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«Tesoros de la Fe» Nº 147

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Cuaresma: tiempo penitencial

Cómo prepararse debidamente para la Semana Santa y así beneficiarse de las inmerecidas gracias de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo


Alfonso de Souza

Si la Semana Santa representa hoy en día poco más que un largo feriado en el calendario, es porque también la Cuaresma perdió su sentido1.

La idea de que el hombre debe apaciguar a la divinidad ofendida por sus crímenes, sometiendo su cuerpo a la expiación, es una tradición de casi todos los pueblos, hasta de los más primitivos. Los católicos, encontramos reiterados ejemplos de ello en la Sagrada Escritura.

La conciencia de la necesidad de una expiación llevó a la Iglesia, siempre Maestra infalible, a preceder la conmemoración de tres de los mayores misterios de nuestra Redención —la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo— con 40 días de oración y penitencia, en memoria de los 40 días de ayuno del Divino Salvador en el desierto.

Lamentablemente cada año la Cuaresma y la propia Semana Santa van perdiendo su sentido en un mundo cada vez más materialista, no significando hoy más que la proximidad de un feriado largo en el calendario, ideal para un viaje, una excursión o un campamento en la playa. Al mundo moderno sólo le interesa gozar, gozar y gozar.

Parece entonces oportuno recordar, en este fin de Cuaresma y vecina Semana Santa, el estado de espíritu con que los cristianos de otrora vivían estas conmemoraciones.

Oración, ayuno y buenas obras

Así San León Magno definió, en el siglo V, el significado de la Cuaresma: “La sabiduría divina estableció este tiempo propicio de cuarenta días, a fin de que nuestras almas se pudiesen purificar, y, por medio de buenas obras y ayunos, expiasen las faltas pasadas. Inútiles serían, no obstante, nuestros ayunos si, en este tiempo, nuestros corazones no se desapegasen del pecado”.2

Es por ello que, antes de comenzar la Cuaresma, la Iglesia unge la frente culpable del fiel el miércoles de Ceniza, amonestándolo:

“Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás).

En los primeros siglos del cristianismo, sólo los pecadores públicos deseosos de reconciliarse con la Iglesia recibían ese día las cenizas. Después esa práctica fue extendida a todos, como pecadores frente a Dios.

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de preparación para la Pascua de Resurrección, comienza el miércoles de Ceniza —con la imposición de las cenizas— y se extiende hasta el Jueves Santo, y que se caracteriza por ser un período de penitencia.

El estado de espíritu penitencial, pleno de confianza en la misericordia divina, con que debemos vivir el tiempo cuaresmal, está muy bien expresado en el Tracto de la misa del Miércoles de Ceniza con las bellas palabras del Rey-Penitente, David: “No nos trates, Señor, como lo merecemos por los pecados que hemos cometido, ni nos castigues con arreglo a nuestras iniquidades. No te acuerdes, Señor, de nuestras culpas pasadas, sino adelántate Tú en seguida con Tu misericordia, por que hemos quedado empobrecidos hasta el extremo. Ayúdanos, oh Dios, Salvador nuestro; y, por la gloria de tu nombre, líbranos, y perdona nuestros pecados, por causa de tu nombre” (cf. Sal 102, 10).

Además del corazón contrito y humillado con que el fiel debe prepararse para el grandioso drama de la Pasión, la Iglesia impone también una penitencia exterior. Ésa es la razón del ayuno y de la abstinencia; lamentablemente, hoy en día —dada nuestra fragilidad y languidez para lo que es bueno— son obligatorios apenas el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

En tiempos de mayor fe el ayuno y la abstinencia eran mucho más rigurosos, llegando a observarse hasta tres veces por semana durante la Cuaresma. Y los huevos y lácteos estaban prohibidos, por ser productos animales. Algunas Iglesias de Oriente aún observan esa norma.

La abstinencia de carne era una prescripción tan rigurosa, que hasta los reyes y gobernantes necesitaban de una dispensa papal cuando no la podían seguir.

La inobservancia de la Cuaresma: ruina para individuos y naciones

Como ya fue dicho, siendo los ejercicios de la Cuaresma indispensables como preparación para la Semana Santa, Benedicto XIV, el 30 de mayo de 1741, llegó a afirmar: “La observancia de la Cuaresma es el lazo de nuestra milicia; por ella nos diferenciamos de los enemigos de la Cruz de Jesucristo; por ella esquivamos los azotes de la cólera divina; por ella, amparados con la ayuda celestial durante el día, nos fortalecemos contra los príncipes de las tinieblas. Si esta observancia se relaja, cede en desdoro de la gloria de Dios, deshonra de la religión católica y peligro de las almas cristianas; y no hay duda que este descuido sea fuente de desgracias para los pueblos, desastres en los negocios públicos e infortunios para los individuos” (Constitución Non Ambigimus). Si hoy en día la Semana Santa perdió prácticamente todo su significado, es porque para un número incontable de personas la Cuaresma ya no tenía ninguno.

