El Perú necesita de Fátima Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas; por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará.
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“Era una Señora...”

 

 

Jugaban los tres videntes en Cova da Iría cuando vieron dos resplandores como de relámpagos, después de los cuales contemplaron a la Madre de Dios sobre una encina. Años después, la Hna. Lucía describió a la Santísima Virgen con estas palabras:

“Era una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol y esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina atravesado por los rayos del sol más ardiente”. Su rostro, indescriptiblemente bello, no era “ni triste, ni alegre, sino serio”, con aire de suave censura.

Tenía las manos juntas, como para rezar, apoyadas en el pecho y orientadas hacia arriba. De la mano derecha pendía un rosario. Su vestido parecía hecho sólo de luz. La túnica era blanca, así como el manto, orlado de oro, que cubría la cabeza de la Virgen y le llegaba hasta los pies. No se le veía el cabello ni las orejas.

 

Lucía nunca pudo describir los trazos de la fisonomía, pues le resultaba imposible fijar la mirada en el rostro celestial, que la deslumbraba. Los videntes estaban tan cerca de Nuestra Señora (como a un metro y medio de distancia), que se encontraban dentro de la luz que la cercaba o que difundía.

El coloquio se inició de la siguiente manera:

Nuestra Señora: “No tengáis miedo; yo no os hago daño”.

Lucía: “¿De dónde es Vuestra Merced?”

Nuestra Señora: “Yo soy del cielo” (y la Virgen levantó la mano para señalar el cielo).

Lucía: “¿Y qué es lo que Vuestra Merced quiere de mí?”

Nuestra Señora: “Vengo para pediros que volváis aquí durante seis meses seguidos los día trece y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí una séptima vez”.     

 

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