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«Tesoros de la Fe» Nº 44 > Tema “Fundadores”

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Santo Domingo de Guzmán

Luminaria de la ortodoxia


Óleo de Santo Domingo pintado por Zurbarán, que se conserva en el convento de la Buenamuerte, en Lima

Columna de la Iglesia, flagelo de las herejías, y providencial fundador de la Orden de los Predicadores o Dominica, aguerrida defensora de la Iglesia contra los herejes de la época


Plinio María Solimeo


Santo Domingo de Guzmán nació en Caleruega, en Castilla la Vieja, España, el 24 de junio de 1170. Sus padres, de ilustre nacimiento, fueron don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, que dieron origen a una familia de santos. Además de Domingo, los otros dos hijos del matrimonio murieron en olor de santidad. El primero fue Antonio de Guzmán, sacerdote, que luego de repartir todos sus bienes entre los pobres, se retiró a un hospital para servir a Nuestro Señor Jesucristo en sus miembros sufridores. Manés, el segundo, entró en la Orden Dominica, siendo gran predicador y religioso ejemplar. Fue beatificado, juntamente con su madre, por Gregorio XVI.

No causa admiración que en tal familia, el pequeño Domingo se sintiese atraído a practicar la virtud desde la cuna. Cuenta la tradición que antes de nacer, su madre hizo una novena en el santuario de Santo Domingo de Silos, y que al séptimo día, el santo abad se le apareció rodeado de gloria, para anunciarle que el hijo que traía en el vientre sería la luz del mundo y consolación de toda la Iglesia. Poco después ella vio en sueños que daba a luz a un niño que tenía una antorcha en la boca con la que comenzó a incendiar al mundo.

Madurez precoz, ejemplo de virtud

Se dice que el pequeño Domingo, tan serio y tan maduro, era ya dotado de la sabiduría de los ancianos. Fue siempre modesto, recogido, humilde, devoto, temperante y obediente.

A los siete años fue a aprender las primeras letras con su tío don Gonzalo de Aza, arcipreste de Gumiel de Izán, y a los catorce ingresó a la universidad, en Palencia. Durante diez años brilló en las aulas dando ejemplo de virtud.

“Las verdades que comprendía gracias a la facilidad de su espíritu —dice su primer biógrafo— las regaba con el rocío de los afectos piadosos, a fin de que germinasen los frutos de la salvación. Su memoria se llenaba como un silo, con abundancia de las riquezas divinas, y sus acciones expresaban externamente el tesoro sagrado que colmaba su pecho”.1

Los pobres, huérfanos y viudas encontraban en él amparo y auxilio. Los sacerdotes que tenían dificultades en materia de teología, casos de consciencia o dudas sobre puntos de la Escritura acudían a sus luces. Por aquella época regentaba la cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio General de Palencia.

Dedicación heroica para salvar las almas

El obispo de Osma, habiendo conseguido reformar su diócesis, indujo a los canónigos de la Catedral a vivir en comunidad, observando la regla de San Agustín. Consiguió que Domingo fuese a aquella ciudad y vistiese el hábito de canónigo regular. Poco después fue nombrado sub prior de los canónigos, que era el cargo más alto, puesto que el de prior lo ocupaba el propio obispo. Domingo pasó nueve años llevando una vida de contemplación y de unión con Dios como canónigo regular, donde rara vez pasó los límites de la casa canonical.

Sin embargo, se estremecía al saber que tantos se perdían debido a la falta de predicadores e imploraba a Nuestro Señor Jesucristo que le proporcionase un medio de consagrarse por entero a la salvación de las almas.

De este modo, él es oído inopinadamente. “Tenía ya treinta y tres años. Su formación física, intelectual y moral estaba terminada. Sin darse cuenta, Dios había templado su naturaleza heroica con un carácter esencialmente combativo. Tiene una amplia educación eclesiástica y universitaria; la cátedra dio solidez a sus conocimientos; la vida regular del cabildo lo inició en las vías de la perfección religiosa, y su cargo al frente de los canónigos le abrió las perspectivas de la administración temporal y del régimen de las almas”.2 Estaba listo para la gran odisea espiritual de su vida.

La Virgen entrega el Rosario a Santo Domingo, Caravaggio 1608 — Museo Kunsthistorisches, Viena

La herejía albigense incentiva su fervor apostólico

En el año 1203 el Rey de Castilla, Alfonso VIII, pidió al nuevo obispo de Osma, don Diego de Acevedo, que fuese a la corte de Dinamarca para tratar el matrimonio de uno de sus hijos con una princesa danesa, cuya hermosura había sido celebrada en la corte por los trovadores. Junto a él iría Domingo de Guzmán.

Era un largo camino. Tenían que atravesar los Pirineos y dirigirse por el sur de Francia. Pasaron por Tolosa, que era la capital de los herejes cátaros, una secta maniqueísta que estaba haciendo muchos prosélitos, inclusive atrayendo a los condes de Tolosa.

La vista de aquella región devastada por la herejía impresionó sensiblemente a los dos viajeros. Como dice uno de los biógrafos de Domingo, él sentía el mal olor de los enemigos de la Fe, como Santa Catalina de Siena sentía el de los pecadores. Fue ahí que Domingo se dio cuenta de la necesidad de una congregación de predicadores apostólicos para oponerse a las herejías.

