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«Tesoros de la Fe» Nº 223

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¡Vade retro Satanás!

Un enemigo que nos vigila continuamente. Que como un chacal, ronda a sus víctimas al acecho del momento para devorarlas.1 Su principal táctica: hacernos creer que no existe.2

Edson Neves

San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, trabó terribles batallas contra el demonio y practicó varios exorcismos; algunos de los cuales adquirieron fama en la historia de la espiritualidad católica

Una joven maestra que daba señales de posesión demoníaca, fue llevada por orden del obispo que había estudiado su caso personalmente, al cura de Ars. Iba acompañada de un vicario de la parroquia de San Pedro, de Avignon [Francia], y de la superiora de las franciscanas de Orange. Llegaron a Ars en la noche del 27 de diciembre de 1857. Al día siguiente por la mañana la hicieron entrar en la sacristía, en el momento en que el santo cura se revestía de los paramentos para celebrar la misa. Pero en seguida la posesa se puso a gritar, tratando de huir:

—“Hay demasiada gente aquí”, exclamaba.

—“Hay demasiada gente —repuso el cura—; ¡pues bien! ¡Saldrán todos!”.

Y ante una señal de su mano se quedó solo frente a frente con Satán. Al principio solo se oyó desde adentro de la iglesia un ruido confuso y violento. Luego el tono se elevó aún más. El vicario de Avignon, vigilante junto a la puerta, pudo desde ese momento captar el siguiente diálogo:

—“¿Quieres entonces salir a todo trance?”, decía el abate Vianney.

—“¡Sí!”

—“¿Y por qué?”

—“¡Porque estoy con un hombre que no quiero!”

—“¿No me quieres entonces?”, preguntó el cura con tono irónico.

—“¡No!”, gritó el espíritu infernal. Y este ¡no! estaba proferido en tono estridente y furioso.

Pero casi en seguida la puerta volvió a abrirse. Todos pudieron ver a la joven maestra llorando de alegría y, en adelante recatada y modesta, con una expresión de agradecimiento en el rostro. ¡Estaba liberada! Pero de pronto un sentimiento de temor volvió a asaltarla y volviéndose hacia el abate Vianney le dijo:

—“¡Tengo miedo que él regrese! ”

—“No, hija mía —le contestó el santo hombre—, o no tan pronto”.

La joven pudo volver a su pueblo y a sus funciones de educación en la ciudad de Orange. ¡Y él no retornó!

He aquí uno entre tantos hechos históricos que comprueban experimentalmente la existencia del demonio y su acción característica en el alma y en el cuerpo de una posesa, descrito por Mons. Léon Cristiani (1879-1971), connotado autor francés, en su obra Presencia de Satán en el mundo moderno.3

El renombrado teólogo sulpiciano Adolphe Tanquerey (1854-1932), en su conocida obra Compendio de Teología Ascética y Mística, así describe la acción del demonio sobre los hombres: “Celoso de imitar la acción divina en el alma de los santos, esfuérzase el demonio para ejercer él también su imperio, o, mejor, su tiranía sobre los hombres. Ora asedia, pudiéramos decir, al alma por fuera, moviendo horribles tentaciones; ora se aposenta dentro del cuerpo, y le mueve a su antojo, como si fuera el dueño de él, para poner turbación en el alma. El primer caso es la obsesión, y el segundo la posesión.4

Así, mientras que mediante la obsesión (ver recuadro al pie de página) el demonio actúa externamente suscitando en el hombre tentaciones, grandes o pequeñas pero siempre peligrosas, por la posesión él se instala en su cuerpo para perturbar el alma.

Esta es la explicación, presentada por Mons. Cristiani en su referida obra, sobre la naturaleza y la causa de la posesión:

“No existe tal vez un hecho más extraordinario que el de la posesión diabólica. Que tal hecho existe es lo que demuestran muchísimas experiencias. Existieron poseídos, sin duda, largo tiempo antes de la venida de Jesucristo a la tierra. Los hubo alrededor de Él y hemos visto que el Evangelio nos lo garantiza. Se produjeron innumerables casos en la Iglesia primitiva y la institución de la Orden de los Exorcistas, entre los miembros del clero, es una buena prueba de ello.

