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«Tesoros de la Fe» Nº 226

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Cristiandad II

Un ambiente no puede ser moralmente indiferente

El autor del presente documento, dirigió personalmente la decoración de la sede del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira en São Paulo, Brasil, en la que destaca la sala que se ve arriba, destinada a la conversación.

La intemperancia o la templanza de un autor no solo se nota en el hecho de explotar o no explotar el nudismo. El ritmo de una música puede, en sí mismo, ser lascivo; como la combinación de ciertos perfumes o la complicación de ciertos sabores. La falta de juicio no se expresa solo por el sentido de las palabras, sino por el gesto desaliñado, por la extravagancia de las líneas o colores de un traje, de un mueble, de un edificio.

En este punto, como en otros, el hombre está sujeto al error y puede tachar de voluptuosas o desatinadas a cosas que solo le parecen tales porque no está acostumbrado a ellas; sin embargo, cierta voluptuosidad o extravagancia puede estar realmente en la cosa producida o fabricada por un hombre voluptuoso o extravagante.

Cuando estamos en presencia de un “ambiente”, precisamente porque expresa un estado de alma, debemos tener en cuenta que no puede ser moralmente indiferente: o será bueno y favorecerá a las almas en la consideración y asimilación de Dios; o será malo y actuará en sentido contrario.

Esto es lo que se puede decir de la honestidad o deshonestidad natural de los ambientes. ¿Es lícito dar un paso más y hablar de ambientes específicamente cristianos? Nos parece que sí.

El alma humana, tocada por la gracia, adquiere una perfección sobrenatural que a veces se refleja en el rostro. La hagiografía abunda en testimonios de ello. La Transfiguración, ¿qué fue sino esto? Ahora bien, la pintura y la escultura pueden expresar algo de ello. Y ciertos edificios, en los que se encuentran estas esculturas y vitrales, tienen tal armonía con ellos, que parecen expresar a su manera la misma irradiación del alma humana místicamente incorporada a Nuestro Señor Jesucristo. El heroísmo de los cruzados era típicamente cristiano y, por lo tanto, diferente del heroísmo meramente natural de un legionario romano. ¿Es posible considerar el ambiente formado en un paisaje por un imponente castillo medieval, sin tener la impresión de que algo típicamente cristiano toca nuestra alma?

El ambiente expresa el estado de espíritu dominante

Cuando la vida social de las almas es regular e intensa en un determinado grupo humano —una familia, digamos, o una sociedad—, se constituye en él una especie de alma colectiva, es decir, un conjunto de convicciones, algunas de las cuales se valoran como particularmente importantes. Por consiguiente, una mentalidad colectiva, un estado de espíritu común que ejerce una influencia especialmente fuerte en todos los miembros. El vocabulario en este grupo se define por el uso más insistente de ciertas palabras o expresiones que a veces adquieren una tonalidad específica dentro del grupo. No es raro que aparezcan incluso neologismos.

Por otra parte, la forma de vestir, de hablar, de comportarse, todas las preferencias personales tienden a recibir la marca de los principios comúnmente aceptados, y especialmente los que son dominantes. Finalmente, el ambiente material se satura con esta influencia y poco a poco el cuadro físico —el hogar familiar, la sede social, etc.— se va transformando hasta que él mismo llega a expresar el espíritu dominante.

Varias sociedades menores, formando entre ellas una sociedad de sociedades —un conjunto de familias en una ciudad, digamos—, pueden mantener una especie de comunicación espiritual común, que forma el ambiente más genérico, pero no menos afirmativo, de la vida en la ciudad. El florecimiento de un conjunto de vocablos, de trajes, de hábitos locales, la producción de obras artesanales marcadas por el estado de espíritu local y hasta de influencias artísticas nítidamente locales, todo ello es el resultado de una sociedad espiritual armónica, definida y activa. Por supuesto, podríamos subir así de la ciudad a la región, de esta al país, y de este a su vez a las grandes áreas de cultura y de civilización.

Sin entrar en el inagotable debate sobre el sentido de civilización, de cultura, de estilo artístico, llamemos aquí cultura social al estado de espíritu colectivo, al alma colectiva, al menos tal como es fecundada y ordenada por el trabajo intelectual y tal como existe como nota característica que también marca el trabajo intelectual. Llamemos civilización al conjunto de instituciones, leyes, costumbres, en fin toda la forma de ser colectiva, mientras esté enmarcada por la cultura. Y llamemos estilo a las manifestaciones del arte, mientras estén enmarcadas por la cultura, y, por lo tanto, necesariamente afines a la civilización. Llamemos ambiente social a la impresión de conjunto ejercida sobre el observador por la acción armónica de la civilización, de la cultura y del estilo, la transparencia definida, fuerte, inequívoca del estado de alma y de los principios doctrinarios que son lo que aquella sociedad de almas tiene de más intrínseco.

