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«Tesoros de la Fe» Nº 10 > Tema “Piedad Cristiana”

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¿Cómo deshacerse de un objeto sagrado o de un texto religioso muy deteriorado?


PREGUNTA

¿Qué hacer con impresos religiosos ya viejos como, por ejemplo, textos de oraciones, libros, estampas? ¿Pueden ser quemados? ¿Qué hacer con imágenes rotas que no tienen más arreglo?



RESPUESTA

Todo lo que es sagrado debe ser tratado con respeto, y cuanto más sagrado, con más respeto aún. Éste es el principio que guió a quien me hizo la consulta.

En último análisis, la pregunta es: ¿cómo deshacerse, de manera respetuosa, de un objeto sagrado o de un texto religioso que se deterioró al punto de no más servir para el uso?

Textos de oraciones, estampas religiosas, sagradas biblias o manuales de oración que se encuentran maltrechos por el uso, o se deshicieron en pedazos, están, por eso mismo, en un estado tal que, en muchos casos, son indignos de su condición sagrada. Así, el propio respeto a su contenido o a su significado consiste en pedir que sean destruidos. Incluso tratándose de objetos benditos, por haber perdido substancialmente su forma primitiva es probable que ya hayan perdido también la bendición. Nada impide, pues, que sean quemados.

Es lo mejor. Pero como esto no siempre puede ser hecho fácilmente, sobre todo por quien vive en una gran ciudad, será tal vez recomendable romperlos en pedazos, envolverlos en una bolsa plástica y colocarlos en un cesto de basura.

Recomendación análoga puede ser hecha con relación a imágenes partidas que no tienen más compostura. Lo ideal sería enterrarlas, pero si eso no fuera posible, lo mejor es terminar de fragmentarlas y envolverlas también en un plástico o papel de envolver por haber sido portadoras de bendiciones.

Al proceder de esta manera, la persona imbuida de espíritu religioso no está siendo movida por el desprecio hacia las cosas de la Fe, sino por el contrario, por el sumo respeto que esos objetos, ya deteriorados, aún merecen.     





  




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Tesoros de la Fe


Nº 221 / Mayo de 2020

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+349, d.C. Tréveris. Dejó el país natal atraído por la fama de las virtudes de San Agricio, Obispo de Tréveris, de quien se tornó discípulo. Con la muerte de éste, fue elevado a aquella Sede, donde se notabilizó por la intrépida defensa de la ortodoxia (= verdadera doctrina) y al acoger a San Atanasio, entonces exiliado.








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