El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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«Tesoros de la Fe» Nº 108 > Tema “Devociones surgidas en otros lugares del Nuevo Mundo”

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La Virgen del Tepeyac

Nuestra Señora de Guadalupe en México

 

«Apareció un gran prodigio en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap. 12, 1)

 

Pablo Luis Fandiño

 

 

 

Apenas diez años despuésde la conquista del imperio azteca por Hernán Cortés y la llegada de los primeros evangelizadores, la Santísima Virgen se dignó intervenir en persona para asestar un gran y definitivo impulso a la conversión de México, misión formidable que se encontraba estancada debido a que la idolatría, el ánimo pendenciero y los sacrificios humanos se encontraban profundamente enraizados en la mayor parte de sus habitantes.

Sobre el nombre de Guadalupe, con el que se conoce esta advocación mariana, se tejen hoy diversas interpretaciones. Unos lo atribuyen a la deformación por parte de los españoles del término náhuatl Coatlaxopeuh o de la expresión Cuauhtlapcupeuh, que respectivamente significan: “Yo aplasté con el pié a la serpiente” y “La que surge de la región de la luz como el águila del fuego”. Otros afirman que sería una distorsión del nombre azteca Tequantlaxopeuh, “la que ahuyentó a los que nos devoraban”. Todas ellas de gran contenido mariológico.

Singularmente, el lugar escogido por la Madre de Dios para su providencial aparición —la colina del Tepeyac, en aquel entonces a escasos 6 km de la capital mexicana— había sido durante siglos lugar de culto de la diosa pagana Tonantzin Cihuacóatl, que literalmente quiere decir “nuestra venerada madre la mujer serpiente”. Nuestra Señora de Guadalupe es, pues, la Virgen Inmaculada que pisa una vez más, ahora en tierra americana, la cabeza de la antigua y orgullosa serpiente. 1

El vidente, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548), fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, el 31 de julio del 2002. Según investigaciones de Mons. Enrique Roberto Salazar, Vice-Postulador de la Causa, Juan Diego era un príncipe chichimeca convertido al catolicismo y tenía 57 años de edad cuando tuvieron lugar las apariciones; por el lado materno, estaba emparentado con la familia imperial azteca. 2 El trato afectuoso que le dispensó la Santísima Virgen y el uso churrigueresco de diminutivos, hicieron creer erróneamente en el pasado que se trataba de un niño y de un indio del común.

El franciscano, Fray Juan de Zumárraga (1468-1548), primer obispo y arzobispo de México, fue testigo presencial del portentoso milagro de la reproducción de la imagen de la Virgen del Tepeyac en el ayate de Juan Diego, que sigue admirando al mundo entero por los descubrimientos que la ciencia ha hecho al respecto. 3

Para el presente artículo nos basamos en el más antiguo y fidedigno texto sobre las apariciones, conocido como el Nican Mopohua, 4 escrito en lengua náhuatl por Antonio Valeriano, contemporáneo de los hechos.

Primera aparición — Amanecer del día sábado, 9 de diciembre de 1531

Muy de madrugada, pasaba Juan Diego por el Tepeyac a camino de la capital, cuando escuchó de lo alto de la colina un canto semejante al de muchos pájaros preciosos. Se detuvo pensando: “¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal? ¿Acaso ya en el cielo?” De pronto se hizo silencio y oyó una dulce voz que de lo alto le llamaba:

El tzinizcan, uno de los pájaros mexicanos que Juan Diego asoció al místico canto que provenía de las alturas del Tepeyac

 

Nuestra Señora: “Juanito, Juan Dieguito («Juantzin, Juan Diegotzin»)

Al llegar a la cima, vio a una Señora que le hacía señas para que se aproximara. Delante de Ella, el noble indio quedó maravillado ante tanta grandeza: “su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris”. Juan Diego entonces se inclinó reverentemente, entablándose el siguiente diálogo:

Nuestra Señora: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿adónde vas?”

Juan Diego: “Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor”.

Nuestra Señora: “Sabe y ten por cierto, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; el Creador de todas las cosas; Señor del cielo y de la tierra.

Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído.

Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo”.

Juan Diego: “Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo”.

En efecto, el vidente fue enseguida al palacio del obispo, a trasmitirle a Fray Juan de Zumárraga el recado celestial. El prelado pareció no darle mayor crédito y le pidió que regresara. Juan Diego salió triste de la entrevista y se fue directo a la cima del Tepeyac, donde la Señora del cielo le aguardaba.

Segunda aparición — Hacia el mediodía del sábado, 9 de diciembre de 1531

Juan Diego: “Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui donde me enviaste a cumplir tu mandato. Aunque con dificultad entré a donde es el asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me ordenaste; me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no lo tuvo por cierto, me dijo: «Otra vez vendrás; te oiré más despacio; veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido… »

Vista de la Ciudad de México desde el cerrito del Tepeyac. Aparecen la cúpula dorada de la Antigua Basílica y la de la iglesia de las Capuchinas

 

Comprendí perfectamente en la manera como me respondió, que piensa que es quizás invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje para que le crean; porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no me paro.

Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía”.

Nuestra Señora: “Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que valen mucho mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.

Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido.

Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.

Juan Diego: “Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.

Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entre tanto”.