La función contemplativa del hombre se ejerce apoyada en el ambiente, la cultura, el estilo y la civilización

Boda en Croacia vistiendo trajes típicos. El florecimiento de vocablos, trajes, hábitos, artesanías locales, es el resultado de una sociedad espiritual armónica, definida y activa.

En este sentido, podemos y debemos decir que el ambiente, la cultura, el estilo, la civilización, es decir, los bienes intrínsecamente más altos de la sociedad humana, son el producto de la vida social como sociedad de almas. Estos bienes son indispensables para el modo habitual de ser de las almas, y justifican por sí mismos, independientemente de otros argumentos —todos legítimos, por cierto— la existencia de la sociedad. Porque nadie puede concebir una convivencia humana que no tienda, por su propio dinamismo, a producir estos bienes. Ni puede concebir condiciones de vida normales para el alma fuera de todo lo que puede llamarse ambiente, cultura, estilo y civilización.

En el mismo sentido, también debemos decir que la función contemplativa del hombre en esta tierra
—aprendizaje, prueba y presagio de su función eterna en el cielo— se ejerce normalmente con apoyo en el ambiente, la cultura, el estilo y la civilización. Porque es con la ayuda de todo esto que el hombre mejor y más adecuadamente asimila o rechaza los diversos aspectos de su entorno.

Aún en este orden de ideas, debemos agregar que la formación del ambiente, de la cultura, del estilo, de la civilización, constituyen, aunque típicamente productos espirituales, son objetos propios de la sociedad temporal. Porque es esta última noción la que nos permitirá continuar nuestras reflexiones, llegando a una perspectiva muy amplia, de las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil.

Las características de la mentalidad humana penetran armoniosamente en el ambiente

Pero antes de llegar a este punto, consideremos en sus relaciones mutuas los aspectos espirituales y materiales de la vida temporal. ¿De qué manera las actividades atinentes a la formación del ambiente, de la cultura, del estilo, de la civilización se relacionan con las demás actividades cuyo contexto forma la vida cotidiana de los hombres y las sociedades?

Consideremos el tema en la limitada esfera de una familia. Por más ambiente que tenga, por más intensa que sea su vida social espiritual, sería un error imaginar que cada una de sus actividades está dirigida por una preocupación totalmente consciente, definida e intencional, de formar un estado de espíritu y de definirlo. Mucho de esto se hace con la naturalidad y la despreocupación con que el cuerpo respira o la sangre circula por las venas. Al fabricar un mueble, confeccionar una cortina o elegir un cuadro, las preocupaciones conscientes de naturaleza absolutamente práctica, de carácter enteramente circunstancial, pueden incluso desempeñar un papel preponderante.

Todo esto, no obstante, las fuerzas más profundas del alma también cooperarán y dejarán su huella en el acto, sin que, muchas veces, la misma persona que fabrica el mueble, que elige la cortina o el cuadro, lo perciba. Son vigorosas afinidades naturales y sin embargo tan discretas, entre los múltiples objetos adquiridos sucesivamente por las diferentes generaciones de una familia. Y que coexisten en la misma casa, cuyas características, aunque reales y palpitantes de la atmósfera doméstica, a veces solo las personas ajenas a la casa son capaces de notar.

Esto explica la formación de los estilos. Ninguno de ellos es producto de una comisión, sino del trabajo de toda una sociedad. Los artistas no son propiamente los creadores del estilo en uso en una sociedad, sino sus intérpretes, sus propulsores en la línea en que se va desarrollando la propia mentalidad social.

Eso también explica que en los estilos verdaderamente producidos por una sociedad, lo práctico y lo bello, los elementos de utilidad física y las características de expresión mental están tan armoniosamente fundidos.

La vida propiamente mental está tan íntimamente entrelazada, tan profundamente embebida, tan indisolublemente entrañada en la vida material, como el alma en el cuerpo. Y es en esta interpenetración que la cordura y la autenticidad de uno y otro están garantizadas.

La sociedad temporal debe crear condiciones para el progreso espiritual y material

Los estilos artísticos no son la producción de un equipo de artistas, sino la obra de una sociedad entera.

¿Cuál de estas actividades —la utilitaria o la mental— es la más importante en la vida temporal? Concretamente, esto equivaldría a preguntarse, cuando en una familia se adquiere un objeto, digamos, un armario, ¿qué es más importante: que sirva para guardar ropa, o que por su aspecto acentúe el poder de expresión del ambiente material del hogar? En un país, al edificar un Palacio de Justicia, qué es más importante, su utilidad práctica para el funcionamiento de los órganos de la judicatura, o la majestad y gravedad con que debe penetrar el ambiente judicial y expresar la naturaleza más intima de la función de juzgar.

