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«Tesoros de la Fe» Nº 150 > Tema “Fundadores”

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San Francisco Caracciolo

Apóstol del amor divino

Curado de lepra a los veintidós años, se dedicó por completo al servicio de Dios, fundando la Orden de los Clérigos Regulares Menores

Plinio María Solimeo

DIOS NUESTRO SEÑOR suscitó en el siglo XVI varias órdenes religiosas para hacer frente a la herejía protestante y a la decadencia de costumbres. Una de ellas fue la de los Clérigos Regulares Menores, fundada por San Francisco Caracciolo y por el venerable Juan Agustín Adorno para la atención de las parroquias y la vida conventual.

Ascanio Caracciolo (nombre de bautismo) nació el 13 de octubre de 1563 en Villa Santa María, en el reino de Nápoles, en una ilustre familia de la nobleza local.

Desde pequeño se destacó por su suma gentileza, rectitud, amor a la penitencia y una tierna devoción a la Santísima Virgen. Tan pronto como aprendió a leer, comenzó a rezar diariamente el Pequeño Oficio de Nuestra Señora y el rosario, y a ayunar los sábados en honra de la Madre de Dios.

En la adolescencia, a fin de evitar la ociosidad y vencer la concupiscencia de la carne, manteniendo una pureza sin mancha, Ascanio se dedicaba a la cacería y a otros ejercicios corporales.

A los 22 años, cuando aún no había escogido un estado de vida, contrajo una violenta lepra, que le provocó una llaga en el estómago, colocando su vida en riesgo. Ascanio sintió entonces en carne propia cuán frágil y efímera es la existencia terrena, y pensó en la eternidad. Prometió entonces a Dios que, si se curaba, le consagraría el resto de sus días. El beneplácito divino no se hizo esperar, pues milagrosamente sanó con tanta prontitud y eficacia, que no le quedó en el cuerpo marca alguna de la mortal enfermedad.

Una carta: una equivocación providencial

Ascanio comunicó entonces a sus padres su resolución y, en posesión de la parte que le correspondía de la herencia paterna, la distribuyó a los pobres y se dirigió a Nápoles, a fin de iniciar sus estudios eclesiásticos. En 1587, gracias a su portentosa inteligencia y aplicación, fue ordenado sacerdote.

Había en Nápoles una benemérita cofradía llamada de los Penitentes Blancos, cuyos miembros se ocupaban particularmente de preparar a los condenados para la muerte, auxiliar espiritual y materialmente a los cautivos y condenados a las galeras, y evangelizar a pobres y necesitados. El santo ingresó en esta cofradía, dedicando parte de su tiempo a ese apostolado, hasta el fin de sus días.

Sin embargo, el Padre Ascanio suplicaba a Dios que le hiciera comprender qué quería de él, pues sentía que aún no había encontrado su verdadera vocación.

 

Fue así que, en cierto día de 1588, recibió una carta de un pariente suyo, el venerable Fabrizio Caracciolo, que cambió su vida. En efecto, se trataba de una invitación para que el destinatario fuera a la residencia del Padre Fabrizio para conversar sobre algo que le podría interesar. Allí encontró también a otro sacerdote, Juan Agustín Adorno, de ilustre familia de Génova, que había abandonado el mundo y deseaba fundar una nueva Orden religiosa uniendo la vida activa a la contemplativa. Lo más extraordinario es que el destinatario de la misiva era otro con el mismo nombre de nuestro Ascanio, pero ella, por una equivocación, fue entregada a éste. Los tres sacerdotes vieron en ello la mano de la Providencia, tanto más cuanto el futuro santo se interesó notoriamente por el proyecto y quiso participar en él.

Ascanio y Agustín se dirigieron entonces a un eremitorio camaldulense cerca de Nápoles para que, en el recogimiento y en la oración, el proyecto madurase. Como eran personas serias, para alcanzar las bendiciones de Dios establecieron entre sí un turno de penitencias, de manera que mientras uno ayunaba a pan y agua, el otro se disciplinaba. Surgieron así los Clérigos Regulares Menores, para la mayor gloria de la Iglesia.