“La teología católica ha tomado tan decidida posición con respecto a este problema, que está autorizada a tener una teoría completa, basada sobre los hechos, de la posesión demoníaca; en tanto que el Ritual Romano, órgano oficial de la acción eclesiástica, explica las señales por las cuales se conoce la verdadera posesión y da los remedios que es necesario oponerle, remedios que son lisa y llanamente los exorcismos”.5

El mismo autor afirma, en lo que concierne a la posesión y sus causas, que no podemos escoger guía más segura y más precisa que la obra de Mons. Auguste Saudreau, L’état mystique. Sa nature, ses phases et les faits extraordinaires de la vie spirituelle (Amat, París, 1921).

Naturaleza de un fenómeno extraño: la posesión

“‘La posesión no llega jamás hasta la animación’, escribe sin tardanza monseñor Saudreau. Esto quiere decir que el demonio no reemplaza el alma del poseído, no da vida al cuerpo, pero, sin que sepamos cómo, se apodera de ese cuerpo, hace su vivienda en él, ya sea en el cerebelo, ya sea en las entrañas, pero en todo caso en el sistema nervioso. Le quita pues al alma, su dominio normal sobre el cuerpo y sobre los miembros, imprime a las facciones del rostro una expresión desconocida y que responde a la acción de él, del demonio.

“El demonio no está siempre presente en el poseído. Entra en él cuando quiere. Provoca en él ataques. Un poseído podrá hasta ser liberado momentáneamente por los exorcismos, y luego ser presa de nuevo del demonio. En su estado normal el poseído es como todo el mundo.

“Los demonios, por otra parte, no actúan todos de la misma manera, porque están lejos de ser todos iguales. Se creía, no sin razón, que todos los dioses del paganismo eran demonios”.6 Omnes dii gentium, daemonia, dice la Escritura (Sal 95, 5).

Obsesión: tentaciones más intensas y prolongadas

“La obsesión no es, en suma, sino una serie de tentaciones más violentas y duraderas que las ordinarias. Es externa, cuando obra en los sentidos exteriores por medio de apariciones; interna, cuando provoca impresiones íntimas. Rara vez es solamente externa, porque el demonio no obra en los sentidos exteriores sino para turbar más fácilmente al alma. Sin embargo, hubo santos que, aun estando obsesos exteriormente por toda clase de fantasmas, conservaron en el interior de su alma una paz inalterable”.

(Adolphe Tanquerey, Compendio de Teología Ascética y Mística, Desclée & Cía., París, 1930, p. 977).

Múltiples causas de la posesión: el sortilegio o brujería

“El buen sentido popular tendería a colocar en la primera fila de las causas de la posesión las faltas del poseído. No es así en absoluto. Los casos de posesión, en realidad, son muy variables.

“Si los demonios hicieran libremente sus estragos entre los hombres, la humanidad estaría trastornada, no seríamos ya dueños de nuestros destinos, la obra de Dios entre nosotros estaría desviada de su objetivo. La cosa es en sí inconcebible y por más poderosos que sean los demonios es una verdad que ‘esos perros están encadenados’.

“Los demonios no actúan entre nosotros sino en la medida en que obtienen, como está escrito en el Libro de Job, el permiso de Dios, soberano Señor. El caso del mismo Job sometido a las infestaciones de Satán, es una buena prueba de que no son las faltas de la víctima las que explican sus penas”.

A veces, puede haber culpa del poseso, como reconoce Mons. Saudreau: “Una persona a quien le ocurrió semejante desgracia, como consecuencia de una oración a Mercurio que ella le había rezado, siguiendo el consejo de una vieja que se las daba de curandera”.7

“En muchos casos parecería que en el origen de la posesión hubiera habido un maleficio. Así se llama lo que el público denomina más corrientemente ‘una brujería’. El abate Saudreau es categórico en este punto: ‘Una de las causas más frecuentes de las vejaciones diabólicas es el maleficio’. Y precisa que ‘los maleficios son los sacramentos del diablo’.

“Parecería que el demonio, después de haber establecido su ritual propio para el lanzamiento de sortilegios, se halla obligado a actuar cuando el brujo observa las formas que él ha prescrito… Pero los maleficios no tienen todos la misma eficacia.

“En el siglo XVII, en proceso célebre, se descubrió que los maleficios tenían por base asesinatos de niños, pecados contra natura, misas sacrílegas”.8

“La posesión puede ser y es seguramente, a veces, una prueba permitida por Dios, como en el caso del santo hombre Job o en el del cura de Ars; sin que haya habido falta por parte del infestado o del poseso y sin que haya habido maleficio.

