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«Tesoros de la Fe» Nº 140

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850 años de Notre Dame
la Reina de las Catedrales

Se restauran las campanas destruidas por la Revolución Francesa


París acoge con alegría, encanto y veneración las nuevas campanas de su catedral gótica

Marcelo Dufaur

Una multitud estimada en treinta mil personas por la policía (que habitualmente minimiza las manifestaciones católicas) abarrotó el último domingo de Pascua la plaza de la catedral de Notre Dame y las calles adyacentes, para oír el primer redoble oficial de las nuevas campanas. En esa misma fecha, 850 años atrás, en presencia del Papa Alejandro III, el obispo Mauricio de Sully colocaba la primera piedra para la construcción de aquella grandiosa catedral dedicada a la Santísima Virgen.

Las campanas originales fueron bárbaramente destruidas por la Revolución Francesa en 1792, con excepción de una, bautizada con el nombre de “Emmanuel”. En el siglo XIX, a fin de remediar el vacío producido, Napoleón III mandó reemplazarlas por campanas de menor calidad y carentes de afinación, a tal punto que los especialistas juzgaban que se trataba del peor conjunto de campanas de Europa.

Por ocasión de su bendición ritual las campanas reciben nombres que son grabados en su bronce. “Emmanuel” fue donada hace más de 300 años por el rey Luis XIV y pesa 13 toneladas.

“Espíritu post conciliar” se oponía a las campanas

Aun disponiendo de los diseños de las campanas originales y de las partituras de los carillones, ¿quién las haría? ¿Existen aún maestros continuadores del antiguo oficio nacido en la Edad Media?

La fundición tradicional Cornille Havard hizo las campanas para Notre Dame

La mayor dificultad para la existencia de las campanas —símbolos de la riqueza, del dominio y del poder de la Iglesia Católica— proviene de la oposición de cierto miserabilismo y falso espíritu de pobreza, a consecuencia del cual se dejó de tocarlas. En algunos casos ellas fueron sustituidas por grabaciones electrónicas desacralizantes y artificiales.

En este tercer milenio, después de décadas de incansable prédica progresista contra la venerable imagen de la Iglesia jerárquica, rica y sacral, ¿habría alguien dispuesto a financiar las nuevas campanas de la catedral de Notre Dame?

A pesar de que ciertamente ninguna crítica progresista convence el alma católica, décadas de propaganda del llamado “espíritu post conciliar” esparcieron una atmósfera de incredulidad y respeto humano con relación a hábitos sacralizantes y laudables como el toque de campanas.

Entusiasmo de los fieles

En Villedieu-les-Poèles, pequeña ciudad de Normandía, una fundición tradicional —Cornille Havard— aún utilizaba los viejos métodos de producción de campanas, técnicas ancestrales que remontan a la Edad Media y que podrían dar vida a réplicas fidedignas. Cuando se supo del proyecto, un entusiasmo que rayaba en la locura arrebató a maestros y obreros, según Paul Bergamo, presidente de la fundición.

La emoción, la alegría y la veneración tomaron cuenta de Villedieu-les-Poèles cuando una de las campanas, ya sobre la carreta, fue tocada en homenaje a los fundidores. El vehículo partió en medio de aplausos populares.

A su vez, la Fundición Real Eijsbouts, de Holanda, se encargó de hacer el bourdon (campana de excepcional tamaño), bautizado como “Marie”, cuyos costos fueron cubiertos con donaciones de particulares.

La llegada de las nuevas campanas a París, el día 31 de enero de 2013, fue una verdadera apoteosis. Las autoridades instalaron una tribuna para el que quisiera apreciarlas. En realidad, durante un viaje de más de 300 km, el transporte de las campanas dio origen a una serie de acontecimientos: en la autopista, las personas aguardaban su paso en los puentes; en París, el equipo de seguridad tuvo mucho más trabajo a causa de la multitud —ordenada y respetuosa— que veía cómo las grúas mecánicas bajaban las inmensas campanas. “Emmanuel”, el venerable bourdon del rey Luis XIV, la única de las campanas que escapó de la saña de los revolucionarios, recibió a sus futuras “hermanas” de campanario tañendo en solitario.