Atención parroquial y vida conventual

¿Qué distinguía a estos clérigos regulares de los simples sacerdotes y de los religiosos con votos? “Por clérigos regulares se entiende esos cuerpos de hombres en la Iglesia que, por la propia naturaleza de su instituto, unen la perfección del estado religioso con el oficio sacerdotal. Es decir, siendo esencialmente clérigos, entregados al ejercicio del ministerio de la predicación, de la administración de los sacramentos, de la educación de la juventud, y de otras obras de misericordia espirituales y corporales, son al mismo tiempo religiosos en el más estricto sentido de la palabra, profesando votos solemnes, y haciendo vida de comunidad de acuerdo con la regla solemnemente aprobada por el soberano Pontífice”.1

Villa Santa María, donde nació San Francisco Caracciolo

Los dos fundadores encontraron pronto a muchos seguidores: “Los clérigos regulares fueron tan exitosos y populares cuanto bien adaptados a las modernas necesidades, que su modo de vida fue escogido como modelo para varias comunidades de hombres, sean religiosas o seculares, viviendo bajo una regla, en que la Iglesia ha sido tan prolífica en tiempos recientes”.2 Los primeros religiosos en adoptar este modelo de vida habían sido los Teatinos, fundados por San Cayetano de Thiene en Roma, en 1524.

Así, la congregación fundada por San Francisco Caracciolo y por el venerable Adorno era al mismo tiempo contemplativa y activa. Y a los tres votos usuales —pobreza, obediencia y castidad— añadieron un cuarto: el de no aspirar a dignidades eclesiásticas fuera de la Orden, ni buscarlas dentro de ella. Hacían adoración perpetua al Santísimo Sacramento por turnos. La Orden también prescribía frecuentes exámenes de consciencia, la práctica continua de la oración, y rigurosas mortificaciones. Así, los hermanos se alternaban en los sacrificios diarios: mientras uno ayunaba a pan y agua, otro aplicaba la disciplina y un tercero portaba el cilicio, de modo que la penitencia no cesase jamás de aplacar la cólera de Dios y atraer sus bendiciones.3 El lema de la Orden era Ad majorem Dei Resurgentis gloriam, escogido por Francisco y Adorno cuando hicieron su profesión el Domingo de Pasión de 1589.4

Cuando alcanzaron el número de doce, Ascanio y Agustín se dirigieron a Roma para conseguir la aprobación de su Orden. “Al recibirlos, el Papa Sixto V, con aquella dulzura y amabilidad que lo caracterizaban, fijó en ellos su bondosa y penetrante mirada, y en un instante midió la prodigiosa sabiduría, piedad y prudencia del más joven, Ascanio, que tenía 25 años, y quedó muy agradablemente sorprendido. Encomendó el examen del proyecto de la nueva orden religiosa a una comisión de tres cardenales, que él mismo nombró.[...] Transcurrieron dos meses cuando, contra toda esperanza, el día 1º de julio de 1588, Sixto V expidió una bula creando la Orden de los Clérigos Regulares Mínimos”.5 El Papa les confió el convento de Santa María Mayor o Pietrasanta, en Nápoles.

Ascanio Caracciolo cambió entonces su nombre por el de Francisco, por devoción a San Francisco Javier.

En peligro de naufragio, recurso a la Estrella del Mar

Siguiendo el deseo del Sumo Pontífice, al año siguiente los dos fundadores partieron a España con la intención de fundar allí una casa de su Orden.

Pero ésta no estaba aún en los planes de la Providencia y los dos religiosos tuvieron que regresar a Italia. Pasando por Valencia, un religioso inglés que huyera de Inglaterra a causa de las persecuciones de la impía reina Isabel I, predijo a los dos religiosos: “Vosotros sois los fundadores de una Orden nueva, que se dilatará en breve para la gloria de Dios y la salvación de las almas, y que florecerá particularmente en este reino”.6 Lo cual confortó mucho a los dos amigos.

Antes que partieran a Nápoles, San Francisco Caracciolo reunió a toda la tripulación del barco en una ermita en las márgenes del Mediterráneo, exhortándola a colocarse bajo el amparo de la Estrella del Mar, pues habrían de correr grandes riesgos en la travesía. Realmente fue lo que sucedió, y sólo se evitó un naufragio gracias a las oraciones de los dos religiosos. El navío a la deriva terminó encallando en un banco de arena de una playa desierta. Para huir de las manifestaciones de regocijo y agradecimiento de la tripulación, los dos mínimos entraron en un bosque. En él se perdieron, pero fueron salvados milagrosamente.

Juan Agustín Adorno falleció, en olor de santidad, en setiembre de 1591, con apenas 40 años. San Francisco fue entonces escogido por unanimidad como Superior General de los Menores.

