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«Tesoros de la Fe» Nº 116 > Tema “Consideraciones sobre la oración”

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Consideraciones sobre el Padrenuestro – I


La importancia del Padrenuestro es indiscutible, pues se trata de la oración por excelencia, que el mismo Jesucristo Nuestro Señor nos enseñó, por ello debemos tenerla constantemente en nuestros labios y en nuestros corazones.*


El texto que vamos a transcribir sobre el Padrenuestro era atribuido a la gran Santa Teresa de Jesús, y para su elogio basta esta información.

 Introducción

«Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1). «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso» (Mt 6, 7). El sermón de la montaña, Carl Heinrich Bloch, 18 65-79 – Castillo de Frederiksborg, Dinamarca.


Nuestro Creador cono-ce a su criatura y sabe, que por ser infinita la capacidad de su alma, ella cada día pide cosas nuevas y no se aquieta con recibir una solamente. Por eso manda el mismo Señor, en el capítulo sexto del Levítico que, para que no se acabe el fuego del altar, cada día lo cebase el sacerdote con nueva leña, como significando figuradamente que, para que el calor de la devoción no se muera ni enfríe, cada día lo cebemos con nuevas y vivas consideraciones.

Y aunque esto pueda parecer una imperfección, es una providencia divina, para que siguiendo el alma su condición, siempre ande investigando las infinitas perfecciones de Dios y no se contente con menos, pues solo Él puede colmar su capacidad.

Una sola cosa es la que se pretende sustentar, que es el fuego del amor de Dios: pero para ello muchos leños son menester, y cada día se han de renovar, porque el calor y la eficacia de nuestra voluntad todo lo consume y todo le parece poco, hasta que al final llegue a cebarse del mismo fuego, bien infinito, que satisface solo y llena nuestra capacidad.

Pues como la oración del Padrenuestro es la leña más apropiada para mantener vivo este fuego divino, y para que de la frecuente repetición no venga a entibiarse la voluntad, parece que será conforme a la razón buscar algún modo que al repetirla cada día, nos refresque el entendimiento con nuevas consideraciones, y juntamente, sustente el fuego y calor en la voluntad.

Esto se hará cómodamente, repartiendo las siete peticiones en los siete días de la semana, tomando cada día la suya, con título y nombre diferente que a cada una le convenga, a los cuales reduzcamostodo lo que en aquella petición pretendemos y todo lo que hay en Dios que deseamos alcanzar.

Las peticiones ya se saben; los títulos y nombres de Dios son éstos: Padre, Rey, Esposo, Pastor, Redentor, Médico y Juez.

De manera que el lunes despierte cada uno diciendo: Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. El martes: Rey nuestro, venga a nosotros tu reino. El miércoles: Esposo de mi alma, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. El jueves:­ Pastor nuestro, danos hoy nuestro pan de cada día. El viernes:­ Redentor nuestro, perdona­ nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. El sábado: Médico­ nuestro, no nos dejes caer en la tentación. El domingo:­ Juez nuestro, líbranos del mal.    

 

* Biblioteca de Autores Españoles - Escritos de Santa Teresa, M. Rivadeneyra, Madrid, 1861, t. I, pp. 538-545, con ligeras adaptaciones.




  




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