Cuando un objeto debe tener por su naturaleza dos atributos, ambos esenciales, si falta uno, no vale nada. En lugar de elegir entre el armario materialmente útil y el “espiritualmente” útil; o en lugar de elegir entre el palacio solo materialmente adecuado y el palacio solo espiritualmente adecuado, sería el caso de empezar por rechazar uno y otro.

El hombre tiene el derecho y el deber de ser lo suficientemente exigente como para no conformarse con un objeto que presta un mal servicio a su alma o a su cuerpo.

No queremos, sin embargo, escapar a la cuestión que acabamos de formular. El fin inmediato, propio y natural de un armario no consiste en ser una especie de condensación de doctrina o mentalidad. En este sentido, es más importante que guarde convenientemente la ropa. Pero como el servicio prestado al alma vale más que el que se presta al cuerpo, en cierto sentido, la función educativa de un mueble es más importante que su aspecto práctico.

Lo mismo debería decirse de la sociedad temporal en su conjunto. Su situación no puede considerarse normal a menos que proporcione condiciones satisfactorias de existencia y progreso tanto para el alma como para el cuerpo. La influencia recíproca entre las dos esferas hará incluso que los progresos alcanzados en cada una de ellas tengan un efecto favorable sobre el dinamismo propio de la otra. Cualitativamente, sin embargo, es verdad que los beneficios del espíritu son más importantes que los de la materia. Y por esta razón, aunque le pese a cierta mentalidad moderna, es más importante para un país tener su propia cultura, su propio estilo, costumbres, instituciones, leyes en consonancia con el ambiente nacional, que una eximia canalización de agua potable y alcantarillado.

La Atenas de Pericles brillará para siempre en el firmamento de la historia. La Atenas de hoy, incomparablemente superior a la otra en cuanto a comodidad material de vida, ¿qué recuerdo dejará en el futuro?.

La sociedad temporal ejerce una función ministerial al servicio del orden sobrenatural

Se trata ahora de definir las relaciones entre las funciones de la sociedad temporal, que acabamos de describir, y la religión.

La Iglesia enseña que la vida terrenal debe ser comparada con un noviciado. El novicio debe adquirir los conocimientos y las virtudes que lo hacen apto para la vida religiosa. El hombre debe adquirir en la vida terrenal los conocimientos y las virtudes que lo hacen apto para el cielo.

Palacio de Justicia de Bruselas

Por virtud se entiende el hábito de obrar según la recta razón. Esto supone un conocimiento de los dictámenes de la recta razón. Las operaciones a las que se refieren estos dictámenes no son solo exteriores, sino también interiores. Cualquier acto meramente interior del hombre, siempre que tenga el consentimiento de la voluntad, es susceptible de ser virtuoso o no, dependiendo de si está de acuerdo o no, con la recta razón. La sociedad temporal espiritual está dotada de una poderosa acción sobre el hombre para llevarlo a realizar actos interiores o exteriores conformes con la razón. Por lo tanto, puede ser un medio útil para salvar o perder.

Las más elevadas manifestaciones de la vida temporal están, por su propia naturaleza, en el corazón del problema de la salvación y no pueden ser de ninguna manera ajenas a ella. No es solo a través de las leyes que favorecen a la Iglesia verdadera y reprimen el error, que la sociedad temporal puede servir a la salvación. Es por las mil actividades espirituales que constituyen lo mejor que ella tiene, es decir, el hecho de ser una sociedad de almas, sin la cual ni siquiera sería una sociedad.

Ocurre, por lo tanto, con la sociedad temporal —mutatis mutandis— lo mismo que con la familia, una sociedad que también es natural y temporal, pero destinada por lo que tiene de más visceral, a actividades que coinciden con las de la Iglesia.

Dada esta profunda interpenetración de campos, deseada por la Providencia, sería absurdo suponer que Dios no quisiera una cooperación entre la sociedad temporal y la Iglesia. Es más, que en esta cooperación entre dos sociedades intrínsecamente desiguales, lo temporal, lo natural, lo perecedero no estuviera en una posición ministerial en relación con lo espiritual, lo sobrenatural, lo eterno; el fin próximo en relación con el fin último.

Hay suficiente base en estas consideraciones para ir más allá, sosteniendo que la sociedad temporal, máxime como sociedad de almas, no alcanza su perfección sino mediante el Magisterio y la gracia de la cual la Iglesia es la depositaria. Pero esto nos llevaría lejos de nuestro tema.

La Iglesia logra sus mayores frutos en un ambiente católico

La sociedad temporal, tanto como la familia, aunque a su manera, tiene una función de apostolado que debe ejercerse en la propia esfera temporal, bajo la inspiración y el magisterio de la Iglesia.

