El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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«Tesoros de la Fe» Nº 138

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Las Promesas del Sagrado Corazón de Jesús


Una devoción fundamental para los católicos realmente deseosos de consagrarse al amor infinito de Dios y obtener gracias superabundantes. Máxime para los que se empeñan en propagar la devoción al Divino Corazón.


Paulo Roberto Campos

El mes de junio está dedicado por la Iglesia al Sagrado Corazón de Jesús.1 Su fiesta —que este año cae el día 7 de junio— tiene en vista honrar y además reparar al adorable Corazón por los pecados cometidos, principalmente contra la Sagrada Eucaristía.

El día 30 de mayo pasado, se conmemoró en el Cusco como en Sevilla y en otras ciudades donde la tradición es fuerte, la solemne festividad de Corpus Christi (ver Tesoros de la Fe, nº 102, junio de 2010); en otras localidades la fiesta se ha corrido parta el domingo 2 de junio. A su vez, el día 8de junio la Iglesia celebra al Inmaculado Corazón de María, que en la Pasión de Nuestro Señor consoló y reparó al Sagrado Corazón de Jesús perforado por la lanza de Longino —acto simbólico de la ingratitud de la humanidad con relación a Aquel que murió por nuestra salvación.

En tal sentido, es muy significativa la jaculatoria que hace parte de la letanía del Sagrado Corazón de Jesús: Corazón de Jesús, traspasado por una lanza – ¡Ten piedad de nosotros! Así como la jaculatoria de la letanía del Inmaculado Corazón de María: Corazón de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo – ¡Ruega por nosotros!

No podríamos dejar así de dedicar algunas páginas a tan admirables y preciosas celebraciones de la piedad católica, augurando que ellas sirvan para incrementar en los corazones de nuestros lectores una particular devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que tanto amó a los hombres. Advirtiendo que el mejor medio para la obtención de la plenitud de esa devoción es a través de aquella tributada al Inmaculado Corazón de María. Devociones tan inseparables que San Juan Eudes las invocaba en singular: “el Sagrado Corazón de Jesús y María”.

La gran promesa del Sagrado Corazón

El día 16 de junio de 1675, al aparecerse a Santa Margarita María Alacoque (1647-1690) en el convento de la Visitación de Santa María, en Paray-le-Monial (Francia), y señalando su propio corazón, Nuestro Señor le dijo:

Basílica del Sagrado Corazón de Jesús de Paray-le-Monial, donde tuvieron lugar las apariciones


“He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres, que nada ahorró hasta agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe de la mayor parte de ellos ingratitudes, por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en la Eucaristía. Sin embargo, lo que más me duele es que hay corazones consagrados que se portan así.

“Por eso, te pido que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento sea dedicada a una fiesta especial para honrar mi Corazón, comulgando ese día y haciendo un acto de reparación, en satisfacción de las ofensas recibidas durante el tiempo que estuve expuesto en los altares. Te prometo también que mi Corazón se dilatará para derramar abundantemente las influencias de su divino amor sobre aquellos que le rindan culto y que procuren que le sea rendido”.2

Nuestro Señor prometió a Santa Margarita María que concedería la gracia de la penitencia final a todos aquellos que durante nueve meses seguidos comulgaran el primer viernes. O sea, no morirán en pecado, recibiendo la seguridad de la salvación eterna. Ésta es conocida como “La Gran Promesa”,3 aunque existan otras 11 admirables promesas.

Las Doce Promesas a los devotos del Sagrado Corazón

Reveladas a Santa Margarita María Alacoque, las Doce Promesas del Sagrado Corazón de Jesús son profundamente conmovedoras y sublimes. Sería altamente conveniente que el lector meditara cada una de ellas, pues mayor incentivo para el progreso en la virtud y aumento del deseo de salvación parece imposible.

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado de vida;

2. Estableceré la paz en sus hogares;

3. Los consolaré en todas sus aflicciones;

4. Seré su refugio seguro en la vida y particularmente en la hora de la muerte;

5. Bendeciré abundantemente sus empresas;

6. Los pecadores encontrarán en mi Corazón la fuente inagotable de la misericordia;

7. Las almas tibias crecerán en fervor;

8. Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección;

9. Bendeciré los hogares donde esté expuesto mi Sagrado Corazón y sea honrado;

10. Daré a los sacerdotes el don de conmover los corazones más endurecidos;

11. Los que propaguen esta devoción, tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.

12. Yo les prometo[ésta es conocida como “la gran promesa”], en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso le concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final, la salvación eterna.4

Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

La primera promesa sugiere la consagración al Sacratísimo Corazón de Jesús. Para aquellos que deseen consagrarse, les ofrecemos aquí la fórmula compuesta por Santa Margarita María Alacoque:

“Yo, [mencione su nombre], me doy y consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, mi persona y mi vida, mis oraciones, penas y sufrimientos, para no querer servirme de ninguna parte de mi ser sino para honrarlo, amarlo y glorificarlo.

