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«Tesoros de la Fe» Nº 17 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Atanasio

Columna de la Iglesia

San Atanasio de Alejandría
(295-373) — Obispo y Doctor de la Iglesia


Uno de los mayores santos de la Historia, odiado violentamente por los malos, fue sin embargo muy amado por su lucha intrépida en defensa de la Fe.


Plinio María Solimeo


“El siglo IV, la edad de oro de la literatura cristiana, nos ofrece en sus umbrales la figura gigantesca de Atanasio de Alejandría, el hombre cuyo genio contribuyó al engrandecimiento de la Iglesia mucho más que la benevolencia imperial de Constantino. Su nombre va indisolublemente unido al triunfo del Símbolo de Nicea”,1 que aún hoy rezamos.

“¿Hay nombre más ilustre que el de San Atanasio entre los seguidores de la Palabra de la verdad, que Jesús trajo a la tierra? ¿No es este nombre símbolo del valor indomable en defensa del depósito sagrado, de la firmeza del héroe frente a las más terribles pruebas de la ciencia, del genio, de la elocuencia, de todo lo que puede representar el ideal de santidad de un Pastor unido a la doctrina del intérprete de las cosas divinas? Atanasio vivió para el Hijo de Dios; su causa fue la de Atanasio. Quien estaba con Atanasio, estaba con el Verbo eterno, y quien maldecía al Verbo eterno maldecía a Atanasio”,2 comenta Dom Guéranger, el admirable autor eclesiástico del siglo XIX.

Éste es el gran santo que conmemoramos el día 2 de mayo.

Arrianismo: herejía devastadora

Dios Nuestro Señor permitió que hubiese varias herejías ya en los comienzos de la Iglesia. Con ello, al refutarlas, los doctores fueron explicitando la verdad católica a partir de la Revelación y estableciendo así los fundamentos básicos sobre los cuales se afirmaría la verdadera doctrina.

Una de las herejías que más daño causó a la Iglesia, a partir del siglo III, fue el arrianismo, debido al apoyo que encontró de parte de muchos obispos y emperadores.

En la segunda mitad del siglo III, Melecio, obispo de Licópolis, rompió con San Pedro de Alejandría, provocando un cisma que dividió al patriarcado de Alejandría. Melecio cayó en cisma (o sea provocó una división) por haber discordado de la condescendencia del santo al recibir de vuelta a la Iglesia a cristianos arrepentidos que, por debilidad, habían ofrecido incienso a los ídolos para evitar la muerte.

Arrio, hombre intrigante, habilidoso, persuasivo, venido de Libia, se unió a los cismáticos. Elevado al sacerdocio por el primer sucesor de San Pedro de Alejandría, ambicioso y buscando preeminencia comenzó a predicar una nueva doctrina, que negaba la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. San Alejandro, nuevo Patriarca de Alejandría, la condenó como herética.

Atanasio: sustentáculo anti-arriano

“Jamás, tal vez, ningún jefe de herejía poseyó en más alto grado que Arrio las cualidades propias para ese maldito y funesto papel. Instruido en las letras y en la filosofía de los griegos, dotado de una rara fineza de dialéctica y de lenguaje, conseguía dar al error el aspecto y el atractivo de la verdad. Su exterior ayudaba a la seducción. Su orgullo se disfrazaba bajo una simple vestimenta, bajo una mirada modesta, recogida, mortificada, que le daba un falso aire de santidad, y al cual sabía aliar un trato gracioso en un tono dulce e insinuante”.3 Esto le abrió la puerta de los grandes y poderosos del mundo. Eusebio de Cesarea le concedió asilo y lo protegió. Eusebio de Nicomedia se volvió su más fuerte defensor. Por eso su herejía se extendió a través de los siglos, provocando un gran mal a la Iglesia.