“En suma, los casos de posesión son casos extremos de un hecho inmenso que se extiende por todo el universo espiritual: la lucha del bien contra el mal, de la Ciudad de Dios contra la Ciudad de Satanás”.9

Cómo combatir la posesión

Capilla de Adán. La tradición dice que Adán y Eva, después del pecado original, hicieron penitencia en este lugar, que se encuentra en el Gólgota, en la Basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén

El autor francés se refiere en seguida al exorcismo como el medio de combatir la posesión:

“El remedio que Dios ha querido para la posesión es lo que llamamos por un vocablo extraído del griego: exorcismo, que significa conjuro. Pero existen reglas muy precisas para practicar el exorcismo.

“Si el sujeto manifiesta en él la presencia de una inteligencia diferente de la suya, existe posesión y no enfermedad”. Y agrega que el Ritual Romano trae precisiones sobre este punto esencial. El cual “dice con mucha razón: ‘Los demonios suscitan todos los obstáculos que pueden levantar para impedir que el paciente sea sometido a exorcismos’”.10

El canon 1172 del actual Código de Derecho Canónico contiene importantes disposiciones concernientes a los exorcismos.

El demonio en el Antiguo y en el Nuevo Testamento

El demonio es mencionado frecuentemente en el Antiguo Testamento, por ejemplo, en el Libro de Isaías: “¡Cómo has caído del cielo, astro matutino, hijo de la aurora! ¡Has sido derribado por tierra, opresor de naciones!” (Is 14, 12).

El Apocalipsis —el último libro del Nuevo Testamento, escrito por el apóstol san Juan Evangelista— así describe la caída de Lucifer y de los ángeles rebeldes:

“Y hubo un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado y sus ángeles fueron precipitados con él” (Ap 12, 7-9).

Incapaces de amar, los demonios están unidos por el odio mutuo y el odio a todas las cosas. Por eso, tramaron también la perdición del género humano.

“Satanás, invisible agente personal, enemigo del hombre, que lo conduce a la perdición, alejándolo de Dios”.11

Adán y Eva cedieron a la tentación diabólica

“Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal” (Gn 3, 5). Esta fue la frase que la astuta serpiente dijo a Eva. Y, así, Adán y Eva se dejaron seducir.

A propósito, observa el renombrado escritor y polemista francés Mons. Henri Delassus: “Desde la creación del género humano el hombre fue engañado. En lugar de creer en la palabra de Dios y de obedecer a sus mandamientos, Adán escuchó la voz seductora que le decía poner su fin en sí mismo, en la satisfacción de su sensualidad, en las ambiciones de su orgullo”.12

Una piadosa tradición señala que Adán y Eva hicieron penitencia en una caverna del monte Calvario, que recibió ese nombre porque allí fue encontrada la calavera del primer hombre (cf. Lc 23, 33). Realmente, debajo del Calvario y ocupando el mismo espacio del Gólgota, hoy se encuentra la capilla de Adán, en la cual estuvieron también, hasta 1808, los sepulcros de Godofredo de Bouillon, que conquistó la Ciudad Santa, y de su hermano Balduino, primer rey católico de Jerusalén.

Al practicar la cartomancia las personas se exponen al peligro de incurrir en un maleficio; una de las causas más comunes de los fenómenos diabólicos

“Por su vida penitente, Adán y Eva son considerados santos y su fiesta se celebra el 19 de diciembre. Dos de sus hijos, Caín y Abel, constituyen el primer ejemplo de división del género humano: Abel es el ejemplo de los fieles que caminan hacia el bien, y Caín, de los que caminan hacia el mal”.13

Los demonios conspiran contra el hombre porque no pueden tolerar que haya sido redimido por el Verbo Divino que se encarnó en el seno purísimo de María, uniéndose a la naturaleza humana.

El pecado original fue una victoria de Satanás sobre el hombre. Pero la Redención fue la victoria de Jesucristo sobre Satanás. Así, Dios no consintió que el demonio arrastrase a todos los hombres a su reino.

¿Se puede hablar de un imperio de Satanás?

No se puede poner en duda, sin embargo, que Satanás tenga su imperio, al considerar el término latino imperium en su significado político-jurídico: “Imperium es el vocablo empleado, en amplio sentido, para significar el supremo poder o la suprema autoridad, conferida a ciertas instituciones o a ciertas personas. Indica, así, el propio poder conferido al emperador, en virtud del cual ejerce su autoridad soberana en todo el territorio donde se sitúan o limitan los dominios imperiales, con relación a todas las cosas o a todas las personas”.14

Ahora bien, Satanás manda en los diablos y en los hombres que a él se entregan por el pecado. Nuestro Señor enseña que “todo el que comete pecado es esclavo” (Jn 8, 34). Y el imperio de Satanás posee su territorio, su ámbito de competencia y su área de jurisdicción. Tiene su metrópoli y sus colonias. La metrópoli es el Infierno, mas, al menos en potencia, su área de expansión colonial abarca toda la tierra habitable.

