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«Tesoros de la Fe» Nº 127

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El sombrero - II


En un artículo anterior, tratamos del sombrero como símbolo de dignidad; lo analizaremos ahora como expresión de buenos modales y veremos también cómo entró en decadencia antes de casi desaparecer.


Nelson Ribeiro Fragelli



"¿Quién es aquella señora de sombrero?”, me preguntó un amigo durante la Misa de Réquiem, celebrada en la Paulaner Kirche, en el centro de Viena. Era la asistente de un profesor fallecido. Su sombrero de color negro, circundado con una cinta púrpura, realzaba el dolor por el maestro perdido. Las largas alas sombreaban delicadamente su rostro, separándola del ambiente­ para recogerse mejor en su dolor. En aquella solemnidad religiosa ella parecía aureolada por el sufrimiento. Y sobre aquella aureola de luto se concentraban las miradas contristadas.

La creciente igualdad entre los sexos —la llamada emancipación de la mujer— suprimió los sombreros de los semblantes femeninos. Es una de las muchas pérdidas de estos tiempos modernos, pues ellos realzaban la dignidad femenina, dando la impresión de amparar su delicadeza.

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El sombrero llama la atención de una manera natural e irresistible, incluso antes que se le pueda asociar un juicio estético y moral. De una manera natural, sí, pues está justo encima del rostro, la parte del cuerpo que es —si no la más visible— ciertamente la que uno más trata de ver.

En una persona nada atrae más la mirada que el rostro; en él se conoce a alguien, sus trazos forman fisonomías y éstas revelan el espíritu y sus estados. Él suscita respeto y en él no se toca a no ser con cuidado, si no con reverencia. Al darle sombra, el sombrero se incluye en este punto de atención de las miradas, modificando fisonomías, manifestando estados de espíritu, acentuando la mentalidad, definiendo un carácter. En cuanto pieza de vestuario el sombrero fue pensado para dar sombra, pero en realidad ¡cuánta luz proyecta sobre los atributos personales!

Tomemos como ejemplo el sombrero eclesiástico clásico: en la simplicidad de sus formas y en la uniformidad de su negrura, irradia la seriedad del estado religioso, suscitando reverencia. San Pío X lo portaba blanco como su sotana, y en su modesta simplicidad acentuaba, en la expresión sobrenatural del más alto jerarca de este mundo, su inmensa dignidad [foto A]. También el sombrero eclesiástico modesto y negro, portado por un humilde párroco de aldea, “lleva a discernir, a través de la apariencia sensible, algo que de sí no es sensible, sino espiritual” (según enseña Plinio Corrêa de Oliveira). Dios está ahí representado.

A

El juicio estético-moral suscitado por quien lo usa, se relaciona con el estilo del sombrero escogido. ¿Modesto? ¿Pretencioso? ¿De mal gusto? Entre los modelos conocidos, cada estilo tiene un carácter propio vinculado a la forma, tamaño, material, color, ornamento. El carácter del sombrero habla del ca­rácter de quien lo usa. Los estilos varían según las circunstancias de la vida ­civil. Las necesidades de lo cotidiano —las fiestas, las ocasiones fúnebres o de gala, etc.— hicieron surgir a lo largo de los siglos modelos variadísimos. Y éstos expresan, del punto de vista moral, la imagen que caballeros y damas quisieron dar de sí al ambiente frecuentado. La profesión, el prestigio, la condición social, se reflejaban más o menos auténticamente por la forma del sombrero.

Sobre todo a partir del siglo XVII, los modelos pasaron a reflejar menos el origen y la dignidad de los que lo usaban, y más bien una concepción político-social de la sociedad dictada por la moda.

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B

Ejemplifiquemos con el sombrero de anchas alas, con una pluma superpuesta [foto B], tal como el modelo usado por los Tres Mosqueteros y otros dignatarios del Antiguo Régimen. Las alas sugerían protección y generosidad; la pluma, subiendo levemente a las alturas, elegante en sus movi­mientos, traía al espíritu la movilidad de pensamiento e ideales transcendentes, propios de la caballerosidad de aquellos tiempos. El tono de una conversación entre caballeros era percibido por el movimiento de las plumas, ora oscilantes y nerviosas, ora inmóviles y como que reflexivas. Cuando se presentaba a las damas, los hombres se quitaban el sombrero, y las plumas en circunvoluciones armónicas daban la nota y la medida de cortesía según el padrón social de las damas. El sombrero era uno de los elementos de expresión de los buenos modales. Reglas determinaban las circunstancias y los modos de quitarse el sombrero en sociedad, honrando a cada uno según su posición.­

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C

D

La Revolución Francesa adoptó estilos al gusto de la filosofía iluminista, igualitaria y utilitaria. Su modelo [foto C] contenía una renuncia al esplendor. Representaba la brutal ruptura con el pasado. La ausencia de alas dejaba patente el confinamiento de los ideales y la rebelión contra las reglas seculares del buen gusto. En vez de plumas, un haz de cereales significaba la primacía de lo útil sobre lo maravilloso. Bajo tales símbolos, cabezas en efervescencia infernal mandaron a otras al cadalso, haciendo con que tantas de ellas, impávidas y elegantes como las plumas de sus sombreros, rodaran implacablemente bajo la fría lámina de la guillotina.

Durante la Revolución Francesa aparecieron los primeros sombreros de copa alta y alas reducidas [foto D]. Eran inspirados en el “pueblo”, en nombre de quien se hacía la Revolución, y fueron los precursores del sombrero de copa, que dominaría la moda masculina del siglo XIX. La douceur de vivre había terminado en Francia; el sombrero de copa y el traje de quien lo portaba, generalmente de color negro, expresaban aquella tristeza. Aunque los políticos y embajadores, nobles e industriales que así vestían tuvieran la apariencia sombría de agentes funerarios, el sombrero de copa aún conservaba elegancia y gravedad. Su copa, elevada, exigía movimientos solemnes y acompasados. La altura del sombrero de copa es majestuosa y los reflejos de su seda llegaban casi a sustituir los movimientos ligeros de las plumas de otrora. Pero en ellos ya no estaba presente la flexibilidad, sustituida por la altura cilíndrica y rígida. De la pluma al cilindro se pasó de la elegancia del Antiguo Régimen a la objetividad geométrica del siglo industrial.

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Los hombres dejaron casi totalmente los sombreros de copa y las mujeres sus bellos sombreros. “No tienen utilidad”, “pasaron de moda”, “no tienen cabida en la vida moderna”— es la cantilena oída, al tratar de los sombreros. En nombre de la funcionalidad ni se nota la pérdida en dignidad acarreada por la desaparición de los sombreros. ¿Habrán quedado huecas las cabezas? 



  




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Nº 191 / Noviembre de 2017

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Día de Difuntos, William-Adolphe Bouguereau, 1859. Óleo sobre lienzo, Musée des Beaux-Arts de Bordeaux, Francia



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