Continuaron su viaje, pero del punto de vista humano éste fue infructífero, pues la princesa a quien le iban a pedir la mano había fallecido poco antes. Los dos apóstoles oyeron hablar a la sazón de unas tribus salvajes en Alemania, que hasta entonces nadie había podido evangelizar. Tomaron la resolución de ir a Roma a pedirle al Sumo Pontífice la autorización para evangelizar aquellos pueblos, lo cual incluía la renuncia de don Diego al episcopado.

Pero Inocencio III, que conocía los méritos del obispo, y que juzgaba mucho más importante para la Iglesia, en ese momento, combatir a la secta de los cátaros, no aceptó su renuncia y apenas permitió al obispo que se dedicara por dos años a la conversión de los cátaros antes de regresar a su diócesis.

Se unieron ellos a unos monjes del Císter, que ya estaban predicando entre los herejes, y se entregaron a la difícil tarea de reconducir a Dios las almas extraviadas por la perniciosa herejía.

Durante la predicación, estupendos milagros

Muchos milagros marcaron la evangelización de Santo Domingo de Guzmán entre los cátaros. Uno de los más famosos ocurrió en Fanjeaux, en la diócesis de Carcasona. Los líderes cátaros aparecieron en gran número, trayendo el libro que contenía todas sus herejías. Santo Domingo llevaba un cuaderno donde había refutado la mayoría de dichos errores. Como no llegaban a ningún acuerdo, decidieron apelar a la prueba del fuego. El escrito que permaneciese incólume en la hoguera sería el verdadero. Hicieron una gran fogata y arrojaron en ella el libro de los cátaros. En unos minutos estaba reducido a cenizas. Lanzaron entonces al fuego el escrito de Domingo. Éste voló por el aire sin quemarse, yendo a posarse en una viga del techo, donde dejó una marca de fuego. Por tres veces los herejes repitieron la acción, con el mismo resultado. Pero ni siquiera este milagro convirtió aquellos corazones empedernidos.

El Santo Rosario: antídoto eficaz contra la herejía

En 1207, en Prouille, Santo Domingo se preocupó por la suerte de varias doncellas que sus padres no podían sustentar, debido a la carestía que asolaba la región, y las reunió en el primer monasterio dominicano de la Segunda Orden, la de las monjas. Narran algunos biógrafos del Santo que fue en la capilla de ese convento que la Santísima Virgen se le apareció a Santo Domingo diciéndole que, “como la salutación angélica había sido el principio de la redención del mundo, era necesario también que esa salutación fuese el principio de la conversión de los herejes; que así, predicando el Rosario que contiene ciento cincuenta Avemarías, sería de un éxito maravilloso en sus trabajos y los más empedernidos sectarios se convertirían por millares”.3

La santidad de Domingo, su riguroso ascetismo, su celo inflamado, su inalterable dulzura, su convincente elocuencia, comenzaron a producir frutos espléndidos. Muchas conversiones se obraron, y alrededor suyo se reunió un grupo de jóvenes para recibir su dirección e imitar su ejemplo. Éste fue el núcleo inicial de lo que sería después la Orden de Predicadores o Dominicos.

Domingo es recibido en el Cielo por Jesucristo y la Virgen. La gloria de Santo Domingo, Guido Reni — Basílica de Santo Domingo, Bolonia

Orden Dominicana: predicadores-caballeros de Cristo

Santo Domingo tenía 45 años en 1215, cuando reunió a sus seis primeros discípulos en una casa de Tolosa y les entregó el hábito blanco con la capa y el capuz de lana negra de los canónigos regulares de Osma, que él continuaba usando. Entre estos seis primeros estaba su hermano el Beato Manés. Debían formar un cuerpo de hombres sabios, pobres y austeros, siendo que la ciencia y la piedad deberían de ser los trazos esenciales de estos caballeros de Cristo. El trabajo manual quedaba suprimido, el estudio prolongado, la oración litúrgica disminuida y los ejercicios de penitencia subordinados a las exigencias de la predicación. Santo Domingo quería que sus discípulos fundasen casas de la Orden en las principales ciudades universitarias de Europa, a fin de atraer a sus filas a la juventud académica.

Inocencio III concedió su primera aprobación a la naciente Orden en 1215, y propuso en el Concilio de Letrán, a todas las iglesias, aquel programa de renovación cristiana y vida apostólica. Su sucesor, Honorio III, fue un protector y amigo de Domingo y sus discípulos.

Encuentro de dos santos exponenciales

En uno de los viajes de Domingo a Roma, se encontró por casualidad con Francisco de Asís, que había llegado a la Ciudad Eterna con el fin de obtener la aprobación de su obra. Sin conocerse uno al otro, se dirigieron la palabra y se abrazaron, mientras Domingo decía: “Somos compañeros y criados de un mismo Señor; tratamos los mismos negocios; nuestras intenciones son las mismas; caminemos como si fuésemos uno sólo, y no habrá fuerza infernal que nos desbarate”.

Santo Domingo de Guzmán falleció en 1221, a la edad de 51 años, y fue canonizado trece años después por Gregorio IX, en 1234.     


Notas.-

1. Fray Justo Perez de Urbel  O.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, vol. III,  p. 281.
2. Id. p. 284.
3. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, París, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, 1882, t. IX, p. 283.





  




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Nº 203 / Noviembre de 2018

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