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«Tesoros de la Fe» Nº 93 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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Santa Hildegarda

Luz animada por la inspiración divina


Crece en todo el mundo el interés por la apasionante vida de quien fue una de las mayores santas de Alemania en la Edad Media, reuniendo al mismo tiempo las cualidades de mística, profetisa, escritora, oradora, consejera, médica y compositora

 

Atilio Faoro


Transcurridos nueve siglos, continúa viva en la memoria, especialmente de los católicos alemanes, esta gran santa a la que San Bernardo llamó “luz animada por la inspiración divina”, que aconsejaba a Papas, obispos y emperadores.

Estamos en el año 1097. La Cristiandad está dominada por un solo pensamiento: ¡liberar Tierra Santa! Reinos católicos enteros se comprometen en una enorme movilización que quedará conocida en la Historia como las Cruzadas. Hace poco, en 1095, las multitudes aclamaron con entusiasmo al Papa Urbano II que, en Clermont-Ferrant, había exhortado a los cristianos a socorrer a sus hermanos oprimidos en Jerusalén.

Después de un período de confusión y desórdenes, una nueva era de fervor religioso parece comenzar. En 1098, el monje benedictino Roberto de Solesmes funda la abadía del Císter, como resultado de la reforma gregoriana. De esta abadía saldrá el monje Bernardo, que funda a su vez, en 1115, la abadía de Claraval. Ella atraerá tantas vocaciones que, a la muerte en 1153, la Orden del Císter contará con 343 monasterios, de los cuales 167 salidos de Claraval. Los cartujos fundados por San Bruno y los premonstratenses por San Norberto, son otros síntomas del fervor religioso que anima esta época.

Una niña predestinada de origen noble

En este mundo así floreciente y en ebullición, nace el año 1098 una niña que recibe el nombre de Hildegarda von Bingen. Sus padres, Hildeberto y Matilde, probablemente originarios de Bermersheim, en el condado de Spanhein, pertenecen a la nobleza local del Palatinado.

“A los tres años de edad yo vi una tal luz que incendiaba mi alma. A los ocho años, me consagré a Dios y hasta los quince años veía yo en mi alma muchas cosas que escondía a los demás, pues notaba que ellos no tenían este tipo de visiones”. Así comienza la vida mística de Santa Hildegarda, que a los ocho años fue confiada al monasterio de Disibodenberg para ser educada. Allí vivía una religiosa de nombre Jutta, hija del conde de Spanhein, que tomó para sí el encargo de cuidar a esta niña que daba señales de una gran vocación.

Fue Jutta quien enseñó a Hildegarda el canto de los salmos y el arte musical. En aquel tiempo, se decía “aprender a leer es aprender a salmodiar”. De este período de su vida, apenas se sabe que ella tenía una salud muy frágil y que era siempre favorecida por visiones, narradas con discreción apenas a su tutora y a uno de los monjes de San Disibodo, llamado Volmar.

A los doce años, edad en que una mujer era entonces considerada mayor, la joven mística profesa sus votos religiosos. Su virtud sobresale de tal modo que, a los 39 años, cuando muere Jutta, es elegida abadesa.

Una vocación semejante a la de los profetas del Antiguo Testamento

“A los 40 años, tuve una visión donde una voz decía: «Di lo que viste y entendiste, no a la manera de otro hombre, sino según la voluntad de aquel que sabe, ve y dispone todas las cosas en el secreto de sus misterios»”. Se trataba de una orden decisiva que indicaba la vocación de Hildegarda, semejante a la de los profetas del Antiguo Testamento, quienes eran las bocas de Dios. Sobre esta vocación, Hildegarda insistirá diciendo que “una voz del Cielo me mandaba decir y escribir todo, tal cual lo oía y me era enseñado”. Esta voz se presentó a ella como “la Luz viva que ilumina lo que es oscuro”. Santa Hildegarda se pone entonces a escribir su primer libro Scivias (Conoce los caminos del Señor), trabajo que llevará diez años para ser ejecutado.

