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«Tesoros de la Fe» Nº 141 > Tema “Fundadores”

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San Vicente de Paul

Apóstol de la Caridad

En una Francia devastada por las guerras, la Providencia suscitó a este incomparable santo para combatir herejías y atender casi todas las obras espirituales y materiales de misericordia

Plinio María Solimeo

San Vicente de Paul fue una extraordinaria figura de la Iglesia Católica en el siglo XVII. Un contemporáneo suyo, San Francisco de Sales, lo consideraba “el sacerdote más santo del siglo”. Y el renombrado predicador francés Bossuet, también contemporáneo suyo, exclamaba: “¡Qué bueno debe ser Dios, cuando ha hecho tan bueno a Vicente de Paul!”. Esa bondad tan grande era fruto de su amor a Dios y de una humildad que se manifestaba hasta cuando era rodeado de las mayores honras. Por otro lado, prácticamente no hubo obra de misericordia espiritual o temporal en Francia a la que San Vicente no estuviera vinculado. Su vida fue tan llena, que nos permite dar apenas un resumen general de ella, resaltando algunos trazos sobresalientes.

De humilde infancia, estaba destinado a grandes misiones

Vicente de Paul nació el día 24 de abril de 1581 en un pequeño caserío de la diócesis de Dax, próximo a los Pirineos, en Francia. Sus padres eran humildes y piadosos labradores.

En su infancia cuidaba de los puercos pertenecientes a la familia hasta que, viendo el padre su aguda inteligencia, lo mandó a estudiar con los franciscanos de Dax. Para financiar sus estudios, Vicente fue preceptor de los hijos de un abogado de la ciudad. Después estudió teología en Toulouse y en Zaragoza, España, siendo ordenado sacerdote en setiembre de 1600.

Habiendo ido a Marsella a buscar un importante legado, fue secuestrado en el mar por piratas de Berbería y vendido como esclavo en Túnez. Cambió varias veces de dueño hasta que con uno de ellos, un renegado reconvertido por él, huyó a Francia.

Después de una estadía en Roma, Vicente fue a Francia, encargado por el Papa de un sigiloso mensaje para el rey Enrique IV. Nombrado capellán de la reina, Margarita de Valois, en su nombre distribuía limosnas a los pobres y realizaba visitas a los enfermos en el hospital. Después del asesinato de Enrique IV, en 1610, San Vicente pasó un año en la Sociedad del Oratorio, fundada por el Cardenal Pedro de Berulle, introductor del Carmelo en Francia, y se puso bajo su dirección.

Cuando Berulle fue nombrado obispo de París, encargó a San Vicente la parroquia de Clichy, en los alrededores de la Ciudad Luz. Obedeciendo a su director, fue después preceptor de los hijos de Felipe Emmanuel de Gondi, conde de Joigny y General de las Galeras de Francia. La piadosa señora de Gondi escogió a San Vicente como su director espiritual, y le pidió que evangelizase los arrabales de sus inmensas propiedades. Fue en el contacto con tales poblaciones que fue madurando en el santo el deseo de fundar una congregación de sacerdotes dedicados a las misiones.

El santo fue después vicario en Châtillon. Fue allí que, en 1617, reuniendo a las señoras de la sociedad local, fundó las Cofradías de la Caridad (o Damas de la Caridad), con el fin de organizar la distribución de recursos para los necesitados. Estas cofradías se difundieron después por toda Francia.

Volviendo al palacio de los Gondi, Vicente de Paul fue nombrado Capellán real de las Galeras por Luis XIII, lo que le permitió asistir personalmente a los condenados a las galeras. Éstos eran muchas veces autores de crímenes comunes, condenados a suplir la necesidad de brazos para la marina francesa en expansión. Cargados de cadenas, vivían en las bodegas de los barcos, alimentándose de pan negro y agua, generalmente cubiertos de úlceras. Su estado moral era aún peor que la miseria física en que vivían. San Vicente obtuvo para estos infelices varios beneficios y alivios materiales, conquistando sus corazones para hablarles entonces del cielo. Convirtió a muchos de ellos y consiguió que personas importantes también se interesasen por estos condenados.

Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad

Cuando San Vicente evangelizaba las tierras de la familia de Gondi, otros sacerdotes se unieron a él para instruir a aquella gente abandonada. Ese grupito comenzó después a predicar misiones en otras localidades. Fue el inicio de la Congregación de los Sacerdotes de la Misión, fundada oficialmente en abril de 1625. “Íbamos—decía el santo— ingenua y simplemente, enviados por los señores obispos, a evangelizar a los pobres como Nuestro Señor lo había hecho: he ahí lo que hacíamos. Y Dios hacía, por su lado, lo que había previsto desde toda la eternidad. Él daba algunas bendiciones a nuestros trabajos. Lo que, siendo visto, otros buenos eclesiásticos se unieron a nosotros y nos pidieron ser de los nuestros”. Considerando después la gran expansión de sus sacerdotes, el santo exclama: “¡Oh Salvador! ¿Quién pensó jamás que esto llegase al estado en que está ahora? A quien me lo dijera entonces, yo juzgaría que se estaba burlando de mí”.1

En noviembre de 1633 fundó, con Santa Luisa de Marillac, la Congregación de las Hijas de la Caridad. Santa Luisa, de noble nacimiento y de mucho mayor nobleza de alma, fue el brazo derecho de San Vicente tanto para la fundación de las Hijas de la Caridad como en la dirección de las Damas de la Caridad.

