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«Tesoros de la Fe» Nº 130

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Que no se haga mi voluntad, sino la de Dios


En la edición anterior se trató del amor eterno de Dios por sus hijos. En este número, presentamos algunas consideraciones de San Francisco de Sales sobre la conformidad con la voluntad de Dios, extraídas de la obra Pensamientos Consoladores.*


Los teólogos distinguen en Dios dos voluntades: la voluntad expresa y la voluntad de gusto o deseo.

La voluntad expresa comprende los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, los consejos, las inspiraciones, las reglas y constituciones. Nadie puede salvarse sin obedecer los mandamientos de la Ley y Dios y de la Iglesia, porque Dios quiere que los observemos para llegar al cielo. En cuanto a los consejos, Dios desea que los observemos, no como preceptos, sino sólo a manera del deseo y no de la orden. La voluntad de Dios se manifiesta en nosotros también por medio de las inspiraciones; Él no quiere, sin embargo, que las discernamos por nosotros mismos, sino que en caso de importancia recurramos a aquellos que estableció en jerarquía superior a la nuestra, para guiarnos y para que seamos totalmente sumisos a sus consejos y opinión. Las reglas nos manifiestan también sus voluntades, como otros tantos medios propios para alcanzar la perfección.

San Francisco Javier escucha, y sigue, el llamado divino y sacrifica su vida por la conversión de varias naciones del Oriente

Además de esta voluntad, existe también en Dios la voluntad de gusto, la cual debemos considerar en todo lo que nos concierne, favorable o adverso, en la enfermedad o en la salud, en la consolación y en la aflicción, en la muerte y en la vida, en todo lo que no es previsto, con tal que no sea contra la voluntad de Dios expresa, porque ésta debe ir antes de todo.

No miremos de forma alguna para la sustancia de las cosas que hacemos, sino a la honra que tienen por ser queridas de Dios, de estar en el orden de su Providencia y ser dispuestas por su sabiduría. La pureza de corazón consiste en estimar todo por el peso de la voluntad de Dios. […]

Nuestro centro es la voluntad de Dios. Él desea que yo ahora haga eso; Dios quiere esto de mí; ¿qué más es necesario? Mientras hago esto, no estoy obligado a hacer otra cosa.

Debemos saber que abandonar nuestra voluntad no es sino deshacernos de nuestra voluntad para dársela a Dios; porque de nada serviría renunciar y abandonarnos a nosotros mismos, si no fuese para que nos unamos perfectamente a la voluntad divina.

Pero sucede que algunos dicen: “Señor, coloco en vuestras manos mi espíritu, pero con la condición de que me des siempre consolaciones y nunca sufrimientos, y que también me des superiores que sean de mi agrado y en nada contraríen mi voluntad”. ¿No ves que eso no es entregar el espíritu en la mano de Dios? Cuando las cosas no suceden según lo esperamos, ocurre que el desánimo se apodera súbitamente de nuestros espíritus. ¿Y de dónde viene eso, sino de no colocarnos sin reserva en las manos de Dios?

Tomad por práctica cotidiana, cuando cualquier cosa os incomode, decir: “Que no se haga mi voluntad, sino la de Dios”. 



* P. Jean-Joseph Huguet  S.M., Pensamientos Consoladores de San Francisco de Sales, Livraria Salesiana Editora, São Paulo, 1946, p.86-93.

  




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