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548), canonizado por el Papa Juan Pablo II, el 31 de julio del 2002

 

Tercera aparición – Domingo, 10 de diciembre de 1531

Al día siguiente, Juan Diego fue a Tlatilolco (Ciudad de México) para cumplir con sus deberes cristianos y hablar con el obispo. El prelado le oyó con atención y le hizo muchas preguntas. Aunque no encontró contradicción en sus afirmaciones, manifestó que sólo por ello no iba a ejecutar lo que pedía. Era necesaria una señal que confirmara sus palabras. Juan Diego volvió entonces donde estaba la Santísima Virgen para informarle de la condición puesta por el franciscano. A lo cual Ella respondió:

Nuestra Señora: “Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que ir a recoger la señal pedida por el obispo, ya no lo hizo porque encontró en su casa a su tío Juan Bernardino gravemente enfermo. Buscó a un médico que le auxilió. Pero en vista de que el mal prosperaba, el enfermo pidió al sobrino que le trajera un sacerdote, para confesarse y le ayude a bien morir.

Cuarta aparición — Martes, 12 de diciembre de 1531

El martes, muy de madrugada, salió Juan Diego de su casa a buscar al sacerdote. Al pasar por el lugar de las apariciones, decidió efectuar un rodeo, argumentando de este modo: “Si me voy derecho, no vaya a ser que me vea la Señora, y seguro me detenga para que lleve la señal al prelado, según me ordenó; que primero nos deje nuestra aflicción y antes llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.

Sin embargo, la que todo lo ve, bajó del cerro, salió a su encuentro y le dijo.

Nuestra Señora: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?”

Juan Diego: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está por morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

Pero sí voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”.

Nuestra Señora: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que no es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: ten por cierto que ya sanó”.

 

¡Y éste fue el momento exacto en que Juan Bernardino sanó, según después se supo!

Nuestra Señora: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo; allí donde me viste y te di órdenes hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia”.

En un santiamén subió Juan Diego el cerrito y cuando llegó a la cumbre se asombró de que flores tan bellas hubieran brotado en lugar agreste y en tiempo de heladas. Las cortó, juntó, recogió en su manta, y bajó inmediatamente. La Santísima Virgen las tomó en su mano y se las devolvió diciendo:

Nuestra Señora: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.

Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Te mando rigurosamente que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo, que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste, para que puedas convencer al prelado, para que luego ponga lo que está de su parte para que se haga y erija el templo que he pedido”.

Contento, Juan Diego se marchó. Al llegar al palacio del obispo, el vidente fue maltratado por los criados que ya lo tenían por importuno. Al enterarse el obispo de su presencia, cayó en cuenta de la señal pedida y le dejaron entrar. Juan Diego se inclinó ante la autoridad y le dijo:

Juan Diego: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del cielo, Santa María, la amada Madre de Dios, que pides una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde Ella te pide que lo erijas; y también le dije que te había dado mi palabra de venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su voluntad, como me lo encargaste.

Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según había dicho que me la daría, e inmediatamente lo cumplió. Y me mandó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la había visto, para que allí cortara diversas rosas de Castilla.

Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con sus santas manos y de nuevo las echó en mi ayate, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque bien sabía yo que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay abundancia de riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé. Cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo, miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío, que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Aquí las tienes; hazme el favor de recibirlas”.

Rosas de Castilla, que florecieron en la cima del Tepeyac

 

En ese preciso momento, desplegó Juan Diego su blanca manta y así que cayeron al suelo las incomparables flores, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera en que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac, que se llama Guadalupe.

Al instante, Fray Juan de Zumárraga y todos los que con él estaban cayeron de rodillas y admiraron el portento que se acababa de operar ante sus ojos, y que tantas generaciones admirarían a lo largo de los siglos.

El sagrado manto fue conducido al oratorio episcopal para su veneración y Juan Diego permaneció en casa del obispo.

Al día siguiente, 13 de diciembre, Juan Diego condujo a Su Excelencia y a los primeros romeros al lugar de la aparición, para mostrarles dónde era que la Señora del cielo deseaba que se erigiera un templo en su honor, el primado de América.

En cuanto pudo, Juan Diego pidió permiso para ir a su casa a ver a Juan Bernardino, pero no le dejaron ir solo. Al llegar encontraron al tío contento y plenamente restablecido.

Juan Bernardino contó entonces que la Santísima Virgen se le había aparecido del mismo modo que a su sobrino. Ella le había curado y mandado ver al obispo para que “le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe. Juan Bernardino rindió su testimonio a Fray Juan de Zumárraga y permaneció en casa del obispo junto con su sobrino “hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyac, donde la vio Juan Diego”.

Antonio Valeriano concluye el Nican Mopohua con las siguientes palabras: “El señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del cielo: la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente la viera y admirara su bendita imagen.

La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen”.

A la Santísima Virgen de Guadalupe, Reina de México y Emperatriz de América, que al dejar impresa en los ojos de su imagen la fisonomía del indio Juan Diego quisisteis manifestar vuestra misericordiosa predilección por el Nuevo Continente nacido de la fe católica, rogamos que protejas especialmente a las naciones americanas y que éstas correspondan a tanta bondad pugnando con dedicación para instaurar el Reino de Cristo sobre la tierra. Es decir, el Reino de María que el gran apóstol mariano San Luis María Grignion de Montfort anunció con luces proféticas en el siglo XVII.     

Notas.-

1. Cf. Richard Nebel, Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 124-125 y 153.
2. Cf. Enrique M. Loaiza, El Milagro de la Virgen de Guadalupe, Artpress, São Paulo, 2005, p. 16.
3. Consultar al respecto: Valdis Grinsteins, La Virgen de Guadalupe: desafío a la ciencia moderna, “Tesoros de la Fe”, no 60, Lima, diciembre de 2006.
4. Son las dos primeras palabras con las cuales comienza el relato y significan sencillamente “Aquí se narra”. Utilizamos aquí las dos traducciones más célebres: la del Lic. Primo Feliciano Velásquez (1931) y la del Pbro. Mario Rojas Sánchez (1978).

 



  




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