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«Tesoros de la Fe» Nº 51 > Tema “Grandes Devociones”

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San José y el ideal de santidad


Plinio Corrêa de Oliveira


San José con el Niño Jesús en la Procesión del Corpus Christi, en el Cusco


La ignorancia religiosa en que vivimos ha producido, entre otros efectos nocivos, el de desvirtuar por completo el significado real de algunas determinaciones de la Iglesia; las cuales mal interpretadas son enteramente estériles de frutos espirituales, pero cuando son bien comprendidas, son fértiles en gracias y provechos de todo orden.

Es lo que se da, por ejemplo, con relación al culto a San José. Propuesto por la Iglesia como modelo de los jefes de familia y de los obreros, y también por el inmenso acervo de virtudes con que fue enriquecido por la gracia, fue modelo ideal de todas las grandes virtudes católicas.

La mayoría de los católicos, sin embargo, no piensa seriamente en escoger a San José como su modelo. De un lado, la inmensa santidad del padre legal de Jesús, a quien la Iglesia rinde el culto de suprema dulía, parece un ideal absolutamente inalcanzable.

De otro lado, la debilidad humana de la que nos sentimos repletos, solicitada por toda suerte de inclinaciones, nos aparta de tal manera de cualquier ideal espiritual, que juzgamos haber hecho ya mucho, cuando nos liberamos del yugo del pecado mortal y venial, y vivimos una vida espiritual estacionaria relativamente suave, pues ésta se limita a la conservación del terreno conquistado, pero enteramente estéril para la Iglesia y para la mayor gloria de Dios.

La Iglesia ciertamente no pretende que sus hijos igualen en gloria y en virtud a aquel que, después de María Santísima, fue el más elevado exponente de virtudes de la humanidad.

Por otro lado, sin embargo, ella no quiere de ningún modo que limitemos nuestros horizontes espirituales a una vida piadosa banal, mezquinada por la errónea ilusión de que sería falta de humildad aspirar a la santidad, que brilló en el genio de Santo Tomás, en la combatividad de San Ignacio, en el recogimiento de Santa Teresa y en la caridad de San Francisco.

La Iglesia desenmascara esa falsa humildad, señalando en ella, o un pretexto artificioso de la cobardía espiritual, o una concepción orgullosa de la virtud, considerada más como fruto del esfuerzo humano que de la misericordia de Dios. Y, al mismo tiempo, ella se sirve del ejemplo de sus grandes santos para “levantar en alto” nuestros corazones, indicándonos que la única preocupación real de esta vida, el único problema verdaderamente importante de nuestra existencia, es la adquisición de aquella perfección espiritual que será el único patrimonio que conservaremos a despecho de las crisis financieras, de las conmociones sociales, y de la fragilidad de las cosas humanas, para finalmente transponer con él los propios umbrales de la eternidad.

De ello es ejemplo destacado el gran San José.

«Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral».

Nacido de una familia ilustre arrastra, no obstante, una existencia oscura que, contrastando con el brillo de su nombre, lo coloca en la más baja capa de la sociedad de su tiempo.

Le faltan las dotes naturales con que los hombres se hacen grandes. No dispone de ejércitos ni de súbditos que lleven lejos la gloria de su nombre. No dispone del dinero con el cual pueda escalar las altas posiciones. Vive humilde y despreciado, a la sombra del Templo majestuoso que edificara David, y en el mismo país en que había reinado la sabiduría de Salomón.

Entre tanto, brilla en él la llama de la caridad. Un intenso amor de Dios, una espiritualidad y una vida interior admirables hacen de su alma objeto de la complacencia de la Santísima Trinidad, y ese hombre humilde es llamado a coparticipar de modo directo en acontecimientos de los cuales derivarían los más notables hechos de la Historia del mundo.

La Redención de la humanidad, que es el hecho central de toda nuestra Historia, determinó la caída del paganismo, el aparecimiento y el triunfo de la Iglesia Católica, la implantación de una civilización basada en concepciones completamente nuevas de la familia, del estado, del individuo y de la Religión, que fueron los hechos iniciales y la causa del gran progreso que hoy admiramos.

La familia pagana, transformada y sobrenaturalizada por el contacto con los Sacramentos de la Iglesia, se transformó en foco admirable de perfección espiritual, y en escuela austera de disciplina de los instintos inferiores.

El Estado pagano, transformado en su base por el Catolicismo, dejó de ser privilegio de plutócratas o demagogos, para ser antes que nada un admirable medio de distribución equitativa de la justicia y protección a todos los individuos.

El individuo, que en el paganismo era presa de sus pasiones, vio abrirse delante de sí el admirable ideal de perfección espiritual predicado por el Hombre-Dios; y el hombre medieval, descendiente de los sibaritas de la Antigüedad, se transformó en el cruzado, en el asceta o en el filósofo cristiano.

La Religión, en fin, consiguió traer al mundo, con sus Sacramentos, con la gracia de que es vehículo, y con el admirable apostolado jerárquico de la Iglesia, una continuidad de acción santificadora que ha sido la columna de la civilización, y que es aún hoy el único obstáculo contra la acción invasora del comunismo, como lo fue contra las invasiones bárbaras o musulmanas.

Todos estos acontecimientos gloriosos tuvieron su origen en la Redención. San José, por la admirable correspondencia a la gracia con que se distinguió, colaboró de modo eminente en el plan divino de la Redención. Y, como tal, es merecedor de una gran parte de la gloria que, legítimamente, le cabe al Divino Salvador por la inmensidad de beneficios con que nos colmó.

Vemos, pues, la admirable fecundidad de una vida que todas las circunstancias naturales tendían a volver estéril. Vemos la prodigiosa capacidad de acción de la santidad, que en el recogimiento y en la humildad, colaboró directamente en acontecimientos mucho más importantes, y tuvo una participación incalculablemente más notable en toda la Historia de la humanidad que Alejandro con sus ejércitos, Kant con su saber arrogante, o Maquiavelo con su diplomacia astuta y amoral.

Vida interior, por lo tanto. Vida interior intensa, constante, ilimitadamente ambiciosa, en el sentido espiritual de la palabra, es la gran lección que la fiesta de San José nos deja.

Íntimamente unidos a Nuestra Señora como lo fue San José, la grandeza de la lección no debe desanimar la escasez de nuestras fuerzas, pues debemos exclamar como aliento: Omnia possum in eo qui me confortat — “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Filp. 4, 13).     





  




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