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«Tesoros de la Fe» Nº 101 > Tema “Mártires”

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Santa Juana de Arco

Guerrera del Altísimo


Al recibir de Dios la misión de libertar a Francia del yugo de los ingleses, la admirable doncella de Orleans enfrentó el martirio para el cumplimiento de aquella sublime misión


Plinio María Solimeo


El Reino Cristianísimo de Francia, aquella nación que era llamada la Hija Primogénita de la Iglesia, se hallaba en 1429 a punto de desaparecer, justamente castigada por Dios con casi cien años de guerras contra los ingleses, a consecuencia del pecado de rebeldía contra el Papado, cometido a inicios del siglo XIV por su rey Felipe IV el Hermoso, y por la élite de la nación. Su territorio estaba reducido a menos de la mitad y los ingleses cercaban la ciudad de Orleans, última barrera que les impedía la conquista del resto del país. El heredero del trono, el delfín Carlos, dudaba de la legitimidad de sus derechos, y sus capitanes y soldados estaban desmoralizados. Es significativo el siguiente relato de esa lamentable situación:

“El Cronista de Saint-Denis, al comienzo de la narración del año de 1419, escribía: «Era de temerse, según la opinión de las personas sabias, que Francia, esa madre tan dulce, sucumbiese bajo el peso de angustias intolerables, si el Todopoderoso no se dignase atender de lo alto de los cielos sus lamentaciones. Así, se recurrió a las armas espirituales: cada semana se hacían procesiones generales, se cantaban piadosas letanías y se celebraban misas solemnes. En su terrible decadencia, sintiéndose incapaz de salvarse a sí mismo, el Delfín guardaba su fe en el Dios de Clodoveo, de Carlomagno y de San Luis, su confianza en la Santísima Virgen»”. 1

En su infinita misericordia, quiso Dios atender esas oraciones, y escogió para salvar a Francia no a un gran jefe de guerra o a un hábil político, sino a una virgen, a fin de mostrar que era únicamente de Él y de su poder que venía la victoria.

Juana nació en la fiesta de la Epifanía de 1412, en la pintoresca aldea de Domrémy (Lorena francesa). Sus padres, Jacques d’Arc e Isabelle Romée, eran “excelentes trabajadores y fervorosos católicos, que servían a Dios con un corazón simple y educaban a sus hijos en el trabajo y en el temor de Dios”, conforme atestiguan sus contemporáneos. 2

Juana tenía tres hermanos y una hermana, y se distinguía por una bondad y piedad particulares. Desde sus primeros años su conducta fue pura e irreprensible.

Tan pronto como la edad lo permitió, se entregó a los trabajos de la casa. Más que una niña precoz, Juana era una niña virtuosa. Tenía un corazón bueno y compasivo, una prudencia madura; era modesta, humilde pero determinada, y puesta como ejemplo en toda la aldea.

La “gran penuria” en que estaba el Reino de Francia

La inocencia de vida y la simplicidad del corazón de Juana le atrajeron las miradas del cielo. Fue así que se le apareció por primera vez el arcángel San Miguel, rodeado de ángeles. El Príncipe de la milicia celestial le narró el triste estado (“gran penuria”) en que estaba Francia, diciéndole que ella debería apresurarse a socorrerla; y que Santa Margarita y Santa Catalina vendrían también, de parte de Dios, para incentivarla a ello. Y vinieron. Le hablaron también de la “gran penuria” y de la necesidad de que ella cumpla esa misión.

Es verdad que la humilde pastora se estremeció delante de tal encargo. ¿Cómo haría ella, “pobre muchacha que no sabía ni montar a caballo ni conducir una guerra”? Pero las “voces” fueron irreductibles, y ella tuvo que curvarse a la voluntad de Dios.

Monumento a Santa Juana de Arco en Chinon

Juana se mostró digna de la misión que le fue confiada. Siguiendo las directrices del “Señor San Miguel, de la Señora Santa Catalina y de la Señora Santa Margarita”, venció todas las objeciones y fue adelante. Y, de hecho, llegó a la corte del rey, en Chinon.

Como si hubiese pasado toda la vida en ese ambiente, hizo con gracia las tres reverencias de estilo ante el rey. El futuro Carlos VII, para probarla, estaba disfrazado entre los 300 nobles presentes, y uno de ellos tomaba su lugar. Eso no confundió a la doncella, que fue directo a él. Según un contemporáneo, “su discurso fue abundante, poderoso e inspirado, como el de una profetisa”. Dijo al rey que venía de parte de “su Señor”, el Rey del Cielo, a quien pertenecía el reino de Francia, y no a él. Pero como “su Señor” quería confiar la guarda de ese reino al rey, ella lo llevaría a Reims para ser coronado. Para probar el carácter divino de su misión, reveló en particular a Carlos VII un secreto que solamente él y Dios podrían saber.

La retumbante victoria que Juana alcanzó al levantar el cerco de Orleans, consiguió cambiar el panorama de entonces. El camino para la coronación en Reims estaba prácticamente abierto.

Después de la victoria, la doncella fue a buscar a Carlos VII para apremiarlo a que se haga coronar en Reims, porque —explicaba ella— “yo duraré un año y no más”, como le habían dicho las “voces”. Era necesario, pues, apresurarse.

