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«Tesoros de la Fe» Nº 137 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Felipe Neri

Apóstol de Roma





Este santo comprendió bien su época y procuró remediar sus males. La extraordinaria bondad de su corazón y constante sonrisa fueron su mayor arma de apostolado


Plinio María Solimeo


La vida de San Felipe Neri abarca casi todo el siglo XVI, uno de los más turbulentos de la Edad Moderna, época del Renacimiento y de la seudo reforma protestante. Nació en Florencia el día 21 de julio de 1515, en una familia profundamente cristiana. Sus miembros habían ejercido cargos en la magistratura de la “ciudad de las flores”, por muchas generaciones, lo que les permitió ocupar un lugar en la nobleza toscana. Pero esto no dispensaba a su padre, el notario Francisco Neri, de trabajar arduamente para sostener a la familia.

Felipe perdió a su madre prematuramente, pero encontró en la madrastra una digna sucesora que lo amó como hijo. El niño era tan amable, jovial y tierno, que pronto se volvió conocido como Pippo Buono, “el buen Felipito”. Esa bondad de corazón y amabilidad contagiantes, penetradas por la gracia divina, serían el gran secreto de sus conquistas en el apostolado.

De su infancia sabemos apenas un episodio: cuando Pippo tenía alrededor de ocho años, vio cerca de su casa una mula cargada de frutas, que el propietario transportaba para vender. Saltó encima de la cabalgadura que, asustada, se desequilibró. Mula, carga y niño rodaron por el suelo, y cayeron en un profundo sótano. Cuando los padres y vecinos acudieron, temiendo lo peor, encontraron a Pippo ileso y sonriendo por la aventura.

Habiendo estudiado humanidades con los mejores profesores de la ciudad, a los dieciséis años su padre lo envió a San Germano, a los pies de Monte Cassino, para aprender el arte del comercio con su tío Rómulo. A pesar de que Felipe se dedicaba con empeño al negocio, sus pensamientos estaban muy por encima de las mercaderías con que trataba. Pronto se vio que él no tenía sentido comercial, sino divino. Apenas terminado el trabajo del día, se retiraba a una iglesia o a algún oratorio cercano. Se servía también del empleo para hacer apostolado, preguntando a los clientes si sabían de memoria el Padrenuestro o si habían cumplido con la Pascua. Su tío comentaba: “Felipe nunca será un buen comerciante. Yo le dejaría a él toda mi herencia, si no fuera por esa manía de rezar”. Para Felipe eso no era una “manía”, sino una necesidad. “Nada ayuda más al hombre que la oración”, dirá más tarde.

Por eso, cuando cumplió veinte años, dejó la casa del tío y, llevado por un instinto sobrenatural, se dirigió a Roma.

Santa alegría de los hijos de Dios

En la ciudad eterna, estudió filosofía en la universidad La Sapienza, y teología en la de San Agustín, manteniéndose con el dictado de clases particulares.

Los que trataban con él quedaban admirados de su sabiduría, profundidad de pensamiento y vida santa. En esa época ya vivía a pan y agua que consumía una sola vez al día, dormía apenas unas pocas horas sobre el suelo pelado, y pasaba parte de la noche en oración. Por las tardes acostumbraba visitar las siete principales iglesias de Roma, retirándose después a la catacumba de San Sebastián. Su ejemplo atrajo a muchos compañeros, que se unieron a él en estos santos ejercicios.

La virtud resplandecía en Felipe. Algunos decían que veían su cabeza envuelta en una luz sobrenatural cuando rezaba. A pesar de estar siempre sonriente y ser amable, su modestia y virginal pudor lo hacían ser respetado hasta por los más disolutos. Se veía siempre trasparecer la alegría en su rostro, y la dulzura estaba de tal modo en sus labios, que era una gran satisfacción estar con él.

“Chiesa Nuova”, parroquia Santa María in Vallicella, de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri


Lo más curioso es que San Felipe, en aquella época, no pensaba en hacerse sacerdote. Juzgaba acertadamente que se puede servir a Dios y al próximo muy bien, permaneciendo como laico. Ingresó a la Compañía del Divino Amor, una hermandad cuyo objetivo era atender espiritual y materialmente a los pobres, los enfermos, los huérfanos y los encarcelados. En el Hospital de los Incurables, cuidó de los enfermos hasta el fin de su vida, y allí enviaría a sus seguidores. Entre éstos se encontraba uno que es considerado el mayor compositor del siglo XVI, Giovanni Pierluigi da Palestrina, cuyas músicas pasaron a formar parte del repertorio de los seguidores de San Felipe. Pues la música desempeñaba un papel importante en su apostolado.

No contento con la visita a hospitales, San Felipe se ponía también a recorrer calles y plazas, hablando con las personas sobre religión y las cosas de Dios, de la manera más conmovedora y cautivante. A uno le preguntaba: “Entonces, hermano mío, ¿cuándo es que comenzaremos a amar a Dios?” A otro: “¿Será que hoy nos decidimos a comportarnos bien?” Él era sobre todo un apóstol y un sembrador de la santa alegría de los hijos de Dios.

Llamado al apostolado con la juventud

San Felipe Neri se sentía llamado especialmente a cuidar de la juventud. Para poner a los jóvenes en guardia contra las seducciones de la edad y conservar todo el frescor de la virtud, él les decía que se acordaran siempre de las palabras del profeta: “Bienaventurado el hombre que lleva el yugo del Señor desde su adolescencia”. Había en su voz y en sus maneras tanto atractivo, que muchos, cediendo al ascendiente que Felipe tenía sobre ellos, renunciaban a las frivolidades del mundo y se entregaban por completo a Dios. Así, le envió a San Ignacio muchos nuevos reclutas, para su recientemente fundada Compañía de Jesús.

