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«Tesoros de la Fe» Nº 247

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La Comunión Reparadora de los primeros sábados

Lugar de la aparición del Niño Jesús y la Virgen María a la hermana Lucía, el 10 diciembre de 1925, en Pontevedra

P. Fernando Leite SJ

En la aparición del 13 de julio de 1917, la Santísima Virgen anunció en Fátima: “La guerra va a acabar, pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora de los primeros sábados.1

La promesa

Esta última devoción vino a pedirla formalmente, apareciéndose a la hermana Lucía el 10 de diciembre de 1925, en Pontevedra, España. Dijo entonces: “Mira, hija mía, mi corazón rodeado de espinas que los hombres ingratos, a cada momento, me clavan con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, haz algo por consolarme y di que a todos aquellos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario y me acompañen quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de esas almas.2

La Santísima Virgen mostró su corazón rodeado de espinas, que significan nuestros pecados. Pidió que hiciéramos actos de desagravio para removerlas, con la devoción reparadora de los cinco primeros sábados. En contrapartida, promete asistirnos al morir con todas las gracias necesarias para nuestra salvación.

En los dos años siguientes, el 15 de febrero de 1926 y el 17 de diciembre de 1927, Jesús insistió en la propagación de esta devoción. Lucía escribió: “De la práctica de la devoción de los primeros sábados, unida a la consagración al Corazón Inmaculado de María, depende la guerra o la paz del mundo”.

Las condiciones

Santuario de las Apariciones en Pontevedra. El 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen, teniendo a su lado al Niño Jesús sobre una nube luminosa, se le apareció a la hermana Lucía en su celda, en la Casa de las Doroteas, en aquella localidad española. Poniéndole una de las manos en el hombro, le mostró un corazón rodeado de espinas, que tenía en la otra mano. El Niño Jesús, señalándolo, exhortó a la vidente con las siguientes palabras: “Ten pena del Corazón de tu Santísima Madre, que está rodeado con las espinas que los hombres ingratos constantemente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para quitárselas”.

Las condiciones establecidas por la Madre de Dios para ganar el privilegio de los primeros sábados son cuatro:

1. Confesión. Para cada primer sábado es necesario confesarse con una intención reparadora. Se puede hacerlo un día cualquiera, antes o después del primer sábado, con tal de que se reciba la comunión en estado de gracia.

La vidente preguntó: —“Jesús mío, y los que se olviden de poner esta intención [reparadora]? Jesús respondió: —“Pueden ponerla en la confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tuvieren para confesarse”.

Las otras tres condiciones deben cumplirse el mismo primer sábado, a no ser que un sacerdote, por justos motivos, conceda que puedan hacerse el domingo siguiente [al primer sábado].

2. La comunión reparadora.

3. El santo rosario.

4. La meditación, durante 15 minutos, de un solo misterio, de varios o de todos ellos. También valdrá una meditación o explicación de tres minutos antes de rezar cada uno de los cinco misterios del rosario.

En todas estas cuatro prácticas, se debe tener la intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María.

La devoción de los cinco primeros sábados fue aprobada por Mons. José Alves Correia da Silva, obispo de Leiria, el 13 de setiembre de 1939, en Fátima.

Acto de Desagravio al Inmaculado Corazón de María

Virgen Santísima y Madre nuestra, al mostrar en Fátima tu Corazón cercado de espinas, símbolo de las blasfemias e ingratitudes con que los hombres ingratos pagan las delicadezas de tu amor, pediste que te consolemos y desagraviemos.

Al oír tus quejas amargas deseamos desagraviar tu doloroso e Inmaculado Corazón que la maldad de los hombres hiere con las duras espinas de sus pecados.

De un modo especial te queremos desagraviar de las injurias proferidas sacrílegamente contra tu Concepción Inmaculada y tu santa y perpetua Virginidad. Señora, muchos niegan que seas la Madre de Dios y ni siquiera te quieren aceptar como tierna Madre de los hombres. Otros, no pudiendo ultrajarte directamente, descargan sobre tus sagradas imágenes su cólera satánica. No faltan también aquellos que procuran infundir en los corazones de los niños inocentes, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio contra ti.

Virgen Santísima, aquí postrados a tus pies, te mostramos la pena que sentimos por todas estas ofensas y prometemos reparar con nuestros sacrificios, comuniones y oraciones tantas ofensas de estos ingratos hijos tuyos.

Reconociendo que también nosotros no siempre correspondemos a tus favores, ni te honramos y amamos como Madre nuestra, suplicamos para nuestros pecados misericordioso perdón.

Para todos tus hijos y en particular para nosotros que nos consagramos enteramente a tu Corazón Inmaculado, que él sea nuestro refugio en la vida y el camino que nos conduzca hasta Dios. Así sea.

¿Por qué son cinco sábados?

En mayo de 1930, el padre José Bernardo Gonçalves SJ (1894-1966) planteó a la hermana Lucía, de quien era confesor, seis preguntas que le permitieran aclarar ciertas dudas.

Esto es lo que se refiere a la cuarta interrogante, con la correspondiente respuesta dada por escrito:

La hermana Lucía junto a la imagen del Inmaculado Corazón de María en el Carmelo de Coimbra

“—¿Por qué han de ser cinco sábados y no nueve o siete en honor a los dolores de Nuestra Señora?