Domingo de Pascua:
Procesión del Señor
Resucitado por las calles
de Ayacucho. Aquí como
en Sevilla y en otras
ciudades del orbe católico,
la Semana Santa
siempre fue celebrada
con gran fervor. Sin embargo,
el espíritu con
el que hoy se participa de
ella no se compara con la
piedad de otrora.

Conscientes de ello, gobernantes verdaderamente cristianos de los primeros siglos de la Iglesia como Graciano y Teodosio, llegaron a ordenar, el año 380 d.C., la suspensión de todos los procesos y demandas judiciales durante ese período, medida que rigió durante siglos. También con ese espíritu el Papa San Nicolás I prohibió, en el siglo IX, la cacería, deporte predilecto de la nobleza de la época. La disipación y el tumulto que acompañan tales ejercicios son incompatibles con el espíritu de recogimiento de la Cuaresma, afirmó aquel Pontífice. ¿Sería oportuno algo semejante hoy en día, con tantas competencias deportivas endiosadas por el pueblo?

La Iglesia iba más allá, recomendando que se suspendieran todas las hostilidades y actividades militares no estrictamente necesarias para el mantenimiento del orden.

¡Pásmese nuestro siglo sensual y prevaricador! De tal manera el espíritu del pueblo estaba impregnado de ese carácter penitencial y reparador de la Cuaresma que, durante muchos siglos, fue posible a la Iglesia obtener de los esposos la continencia absoluta durante ese período. Además de la penitencia tan agradable a Dios que ello suponía, ayudaba a los fieles a refrenar la seducción del placer, ordenaba los instintos sensuales del propio cuerpo y valorizaba más la dignidad de su alma.

Durante siglos, toda festividad civil y religiosa fue excluida del período cuaresmal para preservar su carácter austero. Excepción hecha posteriormente de la conmemoración de la Anunciación, a causa de su gran significado. Años después, se abrió también una excepción para la fiesta del Apóstol San Matías, el 24 de febrero.

Los Aleluyas, el Gloria y el Te Deum estaban temporalmente excluidos de la liturgia. Una inmensa cortina morada era colocada entre el altar y los fieles como símbolo del luto penitencial a que el pecador debe someterse para contemplar nuevamente la majestad del Dios al que ofendió con sus maldades. Significaba también las humillaciones de Cristo durante su Pasión.

En muchas iglesias, se acostumbraba cubrir de morado las imágenes y cruces a fin de inspirar una compunción más viva en los fieles al contemplar aquellos objetos de piedad velados.

El velar la cruz expresaba la humillación de Nuestro Señor, obligado a ocultarse, como se lee en el Evangelio del Domingo de Pasión, para evitar ser apedreado por los judíos.

Durante ese período, se multiplicaban los actos de piedad, como las visitas a iglesias, adoraciones al Santísimo,y, sobro todo, el piadoso ejercicio del Via Crucis.

Se llegaba, así, a la Semana Santa. Si durante la Cuaresma la Iglesia había propuesto a la meditación de los fieles el ayuno de Cristo, la liturgia ahora se volcaba hacia la consideración de sus dolores y pasión. En tales días, el anterior rigor puesto en el ayuno de la Cuaresma aumentaba, como en un supremo esfuerzo de reparación y penitencia.

En aquellos tiempos de fe, la ley civil apoyaba a la eclesiástica para que se suspendieran las labores y el comercio, expresando así el luto de la Cristiandad por el fallecimiento del Redentor. Las preocupaciones de orden material daban lugar a las de orden espiritual, y el pensamiento de la Pasión impregnaba a todos. Hasta las relaciones ordinarias eran reducidas a lo indispensable, para que otro objeto no distrajera la atención de los fieles.

Jueves Santo: institución de la Eucaristía y del sacerdocio

En el Cenáculo ocurrieron grandes misterios en la noche santa en que Cristo lavó los pies de sus discípulos, hasta los de aquel que luego lo traicionaría: allí fue ofrecida la “Víctima Pura”, en la primera Misa celebrada, e instituido el sacerdocio. Como la Iglesia —en medio del profundo dolor de aquella semana— quiere sin embargo honrar con el mayor esplendor posible tan grandioso aniversario, se viste de blanco como en Navidad y en la Pascua, para una de las más solemnes misas del año. Se vuelve a oír nuevamente el Gloria, y las campanas repican alegremente. Enmudecerán en seguida. El lúgubre y pungente sonido de la matraca expresa mejor la soledad y el abandono que viene a continuación.

Jamáis oí a alguien elogiar la serenidad, la calma y la visión general de los acontecimientos que Nuestro Señor conservó durante la Pasión. La actitud del Divino Redentor es tan equilibrada, tan extraordinaria, que aunque sea poco lo que las personas meditaran sobre ella, quedarían mas equilibradas y menos nerviosas", Plinio Correa de Oliveira.

