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«Tesoros de la Fe» Nº 151

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La cultura de la intemperancia: la Cultura Pop

Surgida con la Revolución Industrial, la cultura de masas alcanzó hoy, mediante la llamada Cultura Pop, un clímax de intemperancia frenética. Conocer en qué consiste la cultura tradicional de una sociedad orgánica es indispensable para que nos liberemos de ese mortífero frenesí.


Mathias Von Gersdorff

LO QUE CARACTERIZA cada vez más al hombre promedio actual es que ya no puede ordenar su vida, su actividad y su voluntad según una jerarquía de valores y principios eternos, dejándose, por el contrario, llevar como una pluma al viento por el espíritu de la época, por las corrientes de la moda, por los anuncios en los medios de comunicación social y por la propaganda política. Esto sucede —según lo vislumbraba el Papa Pío XII en su conocido Mensaje de Navidad de 1944— simplemente porque el hombre de hoy no tiene más personalidad ni sustancia humana para ajustar su vida a partir de convicciones propias.

A ello contribuye de manera importante y perniciosa la cultura popular moderna, o sea, la actual cultura de masas. Ella es la expresión cultural de una sociedad que se deja mover por la intemperancia. De ahí el tema de este artículo, La cultura de la intemperancia: la Cultura Pop.

Retrospección histórica: la cultura tradicional

La cultura popular moderna, difundida en escala industrial, tiene ciertas raíces en la cultura popular tradicional.

La cultura popular anterior a la Revolución Industrial proporciona algunos elementos que nos ayudan a comprender la cultura popular moderna.

En Europa, cada región —prácticamente cada aldea— tenía su propia cultura popular, que se expresaba en la música local, en los trajes regionales, en las recetas de cocina, en los textos literarios, y así sucesivamente. Una cultura que los hombres habían creado para sí y cuya intención era la de reflejar su propia vida. Así, las canciones populares recordaban los bellos hechos históricos, los acontecimientos solemnes de la vida de la aldea y las diversas actividades que ocurrían a lo largo del año.

Hasta hoy, restos de esa cultura popular pueden ser admirados en Europa. La Oktoberfest en Munich se abre con un gran desfile, en el cual se presentan las diversas regiones de Baviera con sus trajes típicos, sus canciones populares, sus recetas de cocina, etc. Ese desfile es un bello testimonio de la riqueza de la cultura popular que otrora existió en Europa. Viajando por esas regiones,podemos encontrar diferencias locales aún más acentuadas en el arte, en la arquitectura, en los dialectos, etc.

Admiramos esa cultura porque es profundamente auténtica, una expresión verdadera del alma de los habitantes del lugar. Cuando los vemos en Alemania con sus trajes típicos, notamos en ellos cierta alegría proveniente del hecho de que se sienten plenamente interpretados por su vestimenta, aunque no trabajen en las profesiones que inspiraron esos trajes. No obstante, el poder de la tradición es tan fuerte, que en el caso de los hombres se sienten mejor expresados por aquellas ropas que si estuvieran usando un terno.

En los Estados Unidos, en Europa, pero también en América Latina en general, hay numerosas representaciones de acontecimientos históricos con significado nacional o regional. Los que las promueven tienen probablemente nostalgiasde una época en la cual aún existía un vínculo orgánico entre todas las actividades de la vida.

La cultura popular no es complicada.Normalmente no tiene un autor determinado y surge espontáneamente a lo largo de generaciones. Por ejemplo, una canción transmitida de generación en generación. Sufriendo posiblemente modificaciones a lo largo del tiempo, ella pasa en determinado momento a pertenecer al tesoro cultural de la región, a la tradición local, convirtiéndose en un bien cultural promotor de la identidad regional

La cultura popular tenía su equivalente en la cultura de la corte, es decir de los soberanos y de la nobleza. Siendo frecuentemente una sublimación de la cultura popular, era refinada y aspiraba a la más alta perfección, ayudando al florecimiento y al refinamiento de la vida de corte. En Europa, la cultura fue siempre un instrumento importante de la política. Cuando un soberano —un emperador, un rey, un duque— organizaba esplendorosos conciertos en su palacio, lo hacía con la intención de aumentar su influencia. Luis XIV lo alcanzó de modo excelente con la construcción del Palacio de Versalles.