Además de estas dos instituciones, le fue posible a San Vicente ocuparse de otra importante obra, que fue el cuidado de los recién nacidos abandonados. En aquella época difícil, de 300 a 400 niños eran abandonados anualmente por sus madres, generalmente en las puertas de las iglesias. Felizmente el crimen del aborto no estaba diseminado como hoy y los niños tenían una oportunidad de vida. San Vicente pasó a recogerlos en un hospital que fundó para ese fin, siendo su primer cuidado regenerarlos por las aguas del santo bautismo. Cuidaba después de su alimentación y formación religiosa, hasta que estuvieran listos para enfrentar la vida.

Una tenaz lucha sin cuartel contra la herejía jansenista

San Vicente de Paul combatió vigorosamente las maléficas influencias del jansenismo, una de las más peligrosas herejías que infectaron a la Iglesia, con varios trazos de semejanza con el progresismo de nuestros días. El santo trabajó con todas sus fuerzas para mantener su Compañía opuesta al error, en el cual cayeron otras comunidades religiosas y hasta obispos. Y, en el Consejo de Conciencia(órgano real que trataba de cuestiones eclesiásticas), se empeñó por la nominación de candidatos a obispos que fueran contrarios a tal herejía.

En efecto, el Cardenal de Richelieu de tiempo en tiempo consultaba a San Vicente de Paul a respecto de asuntos de la Iglesia, sobre todo relacionados con los eclesiásticos que él creía dignos para el episcopado. El santo lo alertó de que, para tener buenos eclesiásticos, era necesario ir al origen o nacimiento, esto es, al seminario menor, según intención del Concilio de Trento. El cardenal concedió entonces a San Vicente una fuerte suma para establecer un seminario menor y otro mayor, en los cuales se debían incentivar sobre todo la virtud y la oración. Viendo los bellos frutos de tales seminarios, varios obispos quisieron tenerlos también en sus diócesis, y confiaron su dirección a los Padres de la Misión.

En las desolaciones provocadas por las guerras de los Treinta Años y de religión, San Vicente recogió en París a los sacerdotes, religiosas e hidalgos de las regiones devastadas, que la guerra había expulsado de sus tierras. Hizo lo mismo con los católicos y nobles de Irlanda e Inglaterra, perseguidos por el infame Cromwell. A respecto de aquellos nobles empobrecidos, decía: “Es justo asistir y socorrer a esta pobre nobleza para honrar a Nuestro Señor que era, al mismo tiempo, muy noble y muy pobre”.

En 1643, el rey Luis XIII, viéndose a las puertas de la muerte, quiso ser asistido por San Vicente de Paul. Éste quedó siempre a su lado para ayudarlo a elevar su espíritu y su corazón a Dios, y a formar interiormente actos de religión y de conformidad con la muerte. El virtuoso rey murió en sus brazos. Su viuda, Ana de Austria, que quedó como regente durante la minoridad de Luis XIV, nombró al santo para integrar el Consejo de Conciencia. En él, San Vicente se esforzó para llevar a las más altas esferas la renovación religiosa, por medio del nombramiento de buenos obispos.

“Todo el bien posible, apartar todo el mal posible”

San Vicente de Paul fue auxiliado en sus múltiples actividades por la Compañía del Santísimo Sacramento, asociación fundada en 1627 por nobles franceses profundamente católicos, con la misión de hacer “todo el bien posible y apartar todo el mal posible”. El santo se afilió a esta compañía, que trabajó incansablemente en pro de la reforma católica deseada por el Concilio de Trento.

Sepultura del santo en la capilla madre de la Iglesia de San Lázaro, en París

No se puede tener un verdadero aumento del fervor religioso si no se comienza por el clero, entonces decadente y desordenado. Empezó tal reforma secundando al obispo de Beauvais en la preparación de nuevos sacerdotes para el ministerio, por medio de un retiro de veinte días antes de su ordenación, en el cual eran tratados problemas tanto de orden moral, religioso, cuanto práctico; para que los recién ordenados pudieran ejercer sus deberes sacerdotales. Esta práctica se extendió después a París y a toda Francia e Italia.

Sin embargo, era necesario preservar y aumentar el fruto de ese retiro. Para ello el santo propuso a los sacerdotes una conferencia espiritual semanal, en la cual podrían ser esclarecidos sobre puntos de duda, ayudarse y animarse mutuamente en los trabajos de su ministerio. La conferencia de los días martes, que se realizaba en San Lázaro (Casa Madre de sus misioneros) con ese fin, atrajo a eclesiásticos que después se destacaron como arzobispos, obispos, vicarios generales o párrocos en diferentes diócesis francesas.

San Vicente anhelaba aún más. No era suficiente tener eclesiásticos eximiamente formados, si éstos no eran auxiliados por laicos, también con buena formación religiosa. Abrió entonces las puertas de la Casa Madre de los Lazaristas (como quedaron conocidos sus sacerdotes) para todos los laicos que quisieran fortificar su fe por medio de un óptimo retiro espiritual. Esto fue de gran importancia para la reforma religiosa.

San Vicente de Paul falleció el 27 de setiembre de 1660 y fue sepultado en la capilla madre de la Iglesia de San Lázaro, en París. Fue canonizado en 1737, y en 1885 declarado patrono de todas las obras de caridad de la Iglesia Católica, por León XIII.

Recientemente fueron descubiertas más de 3,000 cartas inéditas de San Vicente de Paul que “no sólo reflejan un hombre que nos enseña, sino también un hombre que lucha”


Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Saint Vincent de Paul, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. VIII, p. 469.
2. Otras obras consultadas: Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., San Vicente de Paul, Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, pp. 145 y ss.; Edelvives, San Vicente de Paul, El Santo de Cada Día, Ed. Luis Vives, Zaragoza, 1948, pp. 191 y ss.; Antoine Dégert, St. Vincent de Paul, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition.



  




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