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«Tesoros de la Fe» Nº 220

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Refinamiento y dulzura de vivir

Civilización implica la búsqueda del progreso rumbo a lo más elevado, a lo más bello, a lo más adecuado, a lo que esté más conforme con el orden establecido por Dios en el universo.

Gabriel J. Wilson

La Escuela Española de Equitación de Viena, que se remonta al siglo XVI, es famosa por el adiestramiento de caballos de raza Lipizzana

Esta sección tiene por finalidad destacar las obras o monumentos nacidos de la civilización cristiana a lo largo de los siglos. Pero, ¿qué significado tiene el término “civilización”?

El diccionario de la lengua de la Real Academia Española (RAE), presenta tres acepciones: “1. Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana. 2. Estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas. 3. Acción y efecto de civilizar”.

Una persona civilizada es, por lo tanto, aquella que tiene las cualidades requeridas para la vida en sociedad. Un salvaje vive más o menos como un animal: no tiene reglas, no sabe lo que es educación, lo que es amabilidad, lo que es amor al próximo. Es un ser embrutecido. Sin la gracia santificante, los efectos del pecado original pueden hacerlo caer hasta por debajo del nivel de ciertos animales.

Un perro, un caballo, un papagayo pueden ser enseñados y llegar a portarse de modo semejante a seres humanos. Aún así, por no tener inteligencia ni voluntad, su educación es de otra naturaleza. Ciertos animales tienen una capacidad de aprender cosas increíbles. Aunque eso tenga su valor, no es lo mismo que educar a un niño, que tiene alma espiritual, inteligencia, voluntad y sensibilidad.

Tal vez se pueda decir que “civilizar” es apropiarse de los elementos espirituales y materiales que elevan al ser y la sociedad humana. Un bruto que solo piensa en atender sus apetitos primarios no es civilizado. El civilizado piensa, tiene una jerarquía de valores y coloca los del espíritu por encima de los meramente vegetativos o carnales. El alma gobierna al cuerpo.

Buscar la perfección en todo, una obligación

Cultivarse es la búsqueda de lo más perfecto, de lo mejor, de lo más elevado. Y cuando se alcanza esa perfección se llega al refinamiento.

Así, civilización implica la búsqueda del progreso rumbo a lo más elevado, a lo más bello, a lo más adecuado, a lo más conforme al orden establecido por Dios en el universo. En efecto, el Creador dio al hombre un mundo maravilloso: la regularidad de los astros, obrando el día y la noche, las estaciones; la belleza de las flores, de los pájaros, de ciertos animales; el perfume de ciertas plantas y de ciertos frutos… y mil cosas más.

Sin embargo, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, no puede contentarse apenas con lo que la naturaleza le ofrece. Él tiene el deber de prestar un culto de sumisión y gratitud al Creador, así como de imitarlo en esta tierra, cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios. Por eso, tiene la obligación de progresar, ser siempre mejor, buscar lo más perfecto, lo más bello, lo más conforme a su tránsito de esta vida mortal a la vida eterna.

Luis XIV (Fondation de l’Académie de Sciences et l’Observatoire), Henri Testelin, 1675 – Óleo sobre lienzo, Palacio de Versalles

Hay una palabra que expresa bien, en el campo meramente natural, el sentido de esa búsqueda de lo más perfecto: refinamiento. O sea, el cultivo extremo de un sentimiento, de una costumbre, de una cualidad. Dios da a cada uno —y también a familias y pueblos— ciertas cualidades, que se adquieren o se transforman en costumbres y producen sus frutos específicos. Cultivarse es la búsqueda de lo más perfecto, de lo mejor, de lo más elevado. Y cuando se alcanza esa perfección se llega al refinamiento.

Un pueblo o una persona que lo alcance produce los mejores frutos que lo diferencian de los demás pueblos o individuos. En ese sentido, creo que podemos considerar la civilización como el producto de la búsqueda del refinamiento por una persona, una familia o un grupo social. A través de las relaciones humanas ese refinamiento será gradualmente absorbido (o rechazado, según el libre arbitrio) por los demás componentes: familia, ciudad, región, país.

El papel de la civilización cristiana

Cuando hablamos de “civilización cristiana” entendemos lo que de mejor se produjo en determinada sociedad o pueblo, bajo el influjo de las gracias concedidas por Nuestro Señor Jesucristo a través de los sacramentos administrados por la Santa Iglesia. Si los ministros de la Iglesia son santos, ellos producen verdaderos milagros en la conversión de pueblos bárbaros. Si ellos son reincidentes o, peor, herejes, dejan la marca de sus defectos y aquel pueblo jamás producirá algo trascendental.

