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«Tesoros de la Fe» Nº 179

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Nuestra Señora de Pötsch

Gran protectora de Austria

El cuadro milagroso de María Pötsch defendió a Austria a lo largo de los tres últimos siglos de grandes amenazas, en especial, del peligro mahometano. Hoy, más que nunca, su protección es necesaria.

 

El Stephansdom, la bella y venerable catedral de san Esteban, edificada hace más de 700 años, es el símbolo de la ciudad de Viena y uno de los más expresivos monumentos góticos que aún restan en la Austria de hoy. Bello en sus magníficas proporciones, en el esplendor de sus imágenes, en la riqueza de sus cuadros, en el encaje de sus piedras; venerable en su historia multisecular salpicada de fastos grandiosos y de tragedias pungentes, en su vetustez severa, pero al mismo tiempo maternal y bondadosa; venerable también por ser un santuario que abriga, entre otras reliquias, el cuadro milagroso de María Pötsch.

Entrando en la catedral, se puede notar en medio de una suave penumbra, al lado derecho junto a la puerta que conduce a la capilla del Santísimo Sacramento, un cuadro de la Santísima Virgen con el Niño Jesús bajo un baldaquino de mármol, en estilo gótico. Frente a él, sólidas bancas con sus respectivos reclinatorios, ladeados por soportes donde miles de velas se consumen diariamente, elevando a la Madre de Dios oraciones y súplicas de sus hijos, casi siempre angustiados y afligidos, a veces también agradecidos por las gracias recibidas.

No se trata de un cuadro cualquiera. María Pötsch, pintura original de la aldea de Pócs —Pötsch en alemán–– situada al este de Hungría, fue traída a Viena hace más de tres siglos, por orden del emperador Leopoldo I.

Historia de un cuadro sencillo y maravilloso

A fines del siglo XVII, época de grandes tribulaciones, sobre todo para los países europeos próximos a Turquía, los habitantes de la pequeña aldea de Pócs eran en su mayoría greco-católicos de origen ruteno, es decir, ucranianos. Los incesantes ataques de fuerzas musulmanas, precursores del tremendo cerco de Viena en 1683, producían horribles devastaciones, en el curso de las cuales incontables católicos cayeron prisioneros y eran reducidos a la esclavitud.

En 1675, un habitante de Pócs, Läszlö Csigri, escapó milagrosamente del cautiverio turco. Cumpliendo una promesa, en señal de gratitud, encomendó a Istvan Pap, hermano menor del párroco de Pócs, un cuadro de la Virgen para la iglesia local. No obstante, cuando el cuadro quedó terminado, Csigri no disponía del dinero necesario para pagarlo.

Un habitante rico de la aldea, Lorinc Hurta, compró entonces el cuadro y lo donó a la iglesia.

Sobre madera noble, el cuadro de 70 x 50 cm representa a Nuestra Señora envuelta en un manto rojo, teniendo al Niño Jesús en el brazo izquierdo, mientras señala con la mano derecha a su divino Hijo, que es el camino. De ahí la invocación griega Odighitria, que significa: la que muestra el camino. Dos estrellas, una en la cabeza y otra en el hombro izquierdo de María,simbolizan su virginidad perpetua. Sobre la cabeza de la Virgen y la del Niño Jesús el artista pintó una aureola. En el cuadro están también escritas abreviadamente las palabras Madre de Dios y Jesucristo. En los bordes del cuadro se pueden ver las cabezas de dos querubines. En la parte de abajo está escrito en eslavo antiguo, probablemente por orden de su comprador Lorinc Hurta: “Mandó hacer este cuadro el Siervo de Dios [nombre ilegible] para remisión de sus pecados”.

En cuanto obra de arte, no es una pintura de gran valor. Sin embargo, la Madre de Dios se valió de ella para operar maravillas, y como tal su valor se volvió inestimable.

Lacrimación milagrosa y su confirmación

El cuadro de la Santísima Virgen que señala el camino ––la buena vía para evitar los peligros, y también el modo eficaz de vencer a los enemigos–– fue desde luego objeto de gran devoción de los habitantes de Pócs, la cual aumentó cuando la imagen lloró milagrosamente.

