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«Tesoros de la Fe» Nº 219

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La modernidad: rasgos infantiles en personas maduras

Leo Daniele

Alfred Binet (1857-1911) famoso psicólogo y fisiólogo francés se dedicó principalmente al uso de pruebas para la evaluación psicológica y mental. También estableció una serie de parámetros útiles para el estudio de la psicología infantil, comentados por Plinio Corrêa de Oliveira en los años 60. Publicó varias obras notables, entre las cuales destacan El alma y el cuerpo (1905) y Las ideas modernas sobre los niños (1911).

Alfred Binet, célebre psicólogo, nos legó un estudio en el que estableció las pautas para comprender las diferencias intelectuales que existen entre el adulto y el niño.

Binet toma como base cuatro funciones intelectivas: dirección, comprensión, invención y censura. Pues bien, aplicando los criterios de Binet a nuestra época, se puede concluir que hubo una infantilización del hombre en el siglo XX, sobre todo después de las dos grandes guerras mundiales.

Veamos cuáles son estas cuatro funciones intelectivas. Empecemos por una característica evidente, que es la falta de dirección de un niño.

“El niño, en todo lo que emprende, muestra una debilidad de dirección. Es atolondrado e inconstante; pronto olvida lo que está haciendo, o se aburre de lo que hace, o se deja llevar por una fantasía, un capricho, una idea pasajera. En una conversación, en una descripción, salta de un tema a otro, al azar de la asociación de ideas, sin son ni ton”.

¿Cuántos adultos conspicuos hoy en día no tienen la mismísima laguna?

Otra característica debería ser la comprensión.

“La comprensión de los niños es superficial. Si la percepción debe pasar de una simple sensación a una comprensión real, muestra signos de debilidad.

Frente a una escena de miseria, por ejemplo, que representa a mendigos postrados en una banca, el niño de cinco a seis años de edad dirá: ‘Es un hombre, … una mujer … un árbol’; un niño de ocho a diez años de edad tratará de describir lo que ve: ‘El hombre está sentado en una banca, hay una mujer a su lado’. Se necesita una inteligencia adulta para ver más allá del cuadro, comprender su significado y decir, finalmente: ‘Son personas sin hogar, en la miseria, sufriendo’”.

¿Tendrá esto algo que ver con el “déficit de atención”, del que ahora tanto se discute?

¿Y cómo está el adulto de hoy en día en términos de comprensión? Tomemos el avance de la revolución cultural y vemos en muchos una especie de estupidización, por la cual se tiende a aceptarlo todo, a engullirlo todo. Los medios de comunicación que la promueven no se incomodan al transmitir las declaraciones más insólitas, las contradicciones más increíbles.

Continúa Binet:

“La capacidad de censura es en él tan limitada como en lo demás. Apenas se da cuenta de lo que dice y lo que hace; es tan torpe de espíritu como de manos; es notable su facilidad en contentarse con palabras, sin darse cuenta de que no las comprende. Los ‘porqués’ con que su curiosidad nos importuna no son nada embarazosos, porque se contenta ingenuamente con las respuestas más absurdas”.

Pues bien, lo que ayer eran las limitaciones de un niño en desarrollo, hoy tiende a ser, y a menudo es, característico de un adulto “completamente” desarrollado.

Quien lea esto no se sorprenda que lo deje pensando: Fulano tiene algo de eso. Mengano tiene algo de aquello. Ahora bien, ¡Fulano y Mengano son hombres adultos!

No es del todo exacto decir que Fulano o Mengano tienen un espíritu infantil, en sentido propio o literal. Pero en ciertos puntos específicos, que varían según el caso, se diría que la distancia que había antes entre la edad adulta y la infantil en la actualidad ha disminuido significativamente.

Estas son debilidades que han causado extrañeza en generaciones anteriores. Escribe Carlos Alberto M. Pereira:

“Son atolondrados e inconstantes; pronto olvidan lo que están haciendo, o se aburren de lo que hacen, o se dejan llevar por una fantasía, un capricho, una idea pasajera. En una conversación, en una descripción, saltan de un tema a otro, al azar de la asociación de ideas”; bien podría ser esta la descripción de muchos de nuestros jóvenes… y adultos.

“Ya desde los años 50, la creciente familiaridad que la noción de anti-intelectualismo había adquirido, era bastante visible en la sociedad americana. Un ejemplo de ello es el surgimiento de toda una tradición bohemia —la de los beatniks— de verdaderos representantes de un anarquismo romántico, cuyo estilo, contestación y agitación, nuevo y radical si se compara con la lucha de la izquierda tradicional, se basaba en nociones y creencias tales como la necesidad de la ‘desconexión masiva’ o de la ‘inercia grupal’”.1

¿Exclusivamente en la sociedad americana? En los años 60 aparecieron los hippies, “dedicándose a una vida marcadamente sensorial y dejándose arrastrar por su carácter lúdico y el desprecio por las satisfacciones de una carrera y un ingreso regular”.2 Y desde entonces el proceso continuó, hasta hoy. La humanidad está pasando por una verdadera catástrofe antropológica, cuya víctima es el propio hombre.

¿Qué es esto? Anthropos es el hombre y por lo tanto una catástrofe antropológica es la catástrofe del hombre como tal. Pocas cosas podrían ser peores.

Enseña Plinio Corrêa de Oliveira: “Las muchas crisis que conmueven al mundo de hoy —del Estado, de la familia, de la economía, de la cultura, etc.— no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre. En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los problemas del alma más profundos, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades”.3

Como dice la Sagrada Escritura: “Los padres comieron uvas agrias, y los hijos quedaron con los dientes ásperos”… (cf. Jer 31, 29).

 

Notas.-

1. Carlos Alberto Messeder Pereira, Qué es la Contracultura, Ed. Brasiliense, São Paulo, 1988, 6ª ed., p. 33.

2. Ibid. p. 34.

3. Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción, Lima, 2018, p. 37.



  




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Nº 236 / Agosto de 2021

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Santa Rosa de Lima, Bartolomé Esteban Murillo, s. XVII – Óleo sobre tela, Nationalmuseum, Estocolmo (Suecia)



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