En general, fuera del Infierno, a primera vista no parece que Satanás ejerza un verdadero imperio sobre un territorio, sino apenas sobre personas. Sin embargo, si prestamos atención a lo que sucede, verificaremos que, aunque de modo temporal y no permanente, hay naciones que se comportan, durante largos períodos de tiempo, como verdaderas colonias del imperio infernal, tal es la dominación que él ejerce sobre el pueblo en su conjunto. En otros lugares, Satanás no posee bajo sus órdenes sino a minorías nacionales dispersas, más o menos numerosas; pero hay naciones en que las mayorías y los gobiernos viven como que subyugados por él.

Ejemplo característico de esto fue la extinguida y desdichada Unión Soviética. A respecto del régimen que en ella imperaba, Mons. Andrej Sheptysky (1865-1944), arzobispo de Lviv y líder de la Iglesia Católica en Ucrania durante las persecuciones de Lenín y Stalin, escribió a la Santa Sede una carta, en la cual figura una frase bastante significativa: “Este régimen solo puede se explicar como un caso de posesión diabólica colectiva”. Y pidió al Papa Pío XI que sugiriese a todos los sacerdotes y religiosos del mundo que “exorcizasen a Rusia soviética”. El prelado ucraniano falleció en 1944. El Papa Francisco aprobó el decreto de heroicidad de las virtudes de Mons. Sheptysky el 16 de julio de 2015, declarándolo venerable, paso previo a una beatificación.

¿La cuestión planteada por el arzobispo ucraniano no se plantearía también hoy, tal vez hasta con mayor razón, en otros lugares del mundo, una vez que el proceso revolucionario multisecular de destrucción de la civilización cristiana no hizo sino acentuarse intensamente desde entonces? Siendo así, ¿no estaríamos asistiendo, en escala creciente, a un fenómeno de posesión colectiva, al menos en amplias esferas del mundo actual?

Cuestión aún más delicada: ¿puede el demonio insinuarse dentro de la propia Iglesia de Jesucristo, en ciertos períodos de gran prueba y pecado? Para responder con seguridad a tal pregunta sería necesario que teólogos —auténticos teólogos de probada ortodoxia— lo estudiaran con cuidado y se pronunciaran al respecto. Pero la pregunta no puede dejar de ser planteada teniendo en vista el memorable pronunciamiento de Paulo VI sobre las calamidades en la etapa post conciliar de la Iglesia, hecho el 29 de junio de 1972, en la alocución Resistite fortes in fide, que citamos aquí en la versión de la Poliglotta Vaticana (negritas nuestras):

“Refiriéndose a la situación de la Iglesia de hoy, el Santo Padre afirma tener la sensación de que ‘por alguna fisura haya entrado el humo de Satanás en el templo de Dios’. Hay la duda, la incertidumbre, lo complejo de los problemas, la inquietud, la insatisfacción, la confrontación. No se confía más en la Iglesia; se confía en el primer profeta profano que nos venga a hablar, por medio de algún diario o movimiento social, a fin de correr atrás de él y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida. Y no nos damos cuenta de que ya la poseemos y somos maestros de ella. Entró la duda en nuestras conciencias, y entró por ventanas que debían estar abiertas a la luz. […]

“También en la Iglesia reina este estado de incertidumbre. Se creía que, después del Concilio, vendría un día asoleado para la Historia de la Iglesia. Vino, por el contrario, un día lleno de nubes, de tempestad, de oscuridad, de indagación, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo, y nos apartamos siempre más los unos de los otros. Procuramos cavar abismos en vez de llenarlos.

“¿Cómo sucedió esto? El Papa confía a los presentes un pensamiento suyo: el de que haya habido la intervención de un poder adverso. Su nombre es el diablo, este misterioso ser al que también alude San Pedro en su Epístola” (cf. Insegnamenti di Paolo VI, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. X, p. 707-709).