Algunos ejemplos

Para ser exacto, quisiera observar que la cultura no era “producida” apenas por la nobleza y por el pueblo. Ella surgía también en el ambiente de la burguesía, sobre todo en las ricas ciudades alemanas de la Liga Hanseática. De ello hay dos ejemplos famosos Johann Sebastian Bach, que desarrolló su genio musical especialmente en Leipzig, y Georg Philipp Telemann, en Hamburgo.

Otra forma de cultura popular notablemente importante es la que sirve a la piedad popular. En el afán de manifestar sus sentimientos religiosos, los hombres vienen produciendo desde hace muchos siglos pinturas religiosas y oratorios, componiendo canciones pías y oraciones, organizando peregrinaciones. La piedad popular se completa además con formas elevadas de pintura, música y poesía.

Menciono estos ejemplos para dejar en claro que la cultura popular no es censurable en sí. Al contrario, ella es una expresión de la propia vida orgánica de un pueblo.

He aquí algunas de sus características:

1) La mayoría de sus obras no tienen un autor determinado; o, si lo tienen, prácticamente es de importancia menor; 2) Está arraigada en la vida del pueblo; 3) Es producida por el pueblo de determinada región para sí mismo y en función de sí mismo.

Aunque muchas de sus características aparecerán en la futura cultura pop, o sea, en la versión industrial de la cultura popular, hay entre ellas diferencias notorias.

La cultura pop es extremamente estandarizada. Cientos, hasta miles de sus canciones emplean la misma estructura fundamental de acordes y ritmos. El desarrollo de la acción de diferentes series de televisión se hace de acuerdo con los mismos formatos. Ello ocurre también, entre otros eventos, en juegos deportivos, para muchos considerados como parte de la cultura de masas. Normalmente el autor es conocido, pero en la gran mayoría de los casos él no tiene ninguna importancia, a no ser un mero papel comercial que ejerce en la repartición de los lucros. ¿Quién es el autor de las canciones de agrupaciones juveniles como One Direction, de Britney Spears o de Christina Aguilera? Para el gran público eso no importa. El autor es propiamente el espíritu del tiempo. Los productos de la cultura popular son, en el fondo, documentos, conservas del espíritu del tiempo, existentes en determinado momento.

Ciertamente la cultura pop no está arraigada en la vida del pueblo, ni es producida por él. La región fue sustituida por otros criterios de segmentación. Inicialmente tenía importancia la integración en una clase. No obstante, ese criterio se fue tornando inexpresivo. Posteriormente, después de la Segunda Guerra Mundial, la cultura de masas fue segmentada de acuerdo con las generaciones. Cada generación tuvo su música, su serie de televisión, sus astros, etc. Y dentro de cada generación había varias subculturas: la de los punks, de los metaleros, de los yuppies, de los schicki-micki, de los raperos, etc.

Un marco histórico: la Revolución Industrial

¿Qué importancia ejerce la Revolución Industrial en el surgimiento de la cultura popular? ¿En qué medida ésta es un producto de la Revolución Industrial de fines del siglo XIX?

Grandes masas humanas dejaban entonces el campo en busca de las ciudades, que crecían rápidamente. Esas personas fueron desarraigadas de sus tradiciones y de sus regiones. No vivían más en pequeñas aldeas, sino en megaciudades. El punto de referencia social se restringía frecuentemente al núcleo de la propia familia. Los hombres podían así vivir anónimamente perdidos en la masa.

Cuando vemos a los habitantes de Alemania con sus trajes típicos, notamos en ellos cierta alegría proveniente del hecho de que se sienten plenamente interpretados por su vestimenta

Esas nuevas condiciones de vida favorecieron la decadencia de las costumbres de modo significativo. El anonimato y la pérdida de raíces facilitaron la vida inmoral. Sin considerar que la educación religiosa se volvió con ello mucho más difícil.

Tal situación exigió del clero católico una gran capacidad de adaptación, no siempre conseguida. En las aldeas, el párroco conocía personalmente a cada uno. El individuo estaba fuertemente atado a una estructura familiar y social, lo que facilitaba a los individuos a llevar una vida de acuerdo con los preceptos morales. Evidentemente, tal situación no representaba una garantía en cuanto a la rectitud de las costumbres, aunque fuese un poderoso apoyo a la moralidad.

