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«Tesoros de la Fe» Nº 235

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San Aarón

Primer Sumo Pontífice del pueblo hebreo

Prestaba su voz a su hermano Moisés, para que él cumpliera su extraordinaria misión junto al pueblo elegido

Plinio María Solimeo

San Aarón, Nicolas Cordier, c. 1600 – Escultura en mármol, Basílica de Santa María Mayor, Roma

Según el primer libro de las Crónicas (5, 27-29), Arón o Aarón era bisnieto de Leví y segundo hijo de Amrán y Jocabed. La primogénita era María o Miriam, y Moisés era el más joven. Por el libro del Éxodo, sabemos que “Moisés tenía ochenta años y Aarón ochenta y tres, cuando hablaron al faraón” (Ex 7, 7).

Cuando Moisés recibió de Dios en el monte Horeb la orden de regresar a Egipto para sacar al pueblo elegido, el gran profeta afirmó que tartamudeaba y que, por tanto, tendría grandes dificultades para hablar con el faraón. “Entonces se encendió la ira del Señor contra Moisés y le dijo: ‘¿No está ahí tu hermano Aarón, el levita? Sé que él habla bien; además, él saldrá a tu encuentro y se alegrará de corazón al verte. Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca. Yo estaré con tu boca y con su boca, y os enseñaré lo que tenéis que hacer. Él hablará por ti al pueblo, él será tu boca y tú serás su dios’” (Ex 4, 14-16). Así es como se introduce a Aarón en el Libro Sagrado, pues nada encontramos en él que hable de su vida anterior.

Dios Todopoderoso se encargó de transmitir su deseo a Aarón: “El Señor dijo a Aarón: ‘Vete al desierto al encuentro de Moisés’. Él fue, lo encontró en la montaña de Dios y lo besó. […] Luego Moisés y Aarón fueron y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel. Aarón refirió todas las palabras que el Señor había dicho a Moisés y realizó los signos ante el pueblo. El pueblo creyó y, al oír que el Señor había visitado a los hijos de Israel y había visto su aflicción, se inclinaron y se postraron” (Ex 4, 27-31). La gigantesca epopeya de estos dos grandes hombres estaba a punto de comenzar.

Las diez plagas de Egipto

Moisés y Aarón regresaron a Egipto. Para vencer la terquedad del faraón y convencerle de que permitiera la salida de los judíos, operaron la serie de milagros conocida como las diez plagas de Egipto. Así, sucesivamente, las aguas del Nilo se convirtieron en sangre, pero esto no impresionó al faraón; una multitud de ranas salió del río e invadió incluso su habitación, pero los magos, por medio de la magia, las hicieron salir; Aarón extendió su vara, y una infinidad de mosquitos cayeron sobre hombres y animales. Como los magos nada pudieron hacer esta vez, “se endureció el corazón del faraón” y no cedió. Luego fue el turno de las moscas: “un enjambre de tábanos invadió el palacio del faraón y la casa de sus servidores; en toda la tierra de Egipto”. El potentado egipcio pidió entonces a Moisés que ofreciera sacrificios en el desierto para aplacar a Dios. Hecho esto, las moscas desaparecieron, pero el corazón del faraón se endureció de nuevo y no dejó marchar al pueblo hebreo.

Después vino la quinta plaga, con la peste de los animales; la sexta, con úlceras en hombres y animales; la séptima, con el granizo; la octava, con las langostas que lo devoraban todo; la novena, con una oscuridad tan densa que “no se veían unos a otros”; y, finalmente, la décima y última plaga, con la muerte de todos los primogénitos de los hombres y de los animales, de modo que “no había casa en que no hubiera un muerto”. Esta vez el faraón se doblegó y permitió a los hebreos salir de la tierra de Egipto.

El paso del mar Rojo y todo lo que siguió es bastante conocido.

Cuatro décadas en el desierto

Moisés y Aarón ante el faraón, Gustave Doré, s. XIX – Grabado de la Biblia Ilustrada

Durante los cuarenta años en el desierto, Moisés y Aarón estuvieron casi siempre juntos, presionados por la constante mutabilidad de los hebreos. Para atenderlos, los dos hermanos obtuvieron de Dios que el agua del mar se convirtiera en agua dulce; que aparecieran codornices para saciar su hambre; y que el maná (prefigura de la Sagrada Eucaristía) cayera del cielo. También sacaron agua de la roca de Horeb, obtuvieron la victoria sobre los amalecitas y, por último, Moisés les dio el Decálogo, para conducirlos a la vida eterna.

