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«Tesoros de la Fe» Nº 120 > Tema “Piedad Cristiana”

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La Mediación y el Cuerpo Místico de Cristo

PREGUNTA

He visto dos explicaciones católicas sobre la mediación de Jesús —tan mentada por los protestantes— y quería saber cuál es la correcta: 1ª Vi una entrevista de un sacerdote di­ciendo que nosotros somos mediadores (incluso los santos y María), porque todos hacemos parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Por eso, cuando se habla de Jesús como único mediador, se habla de Él “entero”, incluyendo su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. 2ª También oí (si no me equivoco, de otro sacerdote) que la Mediación de Jesús es única, porque Él es nuestro Mediador abogado, y fue sólo por medio de Él que fuimos reconciliados con Dios Padre. Pero que todos pueden ser mediadores de gracia, rezando unos por los otros. ¿Cuál es la versión correcta defendida por nuestra doctrina?


RESPUESTA

Los protestantes niegan toda otra mediación fuera de la de Cristo, porque en verdad no entendieron bien ni siquiera esta mediación única y necesaria.

¿Por qué Jesucristo es el único Mediador? Porque, como está dicho por el propio consultante —que lo oyó, como él cree, de un sacerdote— fue solamente por medio de Jesucristo que fuimos reconciliados con Dios. En efecto, después del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, la humanidad se encontraba en ruptura con Dios. Su pecado tenía una gravedad infinita, pues la gravedad de una ofensa se mide por la grandeza y dignidad del ofendido. Así, siendo Dios infinito en su dignidad, el pecado de Adán, que fue transmitido a todos sus descendientes, tenía una gravedad infinita; exigía, por lo tanto, una reparación también infinita. Ahora bien, ningún hombre podía ofrecer tal reparación. La humanidad se encontraba, pues, en un impase. El propio Dios resolvió divinamente ese impase: la segunda persona de la Santísima Trinidad —el Hijo— se encarnó para ofrecer la reparación necesaria: siendo Dios y Hombre, su reparación tendría un valor infinito, y supe­raría la gravedad de la ofensa.­ Tal fue el mérito del sacrificio redentor de Cristo: Él compró nuestra salvación derramando su Sangre, infinitamente preciosa, en la Cruz.

El sacramento de la Penitencia o Confesión reconcilia al pecador con Dios


El sacramento de la penitencia
reconcilia al pecador con Dios

Precisamente aquí entra la incomprensión de los protestantes: ellos juzgan que una vez consumado el sacrificio de la Cruz, estaba todo resuelto y terminado. Sin embargo, no es precisamente así: los méritos alcanzados por Cristo —que Él puso al alcance de todos los hombres— necesitan ser aplicados a cada hombre, lo que se hace por medio del sacramento del bautismo, que borra el pecado original y nos reconcilia personalmente con Dios.

Una comparación ayudará al lector a comprender este punto. Cuando una nación rica y generosa envía socorros a otra nación devastada por un cataclismo, esos auxilios tienen después que llegar a cada una de las víctimas. La primera operación es la de obtener y enviar el socorro; la segunda, de distribuirlo. Y estamos viendo, por acontecimientos recientes, cómo, entre la ayuda enviada y la que llega a los que la necesitan, muchas veces se interponen saqueadores o aprovechadores inescrupulosos… Las dos fases son, pues, muy diferentes.

Así también, cuanto a la gracia que Jesucristo nos alcanzó con su muerte en la Cruz, es necesario aplicarla a cada hombre individualmente. En concreto, es necesario que los padres presenten a sus hijos para recibir el beneficio del bautismo. Ahora bien, ¡cuánta negligencia u omisión notamos en este punto, tanto mayor cuanto más la sociedad se va volviendo laica y atea! De ahí la necesidad del apostolado católico, que recuerde a esos padres omisos la necesidad y urgencia de proporcionar a sus hijos la recepción del sacramento que los reconcilia con Dios.

Además, cuando un hombre comete un pecado mortal, él vuelve a romper con Dios. No pierde el carácter de cristiano, que el bautismo imprimió en su frente de manera indeleble, pero pierde la gracia santificante que lo hacía amigo de Dios y heredero del cielo. Ahí entra el sacramento de la penitencia o confesión, que reconcilia al pecador nuevamente con Dios. Jesucristo dio a los sacerdotes el poder de perdonar los pecados en su nombre, aplicando al pecador los méritos infinitos del sacrificio redentor de la Cruz.

Tal es el sentido de la Mediación única de Cristo, que sólo a Él compete y a ningún otro miembro del Cuerpo Místico de Cristo, a ningún santo.

¿Cómo queda entonces la mediación universal de la Santísima Virgen? Todos los méritos personales de la Madre de Dios tienen valor al estar unidos a los méritos infinitos de su Divino Hijo. Sobre el papel único de Nuestra Señora, como Medianera de todas las gracias y Corredentora (tesis que, esperamos, sea declarada dogma por la Iglesia), mucho habría que decir, con lo que se llenarían páginas y páginas de nuestra revista, que no ha dejado de tratar abundantemente de la materia.

El Cuerpo Místico de Cristo

Queda explicar al consultante la pregunta que él hace sobre el Cuerpo Místico de Cristo. Éste fue el tema de una carta encíclica del Papa Pío XII (del 29 de junio de 1943), precisamente con ese título. El Papa muestra cómo la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo —que es la Santa Iglesia— se presta a las más altas y sublimes consideraciones. Pero, como todos los temas muy elevados, tal doctrina recibió también interpretaciones gravemente erróneas, claramente denunciadas y severamente reprobadas en la encíclica.

En lo que se refiere a la consulta del lector, sin duda se puede afirmar que, habiendo entregado Nuestro Señor Jesucristo a la Iglesia los tesoros infinitos de sus méritos, para que los distribuya a todos los hombres a través de su ministerio sagrado, ella participa de la condición de Mediador único de su Divino Fundador. Lo mismo vale para María Santísima. Vale también para todos los santos e incluso para los fieles comunes, en estado de gracia, uniendo sus méritos finitos a los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo. Como observación complementaria, recordemos que el pecado mortal no excluye al pecador del Cuerpo Místico —como Pío XII recuerda en su encíclica—sino que se vuelven miembros muertos que, si no se arrepienten a tiempo, son ramas secas destinadas al fuego eterno.

No sé si en la entrevista sobre el Cuerpo Místico de Cristo al que usted asistió se tomaron en cuenta todos los matices necesarios. En todo caso, quedan por aquí estas breves indicaciones para que pueda situarse en el delicado asunto. Y hará mejor si busca el texto completo de la referida encíclica, que está disponible en internet. Será una lectura muy enriquece­dora­ y de gran actualidad.    





  




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Nº 204 / Diciembre de 2018

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