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«Tesoros de la Fe» Nº 167 > Tema “Las más célebres apariciones de la Madre de Dios”

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Nuestra Señora de Laus

Un llamado a la frecuencia de los sacramentos

Nada más importante que ajustar nuestras cuentas con Dios en vida. La historia ocurrida en Saint Etienne de Laus, prueba cómo la Virgen Santísima nos incita a la frecuencia de los sacramentos.

Valdis Grinsteins

Vista panorámica de Saint Étienne de Laus, en los Alpes franceses

Muchas veces oí decir a personas con mala formación religiosa, que no necesitan de la Iglesia, pues ellos se las arreglan directamente con Dios, sin necesidad de intermediarios. En cuántas de ellas, esa posición resulta del orgullo: por un lado, se juzgan muy valiosas, al grado de dispensarse de intermediarios para tratar con Dios; por otro lado, entra la ignorancia de la majestad de Dios, que al establecer la Iglesia determinó que todos los hombres necesiten de ella para recibir los sacramentos. Estos son de tal importancia, que la Santísima Virgen se ha aparecido en lugares remotos, estimulando a las personas a que frecuenten los sacramentos. Algunas de esas apariciones se dieron en parajes minúsculos como es el caso de Laus, en Francia.

 Una aldea de ocho casas

Saint Etienne de Laus está localizada al sur de Francia. Aún hoy tiene pocas edificaciones, pero en 1664 era una aldea prácticamente desierta. Para ello habían contribuido las guerras de religión, que devastaron la región y destruyeron casas, molinos, caminos, iglesias, etc. Basta pensar que, de las 190 iglesias de la zona, 120 quedaron inutilizables. Como sucede habitualmente, con la guerra vino la pobreza. Y la familia de Benedicta Rencurel, la niña a quien la Santísima Virgen se apareció, era realmente pobre. A los diecisiete años de edad se dedicaba a cuidar los animales de una vecina, no sabía leer ni escribir. Era muy simple y vivía cerca de la aldea.

En mayo de 1664 estaba cuidando el rebaño, cuando vio en el prado a una Señora con su hijo. Le hizo una pregunta, pero no obtuvo respuesta. Dijo aún otras cosas, pero no consiguió hacerla hablar. No se incomodó mucho, pues se sentía bien en su compañía. Al día siguiente, allí estaba la misma Señora. Nuevo intento de iniciar una conversación, y nada. Esto continuó así por un par de meses, pero Benedicta no se desanimó. Al final la Virgen empezó a hablarle. Durante más dos meses, Ella le enseñaba diariamente a Benedicta a rezar, a ser paciente, a desapegarse de las cosas, etc.

El día 29 de agosto, la Santísima Virgen le dijo que por cierto tiempo no la vendría a ver; Benedicta quedó desolada, no sabía qué hacer. Como un mes después vio una luz brillante en una colina opuesta a la que se encontraba y fue hacia allá. Al encontrar a la Virgen María, se le quejó por haberse ausentado tanto tiempo; actitud impertinente, aunque hasta cierto punto comprensible en una joven pastora. No obstante, la Santísima Virgen le respondió con suavidad: “Cuando quieras verme, de aquí en adelante, podrás hacerlo en la capilla que está en Laus, donde huele bien”.

La frase puede parecer exótica, pues nada más normal que reconocer una capilla por el hecho de que “huela bien”. Sucede que, a pesar de que Laus quedaba cerca del prado donde Benedicta apacentaba el rebaño, ella nunca había ido allá, porque el camino era de difícil acceso. Además la capilla local no era espaciosa y se parecía a una casa como las demás.

La capilla que huele bien

Al día siguiente Benedicta fue a Laus. En el sentido más literal de la palabra, como buena campesina, olía de casa en casa para descubrir la tal capilla. Las casas no quedaban una al lado de la otra, y al aproximarse de una última construcción, notó que allí de hecho olía bien.

Al entrar vio sobre el altar a la Señora, y esta le dijo que había hecho bien, al ser paciente y buscar la capilla. El altar estaba cubierto de polvo, y Benedicta ofreció su delantal para que la Virgen pisara sobre él. Ella se lo agradeció, pero no aceptó, añadiendo: “En poco tiempo nada faltará, y habrá manteles para el altar, velas y otros ornamentos. Quiero que se construya aquí una iglesia en honra de mi Hijo. Muchos pecadores y pecadoras aquí se convertirán”.