La actitud de Aarón en el episodio del becerro de oro fue absurda y poco edificante. Mientras Moisés hablaba con Dios en el monte Sinaí y recibía las tablas de la Ley y todas las disposiciones relativas al culto al Señor, el pueblo “de dura cerviz”, al ver que se demoraba en bajar, le pidió a Aarón que le hiciera “un dios que vaya delante de nosotros” (Ex 32, 1), ultrajando así todos los beneficios y la alianza establecida con ellos por el verdadero Dios. El hermano de Moisés no se limitó a ceder pecaminosamente ante esa petición blasfema, fundiendo un becerro de oro (un ídolo de los egipcios, quienes lo adoraban bajo el nombre de Apis), sino que incluso le ofreció sacrificios.

Moisés y Aarón regresaron a Egipto, para vencer la terquedad del faraón y convencerle de que permitiera la salida de los judíos. Ante el asombro del faraón, Moisés convierte su bastón en una serpiente.

Esto disgustó al Señor Dios de los ejércitos, que dijo a Moisés: “Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo”. Moisés intercedió por los suyos, y “se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (Ex 32, 9 y 14).

Al bajar del monte, Moisés “encendido en ira, tiró las tablas y las rompió al pie de la montaña” (Ex 32, 19). Aarón, el principal culpable, dio una excusa poco convincente para justificar su crimen, y sin duda habría perecido con los demás hebreos, si Moisés no hubiera intercedido por él para que no incurriera en la ira divina, manifestada en lo que a continuación sucedió: Moisés quemó y trituró el ídolo, lo redujo a polvo y lo mezcló con agua, de la que hizo beber a todos los judíos. Entonces reunió a los hijos de Leví, que bajo su dirección mataron a unos tres mil de los transgresores, mientras que un gran número de ellos fueron consumidos por las llamas que salían del altar. Otros, mucho más numerosos, fueron abatidos por el fuego del cielo, que los habría exterminado a todos si Aarón, con el incensario en la mano, no se hubiera interpuesto entre los muertos y los vivos, aplacando la cólera de Dios.

Sumo Pontífice de Israel

Báculo florido de Aarón, Cornelis Huyberts, 1720 – Grabado en papel, Rijksmuseum, Amsterdam

Por mandato del Dios severo del Antiguo Testamento, se colocaron en el tabernáculo doce ramas por las doce tribus para que se eligieran los que se dedicarían al servicio del altar. Al día siguiente, el ramo de la tribu de Leví, es decir, de Aarón, estaba cubierto de flores. El hermano de Moisés fue entonces proclamado Sumo Sacerdote por segunda vez, dignidad que le acompañó hasta su muerte, y que pasó a ser hereditaria en su familia. Porque, a pesar de su crimen, Dios no alteró la elección que había hecho de Aarón para ser el máximo pontífice de Israel, como está dicho en Hebreos, 5, 4.

Por eso “exaltó a Aarón, un santo como él, su hermano, de la tribu de Leví. Estableció con él una alianza eterna y lo hizo sacerdote para el pueblo. Lo honró con espléndidos ornamentos y lo ciñó con una túnica de gloria. […] Moisés lo consagró sacerdote, lo ungió con óleo santo. Así se estableció una alianza eterna para él y para su descendencia mientras dure el cielo: presidirá el culto, ejercerá el sacerdocio y bendecirá a su pueblo en nombre del Señor” (Ecl 45, 6-7; 15). No puede haber mayor gloria. Aarón también consagró a sus hijos Nadab, Abihú, Eleazar e Itamar al servicio divino.