Las visiones y actividades de la nueva abadesa despiertan la atención de las autoridades eclesiásticas, preocupadas con el eco de tales revelaciones y de la perplejidad que algunos sentían frente a ellas. El arzobispo Heinrich, de Maguncia, diócesis a la que pertenecía el convento de Hildegarda, quiere aprovechar la presencia del Papa Eugenio III en Tréveris, donde debe reunirse en 1147 un sínodo preparatorio del Concilio de Reims. El escenario es grandioso. Tréveris es la ciudad del emperador Constantino, quien residió allí con su madre Santa Elena hasta el año 316. El Papa —un cisterciense de Claraval— reunía a cardenales, obispos y abades para un tema vital, como era confirmar una vez más las reformas emprendidas por el Papa San Gregorio VII.

Santidad atrae multitud de fieles

Abadía de Eibingen

En esta importante asamblea, otro tema entra en la agenda: la ortodoxia de las visiones de la abadesa de un oscuro convento en las márgenes del Rhin. El Papa designa a dos prelados, el obispo de Verdún y su obispo auxiliar para informarse sobre la conducta, escritos y vida de esa religiosa. Días después, ellos regresan para presentar un informe de la visita, trayendo al Papa las partes ya escritas del libro Scivias. Escena impresionante: el Pontífice resuelve leer en público las revelaciones de la abadesa. Se le atribuye a San Bernardo la conclusión de la asamblea: “Es necesario impedir que se apague una tan admirable luz animada por la inspiración divina”.

El Papa escribe personalmente a Santa Hildegarda: “Nosotros quedamos admirados, hija mía, que Dios muestre en nuestro tiempo nuevos milagros. Te felicitamos por la gracia de Dios. Conserva y guarda esa gracia”. La carta es una de las 390 que aparecen en el libro recientemente publicado en Alemania bajo el patrocinio de la abadesa Walburga Storch OSB, de la misma abadía de Santa Hildegarda, en Rüdesheim-Eibingen.

A partir de aquel episodio, comenzó una vida nueva para Santa Hildegarda, cuya fama se difundía más allá del Rhin. Fama no sólo debida a sus escritos, sino también a los milagros. Narran las crónicas el episodio del monje Arnold, que se opuso a la mudanza de las religiosas para un nuevo lugar que Dios había indicado en una visión a la santa. El monje levanta una querella contra Hildegarda hasta que es atacado por un tumor en la lengua, que le impide cerrar la boca e incluso hablar. Tomado de pavor, promete no oponerse más a la voluntad de Santa Hildegarda. Inmediatamente el tumor desaparece y el monje, arrepentido, es el primero en presentarse para trabajar en la construcción del monasterio que será fundado en Rupertsberg.

De toda Francia y de Alemania miles de personas afluyen ávidas para oír un consejo o las exhortaciones de Hildegarda. Muchos le piden que cure las enfermedades del cuerpo, lo que hace dando su bendición. La santa abadesa tiene la capacidad de penetrar en los pensamientos de los peregrinos y apartarse de los que se aproximan con malas intenciones o para probar su virtud.

Reprensiones a las autoridades espirituales y temporales

Si los milagros demostraban la santidad de Hildegarda a los ojos de sus contemporáneos, más aún lo hicieron sus obras, su enorme correspondencia, como también las prédicas que fue invitada a proferir.

La correspondencia de Santa Hildegarda sorprende por la dignidad de los destinatarios y de los remitentes de cartas y pedidos: Papas, obispos y un gran número de altas autoridades temporales, como, por ejemplo, los emperadores Conrado III y Federico I, de Alemania.

Federico, que será conocido en la Historia como Barbarroja, pide que la santa lo visite en su palacio de Ingelsheim, cerca de Maguncia. Detalles de ese encuentro son conocidos por el contenido de las cartas del emperador y de las respuestas de Santa Hildegarda. Ésta, no dejándose intimidar por la alta posición del soberano, lo increpa con términos proféticos: “Sé vigilante, porque actualmente todas las regiones del Reino están dominadas por embusteros que destruyen la justicia.... Sabe, pues, que el Rey supremo te mira; y no seas acusado delante de él de no haber ejercido correctamente tu oficio y no vengas así a avergonzarte”.

