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«Tesoros de la Fe» Nº 92 > Tema “Vicarios de Cristo”

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San Pío X

Fortaleció la Iglesia, fulminó la herejía



El único Pontífice canonizado del siglo XX, cuya fiesta se conmemora el 21 de agosto, fue un intrépido batallador contra la herejía modernista, auténtico reformador del Clero, además codificó el Derecho Canónico e incrementó admirablemente la piedad católica


Plinio María Solimeo


Cuando falleció León XIII, en 1903, la expectativa fue general: ¿quién sería llamado a conducir la Nave de Pedro en aquellos tiempos tan conturbados?

El mundo estaba febrilmente contagiado por el liberalismo anticlerical, uno de los muchos frutos perniciosos de la Revolución Francesa, que hacían tensas las relaciones entre la Sede Apostólica y varias naciones europeas. La revolución industrial, a su vez, creaba situaciones propicias para la propaganda de los principios marxistas de la lucha de clases y del anarquismo entre el proletariado naciente.

Hasta en las naciones católicas la situación era crítica. En Italia, un gobierno usurpador y violento había privado al Romano Pontífice de sus Estados, confinándolo en el Vaticano, y creaba obstáculos a la acción de la Iglesia. En Francia, una oligarquía masónica —cuyos exponentes eran Briand, Clemenceau, Waldeck-Rousseau y Combes— impuso la aprobación de diversas leyes frontalmente anti-religiosas, preparando el terreno para la separación entre la Iglesia y el Estado en 1905.

Portugal enfrentaba una fermentación revolucionaria que culminaría, en 1908, con el asesinato del rey Don Manuel y del príncipe heredero, la proclamación de la república dos años más tarde, y una serie de medidas contra la Iglesia, como la expulsión de los jesuitas, la supresión de congregaciones religiosas y la aprobación del divorcio.

También en la otrora fiel y católica España, los vientos liberales y anarquistas soplaban con violencia, llegando a intentar el asesinato del rey Alfonso XIII, el propio día de su boda. El imperio Austro-Húngaro presentaba tantos síntomas de decadencia religiosa y moral, que se temía en cualquier instante su ruina.

No menos trágica para la Iglesia y la civilización cristiana era la situación del mayor bloque católico del universo, América Latina, donde las jóvenes naciones emulaban en impiedad a sus mayores europeas.

En el Brasil, la célebre “cuestión religiosa” logró conducir a los tribunales y condenar a cadena perpetua y trabajos forzados, al intrépido obispo de Olinda, Mons. Vital María Gonçalves de Oliveira. En Ecuador, líderes católicos son perseguidos y forzados a exilarse. En México, las nubes de la tormenta revolucionaria ya se acumulaban en el horizonte, para desencadenarse, poco después, produciendo una de las más crueles e implacables persecuciones religiosas de la historia moderna.


Particularmente, al interior de la Iglesia la situación era grave. Errores filosóficos muy en boga como el naturalismo, el racionalismo y el cientificismo, al par de un fuerte liberalismo influenciaban extensamente la teología y desfiguraban la fe, al mismo tiempo que enfriaban en las almas el amor de Dios.

Habían penetrado a fondo en amplios sectores del Clero, en establecimientos de enseñanza, hasta en seminarios, creando un espíritu de novedad y de rebeldía creciente que amenazaba hacer zozobrar la Barca de Pedro, si ésta no tuviese la promesa de la perennidad.

Para hacer frente a este terrible panorama, se hacía necesario el advenimiento de un Papa que se colocase entre los mayores de la Historia de la Iglesia. Por obra del Divino Espíritu Santo, que no abandona a la Iglesia, su Esposa Mística, y por los ruegos de María, el mundo tuvo el Pontífice que necesitaba: Giuseppe Sarto, Patriarca de Venecia, elegido con el nombre de Pío X.

¿Quién era Pío X, el nuevo Papa, de quien tanto se propalaba en Venecia —de donde viniera como Cardenal Patriarca— su bondad y dulzura? Un “conciliador”, pensaba el gobierno italiano, entendiendo, por ese título, a un hombre débil, pronto a entrar en acuerdo con la Revolución. Sin embargo, la famosa bendición Urbi et Orbi, el primer acto del Pontífice, fue dada desde uno de los balcones internos de la Basílica de San Pedro, para ratificar la protesta de sus antecesores contra la usurpación de Roma por las tropas revolucionarias.