Los santos se atraen. San Felipe tuvo relaciones con todos los santos que vivían entonces en la Ciudad Eterna: San Carlos Borromeo, San Camilo de Lelis, San Ignacio de Loyola y San Félix de Cantalicio.

“San Carlos Borromeo tenía tanta estima y veneración por él que, siempre que lo encontraba, se prosternaba delante de él y suplicaba que le dejase besar sus manos. San Ignacio de Loyola no hacía menos caso de su santidad, y se veía frecuentemente a estos dos ilustres fundadores mirarse sin decir nada, en la admiración mutua que tenían por la virtud que reconocían uno en el otro”.1

La enorme gracia de Pentecostés

El día de Pentecostés del año 1545, cuando suplicaba ardientemente al Divino Espíritu Santo que le enviase sus dones, vio de repente una bola de fuego que le entró boca adentro, descendiendo hasta el corazón. Tal fue la vehemencia de amor de Dios que sintió, que pensó que se iba a morir. Cayó al suelo, gritando: “¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!”

Lo más notable es que su pecho se dilató, físicamente incluso, a la altura del corazón. Esto fue constatado después de su muerte por el médico Andrea Cesalpino, que realizó la autopsia: “Percibí que las costillas estaban rotas en aquel punto, o sea, estaban separadas de los cartílagos. Sólo de esa manera era posible que el corazón tuviera espacio suficiente para elevarse e inclinarse. Llegué a la conclusión de que se trataba de algo sobrenatural, de una providencia de Dios para que el corazón, latiendo tan fuertemente como latía, no se golpeara contra las duras costillas”.2

“Durante sus últimos años como laico, el apostolado de Felipe se extendió rápidamente. En 1548, junto con su confesor, Persiano Rossa, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad para ocuparse de los peregrinos y convalecientes. Sus miembros se reunían para la comunión, oración y otros ejercicios espirituales en la iglesia de San Salvador, y el propio santo introdujo la exposición del Santísimo Sacramento una vez al mes. En estas devociones Felipe predicaba, aunque aún era un laico, y sabemos que en una sola ocasión convirtió a no menos de treinta jóvenes disolutos”.3

Sacerdote del Altísimo, dedicado al confesionario

Cuando Felipe tenía 36 años, su confesor, el padre Persiano, le ordenó en nombre de Dios que se hiciera sacerdote. Después de algunos estudios complementarios, se ordenó, celebrando su primera misa el día 23 de mayo de 1551. Felipe entró entonces en la comunidad de Presbíteros de San Jerónimo, que gozaba merecida fama por las virtudes de sus componentes. Éstos, aunque viviesen en comunidad y tuviesen mesa en común, no se obligaban a ningún voto. Esta será la cuna del Oratorio de San Felipe Neri.


Cuerpo de San Felipe Neri, en la “Chiesa Nuova”, Roma

Oyendo contar las maravillas obradas por San Francisco Javier en la India, San Felipe pensó mucho en ir también para el Oriente. Se dirigió entonces al santo monje cisterciense Agustín Ghettini, muy favorecido por Dios, pidiéndole que consultara al Señor sobre su proyecto. La respuesta divina fue: “Felipe no debe buscar las Indias, sino Roma, donde lo destina Dios, así como a sus hijos, para salvar almas”.4

Como sacerdote, San Felipe se dedicó especialmente al confesionario, donde pasaba gran parte del día.

Muchos de sus penitentes, llevados por el deseo de recoger la doctrina de este padre espiritual, empezaron a visitarlo diariamente. “Poco a poco los discípulos se volvieron tan numerosos, que fue necesario tener la reunión en una iglesia, y al fin la concurrencia creció tanto, que se hizo necesario distribuirla en grupos, al frente de los cuales puso el maestro a uno de sus discípulos más aprovechados. Así nació el instituto del Oratorio, sin más reglas que los cánones, sin más votos que los compromisos del bautismo y de la ordenación, sin más vínculos que los de la caridad”.5

Otra nota preponderante en la vida de San Felipe Neri fue su amor por la Eucaristía. Era tan grande el fervor de su caridad que, en vez de recogerse para celebrar la Misa, tenía que buscar deliberadamente una distracción, para ser capaz de prestar atención después en el rito externo del Santo Sacrificio.

Como todos los santos, tuvo que enfrentar muchas calumnias. El propio cardenal vicario de Roma, llevado por un cierto parti pris y por los rumores de que el santo mantenía asambleas peligrosas y sembraba novedades entre el pueblo, llegó a reprenderlo severamente, retirándole el permiso para atender confesiones durante quince días. Pero, habiendo fallecido repentinamente el purpurado, el Papa Paulo IV, llamado a juzgar el caso, no sólo absolvió a San Felipe sino que se encomendó a sus oraciones.

Uno de los principales discípulos de San Felipe fue el venerable César Baronio, después cardenal, autor de los Annales Ecclesiastici, trabajo que marcó época en la historiografía y mereció para su autor el título de “Padre de la Historia Eclesiástica”.

San Felipe Neri entregó su alma a Dios el día 26 de mayo de 1595, siendo canonizado apenas veintisiete años después, junto con San Isidro Labrador, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y Santa Teresa de Ávila. 


Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. VI, p. 217.
2. Apud Guilherme Sanches Ximenes, Felipe Neri – La sonrisa de Dios, Editora Quadrante, São Paulo, 1998, p. 17.
3. C. Sebastian Richie, Philip Neri, The Catholic Encyclopedia, online edition.
4. Edelvives, El santo de cada día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, p. 266.
5. Fray Justo Pérez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. II, p. 457.



  




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