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«Tesoros de la Fe» Nº 143 > Tema “Padres de la Iglesia”

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San Gregorio Taumaturgo

“Un segundo Moisés”


Discípulo de Orígenes y convertido del paganismo, llegó a ser obispo de Neocesarea. Por la abundancia de sus milagros, pasó a la historia con el nombre de “El Taumaturgo”.

Plinio María Solimeo

San Gregorio Taumaturgo es uno de los obispos del siglo III de quien se tiene más testimonios. Además de algunos de sus escritos —sobre todo una “Oratio Panegyrica”, en alabanza de Orígenes, con muchos datos autobiográficos—, nos hablan de él San Gregorio Nancianceno y los hermanos San Gregorio de Nisa y San Basilio, cuya abuela, Santa Macrina, la Mayor, lo conoció y narró su vida a los nietos.

Teodoro —nombre del santo antes de su conversión— nació el año 185 en Neocesarea (hoy Niksar, en Turquía), entonces capital del Ponto, de padres paganos y entregados a las supersticiones. Cuando tenía 14 años, su padre falleció: “Sin este suceso, no creo que hubiera llegado a conocer al Verbo verdadero y saludable”,1 dice él, pues, a partir de entonces, comenzaron sus primeros contactos con la religión cristiana.

Atendiendo al deseo de su madre, Teodoro y el ­menor de sus hermanos, Atenódoro —que después será ­también obispo del Ponto y sufrirá el martirio el año 270—, continuaron los estudios queridos por su padre: la abogacía. Para ello, estudiaron retórica, leyes y la lengua latina, que él llama “admirable, magnífica y muy a propósito para la majestad del Imperio”.2

Conquistado por la escuela de Orígenes

Cuando los dos hermanos se preparaban para continuar sus estudios en Beirut, donde había en la época una afamada escuela de leyes, su hermana, casada con un asesor del gobernador de Palestina, les pidió que antes la acompañasen a Cesarea, donde iba a encontrarse con el marido.

Sucedió que, el año 231, el sabio Orígenes, perseguido en su patria, Alejandría, trasladó su escuela catequista a Cesarea. Ésta pronto adquirió fama, llegando personas de todos los cuadrantes de Asia para oír al renombrado maestro alejandrino.

Los dos hermanos tuvieron también curiosidad de escuchar a tan famoso maestro. Quedaron cautivados por él. Teodoro, enfáticamente, dijo de ese encuentro: “Éste es el primero, el más hermoso día de mi vida; hoy ha salido el sol para mí”. Y Orígenes, descubriendo en los dos hermanos una capacidad extraordinaria para las ciencias y una disposición singular para la virtud, trabajó con empeño para inspirarles el amor a la verdad y el deseo de poseer tan inestimable bien.

San Jerónimo, en su libro De los Hombres Ilustres, dice: “Cuando Orígenes vio la notable habilidad natural de estos hombres, los instó a estudiar filosofía, en la enseñanza de la cual él gradualmente introdujo la materia de la fe en Cristo, y así los hizo también sus seguidores”.3

Los dos hermanos fueron totalmente conquistados para Cristo y luego se inscribieron en el número de los catecúmenos. Teodoro cambió entonces su nombre, que quería decir don de Dios, para el de Gregorio, que significa el vigilante.

Todo iba bien en la escuela catequista de Orígenes hasta el estallido de la violenta persecución de Maximino Tracio, en los años 235 a 238, que inundó de sangre el imperio romano y obligó al ilustre maestro a dejar Cesarea. Por consejo de éste, Gregorio y Atenódoro continuaron sus estudios en Alejandría.

Con la muerte del tirano el año 238 cesó la persecución, y tanto Orígenes como los dos hermanos pudieron volver a Cesarea.

Pero llegó la hora de volver a la patria. San Jerónimo, en la citada obra, dice que “instruidos así por él [Orígenes] durante cinco años, fueron enviados de regreso a su madre”.4

Gregorio,ya entonces bautizado, hizo en la despedida el panegírico de su benefactor. “El discurso que pronunció en esta ocasión se considera, y con razón, como uno de los más elocuentes que nos ha dejado. Es además de muchísimo valor para la historia, porque en él bosqueja el autor el relato de los años de su juventud y de su vida escolar hasta que llegó a Cesarea, y el de sus relaciones con Orígenes. En él da cuenta, además, del sistema de enseñanza del insigne doctor, y apunta con interés los principios y métodos que reinaban en aquella época en las Academias. Finalmente, expresa muy conmovido su agradecimiento al Señor, a su ángel custodio que le condujo a Cesarea, y al incomparable maestro que abrió su alma a la luz de la verdadera fe”.5

San Gregorio nació en Neocesarea (hoy Niksar, en Turquía)

Nombrado obispo de Neocesarea

Apenas llegó a su ciudad natal, en 238 ó 239, Gregorio recibió una carta de Orígenes: “Vuestro talento natural puede hacer de vos un abogado romano competente, o un filósofo griego de una de las escuelas con gran reputación. Pero deseo que dediquéis toda la fuerza de vuestro talento, tanto al cristianismo como a vuestro fin.Y, para eso, quiero que extraigáis de la filosofía de los griegos el curso entero de las ciencias que sean preparatorias para el cristianismo, buscando hasta en la geometría y astronomía lo que pueda servir para explicar las Sagradas Escrituras. Y que todo lo que los filósofos acostumbran decir sobre geometría y música,gramática, retórica y astronomía, como auxiliares de la filosofía,podamos decir sobre la propia filosofía, como preparación para el Cristianismo”.6

A pesar de los elogios que se pueda hacer de Orígenes como historiador, filósofo y exegeta, es preciso decir que, en aquella época, él era completamente ortodoxo, pero después, cayó lamentablemente en herejía, en algunos puntos. Por eso puede ser citado en lo que tiene de bueno, pero evitado en lo que presenta de malo.