La admirable y prodigiosa doncella salva a Francia

Después de la coronación del rey Carlos VII en la Catedral de Reims, Juana afirmó al arzobispo de aquella ciudad: “¡Plazca a Dios, mi Creador, que yo pueda ahora partir, abandonando las armas, e ir a servir a mi padre y a mi madre guardando sus ovejas, con mi hermana y hermanos, que tendrán gran alegría de volver a verme!” 3 En el auge de su gloria, ella no deseaba sino retirarse a la sombra. Al decir de Dunois, el Bastardo de Orleans, eso hizo con que aquellos que la vieron y oyeron en ese momento comprendieran bien que ella venía de parte de Dios. 4 Pero Juana creía que su misión consistía en reconquistar por las armas todo el territorio francés bajo dominio inglés.

Sin embargo el rey, influenciado por su pésimo consejero La Tremouille, no le dio el apoyo necesario. Los soldados insistieron para que ella continuase comandando las tropas. Accedió, pero se limitó a comandar siguiendo los consejos de los generales, pues sus “voces” no le indicaban más qué hacer. Se limitaban a decirle que sería hecha prisionera y vendida a los ingleses, pero que confiase, pues Dios no la abandonaría.

El día 23 de mayo de 1430, en Compiègne, a pesar de prodigios de valor, Juana cayó en manos de los borgoñones, que la vendieron a precio de oro a los ingleses.

Al inicuo tribunal reunido en Ruán, presidido por el funesto obispo Cauchon, Juana afirmó: “Todo lo que yo hice de bueno por Francia, lo hice por la gracia y según la orden de Dios, el Rey del Cielo, como Él me lo reveló por medio de sus ángeles y santos; y todo lo que yo sé, lo sé únicamente por las revelaciones divinas”. Consciente de que había hecho bien lo que le fuera pedido, añadió: “Todo lo que las voces me ordenaron, yo lo hice lo mejor que pude, según mis fuerzas y mi inteligencia. Esas voces no me ordenaron nada sin la aprobación y el beneplácito de Dios, y todo lo que yo hice obedeciéndolas, creo haberlo hecho bien”. 5

Después de la farsa de proceso, en que la analfabeta adolescente respondió preguntas que confundirían hasta teólogos, ella fue condenada a la hoguera. Murió el 30 de mayo de 1431, lanzando un supremo grito de fe y de confianza: “¡Las voces no mintieron! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!”

La muerte de Juana de Arco en la picota, Hermann Anton Stilke, 1803-1860

Su cuerpo fue consumido enteramente por las llamas, pero su corazón, por más que el verdugo adicionara leña, azufre y carbón, permaneció intacto, rojo y lleno de sangre. Junto con las demás cenizas, fue puesto en un saco y arrojado al río Sena, por orden de los ingleses, para que el pueblo que asistió conmovidísimo al suplicio no pudiese recoger reliquias. 6 Una piadosa tradición reza que ese corazón será encontrado, cuando ocurra la plena restauración religiosa, espiritual y moral del Reino Cristianísimo.

Después del martirio de Santa Juana de Arco, se verificó una completa transformación de la situación en Francia. Los ingleses perdieron el arrojo y Carlos VII, habiendo apartado a La Tremouille, con sus capitanes y soldados impulsados por un nuevo ánimo, emprendió la reconquista del territorio francés que aún estaba bajo el dominio inglés. La victoria final, con el embarque de los últimos ingleses, ocurrió en octubre de 1453, veintitrés años después del sacrificio que compró de Dios las gracias necesarias para la completa liberación de Francia. Sin embargo, las informaciones preparatorias para la rehabilitación de Santa Juana de Arco ya habían comenzado un año antes.

Rehabilitación post-mortem y glorificación

Incentivada y con el apoyo del rey Carlos VII, Isabelle Romée, madre de la santa, “resolvió proseguir la rehabilitación de su hija. Reclamó a Roma la revisión de la horrible iniquidad y la obtuvo. Antes de cerrar los ojos, tuvo la augusta alegría de ver al Papa CalixtoIII reformar, abrogar, anular como mentirosa, ilegal, injusta, la sentencia del obispo de Beauvais”. 7

El Papa designó una comisión formada por el arzobispo de Reims, los obispos de París y de Coutances para revisar el inicuo proceso que condenó a Juana de Arco. La comisión, después de haber estudiado todo el proceso y oído numerosos testimonios, concluyó afirmando:

“Nosotros pronunciamos, declaramos y definimos que los procesos de Ruán y las sentencias a que llegaron están repletas de dolo, de calumnia, de maldad, de injusticia, de contradicción, de violaciones del derecho, de errores de hecho [...]. Declaramos que Juana, así como sus próximos implicados, no incurrieron en el tiempo de esas sentencias en ninguna nota ni marca infamantes, que ella es pura de esas sentencias y, tanto cuanto podemos, nosotros la absolvemos enteramente”. 8

Pero la mayor glorificación de la doncella de Orleans procedería de la Iglesia, que la beatificó el 18 de abril de 1909, en el reinado del gran Pontífice San Pío X. Benedicto XV la canonizó en 1920.     


Notas.-

1. Mons. Henri Delassus, La Mission Posthume de Sainte Jeanne d’Arc, Editions Saint Rémi, París, p. 223.
2. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. XV, p. 389.
3. Régine Pernoud y Marie-Véronique Clin, Jeanne d’Arc, Librairie Arthème Fayard, París, 1986, p. 116.
4. Cf. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 401.
5. Les Petits Bollandistes, Juana a sus jueces, p. 391.
6. Cf. Georges Bordonove, Jeanne d’Arc et la Guerre de Cent Ans, Editora Pygmalion, París, 1994, p. 300.
7. Cardenal Stanilas-Trouchet, La Sainte de la Patrie, Dominique Martin Morin, Bouère, t. II, pp. 95-96.
8. Id., p. 378.





  




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