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«Tesoros de la Fe» Nº 2 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Claudio de La Colombière

Gran apóstol del Sagrado Corazón

San Claudio de La Colombière


Escogido por Nuestro Señor para dirigir a Santa Margarita María Alacoque en la más trágica y decisiva fase de la vida de ésta, el Santo dio el impulso inicial a la devoción al Sagrado Corazón en los Tiempos Modernos. Calificado por el Divino Redentor, en una de sus apariciones, como servidor fiel y amigo perfecto,1 se convirtió en renombrado predicador y director de conciencias, así como apóstol del Escapulario. En su opinión, “ninguna otra devoción ofrece tanta certeza para nuestra salvación” cuanto esta práctica religiosa.2


Natural de Saint-Symphorien, cerca de Lyon, Claudio de La Colombière provenía de una familia que ya había dado ilustres miembros a la Magistratura. De su madre, muy piadosa, recibió la formación religiosa que despertaría en él la vocación.

El hecho de haber sido alumno del colegio de los jesuitas de Lyon, cuyos profesores eran conocidos por su militancia anti-jansenista,3 marcó a fondo su espiritualidad y su futuro apostolado, basado en la misericordia y en la confianza.

Novicio jesuita, sus dotes poco comunes ya a los 19 años llamaron la atención de su maestro, el Padre Jean Papon, que así lo describe al General de la Compañía, en un informe de 1660: “tiene grandes talentos, una rara capacidad de juicio, prudencia consumada. Mucha experiencia de la vida. Comenzó bien los estudios. Apto para cualquier cosa. Temperamento suave”.4

Religioso eximio e hidalgo consumado

Aún siendo estudiante fue escogido como preceptor de dos hijos del poderoso ministro de Luis XIV, Colbert: Nicolás, futuro Arzobispo de Rouen, y Juan Bautista, futuro marqués de Seignelay y Ministro de Marina.

En la residencia de Colbert —gran mecenas de la cultura— convivió con personas refinadas, elegantes y cultas. Se hizo amigo de Olivier Patru, miembro de la Academia Francesa, considerado el hombre que hablaba el mejor francés en el Reino. En esa convivencia completó su educación, convirtiéndose no sólo en un perfecto religioso, sino también en consumado hidalgo.5

El Padre Nicolau La Pesse, editor de sus Sermones, en Lyon, el año 1684 6 así lo describe:

“Espíritu vivo, juicio seguro, fino y penetrante, alma noble, tacto y gracia. Se distinguía especialmente por su forma de pensar y por la elegancia y precisión de expresión. Cuando hablaba con las personas, su distinción y dulzura conquistaban los espíritus y los corazones. La unión con Dios trasparecía en su rostro y en sus palabras. La oración era en él habitual. Como era recto y esclarecido, consideraba con extrema justicia cualquier asunto que tuviese que tratar”.7

“Es necesario ser santo para hacer santos”

Ordenado sacerdote en 1669, el Padre de La Colombière regresó a Lyon para enseñar en el Colegio de la Trinidad, durante tres años. Después se retiró a la Casa de San José, en donde completó el periodo de la probatio, es decir, el año de recogimiento y meditación prescrita por la regla de la Compañía de Jesús.

Descendiendo de una familia de notarios, el joven jesuita “sentía mucho el valor de los compromisos jurídicos y especialmente de los votos hechos a Dios”. No sólo en aquella Casa religiosa, sino aún durante tres a cuatro años, meditó de tal modo sobre las Constituciones y el espíritu de la Compañía de Jesús, que hizo el voto de “observar las Constituciones, las reglas comunes, las reglas de la modestia y las de la vida sacerdotal” 8 lo más perfectamente posible.

