar en la familia la idea de la soberanía de Dios, nuestro primer principio y nuestro último fin, el amor y reconocimiento que debemos tener por su infinita bondad, el temor de su justicia, el espíritu de religión que nos une a Él, la pureza en las costumbres, la honestidad de los actos y la sinceridad de las palabras, la dedicación y ayuda mutua, el trabajo y la templanza.

¡Cuántas familias llegaron así, por obra de las mujeres, al más alto grado de consideración y prosperidad, y también cuántas familias que decayeron fueron reerguidas por ellas!

En el siglo XVI, Luis de Gonzaga estaba a punto de entrar en quiebra. Su mujer, Enriqueta de Clèves, asume el gobierno de la casa y restablece el orden. Santa Juana de Chantal, a quien el matrimonio unió a una estirpe “con negocios muy enredados”, comenzó a reparar el mal a la mañana siguiente de las nupcias.

...y de hombres de cualquier condición social

“En las familias obreras —dice Agustín Cochin— la figura dominante es la de la mujer, la de la madre; todo depende de su virtud y termina siendo modelado por ella. Al marido le compete el trabajo y las rentas de la casa; a la mujer, los cuidados y la dirección interior; el marido gana, la mujer ahorra; el marido alimenta a los hijos, la mujer los educa; el marido es el jefe de la familia, la mujer es el eslabón que los une; el marido es la honra del hogar, la mujer, su bendición”.

Zuavos Pontificios en Mentana, 3 de noviembre de 1867

Madre católica: “raíz” del heroísmo

Escribe el vizconde de Maumigny: “Le debemos a nuestras madres y hermanas el fondo de honra y dedicación cristiana que es la vida de Francia. Les debemos la fe católica. Discípulas de la Reina de los Apóstoles y de los mártires, las mujeres transmitieron a sus hijos lo que llevaban en el corazón.

“María Santísima, el modelo de las madres, les había enseñado cómo se puede llegar a sacrificar un hijo único por Dios y por la Iglesia. Al oír la narración de esas inmolaciones sublimes 2 Pío IX comentaba: ¡No, la Francia que produjo tales santas no ha de perecer!

“La primera vez que la heroica viuda del gran zuavo Primodan vio al Papa, no le dijo: ¡Santo Padre, devolvedme a mi marido!, más bien: ¡Oh! ¡Decidme que él está en el Cielo! Y cuando [el beato] Pío IX respondió: Ya no rezo por él, ella no preguntó nada más, porque entendió que era viuda de un mártir y eso bastaba.

“En Castelfidardo, los zuavos combatieron bajo la mirada de sus madres, presentes en su pensamiento y bajo los muros del santuario donde la Reina de los Mártires engendró al Rey de los Mártires. Al avanzar contra el enemigo, repetían todos esta frase de uno de ellos: Mi alma a Dios, mi corazón a mi madre y mi cuerpo a Loreto.3 A sus madres y a María Santísima, que a todos inspiraba, revierte la gloria de la batalla. Como otrora los cruzados, y más recientemente los vandeanos, fue en el regazo de sus madres que ellos aprendieron a dar la vida por Dios, por la Iglesia y por la Patria”.     


Notas.-

1. Extractos del libro El espíritu de familia en el hogar, en la sociedad y en el Estado, Mons. Henri Delassus (1836-1921), Colección Talent de Bien Faire, Oporto, 2000, pp. 140-146.
2. Este texto fue redactado en 1862, cuando los zuavos pontificios derramaban su sangre generosamente para defender la Santa Sede.
3. El autor se refiere aquí al Santuario existente en la ciudad italiana de Loreto, donde se encuentra la Santa Casa de Nazaret. Junto a las murallas de esta ciudad se trabó una gran batalla, cuando las tropas de Víctor Manuel de Saboya invadieron los Estados Pontificios.





  




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