Desvelo por las funciones sagradas

Sucedió entonces que el mismo día de la consagración de Aarón, sus hijos Nadab y Abihú, como sacerdotes, “tomaron cada uno su incensario, les pusieron fuego, les echaron incenso y ofrecieron ante el Señor un fuego profano, que él no les había mandado”. Entonces el implacable Dios del Antiguo Testamento, para dar un ejemplo palmario de cómo deben realizarse las funciones sagradas, hizo que saliera “de la presencia del Señor un fuego que los devoró y murieron en presencia del Señor”. Pero la cosa no quedó ahí. En la terrible ley antigua, no se permitió que el padre y los hermanos del difunto lloraran por ellos. Moisés les advirtió: “No llevéis la cabeza desgreñada, ni rasguéis vuestras vestiduras; así no moriréis, ni la ira del Señor se encenderá contra toda la comunidad” (Lv 10, 1-2 y 6).

El ramo de la tribu de Leví, es decir, de Aarón, amaneció cubierto de flores. El hermano de Moisés fue entonces proclamado Sumo Sacerdote, dignidad que le acompañó hasta su muerte.

A pesar de ello, Aarón volvió a incurrir en la ira de Dios: “María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado por esposa. Decían: ‘¿Ha hablado el Señor solo a través de Moisés? ¿No ha hablado también a través de nosotros?’”. Puesto que “Moisés era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra”, el Señor cubrió a María de lepra. Moisés intercedió por ella, y el Altísimo le dijo que solo la curaría después de siete días, pues lo que había hecho contra Moisés era como “si su padre le hubiera escupido en la cara”. María fue llevada fuera del campamento hasta que fue convocada de nuevo (cf. Nm 12, 1-15). Debido a que la única en ser castigada fue María, se presume que Aarón apenas se limitó a aprobar el comentario de su hermana.

Sobre Aarón, los Libros Sagrados relatan aún muchas otras cosas que podrían añadirse. Cuando se acercaba el final de su carrera, Dios le dijo a Moisés que lo llevara a la montaña de Hor. Y a la vista de todos, por orden del Señor, despojó a Aarón de sus vestiduras pontificales y vistió con ellas a Eleazar, que iba a ser su sucesor. Aarón no tuvo la felicidad de entrar en la Tierra Prometida porque dudó del poder de Dios cuando el Señor le ordenó a Moisés que golpeara la roca de Cades con su bastón para obtener agua. Los dos hermanos se mostraron inseguros, de modo que Moisés golpeó dos veces en lugar de uno. “El Señor dijo a Moisés y a Aarón: Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los hijos de Israel, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les he dado” (Nm 20, 12). El Salmo 106, 32-33, afirma al respecto: “Lo irritaron junto a las aguas de Meribá, Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos; le habían amargado el alma, y desviaron sus labios”.

Aarón convierte el agua del Nilo en sangre, Jan Symonsz Pynas, 1610 – Óleo sobre tabla, Rijksmuseum, Amsterdam

Muerte e insigne descendencia

La Sagrada Escritura no da detalles de la muerte del Pontífice, limitándose a decir: “Subieron a Hor de la Montaña a la vista de toda la comunidad. Moisés quitó a Aarón los ornamentos y se los puso a su hijo Eleazar. Y murió allí Aarón, en la cumbre del monte. Moisés y Eleazar bajaron del monte. Toda la comunidad se dio cuenta de que había fallecido Aarón y toda la casa de Israel lloró a Aarón durante treinta días” (Nm 20, 27-29). Aarón fue sepultado en el mismo monte Hor, y no se sabe dónde está su tumba, al igual que ocurrió con Moisés.

De su matrimonio con Eliseba, hermana de Nacasón, este Sumo Pontífice tuvo cuatro hijos. Los dos primeros, Nadab y Abihú, murieron sin posteridad. Pero los descendientes de los dos últimos, Eleazar e Itamar, llegaron a ser muy numerosos. El más famoso de ellos fue sin duda san Juan Bautista, el Precursor, como escribe san Lucas: “En los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendente de Aarón, cuyo nombre era Isabel” (1, 5). En todo caso, ninguno de los descendientes de este Sumo Pontífice honró tanto su sangre como el Precursor, proclamado por el Salvador del mundo con estas palabras: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan” (Mt 11, 11).

*     *     *

Los exegetas señalan que Aarón, como Sumo Sacerdote de la Antigua Ley, es naturalmente la prefigura de Nuestro Señor Jesucristo, primer y Soberano Sacerdote de la Nueva Ley. A este respecto, está escrito en la Epístola a los Hebreos: “Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de Aquel que le dijo: ‘Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy’” (Hb 5, 4-5). .



  




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