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«Tesoros de la Fe» Nº 73 > Tema “La Familia”

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Consejos de un santo para educar a los hijos


San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), Fundador de la Congregación del Santísimo Redentor (los Padres Redentoristas), Obispo, Doctor de la Iglesia y Patrono de los confesores y moralistas, señala los serios e importantes deberes de los padres con relación a la formación cristiana de sus hijos.


¿Quién no necesita hoy en día de buenos consejos?

A medida que la crisis moral en que vivimos produce devastaciones cada vez mayores en la institución familiar, aumenta la necesidad de auxiliar a los padres de familia, brindándoles una orientación segura que les permita conocer los deberes hacia sus hijos, para poder cumplirlos a cabalidad.

Los luminosos consejos que en tal sentido diera, hace casi tres siglos, el gran maestro espiritual San Alfonso María de Ligorio, tienen vigencia permanente y —como a continuación verán nuestros lectores— conservan una sorprendente y extraordinaria actualidad para los días de hoy:

Papel insustituible del ejemplo paterno

Es de lo más cierto que la buena o mala conducta de los hijos proviene la mayoría de las veces de la buena o mala educación que recibieron de sus padres.

Dios instituyó el matrimonio para que los hijos, guiados y formados por sus padres, lo sirvan y se salven. De otro modo, permanecerían entregados a sí mismos, no teniendo a nadie para instruirlos sobre lo que deben hacer, para advertirles cuando cometen un error, o hasta para castigarlos, si no quieren corregirse; pues, muchas veces, el temor del castigo produce lo que no pudieron hacer las advertencias.

Se ve por la experiencia que los padres virtuosos hacen virtuosos a sus hijos. Santa Catalina de Suecia era hija de Santa Brígida. San Luis, Rey de Francia, era hijo de una gran sierva de Dios, la reina Blanca de Castilla. Esta excelente madre decía a su hijo: «Mi querido hijo, yo preferiría verte caer muerto, a verte cometer un solo pecado mortal». Otra buena madre, me recuerdo de esto, ponía todos sus cuidados en que sus hijos viviesen santamente; ella decía: «Yo no quiero ser madre de hijos réprobos».

Los padres son frecuentemente causa de la mala conducta de sus hijos

Por otro lado, existen padres a quienes parece no importarles de que sus hijos sean buenos o malos, se salven o se condenen. Sin embargo, los padres son normalmente causa de la mala vida de sus hijos, y deben prestar cuentas a Dios por esto, como decía Orígenes: “¡Todas las cosas que cometan los hijos, a los padres se les pedirá razón!” Y esto es de lo más cierto.

Algunos padres, temiendo contristar a sus hijos por reprensiones y castigos, son la causa de su perdición.

A esos padres crueles les preguntaría: si un padre, viendo a su hijo caído en un río, y pudiendo salvarlo cogiéndolo por los cabellos, lo dejase morir para no causarle un dolor ligero y momentáneo, ¿no cometería un acto de crueldad? Pues bien, es una crueldad aún mayor dejar de reprender, y hasta de castigar, a un niño vicioso, por miedo de causarle algún dolor.

¿No sería cruel el padre que diese una navaja a un hijo suyo, aún niño, con la cual el pobre inocente correría el riesgo de cubrirse de heridas? Bien más crueles son los que dan dinero a sus hijos para que lo gasten conforme a su fantasía, o que les permitan frecuentar compañías o lugares peligrosos.

Los padres deben, sobre todo, tener el cuidado de apartar a sus hijos de las malas ocasiones, porque de éstas son de donde provienen luego todos los males.

La manera católica de corregir a los hijos

Cuando las buenas palabras y las reprimendas no fueren suficientes, es preciso recurrir a los castigos, y no esperar que los niños se vuelvan grandes; visto que, después de alcanzar cierta edad, no es más posible corregirlos. De donde la afirmación del Sabio: “Quien ahorra la vara de la corrección, odia a su hijo; pero quien lo ama, se aplica en corregirlo prontamente” (Prov. 13, 24). No ama verdaderamente a sus hijos quien no los castiga cuando es necesario. Y después de esto viene el castigo de Dios: el Sumo Sacerdote Helí, por no haber corregido a sus hijos como debía, fue, por orden de Dios, alcanzado de muerte con ellos el mismo día (cf. I Reyes 2, 22-36 y 4, 10-18).

Pero se debe castigar a los niños con moderación, y no con furor, como lo hacen ciertos padres. Al actuar de esta manera los padres no producen bien alguno, pues los niños quedan aún más estimulados a pervertirse.

Es preciso comenzar por advertir; después, amenazar; por fin, llegar al castigo. Pero castigar como padre, y no como jefe de galera [N.E.: nave de guerra impulsada por remeros condenados a pena de trabajo forzado]. Hacerlo con discreción, sin insultos, sin palabras que hieran. Bastará muchas veces encerrar al culpable en un cuarto, no servirle el postre apetecible, privarlo de sus ropas preferidas. Cuando fuera necesario, emplear la vara, pero no el bastón.

La regla a seguir en esto es de nunca tocar en un niño en un momento de exacerbación; es preciso, antes de todo, calmarse, y después aplicar el castigo.

Madre e hija en El patio de una casa en Delft, Pieter de Hooch. El cuadro representa muy bien el desvelo materno, factor indispensable para una auténtica educación.

Cómo pecan los padres en la educación de sus hijos

Los padres pecan si no enseñan a sus hijos las cosas de la fe y de la salvación eterna.