Un “cura rural”, no habituado a las pompas del Vaticano ni al trato con los grandes, pensaban los embajadores y enviados de las potencias extranjeras. No fue la impresión que Pío X dejó después de la primera audiencia general, cuando el representante de Prusia, expresando el pensamiento de los demás diplomáticos, preguntó a Mons. Merry del Val, Secretario de Estado interino, al salir de la Sala del Trono: “Monseñor, díganos, ¿qué hay en este hombre que tanto nos atrae?” –“Un santo —dirá el eclesiástico, que posteriormente, cuando elevado a cardenal desempeñaría un papel tan importante en su Pontificado— porque es un hombre de Dios”.1

Para el P. de Cigala, capellán del Cónclave, “la fuerza de los trazos y la dulzura de la mirada, frutos de una vida interior y fe” ardientes del nuevo Papa, hacían creer “en una resurrección del inmortal Pío IX”.2 Pero, aclara el Cardenal Mercier, arzobispo de Malinas, en Bélgica: “La invencible gentileza del Santo Padre nada tenía del sentimentalismo de los débiles: Pío X era un fuerte”. 3

Esto lo reconoció también el ex-canciller del Imperio alemán, el Príncipe Von Bülow: “Yo me encontré con muchos monarcas y legisladores —cuenta al Cardenal Merry del Val, después de una entrevista— pero raramente encontré en alguno de ellos tan remarcable percepción de la naturaleza humana o un conocimiento como el que Su Santidad posee de las fuerzas que gobiernan el mundo y la sociedad moderna”.4 Y, realmente, proclamará mucho después Pío XII, “con su mirada de águila más perspicaz y más segura que la corta vista de los miopes raciocinadores, veía el mundo tal cual era, veía la misión de la Iglesia en el mundo... y su deber en el seno de una sociedad descristianizada... contaminada por los errores del tiempo y por la perversidad del siglo”.5

Restaurar todo en Cristo

Afirma el historiador R. Aubert que San Pío X fue esencialmente un reformador, el mayor de ellos después del Concilio de Trento.6 Y la reforma que él emprendió era exactamente lo contrario de la deseada hoy por tantos eclesiásticos para los cuales reformar significa incorporar a la Iglesia los errores modernos. Para el santo, reformar fue extirpar de la Iglesia las herejías que en ella se habían introducido. Y el ya referido Cardenal Mercier se pregunta: “Si hubiese en la Iglesia, en la época de Lutero y Calvino, un Papa del temple de Pío X, ¿habría conseguido el protestantismo llevar a un tercio de Europa al rompimiento con Roma?” 7


El pontificado de San Pío X puede ser sintetizado en el itinerario por él trazado en su Encíclica-Programa: “Restaurar todo en Cristo”. Preocupación que el Pontífice ya tenía siendo obispo de Mantua, y después como Cardenal de Venecia.

En síntesis, dice San Pío X que la apostasía del mundo, “ese crimen cruel y detestable... por la cual el hombre se substituye a Dios”, manifiesta tal “perversión de los espíritus”, que podría preguntarse si ya no se dio el advenimiento del “hijo de la perdición”. Pues, el modo con que “se lanza al ataque de la religión, se embiste contra los dogmas de la fe, se tiende obstinadamente a aniquilar toda relación del hombre con la Divinidad”, es una de las características del Anticristo.

Para que haya una restauración, los buenos deben “proclamar bien en alto las verdades enseñadas por la Iglesia sobre la santidad del matrimonio, educación de la infancia, posesión y uso de los bienes temporales, sobre los deberes de los que administran la cosa pública”. Pero, si no hay verdaderos sacerdotes, “revestidos de Cristo”, eso no será posible. Por lo tanto, se debe proceder a una reforma de los seminarios y vigilar para que los nuevos sacerdotes no se dejen seducir “por las maniobras insidiosas de una cierta ciencia nueva”.

“El día en que, en cada ciudad, en cada aldea, la ley del Señor sea cuidadosamente guardada... nada más faltará para que contemplemos la restauración de todas las cosas en Cristo”. Con ello, hasta “los intereses temporales y la prosperidad pública” también sentirán felizmente sus efectos.8 Y se tendrá en la tierra la “paz de Cristo, en el Reino de Cristo”.