Las campanas recién fueron exhibidas a partir de su bendición solemne, realizada el día 2 de febrero (sobre el significado, efectos e importancia de esta bendición, ver el recuadro con la explicación de Mons. Gaume). Ellas se hicieron oír por primera vez el 23 de marzo, víspera del domingo de Ramos, aún en fase de prueba. El primer toque oficial fue el “Grand Solennel” el domingo de Pascua, ante una multitud emocionada, entusiasmada y exultante.

“El sonido de las campanas simboliza la presencia de Dios en la ciudad —comentó un parisino—, porque su sonido es como el propio Dios: es la suma belleza”.

“Con el sonido de las campanas todo el Universo se pone en movimiento”, añadió una señora presente en la catedral.

Faith Fuller, turista de San Francisco (EE.UU.), no pudo contener las lágrimas: “Esto representa 850 años de historia de una catedral fantástica y estoy en este momento histórico oyendo las campanas por primera vez. Es emocionante y bellísimo”, narró a la radio oficial alemana “Deutsche Welle”.

“La idea fue recrear un conjunto de campanas tan magnífico como aquel que existía antes de la Revolución Francesa”, declaró Paul Bergamo a la “Deutsche Welle”.

“Las campanas son una de las voces de la catedral porque repican la gloria de Dios”, añadió el rector-arcipreste de la catedral, Mons. Patrick Jacquin.

Según Mons. Jacquin, en un período de tres semanas después de la bendición solemne, entre un millón y un millón y medio de personas fueron a visitar, tocar y fotografiarse junto a las brillantes campanas.

Símbolos grabados en cada campana

Las nuevas campanas son:

El bourdon “Marie” (6.023 kg; 206,5 cm de diámetro), dedicado a Nuestra Señora, protectora especial de la catedral. Se trata de una reproducción idéntica del bourdon que tocó de 1378 a 1792, año del infame saqueo republicano. En ella están grabadas el “Ave María” y un medallón de la Santísima Virgen con el Niño Jesús rodeado de estrellas; tiene un friso representando la Adoración de los Reyes Magos y las bodas de Caná, y por fin una Cruz de Gloria con la inscripción Via viatores quaerit (“Yo soy el camino en busca de viajeros”).

“Gabriel” (4.162 kg y 182,8 cm de diámetro) está dedicada al arcángel San Gabriel que anunció a la Santísima Virgen la encarnación del Verbo. En esta campana está inscrita la primera frase del Ángelus: “El ángel del Señor anunció a María”; además de 40 fajas que simbolizan los 40 días que Jesús pasó en el desierto y los 40 años de travesía de los judíos por el desierto del Sinaí. En la corona de la campana hay unas flores de lis y Nuestra Señora con el Niño Jesús rodeados de estrellas. En el cuerpo de la campana hay también una Cruz de Gloria con la inscripción Via viatores quaerit y un perfil de la catedral en el corazón de París.

“Anne-Geneviève” (3.477 kg; 172,5 cm de diámetro) está dedicada a Santa Ana, madre de la Virgen María, y a Santa Genoveva, patrona y protectora de París. En ella está inscrita la segunda frase del Ángelus: “Y concibió del Espíritu Santo”. Tres fajas simbolizan a la Santísima Trinidad; llamaradas de fuego evocan la tenacidad de Santa Genoveva; en cuanto a lo demás, repite lo que está en la campana “Gabriel”.

