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«Tesoros de la Fe» Nº 136

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Los gloriosos orígenes del celibato eclesiástico


Luis Sergio Solimeo


En épocas de crisis, siempre surgen pretendidos reformadores con soluciones “geniales”, que no consisten en otra cosa sino en demoler las más venerables tradiciones de la Iglesia.

Uno de los blancos más constantes de estos pretendidos reformadores ha sido el celibato eclesiástico, una de las glorias de la Iglesia latina.

Abandono del celibato y el divorcio

Es curioso que, juntamente con la abolición del celibato eclesiástico, viene el abandono de la indisolubilidad del matrimonio. Esto se comprende: pues si es imposible guardar la castidad, no sólo cae por tierra la continencia celibataria, sino también la castidad conyugal, la fidelidad matrimonial.

Históricamente esto fue lo que sucedió con los cismáticos orientales, los protestantes, los anglicanos, etc. La abolición total o parcial del celibato clerical se produjo conjuntamente, o fue precedida, del consentimiento para el divorcio.

Los actuales escándalos sexuales, tan noticiados por la prensa, han servido de pretexto para un recrudecimiento de la campaña contra el celibato eclesiástico. Sectores vinculados a los medios de comunicación, organizaciones de sacerdotes casados, de católicos liberales, han insistido en el asunto.

Además de los argumentos seudo científicos que pretenden probar la imposibilidad de guardar la castidad, está siendo muy difundido el argumento de que el celibato es una disposición puramente disciplinaria, introducida tardíamente en la legislación de la Iglesia y que puede ser abolida sin mayores problemas. O, al menos puede volverse optativa, con sacerdotes casados o célibes, conforme una decisión personal.

En verdad existen incontables estudios, muchos de ellos recientes, que desmienten por completo este argumento pretendidamente histórico-canónico.

Práctica de la continencia en la Iglesia primitiva

Estos estudios, basados en una sólida e irreprensible documentación muestran que, aunque no se pueda hablar de celibato en el sentido estricto de la palabra —es decir, una persona que nunca se casó—, es cierto que desde los tiempos apostólicos la Iglesia tuvo como norma que aquellos hombres que eran elevados al sacerdocio y al episcopado (como también los diáconos) debían guardar la continencia. Si estaban ya casados, lo que era muy común en los comienzos de la Iglesia, con el consentimiento de sus esposas, debían cesar la vida conyugal e incluso de habitar bajo el mismo techo.

Seguiremos más directamente el breve pero denso estudio del Cardenal Alfons Stickler, por su autoridad como historiador del Derecho Canónico y antiguo bibliotecario de la Santa Iglesia.


Cardenal Alfons Stickler (1910-2007)

Según explica él, la Iglesia de los tiempos apostólicos y la Iglesia primitiva no exigían que una persona fuera soltera o viuda para ser ordenada sacerdote o designada obispo.

Teniendo en vista que en ese tiempo un gran número de cristianos estaba compuesto por personas convertidas, a veces a la edad adulta (el caso de San Agustín, que se convirtió a los 30 años, es típico), era común que un hombre casado fuera ordenado sacerdote y hecho obispo. Pero, como se lee en las epístolas de San Pablo a Tito y a Timoteo, el obispo debía ser “hombre de una sola mujer”, en el sentido de haberse casado una sola vez.

En efecto, se juzgaba que una persona que, habiendo enviudado, se había casado de nuevo, difícilmente tendría fuerza suficiente para cesar las relaciones conyugales y la convivencia bajo el mismo techo. Es evidente, resalta el Cardenal Stickler, que dado el carácter de mutua entrega del matrimonio, tal separación sólo podía efectuarse con el completo asentimiento de la esposa, la cual, a su vez, se comprometía a vivir en castidad en una comunidad femenina.

La confirmación en los Evangelios

Con relación a los Apóstoles, sólo sabemos con seguridad que San Pedro era casado, pues su suegra está mencionada en los Evangelios. Pero es posible que otros también lo fuesen. Sin embargo, tenemos una clara indicación de que ellos abandonaron, incluso a su familia, para seguir a Cristo.

Así, leemos en los Evangelios que cuando San Pedro le dijo a Nuestro Señor, “Nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido”. Jesús les dijo: “En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa o mujer o hermanos o padres o hijos por el reino de Dios, que reciba mucho más en el tiempo presente y en la edad venidera la vida eterna” (Lc 18, 28-30; cf. Mt 19, 27-30 y Mc 10, 20-21). No cabría en este artículo acompañar toda la historia del celibato, de acuerdo con la amplia documentación citada por el Cardenal Stickler. Resumidamente, presentamos algunos datos más destacados.

Ya el Concilio de Elvira, en España (310), en el canon 33, al tratar de la continencia sacerdotal, presenta al celibato como una norma que debe ser mantenida y observada, y no como una innovación. Y el hecho de que no hubo ni revuelta ni sorpresa muestra que ésa era la realidad.

Lo mismo ocurre en el Concilio de la Iglesia del África, alrededor del 390 y sobre todo en el Concilio de Cartago, también en el norte de África (año 419), del cual participó nada menos que San Agustín. Estos Concilios recuerdan la praxis eclesiástica de la obligación del celibato, afirmando que tal praxis es parte de la tradición apostólica.