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El imperio de Satanás posee a sus ciudadanos

La confesión frecuente fortalece el alma para resistir a los embates del demonio y escapar del dominio de su “imperio”

Entre los hombres, pertenece al imperio de Satanás aquel que lo desee: es suficiente un pecado mortal para adquirir ciudadanía en ese imperio; y para permanecer en él, basta la falta de contrición, que se facilita por la pereza o mala voluntad en encarar de frente el propio pecado, reconocerlo y humildemente acusarlo en el tribunal de la penitencia.

La ciudadanía infernal concede el “derecho” de satisfacer todos los apetitos de la concupiscencia, y de practicar todos los pecados mortales correspondientes, mientras se cuente con salud y dinero. A cambio, los deberes impuestos por ese imperio se cumplen por lo general después de la muerte, y consisten en soportar el insoportable fuego eterno... Por otro lado, basta el verdadero arrepentimiento de los pecados y el sacramento de la confesión para librarse de la tiranía de ese imperio.

En cuanto a la principal táctica del demonio para actuar internamente en la Iglesia, desde que Ella fue instituida por Nuestro Señor Jesucristo, es la diseminación de las herejías.

El conocido historiador jesuita, padre Emmanuel Barbier (1851-1925), comenta a ese respecto: “El flagelo de la herejía resulta de dos fuentes. Las primeras conquistas de la Iglesia habían sido hechas sobre el elemento judío y sobre el elemento pagano. Aquellos que aceptaban el Evangelio, no reconocieron en él toda la divina salvación, que es necesario recibir simplemente, sin añadidura y sin atenuación. Muchos mezclaron la doctrina cristiana con otras enseñanzas y dieron así nacimiento a las herejías. Estas enseñanzas extrañas estaban incrustadas tanto en el judaísmo, como en el paganismo”.15

“El número de los necios es infinito”: el gusto de ser engañado

Dice un antiguo proverbio que el mundo quiere ser engañado, y por eso, en todas las épocas hubo embusteros que trataron de satisfacer ese deseo de las masas. Y el demonio puede valerse de esos embusteros para alejar a las personas de la verdadera fe.

A esa mala inclinación, las Sagradas Escrituras agregan que “las almas pervertidas con dificultad se corrigen; y el número de los necios es infinito” (Ecl 1, 15).

Cuando el embuste se cubre bajo formas religiosas o misteriosas y actúa por medio de agentes embaucadores con poderes desconocidos o preternaturales, entonces él puede arraigarse de tal modo en el corazón, que la luz clarísima de la verdad difícilmente consigue arrancarlo de la imaginación popular.

Un ejemplo patente de delirio popular se encuentra en los episodios vividos por el profeta Daniel (Dn 14, 1-42). Después de desenmascarar al falso dios Baal de los babilonios, ¡querían matarlo!…

*     *     *

Es una excelente defensa contra el demonio llevar consigo la medalla milagrosa, el escapulario del Carmen, el Agnus Dei, la medalla de San Benito (ver recuadro en la página anterior), agua bendita, etc. De nada valdrán, no obstante, si la persona no se empeña en la observancia de los Mandamientos.

El padre Gabriele Amorth —de quien hablaremos más adelante— así se refiere al uso de la medalla milagrosa: “Varias veces se me ha hecho palpable la eficacia de las medallitas llevadas encima con fe. Si incluso hablásemos solo de la medalla milagrosa, difundida en el mundo en muchos millones de ejemplares después de las apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré (ocurridas en París en 1830), y si hablásemos de las prodigiosas gracias obtenidas por esa simple medallita, no acabaríamos nunca”.16

La Medalla de San Benito

Propagada en todo el mundo hace más de trescientos años por los monjes benedictinos, y aprobada por el Papa Benedicto XIV en 1742, la Medalla de San Benito se hizo célebre por su extraordinaria eficacia en el combate al demonio y sus manifestaciones; en la defensa contra maleficios de todo tipo; contra enfermedades, especialmente las contagiosas; contra picaduras de serpientes y otros animales venenosos; en la protección de animales domésticos, vehículos, etc. Reiteradamente aprobada y elogiada por los Papas, esta medalla es un sacramental que reúne la fuerza exorcística de la Santa Cruz del Redentor —el signo de nuestra salvación— y los méritos alcanzados por el Patriarca San Benito.