Ese fue el medio que escogió para santificarse. En ese sentido, se lee en una de las deliberaciones que tomó durante la probatio: “No importa el precio: es preciso que Dios esté contento. Es verdad que es necesario ser santo para hacer santos, y mis defectos muy considerables me hacen conocer cuan distante estoy de la santidad; pero, Dios mío, hacedme santo, y no escatiméis en nada para hacerme el bien. Quiero serlo, no importa lo que me cueste”.9

Encuentro de dos Santos

Con esas cualidades espirituales e intelectuales, el Padre Claudio estaba ya preparado para la gran misión de su vida.

Habiendo sido transferido el Padre Pierre Papon, superior de los jesuitas de Paray-le-Monial, el Padre de La Colombière fue designado para substituirlo en el cargo. Eso muestra el alto concepto en que era tenido.

Había en el Convento de las Visitandinas de aquella ciudad una joven religiosa, simple, de poca cultura, que parecía estar siendo favorecida por gracias extraordinarias y necesitaba de una dirección segura. Su Superiora, la Madre de Saumaise, a pesar de una reconocida virtud y discernimiento, no se sentía segura para juzgar cuestión tan delicada. Recurriera, para eso, a las notabilidades locales. Estas fueron unánimes en juzgar que se trataba de ilusiones...

La buena Madre, sin embargo, vacilaba: la Hna. Margarita María (1647-1690) era sensata, humilde, obediente y no parecía tener nada de visionaria ni querer valorizarse por esas experiencias místicas. Por lo tanto, era preciso que ellas fuesen juzgadas por alguien con santidad, vasta cultura y profundo saber teológico, y con renombre de gran prudencia y juicio acertado. ¿A quién recurrir?

Fue durante ese impase que el Padre Claudio llegó a Paray-le-Monial y conoció a la vidente.

La aprobación del renombrado jesuita a la nueva devoción

En su primera lección a las monjas, el Padre Claudio notó a una que lo oía más atentamente. La superiora le informó que se trataba de la Hna. Margarita María.

“Es un alma visitada por la gracia”, comentó el jesuita.

Al mismo tiempo, una voz interior le decía a la mencionada religiosa: “He aquí aquel que te envío”.10

Como los santos generalmente hablan el mismo lenguaje, el Padre de La Colombière y la Hna. Margarita María pronto se entendieron. Él interpretó la experiencia mística de la religiosa y la estimuló vivamente a seguir las inspiraciones del Espíritu que la dirigía.

Y, contra la generalidad de las opiniones, empeñó su juicio de aprobación de manera serena y firme. La Superiora podría permanecer tranquila; aquello venía de Dios.

Santa Margarita María de Alacoque

San Claudio de La Colombière representó así la caución humana de las visiones de Santa Margarita María. Aconteciese lo que fuese —y mucha persecución e incomprensión aún tendría lugar—, un hecho irremisible estaba puesto: el jesuita afamado por su prudencia y juicio seguro estaba convencido de la autenticidad de las visiones de la Hna. Margarita María.

Durante los 20 meses en que el Padre Claudio fue Superior de la residencia jesuita en Paray-le-Monial, fundó asociaciones de piedad, predicó misiones y dirigió a numerosas almas.

Sin embargo, la gran importancia de su apostolado radicó en el apoyo inestimable que prestó a Santa Margarita María: una nueva luz —la devoción al Sagrado Corazón— iría a llenar los espacios de la Iglesia bajo el influjo de Papas y Santos. Cupo al Padre de La Colombière, en aquel momento, la misión de proteger su tímido brujuleo inicial contra las diversas tempestades. Y él fue fiel al encargo recibido.

Apostolado fecundo: odio de los herejes y prisión

Mientras tanto, otro campo mayor aún de apostolado reclamaba el celo prudente del Padre de La Colombière: Inglaterra.

