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El Milagro de la Santa Casa de Loreto
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Loreto, la nueva Nazaret


Basílica Pontificia de la Santa Casa de Loreto

Juan Miguel Montes

La humilde casa en la que la Santísima Virgen dijo sí a la invitación divina para ser la Madre del Redentor, y en la que vivió a lo largo de los años en compañía de su Hijo y de san José, fue transportada milagrosamente por los ángeles desde Nazaret hasta la provincia italiana de Ancona, en el mar Adriático, hace setecientos años atrás.

Transporte de la Santa Casa de Loreto, Giambattista Tiepolo, 1743 – Óleo sobre lienzo, Galería de la Academia de Venecia. Abajo: Revestimiento de mármol de la Santa Casa, encargado por el Papa Julio II a Donato Bramante.

Amanecía el 10 de diciembre de 1294 cuando se difundió entre los habitantes de aquella región la noticia de que había aparecido en un bosque de laureles (de ahí deriva el nombre de Loreto) una curiosa casa, construida con materiales desconocidos en Italia y que contenía en su interior objetos antiguos y característicamente orientales. Tenía 9,5 metros de largo por 4 metros de ancho.

Se conocía que, unos meses antes, una construcción idéntica —en realidad, era la misma— había aparecido en idénticas circunstancias al otro lado del mar Adriático, en la vecina Dalmacia. Allí, en la ciudad de Tersatz, donde había aparecido, el obispo Alejandro tuvo una revelación de la Santísima Virgen al respecto, quien le aseguró que se trataba de su propia casa y que había venido de Nazaret.

Para recabar informaciones, una comisión de dieciséis hombres ilustres partió de Loreto y se dirigió primero a Tersatz y luego a Galilea. Ellos confirmaron que en dichos lugares quedaban algunos vestigios de la permanencia de la casa que inexplicablemente había desaparecido. En Nazaret, según constataron, las medidas de los cimientos coincidían con las de la casa de Loreto.

A partir de entonces comenzaron a multiplicarse las peregrinaciones al lugar. En el siglo XV, el Papa Paulo II erigió una basílica alrededor de la Santa Casa. Según las crónicas, ya se rezaban allí habitualmente las invocaciones a la Santísima Virgen que con el tiempo se extendieron a toda la cristiandad, hoy conocidas como Letanías Lauretanas (de Loreto). Entre las numerosas manifestaciones de aprecio con que los Papas han distinguido al santuario, cabe destacar la inclusión de su fiesta en el Martirologio Romano, el 10 de diciembre. El Papa Clemente VIII la hizo en 1667, con estas palabras: “En Loreto, en el territorio de Ancona, la traslación de la santa casa de María, Madre de Dios, en la que el Verbo se hizo carne”.

Una casa desprovista de cimientos

Bajo el pontificado de Benedicto XIV, en 1751, cuando se ejecutaban las obras de restauración del piso de la casa, los arquitectos y albañiles pudieron hacer una impresionante constatación: ¡sus muros se apoyaban directamente sobre la tierra, sin cimientos!

Revestimiento de mármol de la Santa Casa, encargado por el Papa Julio II a Donato Bramante.

En el pasado siglo, el 24 de marzo de 1920, el Papa Benedicto XV eligió a Nuestra Señora de Loreto como patrona de los aviadores, teniendo en cuenta que su casa fue transportada por los aires. Por esta razón, encontramos en numerosos aeropuertos la presencia de la imagen de la Santísima Virgen bajo esta advocación.

Cuando visité el Santuario de Loreto, tiempo atrás, el sol empezaba a ponerse en un hermoso día de verano. Una fila considerable de enfermos, algunos llevados en camillas, otros en sillas de ruedas, bajo la atenta supervisión de las Hermanas de la Caridad, iban ocupando sus lugares dentro del templo para la misa diaria celebrada por sus intenciones.