Se podría objetar que algunos pueblos paganos produjeron cosas extraordinarias, que se pueden llamar civilizadas. Es verdad. Lo produjeron porque fueron fieles al orden natural. Y, por lo tanto, sin conocer la doctrina católica, fueron fieles a la gracia divina. Pero, con frecuencia, en las obras realmente bellas del paganismo se mezclan monstruosidades, porque fácilmente los espíritus de las tinieblas se apoderan de quien no recibió el bautismo.

¿Dónde se desarrolló la civilización cristiana?

Cuando hablamos de “civilización cristiana” entendemos lo que de mejor se produjo en determinada sociedad o pueblo, bajo el influjo de las gracias concedidas por Nuestro Señor Jesucristo a través de los sacramentos administrados por la Santa Iglesia.

Nuestro Señor Jesucristo predicó el Evangelio en Judea y en Palestina, y sus frutos pronto se experimentaron en el Oriente próximo, en el norte de África y en la cuenca del Mediterráneo. El continente que más santos regaló a la Iglesia fue ciertamente Europa. Irlanda de san Patricio y san Columbano tuvo la gloria de expandir la vida monástica por todo el continente. Inglaterra llegó a ser llamada “la isla de los santos”. Y otros grandes santos convirtieron países enteros en el este: san Esteban de Hungría, san Wenceslao de Bohemia, santa Eduviges de Lituania y Polonia son algunos ejemplos, para no hablar de Italia, de Portugal y de España, que más conocemos.

Kaysersberg, villa francesa en Alsacia

Bajo el imperio de Carlomagno, en el siglo VIII, la civilización cristiana se desarrolló en gran parte de Europa. En ese jardín hubo un cantero predilecto donde nacieron las más bellas flores: Francia; por eso mismo llamada el reino cristianísimo. Allí se encuentran hasta hoy las más bellas joyas de la civilización cristiana, a pesar de la Revolución satánica e igualitaria de 1789.

A pesar de la Revolución… que es la garra movida por Satanás. Aquel que fue la cabeza de la revolución entre los ángeles y luego se convirtió en el enemigo de las naciones católicas. Ya en el siglo XVI, Alemania y el norte de Europa se rebelaron contra la Iglesia católica, esparciendo los errores de Lutero y de otros heresiarcas. Así, la revolución inglesa precedió a la francesa con extremos de maldad. Y de ahí nació el protestantismo de Cromwell. Aún hoy la Iglesia se resiente de aquellos errores, revitalizados en su interior por el ecumenismo “modernista”.

No obstante, algunos frutos seculares de la civilización cristiana aún se conservan como testimonios del pasado: las catedrales, los castillos, las tradiciones populares, el buen gusto…

Castillo de Chambord

Dulzura de vivir: premio al esfuerzo en busca de la perfección

Bajo el imperio de Carlomagno, en el siglo VIII, la civilización cristiana se desarrolló en gran parte de Europa. En ese jardín hubo un cantero predilecto donde nacieron las más bellas flores: Francia.

En nuestra época, las ciudades se modernizan y se vuelven hediondas en todas partes, pero aún se encuentran monumentos del pasado que hablan del antiguo orden. Aldeas encantadoras se conservan en varias regiones. Y el propio paisaje parece reflejar el orden cristiano. Esto es palpable sobre todo en el territorio francés.

¿Cómo demostrar la felicidad de situación que se puede tener en la apreciación de un simple plato popular como el ají de gallina peruano?

Del mismo modo, viejas costumbres y restos de lo que antiguamente se llamaba “la dulzura de vivir” (douceur de vivre) se perpetúan aquí y allá, desde una receta culinaria hasta una costumbre campesina o una tradición familiar. Esa dulzura de vivir es el premio de un esfuerzo en busca de la perfección. Cuando ese esfuerzo es continuado, produce el refinamiento, que se puede manifestar no apenas en el trato, en la conversación, en el vocabulario, en las maneras, sino también en tradiciones muy concretas, como en la fabricación de un queso, en la calidad de un vino, en una canción, en un plato regional. Tal vez se pueda hasta decir que el refinamiento en general se manifiesta en las tradiciones locales.

En consecuencia, es algo conveniente tener buen gusto, ser elegante y educado sin ser snob, comer bien sin ser goloso, vestirse bien sin ser vanidoso, amar la verdadera cultura, tener un amplio vocabulario y un lenguaje elevado sin ser ridículo.

La búsqueda de la perfección por amor a Dios

Por medio de esta sección Tesoros de la Fe desea transmitir a sus lectores una idea de lo que permanece de bueno de los viejos tiempos, de lo que aún existe de refinamiento y dulzura de vivir en la vida civil, toda ella inspirada en los insuperables Ambientes, Costumbres, Civilizaciones creados por Plinio Corrêa de Oliveira. A respecto de los cuales, hasta sus mayores impugnadores reconocieron que los escribía con una maestría incomparable.