(San Gregorio Magno, Papa y Dom Próspero Guéranger, La Vida Maravillosa y la Medalla de San Benito, El Perú necesita de Fátima, Lima, 2011)

Cultos afro-asiáticos de connotación satanista en la actualidad

Plinio Corrêa de Oliveira observaba que “el hombre gusta de medias verdades, pero tiene horror a la verdad total”. Y Donoso Cortés, renombrado escritor, filósofo y sociólogo español, dice que “el espíritu humano tiene hambre de absurdo y de pecado” (cf. Obras Completas: Ensayo sobre el Catolicismo, BAC, Madrid, 1946, t. 2, p. 377).

Es por ello que la gran mayoría de los hombres prefiere el camino fácil de las medias verdades, desembocando en religiones falsas. El demonio los atrae como puede, explotando sus malas tendencias y sus vicios. Así, a unos conseguirá arrastrar directamente para el satanismo radical de los sacrificios cruentos. A otros, los atraerá hacia formas más veladas de falsa religiosidad que parecen benignas, a veces bajo la capa de filantropía o de bien espiritual, como ciertas prácticas hinduistas.

Incluso aquellos que buscan estos cultos por razones folclóricas o turísticas, corren el riesgo de verse involucrados en ellos y sufrir las consecuencias.

Evocar a los muertos: prohibición formal de la Iglesia

Mandala de Vishnú, deidad venerada en el hinduismo

En su obra Sobre la herejía espiritista, Mons. Boaventura Kloppenburg (1912-2009), sostiene: “La práctica generalizada por el espiritismo de evocar a los muertos no es reciente. El espiritismo actual es la continuación de la magia y de la necromancia de tiempos pasados. Ya en el Antiguo Testamento existen testimonios de las consultas a los muertos practicadas por los hebreos”.17

Y prosigue: “Pero el fin perseguido fue siempre el mismo: evocar a los muertos, para saber alguna cosa de ellos. El espiritismo moderno, por lo tanto, es la magia o la necromancia de la Antigüedad. Ahora bien, existen textos insofismablemente claros del Antiguo Testamento en que Dios prohibió, bajo las más severas penas, semejantes prácticas de necromancia y magia”.18

He aquí algunos textos de la Sagrada Escritura, que condenan severamente la necromancia y la magia:

• Éxodo 22, 17: “No dejarás con vida a una hechicera”.

• Levítico 20, 27: “El hombre o la mujer que practique el espiritismo o la adivinación, será castigado con la muerte: serán apedreados. Caiga su sangre sobre ellos”.

• Levítico 19, 31: “No acudáis a nigromantes ni consultéis a adivinos. Quedaríais impuros por su causa. Yo soy el Señor vuestro Dios”.

• 1 Samuel 28, 5-25: Estos versículos narran la historia del rey Saúl, que fue a consultar a una pitonisa. La consecuencia de todo el episodio es expuesta en el primer libro de Crónicas 10, 13: “Saúl murió por haber sido infiel al Señor, por no guardar su palabra, pues llegó a interrogar y a consultar a una adivina, en vez de consultar al Señor. El Señor lo entregó a la muerte y traspasó el reino a David, hijo de Jesé”.

• 2 Reyes 17, 17: “Arrojaron a sus hijos e hijas a la pira de fuego, consultaron los augurios y practicaron la adivinación. Por dinero se prestaron a hacer el mal a los ojos del Señor, hasta el punto de encender su ira”.

• Isaías 8, 19-20: “Os dirán, sin duda: ‘Consultad los espíritus y adivinos, que susurran y murmuran; ¿no debe un pueblo consultar a sus dioses, a los muertos en beneficio de los vivos? Atended a la instrucción y al testimonio. Si no hablan a tenor de estas palabras, ya no lucirá para ellos la luz de la aurora”.

De lo expuesto, se desprende la prohibición divina de invocar a los difuntos y consultar a médiums, chamanes, gurús, gitanos o adivinos. Tal prohibición es clara, repetida, enérgica y severísima.

¿Qué viene a ser, pues, el hereje? Es aquel que, después del bautismo, niega con pertinacia cualquier verdad que se deba creer con fe divina y católica, o duda pertinazmente a respecto de ella, una vez que el Derecho Canónico así define la herejía: “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma” (can. 751).

Al sabor del sincretismo religioso, resurgen muchos cultos paganos

Es esencial al hereje, pues, negar con pertinacia. No sería hereje quien negase una verdad sin obstinación, sin saber que se trata de una verdad de fe. Por lo tanto no son herejes, ni pueden ser tratados como tales, todos aquellos que, por ignorancia o engañados por una falaz propaganda, acogieron el espiritismo. Pero si, al ser avisados, persisten en el espiritismo, se vuelven pertinaces, y, por lo tanto, herejes, debiendo consecuentemente ser tratados como tales.