Otro es el tono de la correspondencia mantenida con el santo monje Bernardo de Claraval, que le escribe en términos elogiosos y sobrenaturales: “Agradezco la gracia de Dios que está en ti. Yo te suplico que te acuerdes de mí delante de Dios...” A esta misiva, responde: “Me siento consolada por tu sabiduría en cosas que los hombres están llenos de errores. Tuve una visión, en la cual te vi como un hombre que mira al Sol sin miedo y con audacia. Mi querido padre, pide a Dios por mí, tú que eres como un águila que mira al Sol...”

Al Papa Anastasio IV, elegido en 1153, Hildegarda le escribe en términos duros: “¿Por qué no cortáis la raíz del mal que sofoca la buena hierba? ¿Por qué descuidáis la justicia que os fue confiada? ¿Cómo permitís que esta hija del Rey sea arrojada por tierra y que sus diademas y los ornamentos de su túnica sean destruidos por la grosería de los hombres? Vos que parecéis haber sido constituido pastor, levantaos y corred en dirección a la justicia de modo que, delante del Médico supremo, no seáis acusado de no haber purificado vuestros campos de las inmundicias. ¡Vos, hombre, manteneos en el buen camino y seréis salvo!”

Como se nota en sus cartas, Hildegarda recibió la vocación de aconsejar, según los caminos de Dios, a los potentados y a las más altas autoridades de la época. Pero igualmente a innumerables personas simples, que a ella recurrían pidiendo un consejo. A todos Hildegarda respondía con ese tono solemne, humilde y severo, que caracteriza su estilo.

Denuncia la herejía de los cátaros y prevé la victoria de la Iglesia

Anticipándose al futuro, anuncia el estallido de una terrible herejía que sublevará al pueblo contra el Clero, por el hecho de que éste “tenía voz y no osó levantarla”, lo que permitió al enemigo “ofrecer sus propios bienes, ¡cubriendo los ojos, las orejas y el vientre de todos los vicios!”

De hecho, poco tiempo después, estalla la herejía de los cátaros, a la que ella describe con lujo de detalles que sorprende a los historiadores. Entre otras cosas dice: “Mi estadía entre vosotros fue corta, pero no sin frutos. La verdad que por nosotros fue manifestada, no solamente por palabras sino por actos (en alusión a sus milagros), desenmascaró a los lobos que, con piel de oveja, devoraban a vuestro pueblo. Ellos están desenmascarados, pero no presos. Bajo la apariencia de piedad, ellos rechazan la virtud, mezclando palabras celestiales con novedades profanas. ¡Desconfiad de ellos!”

La profecía de Santa Hildegarda va más allá, previendo la victoria de la Iglesia sobre aquella herejía. Una aurora de justicia surgirá “en el pueblo espiritual, lo que comenzará por un pequeño número que, sin tener riquezas dirá: piedad para nosotros, porque pecamos”.

Podría preguntarse también si ella no anuncia, con esas palabras, una era de fervor —que realmente se verificó en el siglo XIII— representada especialmente por la fundación de órdenes religiosas como la de los franciscanos y dominicos. Después de esta estadía en Colonia, Hildegarda emprenderá aún dos misiones, una a la ciudad de Maguncia, y otra al ducado de Suabia, probablemente el año 1170.

Muerte plácida y glorificación póstuma

Relicario que contiene los restos de Santa Hildegarda, en Eibingen

Esta gran figura religiosa —mística, profetisa, escritora, oradora, consejera, médica y compositora— pasa sus últimos años en el convento de Eibingen, el tercero que fundó y el único que se salvó de los saqueos y de las devastaciones de las guerras. “Nuestra buena Madre —narra una religiosa— después de combatir piadosamente por el Señor, descontenta de la vida presente, deseaba cada día más evadirse de esta Tierra para unirse a Cristo. Sufriendo de su enfermedad, ella pasa alegremente de este siglo hasta el Esposo celestial, en el octogésimo año de su existencia, el día 17 de setiembre de 1179”.

En la noche aparecen señales luminosas en el cielo. Por ellas, quiso Dios ciertamente manifestar las luces sobrenaturales que había concedido a su dilecta hija, hoy, en la gloria celestial, y que se hizo famosa en el mundo por haber manifestado a los hombres a Aquel que es la Sabiduría Encarnada, Nuestro Señor Jesucristo.     





  




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