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«Tesoros de la Fe» Nº 134 > Tema “Mártires”

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San Blas

Obispo de Sebaste





Mártir del siglo IV, venerado por la Iglesia como patrono de los cazadores y de quienes padecen enfermedades de la garganta


Renzo Alvarez Astengo


Nació San Blas en la segunda mitad del siglo tercero en la ciudad de Sebaste (hoy Sivas, en Turquía) que por aquella época hacia parte de la provincia romana de Capadocia, en el Asia Menor. Criado en el seno de una noble familia, atraía sobre sí el aprecio de todos por su natural dulzura, por la pureza de sus costumbres y sobre todo por su eminente virtud.

Dotado de gran inteligencia Blas se dedicó con gran éxito al estudio de la filosofía, las ciencias naturales y la medicina, ciencia que llego a dominar con gran perfección. Ya como médico alcanzó gran notoriedad, tanto por la excelencia con que se desempeñaba como por la abnegación y caridad con que se entregaba al cuidado de los enfermos, a quienes infundía la paciencia, la santa resignación y el amor a Nuestro Señor Jesucristo, obteniendo entre ellos muchas conversiones.

Fue en el continuo contacto con las miserias propias de la enfermedad que Blas comprendió el carácter perecedero de todo lo terreno y, a medida que su alma se iba desapegando de los bienes terrenales, crecía cada vez más en él la avidez por los celestiales. A tal punto llegaron estas consideraciones, que llegó a concebir la idea de abandonar el mundo y retirarse al desierto para allí llevar una vida eremítica consagrada únicamente a Dios. Sin embargo, otros eran los designios de la Divina Providencia para su siervo.

Obispo de Sebaste, ciudad de los mártires

Corría el año 303 cuando Diocleciano, gran enemigo del catolicismo, desencadenó aquella que vendría a ser la más sangrienta persecución de los tiempos imperiales contra la Iglesia.

Dicha persecución fue especialmente cruel en Sebaste —al punto que llegó a ser conocida como la ciudad de los mártires— debido a la saña con que Agrícola, gobernador de Capadocia, se propuso acabar con el cristianismo en sus dominios. Entre las miles de víctimas que por entonces se produjeron, los fieles cristianos tuvieron que llorar especialmente a su obispo quien, en virtud de su investidura episcopal, fue uno de los primeros en ser martirizados.

Viéndose así privados de su pastor en medio de la persecución, los pobladores de Sebaste decidieron congregarse a fin de elegir un nuevo obispo. La elección para ocupar la sede episcopal vacante recayó entonces en San Blas, decisión que produjo el regocijo unánime de toda la población que vio en ella la mano de la Divina Providencia.

San Blas con el niño de la espina


Ya en el ejercicio de su ministerio el nuevo obispo se mostró tanto y aún más solícito por el bien de las almas de lo que, como médico, había sido por el de los cuerpos; sin embargo, ante el riesgo de ser él mismo víctima de las persecuciones y por inspiración divina, tomó la decisión de salir de la ciudad y retirarse a una cueva en el bosque del monte Argeo, situado a unas millas de Sebaste.

Fue en esta famosa cueva donde según la tradición San Blas operó gran multitud de milagros. A ella acudían todo tipo de personas para obtener la curación de sus males corporales y principalmente espirituales, y el santo obispo a todos sanaba con tan sólo hacerles una señal de la cruz e impartirles su bendición. Incluso las bestias, aun las más feroces, allí se acercaban en busca de una cura para sus heridas y si ocurría que el santo se encontraba en oración, mansamente esperaban a la entrada de la gruta y de allí no se retiraban sino hasta recibir su bendición.

Sin embargo, el santo obispo no olvidaba sus deberes como pastor. Así, en más de una ocasión, evadiendo la persecución, descendía a la ciudad a fin consolar y fortalecer en su fe a los miembros de su grey, sobre todo a aquellos que en las cárceles aguardaban por el martirio.

En 311 Galerio publica un edicto por el cual se da tolerancia al cristianismo y en 313 los emperadores Constantino y Licinio firman el edicto de Milán por el cual quedaba establecida la libertad religiosa en todo el imperio. Poniendo fin, así, a casi diez años de persecución. Pudo entonces San Blas regresar a su diócesis.

Captura de San Blas

De vuelta a Sebaste, Blas se aplicó de lleno a su labor pastoral orientada principalmente a la instrucción del pueblo. Sin embargo no pasó mucho tiempo para que la tempestad de la persecución surgiera nuevamente en el horizonte de la Iglesia.

Licinio emperador de Oriente, decidió armarse contra Constantino y como éste apoyaba al clero, para mejor combatirlo ordenó reanudar la persecución contra los cristianos. Nuevamente las calles de Sebaste se tiñeron con la sangre de los fieles martirizados y nuevamente se vio San Blas constreñido a enrumbar en dirección del monte Argeo.