Como los lectores pueden imaginar, en un lugar tan pequeño las noticias del acontecimiento corrieron rápidamente. Pero muchas personas no le dieron crédito y las autoridades ordenaron una investigación para constatar qué había de cierto en lo que Benedicta estaba contando.

En setiembre de 1665 comenzó la investigación. Los miembros de la comisión, sacerdotes experimentados, dudaron inicialmente de Benedicta. Le hacían todo tipo de preguntas capciosas, pero ella respondía correctamente. El quinto día ocurrió un milagro: Catalina Vial, una niña de la localidad, inválida de ambas piernas, se levantó y fue caminando hasta la capilla a la hora de la misa. Ante un hecho tan evidente, el resultado de la investigación fue favorable. El paso siguiente fue ampliar la capilla, o mejor, construir una nueva iglesia, conforme al pedido de la Virgen. En la capilla sólo cabían treinta personas, lo que se agravaba con la llegada de peregrinos de otras localidades.

La Virgen aparece a Benedicta Rencurel

Después del comienzo de las peregrinaciones, hay narraciones de numerosas curaciones espirituales y morales.

Como la región era pobre, para construir la nueva iglesia no se contaba con recursos. De modo que se estableció la costumbre de que cada uno que fuese en peregrinación llevaría una piedra. Así, con poco dinero y buena voluntad, acabaron haciendo todo. La sensatez de las personas de campo las llevó a no demoler la pequeña capilla para hacer la iglesia, haciendo que esta englobara a aquella.

Así como Benedicta reconoció por el perfume dónde estaba la capilla, hubo después numerosas oportunidades en que grupos de personas sentían un perfume desconocido. Por ejemplo, en 1690, del 24 de marzo hasta el fin de mayo, las personas lo sentían, siendo que las flores habían sido prohibidas en la iglesia, justamente para evitar confusiones.

 Prueba y recompensa

Pero no pensemos que todo corrió siempre bien para Benedicta Rencurel. En julio de 1692 estalló una guerra y el ejército del duque de Saboya devastó la región. Benedicta, como la mayoría de la población, huyó durante cierto tiempo. Al regresar, todo estaba damnificado. Peor aún, dos de los buenos sacerdotes que cuidaban de la nueva iglesia habían muerto. El obispo de Gap nombró a dos nuevos presbíteros, pero estos eran contrarios a las peregrinaciones. Hasta llegaron a prohibir durante quince años que Benedicta hablara con los peregrinos, quienes sólo podían asistir a la misa dominical. Como si fuera poco, se desató una epidemia de falsas apariciones en la región, cada una más ridícula que la otra, así como las controvertidas apariciones que hoy en día pretenden desplazar a las tradicionales. El desprestigio cayó también sobre Benedicta. Al final ella superó todas esas pruebas, y la calma y el orden volvieron a reinar.

Benedicta vivió 71 años; murió el 28 de diciembre de 1718 en olor de santidad. El día 23 de mayo de 1855 tuvo lugar la solemne coronación de la imagen, realizada por el cardenal Donnet, arzobispo de Burdeos, con la presencia de otros seis obispos, 600 sacerdotes y 40,000 fieles. Las apariciones fueron aprobadas oficialmente por la Santa Sede el año 2008.

Llama la atención la preocupación de la Santísima Virgen con la falta de asistencia religiosa en una aldea tan pequeña. No es que las personas del lugar fuesen ateas o poco religiosas, pues el hecho de haber respondido con entusiasmo al pedido de la Madre de Dios para construir una iglesia indica lo contrario. Pero no basta apenas tener buena voluntad y practicar la religión: los sacramentos son también indispensables. En esta aparición, Nuestra Señora muestra que ellos deben ser recibidos por todos, aunque residan en lugares minúsculos, de poca población. Debemos rezar a la Santísima Virgen, pidiendo que nos dé la gracia de recibir con la mayor frecuencia los sacramentos, y pedir también que todos los puedan recibir 



  




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