Es mi voluntad irrevocable ser todo de Él y hacer todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo lo que pueda disgustarle.

Yo os tomo, pues, oh Sagrado Corazón, por el único objeto de mi amor, el protector de mi vida, la seguridad de mi salvación, el remedio de mi fragilidad y de mi inconstancia, el reparador de todos los defectos de mi vida, y mi asilo en la hora de mi muerte.

Sed, por tanto, oh Corazón de bondad, mi justificación delante de Dios vuestro Padre, y alejad de mí los rayos de su justa cólera. Oh Corazón de amor, yo pongo toda mi confianza en Vos, pues todo lo temo de mi malicia y de mi debilidad, pero todo espero de vuestra bondad.

Extinguid pues en mí todo lo que os pueda desagradar o resistir. Que vuestro puro amor se imprima con tanta presteza en mi corazón que no pueda jamás olvidaros, ni estar separada de Vos.

A quien suplico, por todas vuestras bondades, que mi nombre sea escrito en Vos, pues yo quiero hacer construir mi gloria en vivir y morir en calidad de esclavo vuestro. ¡Así sea!”

*     *     *

La oración anterior es una fórmula de consagración individual. Sin embargo, es muy aconsejable también la consagración de las familias al Sagrado Corazón de Jesús, así como de las instituciones, las ciudades y hasta de los países. Pues así le prestan un culto no apenas en particular, sino públicamente. De ese modo se reconoce ante el mundo entero la Soberana Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

El «detente» del Sagrado Corazón de Jesús

El detente o escudo es un distintivo (un pequeño blasón como el de la foto arriba) con la imagen del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo circundado por la frase: “¡Detente! El Corazón de Jesús está conmigo. Venga a nosotros tu reino”. Se trata de una protección particular contra todos los peligros. Protección más que nunca necesaria en nuestros días y que se extiende a todos aquellos que portan el detente. Al llevar con nosotros este distintivo, estamos como que constantemente reafirmando lo que San Pablo Apóstol escribió en su epístola a los Romanos: “Si Dios está con nosotros, ¿quien estará contra nosotros?” (8, 31).

El hábito de portar el detente nació y se difundió a raíz de una carta de Santa Margarita María Alacoque (fechada el 2 de marzo de 1686) a su superiora, la madre Saumaise: “Nuestro Señor desea que usted mande hacer unos escudos con la imagen de su Sagrado Corazón para de que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas y unas pequeñas para llevarlas puestas”.5

Entre miles de hechos prodigiosos, un caso reciente (ver Tesoros de la Fe, nº 126, junio de 2012) demuestra la especial protección proveniente del uso del detente: Iván Castro Canovaca, soldado de la Legión Española, en servicio en Afganistán, fue mortalmente alcanzado por un arma de fuego. En razón de sus heridas, los médicos consideraron que debía haber muerto al poco tiempo. Pero sobrevivió. Iván llevaba consigo el detente

*     *     *

El Sagrado Corazón parece ser la mayor manifestación del deseo divino de renovar la sociedad y salvar a todos los hombres. Es lo que podemos concluir de lo expuesto en este artículo. Lo confirman también las incisivas palabras dirigidas por el bienaventurado Papa Pío IX (1846-1878) al fundador de los Misioneros del Corazón de Jesús, el padre Julio Chevalier: “La Iglesia y la sociedad no tienen otra esperanza que el Sagrado Corazón de Jesús. Es Él quien habrá de curar todos nuestros males. Predicad y difundid por todas partes la devoción al Sagrado Corazón, ella ha de constituir la salvación del mundo”.6  


Notas.-

1. La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús fue aprobada por el Papa Clemente XIII en 1765 para algunas diócesis. Después fue extendida a toda la Iglesia por el bienaventurado Papa Pío IX, el día 23 de agosto de 1856, con el decreto de la Congregación de los Ritos. A comienzos del siglo XX, León XIII consagró a todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús. En 1928, Pío XI definió la fiesta del Sagrado Corazón como característica de nuestros tiempos.
2. Sainte Marguerite Marie, Sa vie écrite par elle-meme, Ediciones Saint Paul, París, 1947, pp. 70-71. Imprimatur de M. P. Georgius Petit, obispo de Verdún.
3. Conviene recordar que no existe salvación automática. Para alcanzar la salvación eterna, es necesario también no transgredir los diez Mandamientos de la Ley de Dios.
4. Sería superfluo decir que para recibir la Sagrada Eucaristía es indispensable estar en estado de gracia. Caso contrario, hay necesidad de confesarse antes de la comunión, a fin de obtener del sacerdote el perdón de los pecados.
5. Vida y Obras, de Santa Margarita María, t. II, p. 306, in www.corazones.org
6. P. Jules Chevalier, Le Sacré-Coeur de Jésus, Retaux-Bray, París, 1886, p. 382.



  




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