En su libro antes mencionado, Mons. Boaventura Kloppenburg concluye que “es sin duda severo e inexorable el modo de tratar a los espiritistas. Pero es una medida necesaria y justa. […] El modo como continúan invocando a los muertos equivale a una insurrección abierta contra Dios y la Iglesia”.19

Por eso, “los espiritistas se excluyeron a sí mismos de la Iglesia”.20

Las condenaciones al reencarnacionismo vienen de muchos siglos atrás

Reencarnación es el término usado para indicar el paso del alma de un cuerpo humano a otro. Hay un significado más restringido de la metempsicosis, que indica la transmigración del alma humana a través de varios cuerpos de los hombres, de los animales, de las plantas, etc.”.21

“En el siglo IV, Orígenes intentó presentar esta doctrina como católica, inspirándose en Platón, levantándose contra él una fuerte polémica. Ella fue condenada por el Concilio de Constantinopla el año de 543 (Papa Virgilio). El absurdo de la reencarnación fue puesto al desnudo en declaraciones inequívocas del Magisterio Eclesiástico, según el cual, después de la muerte, cada individuo es juzgado y recibe un destino eterno irrevocable (cf. II Concilio de Lyon - 1274; Constitución Apostólica Benedictus Deus - 1336, de Benedicto XII; Decretum pro graecis - 1439, del Concilio de Florencia)”.22

“Un decreto del Santo Oficio, del 4 de agosto de 1856, declara ilícita, herética y escandalosa la práctica de evocar las almas de los muertos, recibir respuestas, etc.; la declaración de la Sagrada Penitenciaría (1º de febrero de 1882), declara ilícito asistir, aunque pasivamente, a consultas y juegos espiritistas. León XIII prohibió la lectura y la posesión de los libros en los cuales se enseña o se recomienda el sortilegio, la adivinación, la magia, la evocación de los espíritus y supersticiones semejantes”.23

Faltan exorcistas auténticos

Papa León XIII

El padre Gabriele Amorth (1925-2016), que durante muchos años fue el exorcista oficial de la diócesis de Roma, aclara en su ensayo Habla un exorcista: “El demonio hace lo imposible para no ser descubierto, que es muy parco en palabras, que busca todos los caminos para desalentar al paciente y al exorcista”.24

Y agrega: “Pero la escasez de exorcistas denota claramente una falta de interés en este sector. Si luego paso a hablar de otros países europeos, la situación se presenta peor que en Italia. He exorcizado a personas llegadas de Alemania, Austria, Francia, Suiza, Inglaterra y España. […] Todas ellas eran personas que afirmaban no haber encontrado un exorcista en su país”.25

“Considero sobre todo una carencia imperdonable, de la cual acuso a los obispos, haber dejado que se extinguiese toda la pastoral exorcística: cada diócesis debería tener al menos un exorcista en la catedral; debería haber uno en las iglesias más frecuentadas y en los santuarios”.26

“A menudo me preguntan si son muchos los afectados por el maligno… Hoy es necesario tener en cuenta muchos factores nuevos […] que me han llevado a la experiencia directa de que el número de los afectados ha aumentado enormemente. Un primer factor es la situación del mundo consumista occidental, en el que el sentido materialista y hedonista de la vida ha hecho que la mayoría perdiera la fe. Creo que, sobre todo en Italia, una buena parte de la culpa corresponde al comunismo y al socialismo, que con las doctrinas marxistas han dominado en estos años la cultura, la educación y el espectáculo”.27

“Distintas cadenas de televisión muestran escenas de magia y espiritismo. […] A esto hay que sumar varios periódicos y espectáculos de terror en los que al sexo y a la violencia se suma frecuentemente un sentido de perfidia satánica. Luego está la difusión de ciertas músicas masivas que arrastran al público hasta la obsesión. Me refiero en particular al rock satánico”.28

“Los exorcismos son conjuros o mandatos imperativos que el ministro autorizado por la Iglesia hace en nombre de Dios contra el demonio, para que abandone a las personas por él poseídas o cese de infestar personas o cosas, aunque sean inanimadas”.29

La visión de León XIII: creciente actuación diabólica en el mundo

Para terminar, el recordado exorcista, padre Amorth, señala:

“Muchos de nosotros recordamos cómo, antes de la reforma litúrgica debida al Concilio Vaticano II, el celebrante y los fieles se arrodillaban al final de la misa para rezar una oración a la Virgen y otra a san Miguel Arcángel:

“San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; contra las maldades y las insidias del diablo sé nuestra ayuda. Te lo rogamos suplicantes: ¡que el Señor lo ordene! Y tú, príncipe de las milicias celestiales, con el poder que te viene de Dios, vuelve a lanzar al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para perdición de las almas.

