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«Tesoros de la Fe» Nº 133 > Tema “Doctores de la Iglesia”

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San Basilio Magno

Honra y ornamento de la Iglesia



San Basilio dictando su regla, Francisco Herrera el Viejo, 1639 – Museo del Louvre


Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia, impertérrito defensor de la fe contra los errores de su tiempo, iniciador de la vida monástica en común, recibió el título de Padre de los monjes de Oriente, tal como San Benito de Nursia lo es de los monjes de Occidente


Plinio María Solimeo


San Basilio de Cesarea de Capadocia (actual Kayseri, Turquía), pertenece a una familia de santos. Su abuela paterna fue Santa Macrina, la Mayor, que confesó la fe en Jesucristo durante la persecución de Maximiano Galerio. Sus padres fueron San Basilio, el Viejo, y Santa Emilia, hija de un mártir. De sus nueve hermanos, tres fueron elevados a la honra de los altares: Santa Macrina, la Joven, San Gregorio de Nisa y San Pedro de Sebaste. Basilio, su hermano Gregorio de Nisa y su amigo Gregorio Nacianceno forman el trío llamado “los tres capadocios”.

Basilio nació en Cesarea a fines del año 329. Su padre era abogado y profesor, descendiente de una rica estirpe de propietarios rurales de la región del Ponto. Su madre era de familia noble de Capadocia. El niño fue criado bajo la protección de su abuela Macrina. Años después, él afirmará: “Nunca más olvidaré las fuertes impresiones que las palabras y los ejemplos de esa santa mujer producían en mi alma aún tierna”. Para defenderse de la acusación de heterodoxia, aseverará: “Jamás he hecho traición a la fe. Como la recibí, siendo niño, sobre las rodillas de mi abuela Macrina, así la predico y así la enseñaré hasta mi último aliento”.

San Basilio estudió inicialmente con su padre, después lo hizo en Cesarea, Constantinopla y Atenas. En las dos últimas, tuvo como condiscípulo a San Gregorio Nacianceno, con quien se unió en estrecha amistad, y a quien debemos muchos datos de su vida.

Cristiano no sólo de nombre, sino de hecho

San Gregorio atestigua en el panegírico de su amigo: “Ambos teníamos las mismas aspiraciones; íbamos detrás del mismo tesoro, la virtud. Sólo conocíamos dos caminos: el de la iglesia y el de las escuelas públicas. No teníamos ninguna relación con los estudiantes que se mostraban groseros, impudentes o despreciaban la religión, y evitábamos a los que tenían conversaciones que nos podrían ser perjudiciales. Nos habíamos persuadido de que era una ilusión mezclarse con los pecadores bajo el pretexto de buscar convertirlos, y deberíamos siempre temer que nos comunicasen su veneno. Nuestra santificación era nuestro gran objetivo, y el que seamos llamados y seamos efectivamente cristianos. En esto hacíamos consistir toda nuestra gloria”.1

Mundanismo, vanagloria y su conversión

En Cesarea pasó por una “conversión”. Aunque hubiese llevado una vida muy regular, procurando siempre la voluntad de Dios, los aplausos y alabanzas que recibía eran tantos que, según su hermano Gregorio de Nisa, aquello dejó trazos de mundanismo y autosuficiencia en el joven profesor, que sintió el vértigo de la vanagloria. Pero en casa, viendo el ejemplo de su hermana Macrina, que llevaba una vida austera de virgen consagrada, se impresionó: “Comencé a despertarme como de un sueño profundo, a abrir los ojos, a ver la verdadera luz del Evangelio y a reconocer la vanidad de la sabiduría humana”. Sólo entonces, conforme la costumbre de la época, fue bautizado y recibió la orden sagrada de Lector. Resolvió entonces vender todo lo que tenía, dar el producto a los pobres, y hacerse monje.

Ordenador y legislador del monacato en el Oriente

Deseaba hacer todo de la mejor manera posible. Resolvió entonces viajar por Siria, Mesopotamia y Egipto para visitar a diversos cenobitas de aquellos lugares a fin de adquirir un conocimiento profundo de los deberes de aquel género de vida que había adoptado. Es necesario notar que la vida religiosa en común recién daba sus primeros pasos y aún no había nacido quien la ordenara, como lo hizo después San Benito de Nursia en Occidente.

Si la impureza corporal le chocaba a Basilio, mucho más la de alma. Por eso era implacable contra toda herejía o doctrina dudosa. Tenía un profundo horror al arrianismo, entonces triunfante hasta en el trono imperial.

Ruinas de Cesarea de Capadocia, ciudad natal de San Basilio


Al regresar a Cesarea, colaboró de nuevo con el obispo local Dianeo, a quien admiraba mucho. Sin embargo, como éste entró en una especie de acuerdo con los arrianos, rompió con él y se retiró a la provincia del Ponto, donde ya se habían instalado su madre y hermana. Ellas habían fundado un convento femenino a orillas del río Iris. En la otra margen Basilio fundó un convento masculino, que dirigió durante cuatro años. En él ingresaron también su amigo Gregorio Nacianceno y sus hermanos Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste.