“Denis” (2.502 kg; 153,6 cm de diámetro) recuerda a San Dionisio, primer obispo de París. Enviado por el Papa, el obispo sufrió el martirio. En esta campana está inscrita la tercera jaculatoria del Angelus: “He aquí la esclava del Señor”. Siete fajas simbolizan los siete dones del Espíritu Santo y los siete sacramentos de la Iglesia. Lleva también dibujos simbolizando el martirio, Cruz de Gloria, inscripciones y dibujos idénticos a los anteriores.

“Marcel” (1.925 kg; 139,3 cm de diámetro), en memoria de San Marcelo, noveno obispo de París, muy venerado por los parisinos por su caridad hacia los pobres y los enfermos. En esta campana está inscrita la cuarta frase del Angelus: “Hágase en mí según tu palabra”. Cinco fajas simbolizan a las tres personas de la Santísima Trinidad y las dos naturalezas que forman un solo Dios en Jesucristo encarnado. En lo demás, sigue los modelos anteriores.

Las campanas llegan a la catedral

“Étienne” (1.494 kg; 126,7 cm de diámetro) en recuerdo de la antigua catedral de París que precedió a la actual y que estaba dedicada a San Esteban. En esta campana está grabada la quinta jaculatoria del Angelus: “Y el Verbo se hizo carne”. Una faja en honra de esa jaculatoria y diferentes motivos evocan el martirio de San Esteban. Cruz de Gloria, frases e imágenes de Nuestra Señora, el Niño Jesús y el perfil de Notre Dame como en las anteriores.

“Benoît-Joseph” (1.309 kg; 120,7 cm de diámetro) en alusión al Papa anterior, Benedicto XVI, y a San José. Inscripción con la sexta frase del Angelus: “Y habitó entre nosotros”. Doce fajas simbolizan a los doce Apóstoles bajo las llaves de San Pedro. Cruz de Gloria y otros detalles como en las anteriores.

“Maurice” (1.011 kg; 109,7 cm de diámetro) en memoria de Mauricio de Sully, 72º obispo de París, que colocó la primera piedra de la catedral de Notre Dame en 1163. En esta campana está inscrita la sétima frase del Angelus: “Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios”. Ocho fajas simbolizan la plenitud (7+1); hay aún elementos arquitectónicos del plano de la catedral, evocación de sus constructores, Cruz de Gloria, etc., como en las anteriores.

“Jean-Marie” (782 kg; 99,7 cm de diámetro), la menor de todas, recibió ese nombre en alusión al cardenal Jean-Marie Lustiger. En él está inscrita la octava y última frase del Angelus: “A fin de que seamos dignos de las promesas de Cristo”. Nueve fajas simbolizan las nueve jerarquías angélicas; en el cuerpo de la campana, las iniciales de los cuatro evangelistas, cada una con su símbolo. Cruz de Gloria, inscripción e imágenes como en las anteriores.

Además de las diez campanas mencionadas, hay otras tres en la flecha de la catedral, totalizando 13.

Toques y melodías

Los toques y las melodías de las campanas de Notre Dame de París se subdividen en cuatro grandes categorías:

el carillón de las horas de las ceremonias litúrgicas;

el carillón del Angelus tres veces al día: 6 a.m., 12 m. y 6 p.m., según la costumbre del rey Luis XI, que se generalizó en la Cristiandad;

el carillón de las horas (toque breve cada cuarto de hora; melodía corta cada hora, y más de 50 toques y melodías diversas del fondo musical de Notre Dame que varían a lo largo del año litúrgico);

el carillón de las grandes ocasiones: acontecimientos vinculados al Papado o de otra índole, de importancia nacional e internacional, fechas históricas, grandes desgracias de la humanidad, etc.

Las campanas continuarán oyéndose con la misma frecuencia respetada hasta ahora. La gran variante será dada por la riqueza del nuevo conjunto, que permitirá una diversidad mayor de melodías y toques.

La campana “Emmanuel” queda reservada para las grandes solemnidades como Navidad, Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés, Asunción, Todos los Santos, etc.

