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«Tesoros de la Fe» Nº 117 > Tema “P. Francisco Spirago”

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Convertida por una genuflexión ante el Santísimo


 

El obispo y cardenal suizo Gaspard Mermillod (1824-1892), siendo vicario en una parroquia de Ginebra, convirtió a una distinguida dama protestante, de una manera por lo singular muy digna de mención.

Como vicario estaba encargado de revisar la iglesia parro­quial antes de cerrar, por si alguien hubiese permanecido rezagado­ d­istraídamente o con malas intenciones. Era su costumbre antes de retirarse ponerse de rodillas ante el Santí­simo Sacramento y, después de una breve plegaria, besar el suelo como supremo acatamiento al Dios allí presente.

Una noche, al retirarse, percibió un rumor en un ángulo de la iglesia. A la semioscuridad que reinaba en el sagrado recinto pudo vislumbrar a una dama elegantemente vestida que avanzaba hacia él.

El vicario le dijo un tanto sorprendido: “¿Qué busca usted­ señora, por estos lugares a una hora semejante?”

La dama le contestó: “Perdone usted mi atrevimiento. Soy una protestante; sin embargo, he oído con mucho interés los sermones que usted ha predicado últimamente sobre la Eucaristía.­ Y he querido saber con certeza si usted creía verdaderamente cuanto en ellos nos ha dicho… Como prueba, quise ver cómo se portaba usted ante el tabernáculo al encontrarse solo en la iglesia y no creerse visto por nadie”.

*     *     *

A los pocos días de este suceso la aristocrática señora ingresaba en la Iglesia Católica. La devota genuflexión del vicario ante el tabernáculo le había hecho ver la verdad. Jesucristo­ se halla siempre presente en el sagrario; por tal razón no debemos salir de ninguna iglesia sin antes arrodillarnos ante el altar del Sacramento. Honramos a Dios y damos­ con ello un buen ejemplo al prójimo.  

 

P. Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos, Ed. Políglota, Barcelona, 1940, t. IV, pp. 94-95.

 



  




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+339, d.C. + Egipto. Es patrono de los que aspiran a la santidad en edad avanzada. Agricultor, a los 60 años descubrió que su mujer lo traicionaba. Huyó entonces hacia el desierto, habiendo, por su insistencia, obligado al gran San Antonio, a dirigirlo espiritualmente.








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