El gobierno que Basilio ejercía en el monasterio era muy suave, basado en el ejemplo más que en las palabras. Su dulzura y paciencia eran a toda prueba. Los monjes se levantaban al amanecer, para alabar a Dios con la oración y el canto de los salmos. Leían los Libros Sagrados y alternaban la oración con el estudio, dedicándose en los tiempos libres al trabajo manual. De cuando en cuando Basilio los reunía para escuchar sus dudas o propuestas, y los orientaba en el camino de la perfección. Surgió así su obra Reglas Mayores y Menores, suma de catequesis monacal, indispensable para el desarrollo de la vida cenobítica. Gracias a San Basilio Magno, la vida en comunidad se afirmaría finalmente en el cristianismo, dando comienzo al movimiento monacal que más tarde forjó la Edad Media. “Si [San Basilio] no creó el monaquismo oriental, le infundió una vida nueva cuando se hallaba amenazado de un gran peligro: el de llegar a ser una sociedad de trabajadores que rezan, o de rezadores que se matan a fuerza de penitencias”.2 En todo caso, quedó conocido como el padre del monaquismo de Oriente, como San Benito lo es de Occidente.

Su firmeza contra los arrianos y la “Basiliade”

En 370, al quedar vacante la diócesis, el pueblo de Cesarea escogió a Basilio para ocuparla. “La noticia de esa elección provocó una satisfacción extraordinaria en San Atanasio, y a partir de ahí anunció las victorias que San Basilio alcanzaría sobre la herejía reinante”.3 En efecto, protegidos por el emperador, una minoría de obispos sufragáneos de Basilio, adeptos del arrianismo, le dieron mucho trabajo. Pero, con años de tacto, “templando su corrección con la consideración y su gentileza con la firmeza”, como dice San Gregorio Nacianceno, consiguió vencer a sus oponentes.

Para socorrer las miserias materiales de una ciudad grande como Cesarea, Basilio fundó en ella, en un gran terreno que le fue dado por el emperador, una verdadera ciudad de la caridad, que pasó a ser conocida como “Basiliade”. Dice San Gregorio que esta obra “puede ser reconocida como una de las maravillas del mundo, tal es el gran número de pobres y de enfermos que allí son recibidos, tanto son admirables el orden y el aseo con los cuales se trata de las diversas necesidades de los indigentes”. El conjunto tenía hospital, albergue y escuela para jóvenes. Hombres y mujeres tenían pabellones separados. Amplios jardines los dividían, y en el centro estaba la espaciosa iglesia.

Enfrentando al emperador arriano

El emperador Valente era de un temperamento muy violento, y para evitar un choque en la ejecución de los decretos de exilio de los obispos católicos, quiso él mismo visitar las diversas ciudades del Imperio. Pero en Cesarea, dada la gran personalidad de San Basilio, quiso preparar el terreno. Mandó entonces que algunos obispos arrianos fuesen a conversar con Basilio, para ver si conseguían llevarlo a unirse a la herejía. Éste no sólo no quiso escucharlos, sino que los excomulgó.

El prefecto Modesto llamó entonces al obispo recalcitrante. Con buenas palabras, intentó inducirlo a aceptar la herejía arriana. Como Basilio no le diese oídos, lo amenazó gradualmente con la confiscación de bienes, destierro, tormentos y muerte. San Gregorio, que estaba presente, describe la escena:

“Amenazadme de cualquier otra cosa, porque nada de eso me impresiona”, le respondió Basilio.

“¿¡Qué dices!?”

“Aquel que nada tiene, está a salvo de la confiscación. No tengo sino algunos libros y los trapos que visto; imagino que no me los vais a quitar. En cuanto al exilio, no os será fácil condenarme: considero que mi patria es el cielo y no el país en que habito. Le temo poco a los tormentos. Mi cuerpo está en un tal estado de debilidad y de flaqueza, que no podrá sufrir por mucho tiempo. El primer golpe acabará con mi vida y mis penas. Menos aún temo la muerte, que me parece un favor. Ella me reunirá anticipadamente con mi Creador, por quien solo vivo”.


Edición de 1343 de una obra de San Basilio

El emperador no tuvo mayor éxito. Por eso resolvió dirigirle la orden de exilio. Pero la Providencia velaba. Esa misma noche el príncipe imperial Valentiniano Gálata, de seis años, fue acometido por una fiebre tan violenta, que los médicos se confesaron impotentes para cualquier cosa. La emperatriz hizo notar al marido que eso era un justo castigo por haber exiliado al obispo, e insistió en que lo llamase para curar a su hijo. Basilio aún no había partido. No bien llegó al palacio, el niño comenzó a mejorar. Afirmó al emperador que el niño sanaría, con tal que él prometiese educarlo en la verdadera religión, la católica. Habiendo sido aceptada la condición, el obispo rezó junto al lecho del niño, el cual quedó instantáneamente curado.

Sin embargo, presionado por los obispos arrianos, Valente no mantuvo su palabra. Al contrario, hizo bautizar al poco tiempo al niño por uno de los obispos herejes. El niño tuvo una inmediata recaída y murió poco después.

El terrible golpe no convirtió al emperador, que condenó nuevamente a Basilio al exilio. Cuando le trajeron la orden para firmar, el asta de bambú que le servía de pluma se quebró en su mano. Otra asta le fue traída, y tuvo el mismo fin. Una tercera también se quebró. Cuando Valente hizo venir una cuarta, su brazo fue tomado de un temblor y de una agitación extraordinaria. Aterrorizado, rasgó la orden y dejó al arzobispo en paz.

San Basilio, declarado Magno y Doctor de la Iglesia, falleció el día 1º de enero del año 379. 


Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. VII, p. 8.
2. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 616.
3. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 14.



  




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