No deben imitar a ciertos padres y madres que mantienen a sus hijos ocupados durante el tiempo en que deben dedicarle a su formación cristiana en el catecismo. De donde sucede que tales infelices no saben confesarse, no conocen siquiera las principales verdades de Fe, ignorando lo que es la Santísima Trinidad, la encarnación de Jesucristo, el pecado mortal, el juicio, el infierno, el paraíso, la eternidad. Ellos se condenan debido a esta ignorancia, y sus padres darán por esto cuenta a Dios.

Los padres pecan si no corrigen a sus hijos, como se dijo arriba, cuando blasfeman, roban o profieren palabras obscenas.

También hace parte de los deberes de los padres indagar la vida que llevan sus hijos, conocer los lugares, las horas y las personas que frecuentan. ¿Cómo, pues, se puede excusar a las madres que autorizan la frecuencia asidua de los enamorados junto a sus hijas, a fin de verlas pronto casadas, y no se preocupan en verlas en pecado? Son ésos los padres de los cuales habla el Salmista. Padres que, por los intereses de su casa, llegan hasta sacrificar a sus hijas al demonio: “E inmolaron sus hijos e hijas al demonio” (Sal. 105, 37).

Hay madres que introducen a muchachos en su casa para que tengan familiaridad con sus hijas, a fin de que sean obligados a desposarlas, unidos por las cadenas del pecado. Por ventura ¿no perciben tales infelices que ellas mismas se encuentran cargadas de tantas cadenas del infierno, cuantos son los pecados cometidos en esas funestas ocasiones?

«¡Oh! —dicen ellas— no hay mal en eso». ¡Como si la estopa pudiese ser colocada en el fuego sin quemarse!

¡Ay, cuántas madres veremos condenadas en el día del Juicio por haber querido acelerar por este medio el casamiento de sus hijas!

Los padres también pecan si no cuidan de que sus hijos reciban los Sacramentos en tiempo conveniente, así como que observen las Fiestas y los demás preceptos de la Iglesia.

Pecan los padres que dan mal ejemplo...

Ellos pecan doblemente, si les dan escándalo, ya sea profiriendo delante de sus hijos blasfemias, obscenidades u otras palabras escandalosas, sea haciendo bajo sus ojos alguna acción mala.

Los padres son obligados a dar buen ejemplo a los hijos. A éstos, sobre todo cuando son jóvenes, les gusta imitar todo lo que ven hacer. Pero con una particularidad; ellos imitan antes el mal, al cual nuestra naturaleza corrompida tiende, que el bien, al cual esta misma naturaleza resiste.

¿Cómo podrían los jóvenes tener una buena conducta, cuando ven con qué frecuencia sus padres blasfeman, maldicen, injurian al prójimo, lanzan imprecaciones, hablan de venganzas, de obscenidades, y repiten ciertas máximas pestilenciales, como un padre que dice al hijo: «No hace falta torturarse a sí mismo; Dios es misericordioso, Él tolera ciertos pecados»; o una madre que insinúa a las hijas: «Hay que ser sociables, y no ser hurañas»?

¿Qué se puede esperar de bueno de un niño que ve a su padre pasar todo el día en el bar, regresar a casa tomado, frecuentar algún mal lugar, confesarse cuando mucho en el tiempo pascual, o raramente durante el año?

La tunda, François-Claudius Compte-Calix, 1813-1880 — colección privada. Cuando las buenas palabras y las reprimendas no fueren suficientes, es preciso recurrir a los castigos, y no esperar que los niños se vuelvan grandes; visto que, después de alcanzar cierta edad, no es más posible corregirlos.

...pues de cierto modo los obligan a pecar

Santo Tomás dice que los padres obligan de alguna manera a sus hijos a pecar (in Ps. XVI). Ahí está un mal que causa la ruina de muchas almas: los hijos toman el mal ejemplo de sus padres y los transmiten después a sus propios hijos, de manera que, padres, hijos, nietos, se siguen los unos a los otros en el infierno.

Hay padres que se lamentan de tener malos hijos; mas Jesucristo dijo: “¿Alguna vez cosecharon uvas de espinos?” (Mt. 7, 16). ¿Cómo pueden ser buenos los hijos, si tienen malos padres? Sería preciso un milagro.

También el hecho de que los padres, cuando llevan mala vida, ni siquiera corrigen a sus hijos, porque no osan reprenderlos de pecados que ellos mismos cometen. Y si hacen alguna amonestación, los hijos no la toman en serio. Se cuenta que un cangrejo, al ver sus hijos andando de lado, pretendió corregirlos diciendo: «¿Por qué ustedes caminan tan feo?» Pero ellos respondieron: «Muéstranos cómo tú mismo andas». El cangrejo, que andaba aun más feo que ellos, se calló...

Es lo que sucede con todos los padres que dan mal ejemplo: no osan corregir a los hijos que se conducen mal; y sin embargo sepan que pecan, al no corregirlos.

¿Qué deben entonces hacer? Santo Tomás dice que en este caso un padre debe, por lo menos, pedir a su hijo que no siga el mal ejemplo que le da. Pero, pregunto yo, ¿de qué puede servir tal consejo, si el padre continúa dando malos ejemplos?

En cuanto a mí, sólo tengo que decir lo siguiente: cuando los padres dan mal ejemplo, no hay ningún fruto a esperar, ni de las advertencias, ni de las oraciones, ni de los castigos.     



* San Alfonso María de Ligorio, Istruzione al popolo, Parte I, Cap. IV § 2, in www.intratext.com



  




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