El crecimiento y el tumulto de la nueva herejía preocupó al Emperador Constantino, que envió al más venerado Prelado de la época, Osio de Córdoba, a Alejandría, para intentar hacer cesar la “epidemia”. Éste, estando con San Atanasio, reconoció de inmediato su ortodoxia; así como la mala fe y error de Arrio. Por ello, aconsejó al Emperador a convocar un concilio en Nicea, para condenar la nueva herejía. En él fue compuesto el famoso Credo de Nicea, que algunos heresiarcas rubricaron constreñidos, y otros, rehusándose a hacerlo, fueron exiliados.

Fue ahí, en la gran asamblea, que un pequeño gran hombre, secretario de San Alejandro, se hizo notar por el fuego de sus palabras, la elocuencia y el amor a la ortodoxia católica. Era él Atanasio.

Modelador de los acontecimentos

“Atanasio era una de esas raras personalidades que deriva incomparablemente más de sus propios dones naturales de intelecto de que de lo fortuito de la descendencia o de los que lo rodean. Su carrera casi personifica una crisis en la historia de la Cristiandad, y se puede decir de él que más dio forma a los acontecimientos en que tomó parte de que fue moldeado por ellos”.4 A esta descripción psicológica debemos añadir su fe profunda e inconmovible, al servicio de la cual colocó sus cualidades naturales.

De estatura por debajo de la media (por lo que fue objeto de burla por parte del apóstata Juliano), según sus biógrafos, era de complexión delgada, pero fuerte y enérgico. Tenía una inteligencia aguda, rápida intuición, era bondadoso, acogedor, afable, agradable en la conversación, pero vigilante y afilado en el debate.

La Historia no guardó el nombre de sus padres. Por la alta formación intelectual que aún de joven demuestra, se juzga que pertenecía a la clase más elevada.

Joven Patriarca de Alejandría

Aún adolescente, fue notado y apreciado por San Alejandro, que lo tomó bajo su protección y, con el tiempo, lo hizo su secretario. En el Concilio de Nicea aún no había recibido la ordenación. Pero, cinco meses después, San Alejandro, al fallecer, lo designó como sucesor suyo en la Sede de Alejandría. Atanasio tenía apenas treinta años de edad.

Triste herencia recibió el joven obispo. Durante sus primeros años de episcopado, los melecianos y arrianos se unieron para alborotar al pueblo y lanzar el espíritu de rebeldía, del que se alimentan las herejías. Pues el arrianismo, si bien tenía un supuesto fundamento religioso, era más un partido político de agitadores, como muchos movimientos de izquierda católica hoy en día. No había calumnia, difamación y ardid que los arrianos no inventasen contra Atanasio, para minar su autoridad.

El Emperador Constantino, al perder a su madre Santa Elena, quedó bajo la influencia de su hermana Constancia, conquistada por la herejía. A pedido de ella, hizo volver del exilio a los herejes exiliados en Nicea, mientras perseguía a los católicos fieles.

Concilio de Nicea — Capilla Sixtina, El Vaticano

La astucia de los santos

Apenas retornó del exilio, Eusebio de Nicomedia convoca a un concilio en Cesarea, sede del otro Eusebio arriano, para condenar a San Atanasio. Éste es intimado a comparecer en Tiro —hacia donde el concilio había sido transferido— a fin de responder a las acusaciones levantadas contra él.

Hicieron entrar a una mujer de cabellos desgreñados que, con fuertes gritos, acusó al santo de haber abusado de ella. Uno de los sacerdotes de Atanasio, al percibir el juego, se levantó y fue hasta donde estaba la impostora, exclamando: “¡Cómo! ¿Entonces es a mí a quien imputas ese crimen?” Ella, que no conocía a Atanasio, replicó: “Sí, es a ti. Yo bien te reconozco”. Hubo una carcajada general, y la miserable huyó llena de confusión.

Pero esto no desarmó a los impostores. Mostrando una mano resecada, afirmaron que pertenecía a un tal Arsenio, que hacía tiempo desapareciera, y que ciertamente fuera descuartizado por Atanasio para efectos de magia. Atanasio hizo entrar en la sala al mismo Arsenio, a quien encontrara en la soledad del desierto. Mostrándolo, dijo a los acusadores: “Vean a Arsenio, con sus dos manos. Como el Creador sólo nos dio dos, que mis adversarios expliquen de dónde sacaron esta tercera”. Los herejes, confundidos, provocaron un verdadero tumulto y suspendieron la sesión.