¿Cuál es la importancia real de su contribución en la obra de la salvación? Se trata, por supuesto, de una contribución de carácter meramente natural, ya que solo la Iglesia es una sociedad sobrenatural. Dicho esto, se puede afirmar que tal importancia es inmensa. La Providencia quiso que el ambiente de una familia, de una sociedad cultural, profesional, recreativa o de cualquier otra índole, el ambiente de una ciudad, de una provincia, de un país, ejerciera sobre el hombre una profunda influencia natural, de la que, es cierto, puede liberarse con el auxilio de la gracia, si tal influencia es mala, pero que en todo caso actúa en su intimidad poderosamente. La prueba de esto está en la evidencia de los hechos. Donde las leyes, las instituciones, las costumbres, la cultura, el estilo, la civilización constituyen un ambiente profundamente católico, la acción específica de la Jerarquía eclesiástica logra habitualmente grandes frutos, y la acción de los sacramentos, de la predicación, la irradiación de la santidad de los ministros de Dios mueve a las multitudes. Donde por el contrario todo se opone a ello, las dificultades para la acción de la Jerarquía se vuelven inmensas. Son vencibles, por cierto, porque para Dios nada es imposible. Pero actúan en sí mismas de manera desfavorable.

Esto explica por qué países enteros han caído repentinamente en la herejía, como Inglaterra o las naciones escandinavas: todo el ambiente tenía solo una aparente nota de catolicidad. Lo que realmente dominaba era la indiferencia y la tibieza.

Lo contrario podría alegarse con la gran expansión de la Iglesia bajo las persecuciones y su aflojamiento después de Constantino. Pero el argumento es intrínsecamente tan débil que nos hace sonreír. ¿Quién puede admitir que la Esposa Mística de Cristo solo es fecunda cuando se la trata a latigazos… que sus verdaderos benefactores son los Nerones y los Dioclecianos, y sus verdaderos perseguidores san Luis de Francia, san Fernando de Castilla o san Enrique de Alemania?

Noción de sociedad temporal sacral

La sociedad temporal, querida por Dios y ordenada por Él, al realizar en sí misma una obra que es de santificación, es una sociedad santa que tiene una función sagrada. Sigue siendo una sociedad completamente natural como la familia, y tanto como ella, es influenciada a fondo por la vida sobrenatural que bulle en sus miembros. Sociedad santa y sagrada como lo es la familia cristiana, a la que la designación de santa le es tan apropiada, que incluso su vínculo constitutivo es un sacramento instituido por el mismo Jesucristo.

Carlomagno

Sacro Imperio, santa Rusia, santa Francia fueron una vez designaciones comunes y perfectamente legítimas. Nadie se sorprendió de que el óleo sagrado sirviera como un sacramental para ungir a los reyes, que su investidura en el supremo poder temporal tuviera lugar durante la misa, en una función esencialmente religiosa, con la participación del Clero; que la cruz de Cristo brillara sobre el símbolo del poder temporal, que era la corona; o que el título más honroso del supremo poseedor del poder temporal fuera un título religioso: Sacra MajestasRex ApostolicusRex ChristianissimusRex CatholicusRex FidelissimusDefensor Fidei.2 Y a nadie le sorprendió que los duques de Lorena —que se presumían reyes de Jerusalén— estuvieran ceñidos con una corona cuya diadema estaba hecha de espinas, o que el rey de Lombardía tuviera en su corona de hierro un clavo de la Pasión de Cristo. Todos estos hechos atestiguaban el carácter sagrado de la sociedad temporal y, por lo tanto, del poder temporal, aunque este era distinto de la Jerarquía eclesiástica.

Así llegamos a la noción de la sociedad temporal ministra de la Iglesia, que abre amplias perspectivas para la noción de la sociedad temporal sacral.

Nos parece que —si todos los que se interesan por el problema de las relaciones entre la sociedad temporal y la Iglesia tuvieran claro en su espíritu que la palabra temporal incluye a título capital inmensos valores espirituales, y cuáles son ellos— les sería más fácil comprender la ministerialidad de lo temporal.

 

Nota de la Redacción: Estos títulos tan significativos correspondían a los principales monarcas de la vieja Europa: Majestad Sagrada,título que correspondía al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; Rey Apostólico,al rey de Hungría; Rey Cristianísimo,al rey de Francia; Rey Católico,al rey de España; Rey Fidelísimo,al rey de Portugal; y, Defensor de la Fe, al rey de Inglaterra.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 226 / Octubre de 2020

Cristiandad
Sacralidad en el orden temporal

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+1870 + Fontfroide - Francia. Incansable misionero, quería salvar al mundo con sus predicaciones, Arzobispo de Cuba, profetizó castigos para aquella isla. Fundó la Congregación Misionera de los Hijos del Corazón Inmaculado de María. Confesor y consejero de la reina Isabel II, de España, influyó para la elección de obispos dignos que fueron después "la guardia personal del Papa" en el Concilio Vaticano I, en el cual ejerció papel preponderante.

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