La presencia de santa Teresita del Niño Jesús, que visitó el santuario en un viaje de peregrinación con su familia en el siglo XIX, ha sido plasmada por un cuadro en una de las capillas laterales de la basílica en el que aparece recibiendo la Sagrada Comunión.

Asimismo, un hecho relacionado con el descubrimiento de América se reproduce artísticamente en el fresco de otra de las capillas: el marinero Pedro Villa coloca sobre el altar una réplica de la carabela “La Niña”, que estuvo a punto de naufragar a causa de una terrible tormenta. Fue durante el primer viaje de regreso a España, y el navegante Cristóbal Colón y su tripulación prometieron agradecer a la Virgen su protección en varios santuarios, entre ellos el de Loreto.

La Casa de la Virgen, en el interior de la Basílica, por orden del Papa Julio II en 1511, fue revestida exteriormente de mármol, con esculturas de personajes y escenas de la Historia Sagrada.

En el interior de la venerable vivienda, el ambiente recuerda a la Galilea de hace dos mil años, hasta en ciertos detalles domésticos: junto al altar del recinto sagrado, se conservan en un relicario protegido por rejas pequeños tazones utilizados en su día por el propio Niño Jesús.

Según la tradición, san José murió en la Santa Casa de Nazaret, asistido por María Santísima y por Nuestro Señor. Muerte de San José, Modesto Faustini, 1886-90 – Fresco, Capilla Española, Basílica de la Santa Casa de Loreto.

Altar al interior de la Santa Casa de Loreto

Contenta por tomar el camino de Loreto

En su autobiografía, santa Teresita del Niño Jesús narra así su visita a la Basílica de Loreto:

“No me extraña que la Santísima Virgen haya elegido este lugar para transportar a él su bendita casa. Allí la paz, la alegría y la pobreza reinan como soberanas. Todo es sencillo y primitivo. Las mujeres han conservado su vistoso traje italiano y no han adoptado, como en otras ciudades, la moda de París. En una palabra, ¡Loreto me encantó!

¿Y qué puedo decir de la Santa Casa? Me emocionó profundamente encontrarme bajo el mismo techo que la Sagrada Familia, contemplar las paredes en las que Jesús posó sus ojos divinos, pisar la tierra que José regó con su sudor y donde María llevó en brazos a Jesús después de haberlo llevado en su seno virginal. Visité la salita donde el ángel se apareció a la Santísima Virgen. Metí mi rosario en la pequeña escudilla del Niño Jesús. ¡Qué recuerdos tan maravillosos!

“Pero nuestra mayor alegría fue recibir al mismo Jesús en su casa y convertirnos en su templo vivo en el mismo lugar que él honró con su presencia.

“Es costumbre en Italia conservar el Santísimo, en las iglesias, solo en un altar, y solamente allí se puede recibir la sagrada comunión. Este altar se encuentra en la misma basílica donde está la Santa Casa, encerrada como un diamante precioso en un estuche de mármol blanco. Esto no nos gustó, pues queríamos recibir la comunión, no en el estuche, sino en el mismo diamante.

“Papá, con su finura habitual, hizo como todo el mundo. Pero Celina y yo fuimos a buscar a un sacerdote que nos acompañaba por todas partes, y que en aquel preciso momento se disponía a celebrar la santa misa, por un privilegio especial, en la Santa Casa. Pidió dos hostias pequeñas, que puso en la patena con la hostia grande. Ya comprenderás, Madre querida, cuál sería nuestra ilusión al recibir las dos juntas la sagrada comunión en aquella casa bendita. Fue una alegría totalmente celestial que no se puede expresar en palabras. ¿Qué será entonces cuando recibamos la comunión en la morada celestial del rey de los cielos? Allí ya no veremos que se nos acaba la alegría, ni existirá ya la tristeza de la partida, y para llevarnos un recuerdo no tendremos que rascar furtivamente las paredes santificadas por la presencia divina, pues su casa será la nuestra por toda la eternidad” (Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un Alma, Madres Carmelitas Descalzas de San José, Cusco, 2011, p. 109-110).