No cabe aquí analizar el pontificado de S an Pío X, para constatar cómo siguió al pie de la letra este programa. Sólo “lo que fue publicado de Cartas Apostólicas, Motu Proprio, Encíclicas, y discursos, sobrepasa la marca de los 350”. Si a eso se suman “los decretos de las Congregaciones romanas y los diversos documentos emanados de la Secretaría de Estado, a los cuales el Papa no podía ser extraño, se llega al número de 3322”,9 lo que hace de sus once años de pontificado “uno de los más fecundos de la Historia de la Iglesia”.10

Basta pensar en el trabajo monumental de codificación del Derecho Canónico —que duró todo el Pontificado de San Pío X, siendo promulgado sólo en el de su sucesor, Benedicto XV—, en la fundación del Instituto Bíblico, en la reforma de la Curia Romana, en la institución de la Acta Apostolicae Sedis, noticiero oficial del Vaticano, en la reforma del Breviario Romano, en normas dadas para la disciplina y reforma del Clero, además de todas las medidas tomadas para facilitar la comunión frecuente de los fieles, anticipar la Primera Comunión de los niños, reglamentar la comunión de los enfermos, elaborar adecuadamente el catecismo, orientar el canto litúrgico, etc.

El modernismo

Al condenar al movimiento “Le Sillon” —en muchos aspectos precursor del actual progresismo— afirma San Pío X que aquél “siembra... nociones erradas y funestas... ¡Para él toda desigualdad de condición es una injusticia o, al menos, una justicia menor! Principio soberanamente contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidia y de injusticia, subversivo de todo orden social”.11

Fue, sin embargo, la secta modernista —por él calificada de “cúmulo de todas las herejías”— infiltrada en el seno de la Iglesia, la que más hizo sufrir y más preocupaciones trajo al Pontífice, debido a su profunda nocividad y sutileza. Además de numerosos actos, tres importantes documentos emanaron del Papa para condenarla: el Decreto Lamentabili sane exitu, de 4 de julio de 1907, que condena 65 proposiciones modernistas; la Encíclica Pascendi dominici gregis, del 8 de setiembre del mismo año, la más larga de San Pío X dada la delicadeza de la materia, en la cual condena directamente el modernismo; y, finalmente, el Motu Proprio Praestantia Scripturae sacrae, del 18 de noviembre del mismo año.

Que San Pío X, elevado a la honra de los altares por Pío XII, en 1954, sea el gran intercesor junto a la Virgen Santísima y a su Divino Hijo de todos los católicos que luchan, en nuestros días, para permanecer fieles a la Santa Iglesia y a su verdadera doctrina.     


El Cardenal José Sarto, Patriarca de Venecia, sale de la Iglesia de Santa María de la Salud en aquella misma ciudad, después de celebrar la misa solemne por el eterno reposo del alma de su predecesor, León XIII




Notas.-
1. Cardenal Merry del Val, Memories of Pope Pius X, Burns Oates Washbourne, Londres, 1939, pp. 9-10.
2. Abbé de Cigala, Vie Intime de Sa Saintité le Pape Pie X, Lethielleux Editeurs, París, 1926, p. IX.
3. Lettre Pastorale et Mandement de Careme de 1915, apud Merry del Val, op. cit, p. 29.
4. Merry del Val, op. cit, p. 12.
5. Breve por ocasión de la Beatificación de Pío X, Documentos Pontificios, nº 83, Vozes, 1958, 2ª edición.
6. Documents relatifs au mouvement cathólique italien sous le pontificat de St. Pie X, apud Gianpaolo Romanato, Pio X: Profilo Storico, in Sulle Orme di Pio X, Am. Comunale di Salzano, 1986, p. 19.
7. Doc. cit, apud Merry del Val, op. cit, p. 27.
8. Encíclica E Supremi Apostolatus, Vozes, Petrópolis, Documentos Pontifícios, nº 87, 1958, 2ª edición.
9. René Bazin, Pie X, Flammarion Editeur, París, 1928, p. 65.
10. D. Benedetto Pierami, apud René Bazin, op. cit, p. 66.
11. Notre Charge Apostolique (Sobre los errores de Le Sillon), Vozes, Petrópolis, Documentos Pontifícios, nº 53, 1953, 2ª edición.



  




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