Cierto día unos cazadores, enviados al bosque por Agrícola a fin de capturar fieras a las que serían arrojados los fieles, llegaron hasta la gruta donde se refugiara el santo obispo encontrándole arrobado en oración y teniendo a sus pies un sin número de bestias. Llenos de admiración por lo que veían no se atrevieron siquiera a acercarse y prestos enrumbaron a la ciudad a fin de comunicar al gobernador aquel hallazgo.

Igualmente sorprendido, Agrícola envió entonces a un grupo de soldados para que se apoderasen de Blas y lo condujesen a su presencia. Llegados a la gruta los enviados del gobernador le intimaron a salir:

“Ven con nosotros, que el gobernador te llama”.

El santo obispo, embargado por una alegría toda sobrenatural, respondió:

“Vamos, hijos míos, vamos a derramar nuestra sangre por mi Señor Jesucristo; muchos días ha que suspiro por el martirio, y esta noche me ha dado el Señor a entender que se dignaba aceptar mi sacrificio”.

Milagro de la espina


Relicario que conserva el pie de San Blas

Enterados de su captura, una multitud se aglomeró para verle pasar. San Blas a todos iba bendiciendo, imponiendo sus manos a los enfermos que inmediatamente se veían curados de sus males. Fue durante este trayecto que tuvo lugar el famoso milagro que dio origen a la particular devoción de San Blas como patrono contra los males de la garganta, así narrado por el padre Juan Croisset S.J.:

“Una pobre mujer se arrojó a los pies del santo, presentándole a un hijo suyo que estaba agonizando, por una espina que se le había atravesado en la garganta, y sin remedio humano le ahogaba. Compadecido el piadosísimo obispo del triste estado del hijo y del dolor de la madre, levantó los ojos y las manos al Cielo, haciendo esta fervorosa oración: «Dignaos, Señor mío, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, dignaos oír la humilde petición de vuestro siervo y restituid a este niño la salud, para que conozca todo el mundo, que sólo Vos sois el Señor de la muerte y de la vida […] humildemente os suplico que todos los que en adelante recurrieren a mí para conseguir de Vos, por la intercesión de vuestro siervo, la curación de semejantes dolencias, experimenten el efecto de su confianza, y sean benignamente oídos y favorablemente despachados». Apenas acabó el santo su oración, cuando el muchacho arrojó la espina y quedó del todo sano”.1

Enfrenta al gobernador y al martirio

Llegado ante el gobernador, el santo fue conminado a sacrificar a los ídolos, a lo que San Blas respondió:

“¡Oh Dios! ¿para qué das ese nombre a los demonios, que sólo tienen poder para hacernos mal? No hay más que un solo Dios inmortal, todopoderoso y eterno, y ese es el Dios que yo adoro”.

Enfurecido con esta respuesta, Agrícola mandó apalear a San Blas y luego lo hizo encerrar en prisión. Blas, sin embargo, no desperdició la ocasión para hacer bien a las almas y desde la cárcel obró una gran cantidad de milagros que irritaron aún más al gobernador. Éste ordenó entonces que le descarnasen la piel con uñas de acero.

El martirio de San Blas, Giovanni Francesco de Rosa (Pacecco de Rosa), s. XVII


El castigo fue atroz, la sangre corría abundantemente, pero Blas permanecía con el semblante tranquilo sustentado por una fuerza sobrenatural:

“Esto es lo que ansiaba hace mucho tiempo —susurró el valiente obispo—, que mi alma se desprendiera de la tierra y mi cuerpo fuera elevado en alto. Próximo ya a la eterna morada, desprecio a todo lo vano y caduco y me burlo de ti y tus suplicios. Estos sufrimientos sólo durarán un instante, mientras que el premio será eterno”.

Tamaño ejemplo no dejó de inspirar a la multitud que acompañaba el suplicio. Siete devotas mujeres que se ocupaban en recoger la sangre del santo obispo fueron descubiertas y llevadas ante el gobernador quien les intimó a sacrificar a los dioses. Simulando acceder al requerimiento, tomaron ellas los ídolos y los llevaron hasta la laguna en donde, tras proclamarse cristianas, los arrojaron desapareciendo las malignas imágenes en las aguas del lago. En el acto fueron ellas coronadas con la gloria del martirio.

Furioso hasta el extremo ordenó Agrícola que, en venganza, fuese Blas arrastrado a la laguna para en ella ser ahogado. Sin embargo, al llegar al borde de la misma, después de hacer la señal de la cruz, comenzó a caminar sobre las aguas como si se tratara de tierra firme y llegando al centro mismo del lago comenzó a retar a los paganos para que hiciesen lo mismo, pereciendo ahogados aquellos que lo intentaron.

Semejantes prodigios deberían producir la conversión del gobernador, pero era tal el odio que Agrícola alimentaba hacia la verdadera religión, que apenas salió San Blas del lago mandó se le cortara la cabeza. De esta manera, después de haber “combatido el buen combate”2 en este mundo, partió el santo obispo a recibir el premio de la gloria. Era el día 3 de febrero del año 316. 


Notas.-

1. P. Juan Croisset, Año Cristiano, Lib. de Rosa y Bouret, París, 1864, t. 2, p. 39.
2. Cf. 2 Tim 4, 7.



  




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