Este estilo de vida cambió radicalmente en las nuevas megametrópolis. Surgieron entonces, inspirados por el Espíritu Santo, los misioneros populares, como el beato Adolf Kolping. Tales misioneros desarrollaron estrategias para llegar a esas personas y enfervorizarlas en la práctica de la religión. Ellos fundaron asociaciones, movimientos populares católicos, centros de recreo, misiones populares, catequesis obreras, etc.

Los mayores peligros para las almas eran entonces el comunismo y el socialismo, que presentaban falsas soluciones para los problemas existenciales surgidos en función de la Revolución Industrial. Las personas sin raíces, que se sentían frecuentemente aisladas y desprotegidas, eran tentadas a buscar apoyo y consuelo en las nuevas ideas políticas.

El Stuart Ball en el Palacio de Buckingham, Eugène Lami, 1851

Con todo, los peligros provenían no sólo de la política, sino también de la propia cultura popular.

El individuo buscaba una compensación para la vida laboriosa que llevaba y la encontraba en los placeres ofrecidos en masa en las grandes ciudades: pasquines, cinemas, salones de música, juegos deportivos, ferias de diversión, etc. En ellos se ofrecía al trabajador sin raíces un mundo excitante y bullicioso, lleno de novedades.

Esa cultura popular desarrolló al comienzo de la Revolución Industrial las características que la distingue hasta hoy. Es una forma de cultura estandarizada que se dirige a las grandes masas, pero que no es producida por ellas mismas. En otras palabras, con la Revolución Industrial surgió una industria de la cultura que producía música, arte, literatura, etc., para consumidores. Esa cultura ya no era producida por los habitantes de determinada región para sí mismos, sino por una industria montada especialmente para influenciar a un género de consumidores.

Una gran parte de esa cultura fue propagada por los medios de comunicación de masa. Inicialmente por la prensa (novelas baratas, ampliamente difundidas alrededor de los años 1900), por la radio (música, deporte), por el cine y, más tarde, por la televisión. En nuestros días, por internet.

Cultura de masas opuesta a la cultura tradicional

La cultura de masas retiene de hecho elementos con los cuales el consumidor aún se puede identificar (de lo contrario no tendría interés del punto de vista comercial). No obstante no reproduce necesariamente las condiciones de vida, la sensación vital de las demás actividades para las cuales el hombre fue creado. La autenticidad de las canciones populares tradicionales, del arte, de la arquitectura, de los trajes, etc., no está presente en ella. Ella se convirtió, en el sentido más verdadero del término, en una cultura de masas, ya que, para ella, ni el consumidor ni el autor tienen importancia en función de su propia personalidad.

La identificación con el producto de la cultura —o sea, con el astro— se da sobre todo por un sentimiento vital difuso. No raras veces la cultura pop debe satisfacer anhelos desconocidos y ofrecer una fuga de lo cotidiano. Hasta aspectos sociológicos como, por ejemplo, el pertenecer a una clase, dejan rápidamente de ser importantes: de ese modo la cultura de masas preparó el camino para la democracia igualitaria. Como ya fue mencionado anteriormente, para tener éxito la cultura pop debe comprender el “espíritu del tiempo”, existente en ese momento. Por lo tanto, ella es por su propia naturaleza pasajera.

Los medios de difusión —radio, cine, televisión, internet, etc.— trajeron consigo el hecho de que la disputa para atraer la atención se volvió brutal. Quien desee tener éxito comercial necesita estar en condiciones de amarrar al consumidor de modo rápido, práctico e intuitivo. Este hecho potenció lo que ya estaba en la matriz de la cultura de masas desde un comienzo: la incitación a los vicios. El erotismo, la violencia, la agitación, eran partes esenciales de su producto desde el surgimiento de la cultura de masas.

