El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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Fátima y el Escapulario


Después de la última aparición de Nuestra Señora en la Cova da Iría, mientras la gran multitud de espectadores asistía al milagro del sol, se desarrollaron ante los ojos de los pastorcitos diversas escenas. En la primera, al lado de San José y sosteniendo al Niño Jesús en sus brazos, la Virgen apareció como Nuestra Señora del Rosario. En seguida, junto a Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario, surgió como Nuestra Señora de los Dolores. Finalmente, gloriosa, coronada como Reina del Cielo y de la Tierra, se presentó como Nuestra Señora del Carmen, con el escapulario en la mano.

¿Por qué la Virgen apareció con el Escapulario en esta última visión? —le preguntaron a la Hna. Lucía (quien además fuera religiosa carmelita) en 1950.

Es que Nuestra Señora quiere que todos usen el Escapulario —respondió la vidente.

“Y es por este motivo que el Rosario y el Escapulario, los dos sacramentales marianos más privilegiados, más universales, más antiguos y más valiosos, adquieren hoy una importancia mayor que en ninguna época pasada de la Historia” (cf. John Haffert, Maria na sua promessa do Escapulário, Edições Carmelo, Aveiro, Portugal, 1967, pp. 265-266).

El Escapulario de Nuestra Señora del Carmen

El Escapulario de Nuestra Señora del Carmen es una dádiva de la protección y del maternal cariño de la Reina del Cielo hacia los hombres. Su historia está estrechamente ligada a la Orden del Carmen, que se remonta según una antigua tradición a los santos profetas Elías, Eliseo y a sus discípulos, que se establecieron en el Monte Carmelo, en Palestina.

De acuerdo con esa misma tradición, ellos ya veneraban a Aquella que vendría a ser la Madre del Redentor, simbolizada por la nubecita que apareció cuando San Elías pedía el fin de la prolongada sequía que los asolaba (cf. 3 Reyes 18, 41-45), y de la cual cayó una lluvia bendita que reverdeció la tierra.

Estos ermitaños se sucedieron a través de las generaciones hasta la Edad Media, y cuando los musulmanes conquistaron Tierra Santa, tuvieron que huir hacia Europa. Allí enfrentaron grandes dificultades corriendo riesgo de extinción.

Fue entonces que un carmelita inglés, San Simón Stock, hombre penitente y de mucha santidad, fue electo Superior General de la Orden. Angustiado con la situación en que se encontraban, comenzó a suplicar incesantemente a la Virgen para que los protegiese.

San Simón Stock recibe de la Virgen el Escapulario

El 16 de julio de 1251, hace más de 750 años, mientras rezaba fervorosamente en su convento de Cambridge (Inglaterra), se le apareció Nuestra Señora revestida del hábito carmelita, portando en sus brazos al Niño Jesús y extendiéndole un escapulario le dijo estas palabras:

“Recibe, queridísimo hijo, este Escapulario de tu Orden, señal de mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los carmelitas. Todo aquel que muera con él revestido, no arderá en las llamas del infierno. Él es, pues, una señal de salvación, una seguridad de paz y de eterna alianza”.

En 1314, la Madre de Dios se apareció nuevamente, esta vez al Papa Juan XXII, confirmando su especial protección a los que usasen el escapulario, y prometiendo además que los libraría del purgatorio el primer sábado después de la muerte.

Esto llevó a Pontífices, monarcas, religiosos de otras órdenes y personas de todas las condiciones a querer participar de este privilegio, recibiendo el escapulario como un símbolo de devoción a María Santísima y de salvaguarda contra los enemigos del alma y del cuerpo.     



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