La carta anterior sugiere que Gregorio aún no había decidido a llevar una vida enteramente consagrada a Dios, y que pensaba ejercer la abogacía. Pero tuvo que cambiar de plan, pues fue poco después nombrado obispo de Neocesarea.

San Gregorio de Nisa, al narrar la vida de su santo homónimo, cuenta que él, antes de su consagración episcopal, se retiró a un lugar solitario a fin de prepararse para el episcopado. Fue entonces visitado por la Santísima Virgen, que se le apareció con el apóstol San Juan. Éste le dictó una profesión de fe o fórmula de la vida cristiana. San Gregorio de Nisa afirma que cuando escribía aquella biografía, casi un siglo después, un autógrafo de ese “credo” existía aún en Neocesarea.7Esta declaración de fe, que es muy importante para la historia de la doctrina cristiana, según el mismo San Gregorio de Nisa, fue dejada por él para su diócesis, que “tuvo así la felicidad de ser preservada de toda herejía, notoriamente de los arrianos y semiarrianos”.8

"Un segundo Moisés” — estupendos milagros

San Basilio, en su obra Del Espíritu Santo, pregunta: “¿Dónde colocaré al gran Gregorio, y las palabras pronunciadas por él? ¿No pondremos entre los Apóstoles y Profetas un hombre que caminó por el mismo Espíritu que ellos (2 Cor. 12, 18); que nunca, en todos sus días, se desvió de las huellas de los santos; que mantuvo, a lo largo de su vida, los exactos principios de la ciudadanía evangélica? […] Narrar detalladamente todas sus maravillosas obras sería tarea bien larga. Por la sobreabundancia de dones operados en él por el Espíritu Santo, en todo poder y en señales y maravillas, él era llamado un segundo Moisés por los propios enemigos de la Iglesia. […] Hasta hoy él es objeto de gran admiración para el pueblo de su propia redondez, y su memoria, establecida en las iglesias, no se atenuó con el correr de los tiempos, permaneciendo siempre fresca y verde”.9

San Gregorio de Nisa narra algunos de los muchos milagros que le valieron a San Gregorio de Neocesarea el título de “taumaturgo”. Citemos algunos. Dos hermanos pleiteaban por un terreno a causa de un lago que en él había. Al no conseguir que llegaran a un acuerdo, San Gregorio rezó y el lago se secó, terminando así con el objeto de la disputa.

En la ciudad de Comana, los habitantes le pidieron que indicase a alguien para obispo. San Gregorio les señaló entonces a un pobre cubierto de andrajos, sucio a causa del carbón, asegurándoles que era un hombre de gran mérito y que por humildad se ocultaba detrás de aquella apariencia. El pueblo entonces lo aclamó y la Iglesia lo honra con el nombre de San Alejandro, “el carbonero”.

Un río que pasaba por la comarca causaba grandes perjuicios con sus inundaciones. San Gregorio fue hacia la parte más ancha del mismo, donde comenzaba generalmente a desbordarse, y enterró en la orilla su bastón. San Gregorio de Nisa afirma que, desde aquel día, no hubo más inundaciones.

Dos judíos intentaron abusar de su caridad. Uno de ellos le pidió una ayuda para sepultar al compañero, que fingía estar muerto. El taumaturgo dio la limosna pedida, y siguió su camino. El judío, triunfante, corrió a contar al amigo el éxito de la empresa, y lo encontró verdaderamente muerto…

Al crecer el número de cristianos en su diócesis, San Gregorio requería construir una nueva iglesia. Pero el terreno disponible estaba comprimido entre un río y un monte. San Gregorio rezó, y el monte se desplazó lo suficiente para ceder lugar a la iglesia.

San Gregorio de Neocesarea, el Taumaturgo, falleció muy probablemente el año 270. Sintiendo la proximidad de la muerte, pidió que le informasen cuántos paganos habían aún en Neocesarea. Le respondieron que apenas diecisiete. Dio entonces gracias a Dios porque restaban tan pocos, y suplicó que también aquellos se convirtieran. Pidió entonces que no lo sepultaran en una tumba propia, sino en el cementerio común, diciendo: “No tuve en la vida casa propia, y pasé por el mundo como extranjero. No quiero perder ese título después de muerto”. Su fiesta se conmemora el día 17 de noviembre. 

Notas.-

1. Apud. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. IV, p. 361.
2. Id., p. 362.
3. The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition, Fathers, St. Jerôme, De Viris Illustribus, 65.
4. Id., Ib.
5. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1949, t. VI, p. 173.
6. The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition, Fathers, Origen, Letter to Gregory, 1.
7. H. Leclercq, Saint Gregory of Neocesarea, The Catholic Encyclopedia, CDRom edition.
8
. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Saint Grégoire Thaumaturge, Bloud et Barral Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. XIII, p. 470.
9. The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition, Fathers, Saint Basil the Great, De Spiritu Sancto, c. 29, 74.



  







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