Exilio causado por amor a la ortodoxia

Con calumnias y otros artificios, los herejes, que gozaban del prestigio del poder imperial, consiguieron que el santo fuese cinco veces exiliado.

El primer exilio, en Tréveris, duró cinco años y medio, terminando en el 337 cuando, con la muerte de Constantino, su hijo del mismo nombre llamó a Atanasio para ocupar nuevamente su Sede. El año anterior, Arrio, al sentirse mal mientras era llevado en triunfo por sus partidarios, tuvo que retirarse a un lugar excusado donde murió con las entrañas en las manos.

Sin embargo, muerto el heresiarca, no murió la herejía, que en el 340 consiguió imponer un obispo hereje en Alejandría, teniendo Atanasio que huir al exilio en Roma. Fue favorablemente acogido por el Papa, que condenó al intruso.

Atanasio pasó tres años en Roma, donde introdujo a los monjes de Oriente. Publicó en la Ciudad Eterna grandes obras contra los herejes arrianos. Pero en el 343 fue exiliado en la Galia.

La década del 346 al 356 fue el período de oro para Atanasio en la Sede de Alejandría. Pudo dedicarse completamente al ministerio episcopal, instruyendo al clero y al pueblo, dedicándose a los necesitados y favoreciendo la vida monástica. Sobre todo fortaleció en la fe a los católicos fieles.

En un nuevo concilio, en Milán, en el 356, los arrianos obtuvieron que San Atanasio fuese una vez más exiliado. Él se retiró entonces al desierto del alto Egipto, llevando una vida de anacoreta durante los seis años siguientes, viviendo con los monjes y dedicándose a sus escritos.

Persecución inclemente al santo

Con la subida de Juliano, el Apóstata, al trono imperial, Atanasio pudo volver, en el 362, a Alejandría. Pero, poco después, envidioso del prestigio del santo, el emperador impío lo mandó exiliar nuevamente. No fue por mucho tiempo, pues Juliano falleció al año siguiente, después de haber intentado restaurar en el Imperio el paganismo. El nuevo emperador, Joviano, anuló el exilio de Atanasio, que volvió una vez más a Alejandría.

Favorecido con la buena voluntad del nuevo Emperador, el patriarca pensaba esta vez poder dedicarse por entero a sus ovejas. Joviano, sin embargo, falleció al año siguiente, y Atanasio fue una vez más exiliado. Se cuenta que tuvo que refugiarse durante cuatro meses en la tumba de su padre.

El pueblo de Alejandría no podía continuar sin su celoso pastor. Recurrió en esta ocasión a Valente, hermano del Emperador arriano Valentiniano, y obtuvo que Atanasio pudiese volver en paz a su iglesia.

Así, después de una vida tan tormentosa y de tantos peligros, San Atanasio, como lo resalta el Breviario Romano, “murió en paz en su lecho”, el día 18 de enero del 373. Había gobernado, con intervalos, durante 46 años, la iglesia (diócesis) de Alejandría.

El gran iluminador

«En el carácter de Atanasio —ha dicho Bossuet— todo es grande». Toda su vida es la revelación de una energía prodigiosa, que sólo encontramos en las épocas decisivas. Indiscutiblemente, su grandeza como hombre le coloca en la primera fila de los caracteres más admirables que ha producido el género humano. Como escritor y doctor, se le ha podido llamar el gran iluminador y columna fundamental de la Iglesia”.5     


Notas.-

1. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, 3ª ed., vol. II, p. 253.
2. D. Próspero Guéranger, El Año Litúrgico, Ediciones Aldecoa, Burgos, 1956, t. III, p. 758.
3. Les Petits Bollandistes, p. 239.
4. The Catholic Encyclopedia, Online Edition.
5. F. Pérez de Urbel, op. cit., p. 267.



  




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