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«Tesoros de la Fe» Nº 190

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Capítulo 11:

Víctimas expiatorias

La vida de los tres videntes después de las apariciones de la Santísima Virgen y hasta la muerte de Francisco y Jacinta Marto…

Luis Sergio Solimeo

Con la generosidad propia de la inocencia de su edad, los tres niños aceptaron la invitación de la Virgen Santísima para sufrir por la conversión de los pecadores. Además, Jacinta y Francisco ofrecieron sus propias vidas, mientras que Lucía tendría que quedarse en esta tierra para cumplir una misión especial.

La sabiduría suprema de la “locura de la cruz”

Desde que el Ángel comenzó a prepararlos, y sobre todo a partir de la primera aparición de la “hermosa Señora” , los niños adquirieron un deseo de sacrificio y humillaciones. Y esto era causado, no por una condición patológica, sino, al contrario, por una sabiduría superior que san Pablo llama la “locura de la cruz” (cf.1 Cor 1, 18-25). Es una ardiente forma de caridad, fruto de un amor intenso por Dios y una fe vibrante animada por obras.

Habiendo visto el infierno, adonde van los pecadores, los videntes comprendieron la desgracia suprema de la perdición eterna y se hicieron víctimas expiatorias para aplacar la justicia divina ofendida, con el fin de salvar almas

El amor de Dios engendra amor por las almas

Es obvio que esta disposición heroica es fruto de gracias especiales a las que los pastorcitos correspondían generosamente.

Dios comunica su amor al alma con tal intensidad que ella es transformada con el amor divino, olvidándose de sí misma y volviéndose deseosa de padecer el sufrimiento redentor de Nuestro Señor Jesucristo y los dolores de María. No de sufrir porque sí, sino para saciar la sed de salvación de las almas que la gracia le comunica.

Es imposible contar aquí todas las hazañas de Francisco y Jacinta como héroes de la penitencia por los pecadores, como reconoció la Iglesia en la memorable ceremonia de su beatificación, presidida por el Papa Juan Pablo II en Fátima, el 13 de mayo de 2000.

Cama de san Francisco Marto en su casa de Aljustrel, donde falleció el 4 de abril de 1919

Algunos ejemplos de penitencia

Por falta de espacio, mencionaremos solo algunos episodios y las palabras de los dos hermanitos, tomados en su mayoría de las Memorias de la Hermana Lucía .

A pesar de su tierna edad, los tres niños adquirieron una comprensión muy viva del admirable dogma de la comunión de los santos:

“Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros:

—dice san Pablo a los Colosenses— así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24).

Jacinta pensaba continuamente en la visión del infierno, en el tormento que padecen allí los pecadores endurecidos, y sobre todo en la eternidad del castigo.

Ella comentaba con candor infantil:

“¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos” .

Este celo por las almas, por la conversión de los pecadores, les inspiró creatividad en cuanto a cómo sacrificarse por ellos. Un día, Lucía encontró una cuerda y propuso que la cortaran en tres pedazos para que cada uno de ellos pudiera usar uno alrededor de su cintura, para hacer penitencia.

Tormento del hambre

Francisco fue el más creativo en esta materia. Lucía narra:
Francisco pensó enseguida en un sacrificio:

—“Demos nuestro refrigerio a las ovejas y hacemos el sacrificio de no comer”.

En pocos minutos, toda nuestra comida había sido distribuida al rebaño. Y así pasamos un día de ayuno, que ni el del más austero cartujo.

Más tarde encontraron algo mejor: dar su refrigerio a los niños pobres que encontraban a lo largo del camino, así que empezaron a hacerlo diariamente.

Pero, ¿cómo se alimentaban? “Había allí algunas encinas y robles. Las bellotas todavía estaban bastante verdes, pero dije que podíamos comerlas” , explica Lucía. Y concluye:

“Nuestro alimento en esos días era piñones, raíces de campanillas, moras, hongos y unas cosas que cogíamos de las raíces de los pinos, que no me acuerdo ahora cómo se llaman; o fruta, si la había cerca, en alguna propiedad de nuestros padres” .

¿Cómo no pensar, al leer esto, en los grandes penitentes que habitaron el desierto egipcio durante la Iglesia primitiva?

Hospital D.a Estefânia, en Lisboa, donde murió Jacinta

Tormento de sed

Una vez, sufriendo de una sed intensa, Lucía pidió agua en una casa cercana. Trajo una jarra, dándosela a Francisco para que bebiera primero, pero él dijo que quería ofrecer el sacrificio de la sed por los pecadores. A pesar de tener un terrible dolor de cabeza, Jacinta decidió hacer lo mismo. Al final, ni siquiera Lucía bebió, sino que derramó el agua en el hueco de una piedra para que las ovejas bebiesen.

Sufrimientos morales

Además de los tormentos físicos que ellos elegían voluntariamente, tuvieron tormentos morales, a veces aún más terribles.

Cuando estuvo detenida en Ourém, explica Lucía:

Nos reunieron de nuevo en una sala de la cárcel, diciendo que dentro de poco vendrían a buscarnos para freírnos; Jacinta se apartó junto a una ventana desde donde se veía la feria del ganado. Al principio pensé que estaría distrayéndose, pero no tardé en darme cuenta que lloraba. Me acerqué a ella y le pregunté por qué lloraba:

—“¡Porque —respondió— vamos a morir sin volver a ver ni a nuestros padres ni a nuestras madres!”.