Esa realidad se esclarece si observamos nuestra propia época. Los medios de comunicación más importantes actualmente son las redes sociales, como Facebook, Twitter, etc. De hecho, Facebook está concebido de tal modo, que el individuo entra en una lucha perpetua para atraer la atención, y no consigue desvencijarse enteramente de esa situación si no quiere desaparecer lentamente del contacto visual de los demás. Esta lucha por el reconocimiento del otro lleva a un exhibicionismo creciente— vicio que algunos órganos de prensa califican como “reflector”.

Notamos el mismo fenómeno en la música pop. Es grande la lista de cantantes que comenzaron “inocentemente” en Disney, pero que después se presentaron de modo cada vez más erótico: Britney Spears, Lindsay Lohan y Vanessa Hudgens son algunos ejemplos. De modo especialmente radical se mostró en los últimos tiempos Miley Cyrus.

Naturalmente, siempre hubo reacciones contrarias a ese fenómeno, como las recientes y fuertes críticas contra Miley Cyrus por ocasión del MTV Video Music Awards. Sin embargo, ésas son ondas dentro de un proceso. Las dos principales reglas de la industria de cultura de masas son: a) quien no atrae de manera permanente y cada vez más fuerte la atención sobre sí, cae pronto en el olvido; b) en un mundo crecientemente sexualizado, donde la pornografía es denominada por muchos como la cultura de la “precariedad”, sólo se alcanza gran notoriedad presentándose de modo inmoral.

Cultura de masas: entretenimiento y “modelo”

Para comprender la influencia de la cultura popular sobre las mentalidades, y en qué medida ella fue y es empleada como medio de propaganda, importa saber que ella tiene dos funciones a ejercer. Por un lado ella debe entretener. Éste es, a primera vista, el argumento principal para su consumo. Desde fases muy tempranas las personas gastaban grandes sumas de dinero en entretenimiento en ciudades sobredimensionadas por la industrialización, es decir, la industria del entretenimiento alcanzó desde un comienzo un notable éxito comercial. La cultura popular se estableció como un programa que contrastaba con la vida de trabajo.

Pero el mero entretenimiento no basta para garantizar el éxito. La cultura popular debe también transmitir un sentido de las cosas. Las personas necesitan encontrar en ella explicaciones para su propia vida, necesitan sentirse interpretadas, recibir una especie de orientación.

Ésa es la razón por la cual la cultura de masas no puede vivir sin los “astros”. El “astro” es la figura de identificación para millones de hombres. Para que ello suceda, es necesario que el individuo reconozca en el “astro” un modelo para su propia vida.

El papel de las series de televisión

En América Latina, como en el resto del mundo, las telenovelas han funcionado como un spray de inmoralidad, demolición de la familia, relaciones extraconyugales y, a pretexto de combatir la “homofobia”, incentivo abierto a las relaciones homosexuales. También en el campo de las modas propagan el seminudismo y hasta el nudismo completo.

Radio

El eslabón entre sentido y entretenimiento es fácilmente reconocible en las series de televisión. Sobre todo en las hechas para jóvenes, que tratan en cada episodio de un problema cotidiano.

Eso se aplica no apenas a la acción en sí, sino también a los telespectadores que semana tras semana, muchas veces diariamente, ven los episodios de una serie. Les interesa saber cómo continúa la vida cotidiana de los personajes, cómo ellos resuelven sus problemas, cómo continúan desarrollándose las múltiples relaciones entre ellos.

La mayor parte de las series de TV para jóvenes presenta la vida cotidiana de chicos y chicas en los últimos años de secundaria. En las series como One Tree Hill, O.C., California, 90210, Gossip Girl, Gilmore Girls, en cierta medida Hannah Montana y en muchas otras, se trata del paso de la juventud a la edad adulta, del hacerse valer en un ambiente de hostilidad, envidia y rivalidad, de la formación de la personalidad. Eso hace que las series de televisión sean muy apreciadas porque dan a los jóvenes una orientación, de hecho falsa, no obstante aceptable a sus ojos. Hasta incluso en una serie común como Gilmore Girls, que describe la vida en una pequeña ciudad americana, son propagados comportamientos anticristianos.

Para que alguien vea una serie de televisión, es necesario que le parezca interesante y atrayente, y se identifique con los actores y con su suerte. Ese interés es despertado por los conflictos existentes entre los protagonistas. Los telespectadores quieren saber cómo se resuelven aquellos conflictos en que los personajes están envueltos, puesto que establecieron con ellos una relación emocional.

