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«Tesoros de la Fe» Nº 77 > Tema “Consideraciones sobre la oración”

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Consideraciones sobre la oración

(IV)


Continuando con las disertaciones del Padre Meschler sobre la oración, trascribimos una excelente explicación sobre dos oraciones cuyo autor es el mismo Dios, los Salmos y la Oración Dominical


Hay un gran número de oraciones que constituyen excelentes modelos, dignos de todo acatamiento, no solamente por su valor intrínseco, sino aún en razón de su autor, que es el Espíritu Santo o la Iglesia.

Los Salmos del Rey David son las más antiguas oraciones de
las que tenemos noticia

Los Salmos son las más antiguas oraciones de las que tenemos noticia. Inspirados por Dios, y destinados en su mayor parte al culto del Antiguo Testamento, no por eso dejan de pertenecer a la Iglesia, por la estrecha conexión que tienen con el Mesías. Ellos son una plegaria esencialmente nuestra, por cuanto sólo en el Tabernáculo Eucarístico encuentran su significado propio y su completa realización. El objeto de esos cantares son Dios y el hombre, las relaciones que existen entre ellos por medio de la Revelación y de la Ley, así como las bendiciones, esperanzas, recompensas y castigos que de ellas dimanan.

Dios está ahí representado sea como Legislador, Rey, Doctor, Creador y Padre; sea como el Mesías, el Esposo de la Iglesia, su Pontífice y Redentor, abrazado al sufrimiento y a la amargura. A su vez, el hombre también aparece. Considera y admira las obras de Dios y se complace en la Ley del Señor. Lamenta sus infidelidades, confiesa sus errores, da gracias al Creador, implora y anhela por la ventura de poseerlo.

Todas las conmociones y sentimientos que hacen pulsar al corazón humano encuentran eco en esos admirables cánticos. Sufrimiento o alegría, llamado empeñoso a la misericordia divina, grito de angustia en la desgracia, todas nuestras aspiraciones encuentran en ellos la expresión que mejor y con más verdad las traduce.

*     *     *

El Padrenuestro u Oración Dominical goza del particular privilegio de ser compuesta por palabras salidas de los labios del Divino Salvador. Recitándolas, podemos decir con toda realidad: vivimos y oramos mediante el Hijo de Dios. Aquél a quien dirigimos nuestras súplicas tuvo a bien enseñarnos personalmente el modo de formularlas.

Aunque prescindiese de esa prerrogativa, la Oración Dominical no deja de ser, por sí misma, la plegaria por excelencia. Es explícita, breve, completa. En este último punto de vista, ella posee la esencia de lo que constituye la plegaria: la invocación y la súplica. El título de “Padre nuestro”, que damos a Dios, implica tanto la honra del mismo Dios como la utilidad nuestra, por cuanto trae a la memoria las relaciones que a Él nos unen como a un padre; nos inspira los más reconfortantes sentimientos de respeto, amor y confianza; nos muestra en el género humano, al que pertenecemos, la gran familia del Padre celestial. Las súplicas contienen todo lo que razonable y oportunamente podríamos solicitar, y el orden en que están dispuestas es la más adecuada. Se refieren al fin al que debemos tender o a los medios de alcanzarlo. El fin es doble: consiste en la glorificación de Dios y en nuestra salvación por la posesión del Cielo. Los dos primeros pedidos se relacionan con ese objetivo. Dispuestos en dos series, están después concatenados los medios para obtener nuestro fin. En la primera, solicitamos los bienes necesarios al alma o a la vida material — tercer y cuarto pedidos; en la segunda, imploramos la preservación de los males que puedan amenazar o imposibilitar la realización de nuestros designios — los tres últimos. Nuestra ambición no podría ir más lejos, ni anhelar una cosa mejor. Todo se encuentra resumido en esta plegaria divina. [...]

La Oración Dominical es la elocuente expresión del amor de Jesús por Dios su Padre, por la Iglesia y por toda la humanidad. En ella está concentrado todo lo que individualmente podamos desear, así como lo que corresponde a todas las necesidades del género humano. Ella es, pues, la oración de la familia, del reino de Jesucristo y de la Iglesia.     



* P. Mauricio Meschler  S.J., La Vida Espiritual — Reducida a Tres Principios, Ed. Vozes, Petrópolis, 1960, pp. 37 y ss.



  




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