El entusiasmo por la restauración de las campanas de la gran catedral de París no se ciñó a un evento meramente religioso; fue una muestra más de las profundas y saludables modificaciones de tendencias que están ocurriendo en la opinión pública de la Francia de hoy. 


Simbolismo e importancia de la campana para la Iglesia

Una substanciosa explicación de las bendiciones del toque de la campana hecha por Mons. Jean-Joseph Gaume (1802-1879), célebre por su ciencia teológica

Como todas las cosas grandes y bellas, la campana se la debemos a la Iglesia.

La campana nació católica, por eso la Iglesia la ama como una madre ama a su hijo. Ella bendice el metal del que es hecha. Luego que vino al mundo, la Iglesia la bautizó e hizo de ella un ente sagrado.

Con razón, porque la campana está destinada a cantar todo lo que hay de santo y de santificante en la tierra y en el cielo. Por las oraciones y ceremonias que la acompañan, en el bautismo se le va a señalar su vocación.

La Iglesia siempre consideró con mucho respeto a la campana, lo que se constata con nuevo esplendor en las oraciones y en las ceremonias de su bautismo.

Reunidos los fieles alrededor de la campana suspendida a pocos metros arriba del suelo, llega majestuosamente el obispo con hábitos pontificales, acompañado del clero y seguido del padrino y de la madrina de la campana.

En nombre de Dios, de quien es ministro, el obispo invoca sobre esa maravillosa criatura la virtud del Espíritu Santo, haciéndola fecunda a partir del primer día de su creación.

Seguro de ser atendido, el obispo rocía la campana con agua bendita, confiriéndole el poder y el deber de apartar de todos los lugares donde su sonido repercuta, a las potencias enemigas del hombre y de sus bienes: los demonios, los remolinos, el rayo, el granizo, los animales maléficos, las tempestades y todos los espíritus de destrucción.

Veamos su misión positiva.

Su voz proclamará los grandes misterios del cristianismo, aumentará la devoción de los cristianos para que canten nuevos cánticos en la asamblea de los santos, e invitará a los ángeles a tomar parte en sus conciertos. La campana hará todo esto, porque esta misión le es confiada en nombre de Aquel que posee todo el poder en el cielo y en la tierra.

Cada campanada hace resonar a lo lejos los dos misterios de la muerte y de la vida —alfa y omega— necesarios para orientar la vida del hombre y consolar sus esperanzas.

No admira, pues, que el obispo, dirigiéndose a la propia campana, la dedique a un santo o a una santa del Paraíso diciéndole, con una especie de respetuosa ternura: “En honra de San N., la paz de ahora en adelante esté contigo, querida campana”.

Como la campana debe tener un nombre, le cabe tener también un padrino y una madrina. El nombre de la campana es grabado debajo de la cruz en relieve, que la marca con el sello de Nuestro Señor y la consagra a su elevado culto.

De ahí viene un hecho poco notado: el amor de los verdaderos hijos de la Iglesia a la campana y el odio que le profesan los enemigos de Dios. Una de las más dulces alegrías de nuestros padres, al libertarse de la Revolución Francesa, fue oír las campanas, enmudecidas durante muchos años.

Este incuestionable poder de la campana contra los demonios del aire justifica las virtudes de que ella goza: disipar los vientos y las nubes, ahuyentar el granizo y el rayo, conjurar las tempestades y los elementos desencadenados, pues todas esas perniciosas influencias de la atmósfera provienen mucho menos de causas naturales que de la maldad de esos espíritus maléficos.

Nuestros padres, en la hora del peligro, hacían oír al Padre Celestial el sonido de las campanas, su primer grito de alarma. El Señor no permanecía mucho tiempo insensible a la voz de su pueblo.

La cuerda que sirve para tocar la campana, que sube y baja sin cesar, indica el trabajo del predicador, y es también una imagen de nuestra vida (Mons. Gaume, L’Angelus au dix-neuvième siècle, Editions Saint-Remi, 2005). 



  




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