El día 4 de noviembre de 1696, durante la misa rezada por el párroco Pap, el campesino Mihaly Eory notó que lágrimas escurrían de los ojos de la Virgen. El milagro, atestiguado por los fieles presentes en la misa, fue investigado por dos comisiones, una civil y otra eclesiástica. La comisión civil fue presidida por el conde Corbelli, comandante en jefe del ejército imperial en Hungría del este. El día 8 de diciembre, acompañado de especialistas y ante más de 300 personas, entre ellas innumerables protestantes evangélicos y calvinistas, el general Corbelli examinó minuciosamente el cuadro, constató que estaba íntegro, y enjugó con un pañuelo de seda las lágrimas que corrían de los ojos de la Virgen. Al final de sus investigaciones, el general Corbelli envió un manuscrito al obispo de Eger y un informe al emperador, a respecto del milagro de las lágrimas.

El cuadro original en el Stephansdom, luego de trasponer
el portal de entrada, atrae incesantemente la veneración
de los vieneses y austríacos de todas las regiones

La investigación eclesiástica estuvo a cargo de György Fenesy, obispo de Eger, el cual declaró que se trataba de un auténtico milagro. Los protocolos de estas investigaciones, que comenzaron el día 26 de diciembre de 1696, contiene las declaraciones de 36 personas, incluso protestantes, todas ellas atestiguando el milagro de las lágrimas.

Los documentos del proceso están guardados hasta hoy en la Colección Hevenesi de la Biblioteca de la Universidad de Budapest.

La noticia del milagro se esparció rápidamente. Al mismo tiempo llegó a Viena el informe del general Corbelli, para el conocimiento de Leopoldo I, emperador de Austria y rey de la Hungría. Atendiendo a un deseo de la emperatriz Eleonora, Leopoldo I ordenó que el cuadro milagroso fuese trasladado a Viena. Los católicos de Pócs, apesadumbrados, tuvieron que doblegarse a la voluntad de su emperador. El día 4 de julio de 1697, el cuadro fue recibido pomposamente en la capital austríaca, donde se celebraron misas solemnes y se organizaron con él más de 33 procesiones en las parroquias de la ciudad.

*     *     *

Un hecho histórico de gran importancia contribuirá sin embargo a fomentar la devoción a la Virgen de Pócs, en todo el imperio austríaco. El príncipe Eugenio de Saboya, comandante de las tropas imperiales, había infligido el día 11 de setiembre de 1696, en la batalla de Zenta, una fragorosa derrota a los ejércitos mahometanos de Turquía. Después del fracaso del cerco de Viena (1683), fue este el golpe definitivo a las pretensiones turcas de imponer un dominio islámico sobre Europa.

Actual iglesia de Pócs

El mismo emperador Leopoldo I atribuyó esta victoria a la intercesión de Nuestra Señora de Pócs, en una bula de 1701. Pues, según él, la creencia en el poder de María Pötsch hizo con que el pueblo pidiera insistentemente a la Virgen la victoria sobre los turcos.

Los habitantes de Pócs no se conformaban con la pérdida de su cuadro milagroso. Lo querían de regreso y escribieron en tal sentido al emperador. Este no obstante, a través del obispo de Eger, respondió que sólo les daría una copia del cuadro. Efectivamente Mons. Telekesy mandó hacer, por encargo del emperador, una copia que sustituyó al original, y fue colocado en su nicho en la iglesia de Pócs.

El cuadro original nunca más vertió lágrimas, ni las numerosas copias que de él fueron hechas. No obstante, la predilección de la Santísima Virgen por sus fieles de esa pequeña aldea se manifestó aún en dos ocasiones a lo largo de los siglos: la copia de la iglesia de Pócs lloró el día 1º de agosto de 1715, y una vez más el 19 de diciembre de 1905. Ambas lacrimaciones fueron debidamente documentadas. La última fue incluso noticiada por la prensa.

Mientras la bella iglesia de Pócs (foto arriba) conserva en su ornamentado altar la copia del cuadro milagroso, el original se encuentra en el Stephansdom luego de trasponer el portal de entrada, al lado derecho, atrayendo incesantemente la veneración de los vieneses y austríacos de todas las regiones. Y a todos, en la pequeña ciudad húngara y en la metrópoli austríaca, va María Pötsch desempeñando su papel de odighitria, la que muestra el camino. Ella lo mostró en la batalla de Zenta al príncipe Eugenio de Saboya, cuyos restos mortales reposan actualmente en la misma catedral de Viena, en una pequeña capilla.

 



  




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Nº 187 / Julio de 2017

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