Televisión

¿Qué conflictos son ésos? Ya observamos que prácticamente todas las series de televisión para jóvenes delinean lo cotidiano con un click en el mouse. Por eso los conflictos que envuelven a los personajes deben ser comunes. Conflictos que en su mayoría continúan a lo largo de varios episodios y sólo se resuelven al final de la serie.

Los problemas del “volverse adulto” de las figuras de la televisión, deben reflejar análogos problemas de los telespectadores. Por eso éstos últimos están tan interesados en saber cómo se resuelven los múltiples conflictos que surgen de una semana a otra. Muchos de ellos son sus propios problemas y conflictos. De ese modo las series de televisión se convierten en una escuela de vida. La cuestión es saber qué se aprende en ella…

La casa paterna, la Iglesia y la escuela son las instituciones a las cuales propiamente compete la educación. Los años de la juventud son una época en que la persona necesita mucha orientación, pues es cuando se ponen sobre la mesa las cuestiones existenciales. Las series de televisión van directamente de encuentro a esa necesidad. No obstante, en vez de ofrecer una orientación cristiana, aprueban la vida juvenil como ella concretamente se presenta, tratando de los problemas y cuestiones dentro del contexto de la “cultura” juvenil moderna; no son críticos del sistema —para usar una expresión moderna— ni cuestionan la estructura de valores subyacente, sino que, al contrario, la aprueban.

Cine

Importancia cultural de la música pop

En la música pop el nexo entre sentido y entretenimiento no es siempre evidente como en las producciones de televisión. La música pop consiste en melodía, ritmo y texto. No se puede decir con precisión el grado de influencia que estos tres elementos ejercen sobre la mentalidad. Plinio Corrêa de Oliveira explica en su libro Revolución y Contra-Revolución: “Como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes y sabores, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se puede influir a fondo en las mentalidades e inducir a personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revolucionario. Basta recordar la analogía entre el espíritu de la Revolución Francesa y las modas que durante ella surgieron. O entre las efervescencias revolucionarias de hoy y las presentes extravagancias de las modas y de las escuelas artísticas llamadas avanzadas” (c. X, 2).

 
En las nuevas formas de música popular —rock, hip-hop, blues, heavy metal, etc.— queda evidente el espíritu revolucionario arriba descrito. Más aún, estos géneros han sido especialmente fomentados para conseguir una denominada “roptura de tabúes”. Sobre todo para la Revolución de la Sorbona (de mayo de 1968), la música fue uno de los instrumentos más importantes para la difusión del nuevo estilo de vida revolucionario.

Eso no ha cambiado en nuestros tiempos. Por eso Britney Spears y Christina Aguilera fueron verdaderas “embajadoras” de una nueva forma de feminismo, que se expresó igualmente en los vestidos. Hoy en día, Miley Cyrus intenta hacer más radicalmente lo mismo. Sus últimas presentaciones son chocantes y provocan indignación, pero ya su papel de Hannah Montana no era el de una adolescente de trece años que le gusta cantar, sino el de alguien que se emancipó, o al menos está en camino de hacerlo.

Si retrocedemos en el tiempo, podremos fácilmente constatar cómo las nuevas tendencias musicales cuestionaban la manera de enfrentar la vida de aquella época. Bill Haley and the Comets, Jerry Lee Lewis, etc., enviaban señales a la juventud de los años 50 diametralmente opuestas a la concepción de vida de entonces. Con su ritmo, sus riffs, sus solos de guitarra y su técnica de canto, tal música bramaba por una verdadera rebelión contra el orden vigente y la generación de sus padres.

Lo mismo podemos decir del jazz antes de la Segunda Guerra Mundial. Eddie Connor describe en su autobiografía, titulada We Called it Music A Generation of Jazz, el ambiente de los bares de jazz en 1923: “En una pequeña antesala, donde nos cobraron la entrada, el ruido ya era bastante grande; venía como un estremecer de músculos, cuatro en un compás. Cuando se abrió la puerta, los trompetistas —King y Louis, uno de ellos o los dos juntos— sobrepujaron a todo lo demás. Todo el bar bailaba. Mesas, sillas, paredes, personas, todo se movía al ritmo. […] Uno podía también traer su propio aguardiente, ¿pero al final el efecto era el mismo — La banda tocaba […] y todos y cada uno se movían, empujaban y se dejaban empujar, seguían el ritmo con los pies en el suelo y saboreaban gin”.

Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura en 1946, describe en la novela Steppenwolf (El lobo estepario) cómo un ciudadano culto en los años 20 era arrastrado cada vez más por esta cultura moderna con su agitación y su embriaguez de los sentidos, comparable a un ritual de iniciación. Jazz, foxtrot, onestep conquistaron la mentalidad de las personas y las abrieron al modo de ver moderno.

En el referido libro, Hermann Hesse describe cómo fue recibida Yearning, la famosa canción foxtrot de los Californiacs, lanzada en 1925: “Un nuevo baile, un ‘foxtrot’, titulado ‘Yearning’, se apoderaba del mundo aquel invierno. Una y otra vez tocaron este ‘Yearning’, y no dejaban de pedirlo nuevamente; todos estábamos impregnados de él y embriagados; todos íbamos tarareando su melodía. Bailé sin interrupción […]. (El saxofonista) se levantó entusiasmado de su asiento en la orquesta, sopló con violencia su corno, se puso de pie sobre la silla, y desde allí soplaba hinchando los carrillos y balanceándose con el instrumento altiva y dichosamente al compás de ‘Yearning’, y yo y mi pareja le tirábamos besos con la mano y acompañábamos la música cantando a grandes voces. […] Había perdido la noción del tiempo; no sé cuántas horas o cuántos instantes duró esta dicha embriagadora”.

Estos dos textos describen muy bien en qué estado de embriaguez se lanzaban las masas de los locos años 20. Los cambios culturales de aquellos años fueron en el fondo precursores de la futura Revolución de 1968. Locos años 20.

Ejemplo de película y música pop de 1961

La Revolución avanzó también, pero de forma más sutil, para arrastrar a aquellos que se sentían agredidos por los estilos de música neuróticos tipo jazz o rock ‘n’ roll. En 1961 tuvieron gran repercusión la película Diamantes para el desayuno (Breakfast at Tiffany’s) y la canción Moon River (“Río de Luna”).

Existen muchas razones por las cuales alguien asiste a una película; muchas veces su contenido no desempeña un gran papel. Eso puede ser válido aún hoy con aquella película. La gracia de Audrey Hepburn, la música de Henry Mancini, la vida mundana de Nueva York a fines de los años 50, los miembros de la alta sociedad, al mismo tiempo elegantes y desenvueltos, el American way of life —que entonces festejaba su triunfo absoluto— y otros elementos pudieron ser estímulo suficiente para llevar al espectador a ver esa cinta, sin que haya un gran interés por su contenido.

Bill Haley and the Comets

La acción de esta película puede contarse resumidamente: Una joven del campo, Holly Golightly (Audrey Hepburn), aprende a ser elegante, a moverse en la sociedad y lleva una vida frívola en una alta sociedad bastante decadente. Su nuevo vecino es el escritor sin éxito Paul Varjak (Georges Peppard), con quien pronto traba relaciones de confianza. Ella le dice que busca a un millonario para casarse, pero de hecho no sabe bien lo que desea y vaga por la vida. Al romperse su noviazgo con un millonario brasileño, ella cae en sí y se dispone a casarse con Paul Varjak, que le confiesa antes su amor.

Mundialmente conocida es la canción Moon River, cantada en una escena de esa película por Holly. La segunda estrofa resume el contenido de la película: “Dos vagabundos que salieron para ver el mundo / Hay tanto mundo para ver / Los dos buscamos el mismo final del arco iris, que nos aguarda al final de la curva… / Mi amigo vagabundo, el río de luna y yo”.

La primera estrofa canta: “Río de luna, más de una milla de ancho / Algún día te voy a cruzar con estilo, / Viejo creador de sueños, rompecorazones…/ Adondequiera que vayas, yo sigo tu camino”.