El celibato no fue introducido en la Edad Media

El Papa Siricio, respondiendo el año 385 a una consulta específica sobre la continencia clerical, afirma que los obispos y sacerdotes que continúan sus relaciones conyugales después de su ordenación actúan contra una irrevocable ley que los ata a la continencia y que se remonta a los comienzos de la Iglesia.

Varios otros Papas y Concilios regionales, en especial en la Galia, continuaron recordando la tradición del celibato y reprimiendo los abusos.

En la lucha que San Gregorio VII trabó en el siglo XI contra la intervención del Emperador del Sacro Imperio en asuntos eclesiásticos, conocido como la querella de las investiduras, tuvo que combatir la simonía —la compra de los cargos eclesiásticos—, y el nicolaísmo —herejía que predica, entre otras cosas, el matrimonio clerical.

No fue este santo, como alegan muchos, o el Segundo Concilio de Letrán (1139) los que “introdujeron” la ley del celibato en la Iglesia; ellos apenas confirmaron la vigencia de una disposición que venía desde el comienzo de la Iglesia, y tomaron medidas para mantener su observancia. Este concilio lateranense no solamente confirmó la ley de la continencia, sino que declaró nulo el matrimonio procurado por sacerdotes y diáconos o por aquellos atados por votos solemnes de religión.

Errores y falsificaciones

El principal argumento de aquellos que niegan la tradición apostólica de la continencia clerical es que, durante el Primer Concilio de Nicea, en 325, un obispo y ermitaño famoso, Paphnutius, de Egipto, se habría levantado, en nombre de la tradición, para disuadir a los Padres Conciliares de imponer la continencia clerical. Ante tal intervención, el Concilio se habría negado a imponer tal continencia.

Pues bien, argumenta el Cardenal, el historiador de aquel Concilio, que estuvo presente en él, Eusebio de Cesarea, no hace referencia a ese hecho, el cual, de haber existido, habría llamado su atención. La mención a Paphnutius sólo aparece casi un siglo después, en la pluma de dos escritores bizantinos, Sócrates y Sozomen, siendo que el primero señala como fuente una conversación que tuvo cuando era joven con un viejo que habría participado en aquel Concilio. Sin embargo, tal afirmación es muy cuestionable, pues Sócrates nació alrededor del 380, o sea, más de cincuenta años después del Concilio, lo que hace con que su pretendida fuente fuera al menos septuagenaria cuando el nació, y prácticamente nonagenaria cuando era joven.

La historia de la intervención de Paphnutius siempre fue considerada dudosa, incluso porque su nombre no consta en la lista de Padres venidos de Egipto para el Concilio de Nicea, como lo atestigua Valesius, editor de las obras de Sócrates y Sozomen en la Patrología Griega de Migne.

Pero el argumento decisivo, según el Cardenal Stickler, es que los propios griegos no presentaron el testimonio de Paphnutius para justificar su ruptura con la tradición de la continencia clerical. Cuando, en el Segundo Concilio de Trullo (691), por presión del Emperador, permitieron el uso del matrimonio para los clérigos (no para los obispos) —contrariando una tradición tanto del Oriente como del Occidente— fueron a buscar en el Concilio de Cartago, arriba citado, una posible justificación. Mas, puesto que aquel Concilio era claro en la defensa de la tradición apostólica de la continencia, fue necesario falsificar sus decretos, como lo es reconocido hoy en día por los propios historiadores cismáticos.

El Cardenal Stickler lamenta que historiadores del peso de Funk, a fines del siglo XIX, hayan aceptado como válida la historia de Paphnutius, cuando, en su época, la crítica histórica ya había rechazado su veracidad. El francés Vacandard, a través del prestigioso Dictionnaire de Théologie Catholique, fue uno de los responsables por la difusión de ese error.

Unión con Cristo Sacerdote

Conforme argumenta el Cardenal Stickler, la razón del celibato eclesiástico no es funcional. Al contrario de lo que ocurría en el Antiguo Testamento, en que el sacerdocio era apenas una función temporal, recibida por vía hereditaria, el sacerdocio del Nuevo Testamento es una vocación, un llamado que transforma a la persona y lo confisca por entero. Él es un santificador, un mediador.

Por encima de todo, el sacerdocio del Nuevo Testamento es una participación en el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo, el Sumo Sacerdote. Y, por lo tanto, el sacerdote tiene un nexo misterioso y especial con Cristo, en cuyo nombre y por cuyo poder ofrece el sacrificio incruento (in persona Christi). Por lo tanto, de aquel nexo sobrenatural con el Salvador, se deriva la razón más profunda del celibato sacerdotal.

Lo que existe hoy, afirma el Cardenal, es una crisis de identidad en el clero, de la cual resulta la crisis del celibato. Es preciso restaurar la verdadera identidad del sacerdote, para que él comprenda las razones profundas de su celibato y, por lo tanto, de su vocación.

Esperemos que, con la ayuda de la gracia, se restaure cuanto antes la verdadera identidad del sacerdote católico, para que cesen todos los desatinos del momento presente.

De nada les serviría a los sacerdotes casados y a sus simpatizantes volver a los orígenes de la Iglesia… Tales orígenes no permitirían que ellos cohabitaran con sus esposas y practicaran el ministerio sacerdotal. 



  




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