El Duque de York, heredero del trono y futuro Jaime II, se había casado con la Princesa italiana María Beatriz d’Este, hija del Duque de Módena, encantadora, seria, piadosa y de gran inteligencia. El Padre Claudio fue escogido para la difícil tarea de ser su confesor y el predicador de su capilla. Debería vivir en medio de una población llena de prevenciones anticatólicas; tener hábitos de Corte, sin dejarse penetrar del espíritu del mundo; saber agradar con naturalidad, pero ser firme en los principios. Podría hacer un gran bien, sin embargo habría siempre el riesgo de comprometer los intereses católicos en forma gravísima, si fuese inhábil o imprudente. Tal misión presuponía no sólo una virtud sólida, sino también destreza, tacto y experiencia de la vida.

Perfecto hijo de la obediencia, el Padre Claudio dejó Paray-le-Monial rumbo a Londres, en agosto de 1676.

En la capital inglesa, no se limitó a ser el predicador y director de conciencia de la Duquesa de York. Sus densos y piadosos sermones en la capilla del palacio atraían a mucha gente. Visitaba enfermos y convirtió a muchas personas. Rescató de la apostasía a decenas de sacerdotes. Siempre que le fue posible, inculcaba la devoción al Sagrado Corazón, que recibiera de Santa Margarita María, y al Escapulario.

El odio anti-religioso contra él aumentó. Para destruir las perspectivas favorables que la Religión Católica encontraba en Inglaterra en este final del siglo XVII, fue desencadenada una de las más terribles campañas de calumnias de la Historia, mezcla de estruendo publicitario, denuncias en el Parlamento, medidas judiciales y presiones sobre la Corte y el Rey. Aunque basada en la mentira, la orquestación creada convulsionó al Parlamento y a la opinión pública.

San Claudio, acusado injustamente de un supuesto complot contra el Rey, el “Oates Plot”, fue lanzado en los calabozos infectos y gélidos de King’s Bench, donde las pésimas condiciones agravaron su incipiente tuberculosis. En diciembre de 1678, echado de Inglaterra volvió a Francia.

En las puertas de la muerte, el celo no declina

El Padre de La Colombière vivió aún algunos meses, siempre muy enfermo. Le fue dado un oficio poco fatigante —director espiritual de los seminaristas en Lyon—, habiendo durante esa fase ejercido una benéfica influencia sobre el futuro Padre De Galliffet, el cual se transformó en uno de los mayores apóstoles de la devoción al Sagrado Corazón en el siglo XVIII.

San Claudio falleció en Paray-le-Monial el día 15 de febrero de 1681, tornándose celebre como el Santo de la confianza y el predicador de la misericordia del Sagrado Corazón.

Beatificado por Pío XI en 1929, fue canonizado por Juan Pablo II en 1992.     


Notas.-

1. Vie et Oeuvres de Sainte Marguerite-Marie, Éditions Saint Paul, París, 1991, t. 2, pp. 451 y 452, apud Péricles Capanema Ferreira e Melo, O Estandarte da Vitória – A devoção ao Sagrado Coração de Jesus e as necessidades de nossa época, Artpress, São Paulo, 1998, p. 46.
2. Sermon pour la fête du Scapullaire, Oeuvres, Lyon, 1702, T. 111, apud John Mathias Haffert, María na sua Promessa do Escapulário, Ediciones Carmelo, Aveiro, 1967, p. 93.
3. El Jansenismo, herejía que constituyó una corriente semi-protestante al interior de la Iglesia, era de un rigorismo tieso e injustificado. Fue condenado por diversos Papas.
4. P. Georges Guitton  S.J., Le bienheureux Claude La Colombière – Son milieu et son temps, Librairie Catholique Emmanuel Vitte, París, 1943, p. 56, apud Péricles Capanema, op. cit., p. 46.
5. Cf. Péricles Capanerna, op. cit., p. 47.
6. P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1993, 3ª edición, vol. I, p. 226.
7. Cf. Péricles Capanema, op. cit., p. 47.
8. P. Leite, op. cit., p. 226.
9. P. Guitton, op. cit., pp. 165, 169, apud Péricles Capanema, op. cit., p. 50.
10. P. Guitton, op. cit., p. 239, apud Péricles Capanema, op. cit., p. 51.





  




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