La gloria de Dios, su única finalidad

San Francisco Caracciolo fue nuevamente a España para intentar fundar una casa. Esta vez el monarca Felipe II entregó su pedido para que lo estudiara el cardenal Quiroga, arzobispo de Toledo, que se manifestó favorable a la empresa. Así se fundó la primera casa en España, dedicada al glorioso patriarca San José.

La obra progresaba visiblemente, suscitando el odio de los adversarios que toda obra de Dios encuentra. Un poderoso e influyente señor de la corte consiguió que el Real Consejo mandara clausurar inmediatamente la casa, concediendo un plazo de diez días para que los religiosos salieran de España.Después de intensas gestiones, como último recurso, San Francisco fue a postrarse a los pies de Felipe II, implorando su ayuda. El monarca quedó tan impresionado con el santo que, a pesar de la opinión de su Real Consejo, ratificó la fundación y la permanencia de los religiosos en el país.

En un tercer viaje a España, San Francisco estableció una casa en Valladolid y otra en Alcalá de Henares. Innumerables milagros y prodigios marcaron su estadía en Madrid, de modo que el pueblo pasó a llamarlo Apóstol del amor divino, pues el santo tenía siempre en los labios las palabras de David: “El celo de tu casa me devora” (Sal 68, 10), siendo la gloria de Dios el único fin de todos los sus actos.

Curaba haciendo la señal de la cruz sobre los enfermos que le eran presentados, y del mismo modo expulsaba al demonio de los posesos.

Lugar del reposo por los siglos de los siglos

San Francisco escogió para su aposento en Nápoles un vano muy pequeño e incomodo debajo de la escalera de la casa, donde entraba frecuentemente en éxtasis. Allí le encontraron los eclesiásticos que, de parte del Papa Paulo V, fueron a ofrecerle el episcopado, que él rechazó.

Procesión de la asociación regional de cocineros en Ancona

A pesar de ser relativamente joven —algo más de 40 años de edad— San Francisco obtuvo dispensa de todos los cargos y oficios para, como decía, prepararse para la muerte. Pero tuvo que ceder cuando le pidieron que fuese a establecer una fundación en Agnona, pues en el camino podría venerar a Santa Casa de Loreto. Allá, pasando la noche en oración, se vio de repente rodeado por una claridad celestial, se le apareció entonces Agustín Adorno,resplandeciente de luz: “Querido hermano, le dijo él,soy mensajero de María para decirte, de parte de esta bondadosa Madre, que amorosamente cubre con su manto a nuestra familia, convirtiéndose desde ya en su Protectora y Abogada. Ella me dio otro encargo: de decirte que, dentro de pocos días, serás llamado a la bienaventuranza eterna”.7

De ese modo, cuando llegó a Agnona, el santo exclamó jubiloso: “Haec est requies mea in saeculum saeculi” (He aquí el lugar de mi reposo por los siglos de los siglos). Los religiosos no entendieron lo que él quería decir con eso.

En su estadía en Agnona, San Francisco encontró un joven que llevaba una vida muy licenciosa. Lo instó entonces a convertirse al Señor, para evitar la perdición eterna. El insensato acogió esas palabras con una sonrisa de superioridad, burlándose de la amenaza. Entonces San Francisco le dijo, con mirada severa: “Está bien, ya que te mofas de este último llamado de la misericordia de divina, ¡dentro de una hora caerás en las manos de su justicia!” Antes que se cumpliera la hora predicha, el joven mundano cayó muerto.

Poco después, atacado por una fiebre cada vez más alta, el santo vino a fallecer el día 4 de junio de 1608, a los 44 años. Fue beatificado por Clemente XIV el 10 de setiembre de 1769, y canonizado por Pío VII el 27 de mayo de 1807.

Notas.- 

1. JOHN F.X. MURPHY, Clerks Regular, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition. 

2. Id. Ib. 

3. Cf. LES PETITS BOLLANDISTES, Saint François Caracciolo, Vies des Saints, Bloud et Barral, Libraires-Éditeurs, París, 1882, t. VI, p. 449. 

4. Cf. FRANCESCO PAOLI, St. Francis Caracciolo, The Catholic Encyclopedia, CD Rom edition. 

5. EDELVIVES, San Francisco Caracciolo, El Santo de Cada Día, Ed. Luis Vives, Zaragoza, 1947, t. III, pp. 355-356. 

6. BOLLANDISTES, op. cit. p. 450. 

7. EDELVIVES, p. 361; BOLLANDISTES, p. 454.



  




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