La nota de luto es también atenuada en el Monumento, todo blanco y ornado con flores. En él será depositado el Santísimo Sacramento, a la espera de la adoración de los fieles hasta el momento de la comunión del Viernes Santo.

Las misas privadas, salvo casos de fuerza mayor, están prohibidas el Jueves Santo, para que haya un sólo sacrificio y todos los sacerdotes se unan a él como los Apóstoles se unieron al de Cristo nuestro Señor en el Cenáculo.

Era en aquel día que la Iglesia, tierna Madre, recibía de vuelta en su seno a los pecadores arrepentidos. Los príncipes cristianos, siguiendo su ejemplo, abrían las prisiones para los que no hubiesen cometido un delito grave contra la sociedad. Conmutaban también la pena de condenados a muerte, para que todos pudiesen así santificar los días que preceden a la fiesta de la Pascua. “Con este perdón —dice el Papa San León— querían mostrarse imitadores de la bondad divina en estos días, en que se dignó salvar al mundo. Que el pueblo cristiano imitase a su vez a sus príncipes y que su ejemplo sea un estímulo para que las personas se perdonen mutuamente, pues las leyes familiares no deben ser más rigurosas que las leyes públicas”, agregaba el santo Pontífice (Sexta Homilía al pueblo de Antioquía). Los procesos judiciales estaban suspendidos durante la Semana Santa, a excepción de los que veían causas de liberación de esclavos. Si la Iglesia, Madre común, no tenía aún medios para liberarlos inmediatamente, creaba un estado de espíritu propicio para que gradualmente lo fuesen, a medida que la sociedad asimilaba sus benéficos efectos.

«¿Qué más debí hacer por ti, que no lo hiciese?»

Finalmente, con el Viernes Santo se llegaba al clímax.

Preparado por una Cuaresma bien observada, el fiel emergía ese día en la meditación de los sufrimientos del Redentor. Lo acompañaba en espíritu desde el palacio de Anás al de Caifás, y después al de Pilatos. Se enternecía al contemplar al Rey del Universo —flagelado, coronado de espinas y con una túnica de escarnio— ser preferido a Barrabás. Lo acompañaba en el Via Crucis, sufriendo con Él en cada paso, en cada caída. Se condolía con la Madre de los Dolores viendo a su Divino Hijo así tratado, debido a nuestros pecados. Como otro Cireneo, quería ayudarlo a cargar la Cruz. Y se sentía humillado al ver que lo desvestían y lo clavaban en la Cruz. El alma se le partía al ver expirar a su Redentor. Se proponía entonces hacerle compañía a Nuestra Señora y a las santas mujeres en su soledad, desolación y llanto.

Los ecos de los Improperios continuaban resonando en sus oídos como una acusación: “¿Qué más debí hacer por ti, que no lo hiciese?”. Y la punzante enumeración de los beneficios recibidos del Salvador, en contraste con sus ingratitudes y ofensas, compungía y rasgaba su corazón, por más empedernido que fuese. Sí, “todo esto sucedió, pues, para salvar. Salvar a los hombres. Salvar a este hombre que soy yo. Mi salvación costó todo este precio”. Como toda compunción se vuelve estéril sentimentalismo si no es acompañada de un firme propósito de enmienda, debía añadir: “Yo ya no regatearé sacrificio alguno para asegurar salvación tan preciosa. Por el agua y por la sangre que vertieron de vuestro divino costado, por la llaga de vuestro corazón, por los dolores de María Santísima, Jesús, dadme fuerzas para desapegarme de las personas, de las cosas que me pueden distanciar de Vos. Mueran hoy, clavadas en la Cruz, todas las amistades, todos los afectos, todas las ambiciones, todos los deleites que de Vos me separan”.3

Para este tipo de fiel, la Semana Santa había producido frutos de vida eterna. Estaba él preparado para exultar con María Santísima, los ángeles y todos los justos de la tierra, el Domingo de Resurrección.

Notas.-
1. Este artículo fue redactado con base a los comentarios de D. PRÓSPERO GUÉRANGER en su magistral libro El Año Litúrgico, Editorial Aldecoa, Burgos, 1956, t. II. Las citas que no están especificadas en el texto corresponden a esta clásica obra.
2. D. BEDA KECKEISEN O.S.B., Misal Quotidiano, Tipografía Beneditina, Salvador, 1952, p. 159.
3. Plinio Corrêa de Oliveira, Via Crucis, Catolicismo, nº 3, marzo de 1951.

Otras obras consultadas.-
* K. BIHLMEYER Y H. TUECHLE, Historia de la Iglesia, Ediciones Paulinas, São Paulo, 1963, t. I., y D. ANDRÉS AZCÁRATE O.S.B., Misal Diario para América, Editorial Guadalupe, 3ª edición, Buenos Aires, 1956.



  




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