Audrey Hepburn cantando Moon River

Por lo tanto, Moon River es la metáfora de un sueño de vida. Nos habla de dos individuos sueltos por el mundo, indicando así a Holly Golightly y al escritor fracasado. Ambos son de hecho “náufragos” que no saben qué hacer de la propia vida.

La película y su música no se volvieron conocidas a causa de la historia de una joven desorientada, sino porque incidían en una profunda disposición de alma que entonces comenzaba a constituirse y que llevó a la Revolución de mayo de 1968. En aquellos años, el sueño americano de total despreocupación y confianza, comenzaba a sufrir sus primeras rajaduras. Comenzó a hacerse notorio un distanciamiento entre las generaciones. La sociedad de masas padronizada de la posguerra pasó a ser cada vez más cuestionada. Nuevos grupos de intelectuales —como la llamada beat generation— propagaron un nuevo existencialismo que combatía radicalmente la estructura de valores vigente.

Los jóvenes que no eran marginados sociales, pero que no se sentían bien en la sociedad de sus padres, se podían identificar plenamente en el subconsciente con alguien como Holly Golightly. Se trataba de una joven que vivía en sociedad, pero que estaba aislada y sin rumbo. Ella era un ejemplo claro de que en medio del glamour, de la elegancia y de la riqueza de Nueva York había personas que no se identificaban más con ese mundo y querían salir de él tan pronto tuvieran fuerzas para ello.

¿Cuál será el futuro? ¿Frenesí creciente o templanza?

Los medios de comunicación social son esenciales para la difusión de la cultura popular.

Cuando se habla de cultura de masas se debe hacer referencia también a los medios de comunicación masiva, pues éstos son en verdad poderosos formadores de las mentalidades.

En su libro sobre las Comunidades Eclesiales de Base, publicado en 1982, Plinio Corrêa de Oliveira describió adecuadamente este fenómeno:

“En el momento en que la excelencia de los recursos psicológicos y técnicos llegaba a una perfección que ciertamente Gutenberg ni siquiera imaginaba, Marconi dio al mundo la radiocomunicación. Y cuando ésta se encontraba en franca vía ascensional, apareció, a su vez, un rival que habría de reducir fuertemente la influencia de la prensa y de la radio, monopolizando para sí el liderazgo de la propaganda política, ideológica o económica. Fue la televisión. Y ahora se va afirmando la era de la cibernética. Se puede suponer que ésta última cierre el ciclo de las grandes invenciones al servicio de la propaganda.No obstante, en vista de los progresos de la llamada transpsicología, aún nebulosos, insólitos y desconcertantes, es posible que nuevas formas de comunicación entre los hombres conduzcan a medios de propaganda aún desconocidos, aún más acelerados, más drásticos. En una palabra, más terribles. La marcha ascensional que se nota en la celeridad de los medios de comunicación se verifica igualmente en lo que concierne a la perfección de las comunicaciones, etc.”.

Leyendo estas palabras, somos involuntariamente llevados a pensar en tres fenómenos que no son muy antiguos: la omnipresencia de la cultura pop, el progreso de la industria electrónica de entretenimiento e internet.

Hoy en día no importa hacia donde nos volvamos: estamos rodeados por la cultura pop, sobre todo por la música. Ese fenómeno es algo antiguo y tal vez ya no nos llame la atención. No obstante, vale la pena tener presente en qué medida ese instrumento de influencia está siendo empleado. Vivimos formalmente en la cultura pop, la respiramos como el aire. Es prácticamente imposible escapar de ella. Décadas atrás nadie habría pensado seriamente que un instrumento de propaganda pudiera ser empleado con tal amplitud.

Lo mismo ocurre con la electrónica del entretenimiento: mp4, smartphone, iphone, etc., que posibilitan el consumo ininterrumpido de la cultura pop.

Sobre internet, no es necesario que nos extendamos, pues ella amplió desmesuradamente las posibilidades de difusión de la cultura pop. Basta pensar en cantantes como Justin Bieber, un astro para millones de personas cuya ascensión se dio por internet. Incontables cantantes y bandas tratan de imitarlo.

La cultura pop tiene hoy a su servicio, pues, condiciones técnicas capaces de llegar continuamente a las personas y de intervenir cada vez más a fondo en su psicología.



  




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