Y añadió, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas: “¡Yo quería siquiera ver a mi madre!”.

—“Entonces, ¿no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?” —“Sí quiero, sí quiero”.

Y bañada en lágrimas, con las manos y los ojos levantados al cielo, hizo el ofrecimiento: “Oh Jesús mío, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”.

En octubre de 1918, habiendo pasado un año desde la última aparición, Jacinta cayó enferma y, un poco más tarde, Francisco también. Fue la preparación final para que la Santísima Virgen cumpliera su promesa de llevarlos pronto al cielo.

“Nuestra Señora vino a vernos…”

Un día que Lucía fue a visitar a su prima, esta le dijo:

“Nuestra Señora nos vino a ver, y dice que enseguida viene a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. A mí me preguntó si todavía quería convertir más pecadores. Le dije que sí. Me dijo que iría a un hospital y que allí sufriría mucho; que sufriese por la conversión de los pecadores, en reparación por los pecados contra el Inmaculado Corazón de María y por amor de Jesús.

Pregunté si tú ibas conmigo. Me dijo que no. Esto es lo que me cuesta más. Dijo que irá mi madre a llevarme y que después me quedaré allí solita”.

El 12 de setiembre de 1935, los restos mortales de Jacinta fueron exhumados. Su rostro se encontró incorrupto.

En otra ocasión, le dijo a Lucía:

[La Virgen] me dijo que voy a Lisboa a otro hospital; que no te vuelvo a ver, ni a mis padres tampoco.

Que después de sufrir mucho moriré sola. Pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar para ir al cielo” .

La muerte de Francisco: “¡Adiós, hasta el cielo!”

Lucía continúa:

Cuando llegó el momento de que su hermanito partiera al cielo, ella [Jacinta] le hizo sus recomendaciones:

“Dales muchos saludos cariñosos de mi parte a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y diles que sufriré todo lo que ellos quieran para convertir a los pecadores y reparar al Inmaculado Corazón de María” .

La muerte de Francisco fue la de un guerrero que está listo para hacer el sacrificio supremo de su vida por el bien de una causa. Habiéndose sacrificado por la conversión de los pecadores, también aceptó la muerte por el mismo fin.

Cuando estaba a punto de morir, mandó llamar a Lucía y le pidió que le cuente los pecados q ue ella le había visto cometer. Luego le pidió a Lucía que le pidiera el mismo favor a Jacinta, que estaba enferma en otra habitación, pues, según dijo con toda sencillez, “voy a confesarme para comulgar y después morir” .

La narración de la hermana Lucía continúa:

Al caer la noche, me despido de él.

—“Adiós, Francisco, si vas al cielo esta noche no te olvides de mí, ¿me oyes?”.

—“No te olvido, no, quédate tranquila”.

Y cogiéndome la mano derecha, me la apretó con fuerza durante un buen rato, mientras me miraba con los ojos llenos de lágrimas.

—“¿Quieres algo más?”, le pregunté llorando también.

—“No”, me respondió con voz casi apagada.

Como la escena estaba siendo demasiado conmovedora, mi tía me mandó salir del cuarto.

—“Entonces, adiós, Francisco. Hasta el cielo”.

—“¡Adiós, hasta el cielo!”.

Y el cielo se aproximaba. Allí voló al día siguiente en brazos de la Madre Celestial.

Francisco murió el 4 de abril de 1919, a las 10 p.m.

Tenía casi 11 años.

Jacinta muere sola en un hospital de Lisboa

Jacinta fue a un hospital de Ourém. Sin mejoría, regresó a Aljustrel.

Un renombrado médico lisboeta y fervoroso católico, deseoso de hacer una peregrinación a Fátima, pasó por Santarém, donde invitó al Dr. Formigão a acompañarlo. Eso fue providencial para cumplir con la voluntad de la Santísima Virgen, pues ambos, al visitar a Jacinta, vieron que ella estaba en un estado muy delicado y debía someterse a una cirugía en Lisboa.

Conociendo la profecía sobre la muerte de su hija, y habiendo visto el inútil sufrimiento que había soportado en el hospital de Ourém, sus padres no querían permitir un nuevo intento.

El médico y el sacerdote les mostraron que, aunque su muerte fuera la voluntad de la Madre de Dios, necesitaban agotar todos los recursos humanos.

Debido a esto, la pequeña vidente de Fátima, de apenas 10 años de edad, fue a Lisboa a “morir solita” el 20 de febrero de 1920, a las 10:30 p.m.

A pesar de haber fallecido de tuberculosis purulenta, su cuerpo, expuesto en una iglesia por algún tiempo, emanó un suave perfume.

El barón de Alvaiázere, de Ourém, que desde el milagro de octubre se había convertido no solo en un ferviente devoto de Fátima, sino en amigo y consejero de la casa del Sr. Marto, ofreció la tumba de su familia, donde fue sepultado el cuerpo de la vidente.

Hoy los restos de Francisco y Jacinta descansan en la Basílica de Fátima.



  




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