Parte de la noche del 29 al 30 de este mes de mayo de 1930, me quedé en la capilla con Nuestro Señor y, hablándole de las dos preguntas, 4 y 5, me sentí de repente poseída más íntimamente por su divina presencia; y, se no me engaño, me reveló lo siguiente:”

—“Hija mía, el motivo es sencillo: cinco son las clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

1. Las blasfemias contra la Inmaculada Concepción.

2. Contra su Virginidad.

3. Contra la Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres;

4. Los intentos de infundir públicamente en el corazón de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia esta Inmaculada Madre;

5. Los ultrajes que recibe directamente en sus sagradas imágenes.

He aquí, hija mía, por qué ante este Inmaculado Corazón ultrajado se movió mi misericordia a pedir esta pequeña reparación, y, en atención a ella, a conceder el perdón a las almas que tuvieran la desgracia de ofender a mi Madre”.3

Primera ofensa: negación de la Inmaculada Concepción

El 8 de diciembre de 1854, en la bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción en los siguientes términos: “Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”.

Niegan este privilegio varias confesiones protestantes, los racionalistas e implícitamente aquellos que niegan el pecado original, ya que la Inmaculada Concepción es precisamente la exención de esta mancha, que en tal hipótesis no existiría.

Segunda ofensa: la negación de la virginidad perpetua de María

El 6 de noviembre de 1982, Juan Pablo II dijo en el Santuario de Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza, España: “De modo virginal, ‘sin intervención de varón y por obra del Espíritu Santo’, María ha dado la naturaleza humana al Hijo eterno del Padre. De modo virginal ha nacido de María un cuerpo santo animado de un alma racional, al que el Verbo se ha unido hipostáticamente.

“Es la fe que el Credo amplio de san Epifanio expresaba con el término ‘siempre Virgen’ y que el Papa Paulo IV articulaba en la fórmula ternaria de virgen ‘antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto’. La misma que enseña Paulo VI: ‘Creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado’. La que habéis de mantener siempre en toda su amplitud”.

Se oponen a esta verdad los que niegan que la concepción y el parto de Jesús no fueron virginales, y que María no conservó su integridad en el parto, así como los que afirman que la Virgen tuvo otros hijos además de Jesús.

Tercera ofensa: la negación de la maternidad divina y espiritual de María

El III Concilio de Constantinopla declaró en el año 680: Nuestro Señor Jesucristo “nació del Espíritu Santo y de María Virgen, que es propiamente y según verdad Madre de Dios”.

También es la Madre espiritual de los hombres, por su participación en el Misterio de la Encarnación y la Corredención.

Cuarta ofensa: el odio hacia la Inmaculada Madre de Dios

La ideología marxista-leninista pretende eliminar todo rastro de religión, empezando por los niños. El Ministerio de Educación soviético declaró en aquellos tiempos: “La educación comunista tiene como principal objetivo la eliminación de todo rastro de religión”. A los niños se les enseñaba racionalismo puro y, además, en una nación, a los pequeños se les enseñaban “letanías” de injurias contra la Madre de Dios.

Quinta ofensa: los ultrajes a sus imágenes sagradas

Se ha llegado al extremo de destruir y ultrajar las imágenes de la Virgen, sobre todo cuando se exponen públicamente. Ciertamente, también desagradan a María Santísima los que retiran sus imágenes de los templos o las reducen al mínimo, contrariando incluso al Concilio Vaticano II: “Observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos” (Lumen Gentium, 67).

Estas son las cinco ofensas a María que debemos reparar durante los cinco primeros sábados.

 

1. Antonio Augusto Borelli Machado, Fátima ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, El Perú necesita de Fátima, Lima, 2017, p. 44-46.

2. Idem, p. 53-55.

3. P. Antonio María Martíns SJ, El Futuro de España en los documentos de Fátima, Fe Católica, Madrid, 1989, p. 161-162.

Carta de la hermana Lucía a su madre, sobre la Comunión Reparadora
J.M.J.

24 de julio de 1927

Mi querida madre:

Como sé que al recibir carta mía recibe al mismo tiempo un consuelo, decidí escribir esta para animarle a ofrecer a Dios el sacrificio de mi ausencia. Verdaderamente comprendo que sienta tanto esta separación, pero crea que si nosotros no nos separamos voluntariamente, Él se encargaría de hacerlo. Si no, veamos: Tío Manuel [padre de Francisco y Jacinta Marto] no quería dejar salir de casa a sus hijos, y Dios, ¡cómo se los llevó! Por eso yo quería que mi madre ofreciese con generosidad a la Santísima Virgen ese acto de reparación por las ofensas que recibe de sus hijos ingratos.

Quería también que me diese usted el consuelo de abrazar una devoción que sé le gusta al Señor y que fue nuestra querida Madre del Cielo quien la pidió. En cuanto la conocí deseé hacerla mía y trabajar para que todos los demás la aceptasen. Espero, por lo tanto, que usted me contestará diciendo que la aceptó y que va a procurar trabajar para que todas las personas que ahí van la abracen también. Nunca podrá darme mayor consuelo que este. Solamente consiste en hacer lo que va escrito en esta estampa. La confesión puede ser otro día; los quince minutos es lo que puede parecerle más difícil.

Pero es muy fácil: ¿Quién no puede pensar en los misterios del rosario? En la Anunciación del Ángel y en la humildad de Nuestra Señora que al verse tan exaltada se llama a sí misma esclava. En la pasión de Jesús que tanto sufrió por nuestro amor. En nuestra Madre Santísima junto a Jesús en el Calvario. ¿Quién no puede con estos santos pensamientos, pasar quince minutos con la más tierna de las madres?

Adiós, mi querida madre. Consuele así a nuestra Madre del Cielo y procure que muchos otros la consuelen también. De esta manera me dará a mí una incalculable alegría.

Su hija que le quiere y besa su mano.                          
                                                                                         María Lucía de Jesús

Apud P. Antonio María Martíns SJ, op. cit., p. 158.



  




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