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«Tesoros de la Fe» Nº 19 > Tema “Pecado y acción diabólica”

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Las modas en la iglesia: licitud del juicio moral de terceros

 

PREGUNTA

 

Muchos católicos ya no saben cosas básicas. No sé qué hacer para cambiar eso. Esas ropas que están de moda —mejor diría mundanas— ¡Dios mío, misericordia! Un día vi a una mujer recibiendo la Comunión con la espalda descubierta, jovencitas con blusas diminutas mostrando el abdomen. Nuestro Señor dijo: “No juzguéis y no seréis juzgados”. ¿Es lícito juzgarlas?

 

RESPUESTA

 

Las modas descritas en la pregunta anterior son inmorales y deben ser reprobadas sólo por ese motivo, pero aún mucho más si las personas así (des) vestidas van a recibir a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. ¡Es una profanación!

¿Qué hacer para cambiar eso?

En una civilización católica, en que la observancia de los Mandamientos era la regla general en la mayoría de las personas, la inocencia de la infancia se proyectaba a fondo en la adolescencia hasta la madurez, y llegaba muchas veces íntegra hasta la edad adulta. En el ambiente de pureza que así se respiraba, el pudor con que Dios dota naturalmente al alma humana —pudor éste, además, sobrenaturalizado por la gracia del bautismo— lo protegía de modo que resguardara el cuerpo de toda forma de exposición que violase las conveniencias de la moralidad. Lamentablemente, ese ambiente puro y sacralizado se perdió con la modernidad, más aún en los días actuales, en que los niños son sometidos prácticamente desde la cuna a la influencia de la “niñera electrónica” (como muy adecuadamente se ha denominado a la televisión). En consecuencia, el pudor es arrancado del alma de la criatura y, salvo un milagro de la gracia, la mayoría de las personas pierde desde muy tierna edad casi todo sentido de moralidad en lo que se refiere a los trajes, a los modos de relacionarse con las personas de otro sexo, etc. Así, hasta para recibir a Nuestro Señor Sacramentado las personas se presentan indebidamente vestidas.

No basta pues, como se hacía antiguamente —cuando ese proceso de quiebra del pudor aún estaba en el comienzo— colocar un letrero en la puerta de la iglesia advirtiendo a las damas y señoritas contra los trajes moralmente inconvenientes. Como la grandísima mayoría de ellas, por haber perdido la inocencia perdió la noción de lo que sea “moralmente conveniente”, un cartel de ese tipo tendría hoy un efecto muy reducido.

¿Qué hacer, entonces?

Está claro que la mayor obligación reside en el Clero, que debe predicar “a tiempo y a destiempo”, como dice San Pablo: “Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina” (cf. 2 Tim. 4, 2). Pero también los laicos, en el ámbito de su influencia sobre todo familiar, y si fuera posible articulándose con amigos del mismo parecer, deben recordar la gravedad de la buena doctrina moral, porque muchas veces Dios espera la fidelidad y resistencia inquebrantable de unos pocos para sacudir a toda la humanidad y traerla de regreso al buen camino.

El hecho es que el problema exige un género de actuación que modifique los presupuestos morales de la propia sociedad moderna. Lo cual no se conseguirá sin una movilización de gran envergadura, que articule a los católicos que se mantuvieron inmunes a los asaltos de la inmoralidad y los empeñe en una verdadera cruzada contra los factores que crearon la presente situación. “Es todo un mundo que es necesario reconstruir desde sus fundamentos”, proclamaba el Papa Pío XII a mediados del siglo pasado. ¿Qué decir de lo que existe hoy?

Recemos por la Santa Iglesia, recordando y parafraseando las palabras del centurión en el Evangelio: “Señor, decid una sola palabra” y la moralidad será salvada.     





  




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Tesoros de la Fe


Nº 221 / Mayo de 2020

Una promesa, una esperanza
Basílica de la Madonna de Monte Bérico

Basílica de Santa María de Monte Bérico, Vicenza (Italia), construida sobre el cerro que domina la ciudad



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Santoral

31 de mayo

Santísima Trinidad

+ . El misterio de la Santísima Trinidad consiste en que Dios es uno solo y en Él hay tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Trinidad nos ha sido revelado por la Persona, palabras y acciones de Jesucristo. La Trinidad es el misterio más profundo. Jesús nos ha revelado los secretos del Reino de los Cielos. La suprema de sus enseñanzas es el secreto de Dios mismo. Nos ha hablado de la vida de Dios. Nos enseñó que Dios, siendo uno solo, hay en El tres Personas. Nos dijo sus nombres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesucristo se presentó a Sí mismo como el eterno y divino Hijo de Dios. Afirmó que es el Hijo, el Unigénito del Padre, igual al Padre. Jesús reveló la tercera Persona divina, el Espíritu Santo. El Padre y el Hijo, después de la Resurrección, lo enviaron a la Iglesia. Jesús había prometido enviar la tercera Persona, Dios igual que El mismo y el Padre.

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Visitación de Nuestra Señora

+ . Anteriormente Fiesta de Nuestra Señora Reina. En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor...(Lucas 1:39-46) La celebración de la fiesta es iniciativa de San Buenaventura, franciscano, en 1263. El Papa Urbano VI (reinó de 1378-1389), la extendió a toda la Iglesia, pidiendo el fin del cisma que sufría la Iglesia.

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