“¿Cómo nació esta oración? Transcribo lo publicado por la revista Ephemerides Liturgicae en 1955 (p. 58-59). El padre Domenico Pechenino escribe:

El rock, el sincretismo religioso, el intento de evadir los problemas recurriendo a la magia, el esoterismo, el espiritismo, etc., son artificios de los que se sirve el demonio para engañar a los incautos en la actualidad

“No recuerdo el año exacto. Una mañana el Sumo Pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra, de agradecimiento, como era habitual. De pronto, le vi levantar enérgicamente la cabeza y luego mirar algo por encima del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear, pero con un aire de terror y de maravilla, demudado. Algo extraño, grande, le ocurría.

“Finalmente, como volviendo en sí, con un ligero pero enérgico ademán, se levanta. Se le ve encaminarse hacia su despacho privado. Los familiares le siguen con premura y ansiedad. Le dicen en voz baja: ‘Santo Padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?’ Responde: ‘Nada, nada’. Al cabo de media hora hace llamar al secretario de la Congregación de Ritos y, dándole un folio, le manda imprimirlo y enviarlo a todos los obispos diocesanos del mundo. ¿Qué contenía? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo”.30

*     *     *

Como seglares católicos, a nosotros nos incumbe, en las tristes circunstancias actuales, redoblar los esfuerzos para esclarecer al prójimo sobre la expansión de las diferentes formas de cultos satánicos que van corroyendo al catolicismo en América Latina.

Pidamos a la Santísima Virgen y a san Miguel Arcángel que nos brinden toda su protección y ayuda en esta lucha contra el imperio de Satanás. 

 

Notas.-

1. San Pedro compara el demonio a un león rugiente que gira en torno de los hombres para intentar devorarlos (cf. 1 Pe 5, 8-9).

2. Cf. Charles Baudelaire, poeta satanista francés (1821-1867): “La mejor astucia del diablo es hacernos creer que no existe”.

3. Mons. Cristiani, Presencia de Satán en el mundo moderno, Ediciones Peuser, Buenos Aires, 1962, p. 94-95.

4. Adolphe Tanquerey, Compendio de Teología Ascética y Mística, Desclée & Cía., París, 1930, p. 976.

5. Cf. Mons. Cristiani, op. cit. p. 63.

6. Op. cit., p. 64-65.

7. Op. cit., p. 65-66.

8. Op. cit., p. 66-67.

9. Op. cit., p. 68 y 70.

10. Op. cit., p. 70, 71-72.

11. Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano, 1953, vol. 10, p. 1948.

12. Mons. Henri Delassus, La Conjuration Antichrétienne; Desclée, De Brouwer et Cie., Lille, 1910, t. 1, p. 12.

13. Cf. John L. McKenzie SJ, Diccionario Bíblico, Paulinas, 4ª ed., Sao Paulo, 1983, p. 2 y 133).

14. De Plácido e Silva, Vocabulário Jurídico, Livraria Forense, Rio de Janeiro, 10ª ed., 1987, vol. 1, p. 420.

15. Abbé Emmanuel Barbier, Histoire Populaire de L’Église, P. Lethielleux, Éditeur, París, 1910, p. 181-182.

16. P. Gabriele Amorth, Habla un Exorcista, Planeta, 4ª ed., Barcelona, 2005, p. 32.

17. Fray Boaventura Kloppenburg OFM, Sobre la herejía espiritista, Vozes, 4ª ed., 1957, p. 23.

18. Idem, ibidem.

19. Op. cit., p. 16.

20. Op. cit., p. 17.

21. Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano, 1953, vol. 10, p. 677.

22. Idem, p. 678.

23. Enciclopedia Cattolica, vol. 11, p. 1135 y ss.

24. P. Gabriele Amorth, op. cit., p. 59.

25. Op. cit., p. 110.

26. Op. cit., p. 35.

27. Op. cit., p. 34.

28. Op. cit., p. 35.

29. Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano, 1950, vol. 5, p. 596.

30. P. Gabriele Amorth, op. cit., p. 23.



  




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