Hoy, sin embargo, no solo decayeron los escritores sino también el público. ¿Quién aprecia y conseguiría expresar con palabras la belleza de la melodía y letra de la canción Stille Nacht, por ejemplo, que en castellano quedó conocida como “Noche de Paz”? ¿Cómo demostrar la felicidad de situación que se puede tener en la apreciación de un simple plato popular como el ají de gallina peruano, el arroz con mariscos portugués, la paella española o el delicioso foie gras (paté de pato o de ganso) francés?

Sin embargo, es enteramente legítima la apreciación de estos delicados frutos de la civilización cristiana, que nos ayudan a progresar en el amor de Dios y en el amor del próximo, en la amenidad del trato social, en la caridad cristiana… con tal que los consideremos como una escalinata que nos conduce al cielo y no como un objeto de gula que nos conducirá ciertamente a lo opuesto. Saber apreciar una lectura, una buena música, un guiso, una obra de arte puede ser un medio de progreso, hasta una virtud. Además de alejarnos de la banalidad trivial, de las seducciones inferiores de la carne, las alegrías castas del espíritu nos dan la apetencia del refinamiento y tienen como premio, ya en esta tierra, la dulzura de vivir.

Frustraciones producidas por el mundo moderno

San Luis, Adolphe Mony, 1906 – Castillo de Vincennes

Por contraste, comprenderemos la insipidez del American way of life (hoy universal), como también la barbarie cruel y aberrante del terrorismo musulmán, fruto de la incomprensible religión del Islam. Entendemos igualmente la insensibilidad brutal de las dictaduras comunistas y las frustraciones de que está lleno el mundo moderno, con sus fiestas vacías de sentido, sus borracheras que acaban en resacas, sus bacanales premiadas con el tedio (y a veces la desesperación, que conduce a la droga o al suicidio…).

Ecce quam bonum est habitare fratres in unum, afirma un proverbio latino. En la familia, bajo la mirada de los padres; en la comunidad religiosa, bajo la vigilancia de los superiores; en la sociedad, bajo la autoridad civil, todo es más leve y menos difícil cuando las almas están como que untadas por el suave aceite de la caridad cristiana.

Nada de esto, sin embargo, conduce a la igualdad en el sentido socialista del término. Al contrario, supone de parte del superior amor, dedicación y sacrificio hasta el holocausto por el bien de los que le están subordinados. De parte del inferior supone gratitud, admiración, fervor, dedicación y servicio por lo que él recibe del superior.

Nostalgias de una civilización auténticamente cristiana

¡San Luis, rey de Francia, a la sombra de un roble en el bosque de Vincennes, donde oía las quejas o pedidos de sus súbditos de cualquier condición, particularmente a los más desamparados!

Veamos un ejemplo banal. Un buen profesor prepara bien sus clases, se interesa por el progreso de sus alumnos, exige de ellos estudio, disciplina, aplicación. Recibirá como premio la alegría de verlos progresar. Es su “realización”. Otro ejemplo. El gobernante de una ciudad, de una región o de un país tiene la obligación de inmolar su vida por el bien de sus súbditos o gobernados. Él se imbuirá de la idea de que es una persona pública y, por lo tanto, fuera de la intimidad de su hogar no se permitirá libertades que degraden su condición. En otras palabras, un rey, un presidente, un gobernante, un congresista… debe estar dispuesto a ser como que la encarnación del pueblo que él representa y a inmolarse en el cumplimiento de las obligaciones que ello implica.

Existe una gran variedad de piscos peruanos

Vislumbro la sonrisa casi sarcástica de algún lector, al pensar en ciertos gobernantes actuales. Y para no ofender a ningún jefe de Estado en el poder, consideremos a los que ya dejaron sus cargos… ¡Cómo era diferente un san Luis, rey de Francia, a la sombra de un roble en el bosque de Vincennes, donde oía las quejas o pedidos de sus súbditos de cualquier condición, particularmente a los más desamparados!

En suma, ¡qué lejos estamos del ideal de una civilización cristiana! Hoy somos esclavos de un Estado que nos sanciona por un lado y por otro con miles de leyes, nos exprime por medio de impuestos, directos o indirectos, y tiende a controlar las actividades de todos los ciudadanos, ricos o pobres. Declaradamente socialistas en su mayoría, los Estados modernos solo dan a los ciudadanos “el pan que el diablo amasó”



  




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Tesoros de la Fe


Nº 225 / Septiembre de 2020

El Ángel de la Guarda
El amigo cierto en la hora incierta

Ángel de la Guarda, anónimo napolitano, c. 1614 – Escultura en madera, Monasterio de San Blas de la Villa de Lerma, Burgos (España)



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