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«Tesoros de la Fe» Nº 21 > Tema “Deberes y obligaciones del cristiano”

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¿Cuál es la distinción entre orar y rezar?


PREGUNTA


Quisiera saber cuál es la diferencia entre orar y rezar, pues el diccionario señala que son sinónimos.

Sin embargo, al celebrar la Santa Misa, el sacerdote a veces dice oremos y otras veces recemos.

Los protestantes afirman que debemos orar y no rezar... Y que, según la Biblia, no debemos orar repetitivamente, y por eso ellos condenan el Rosario.


RESPUESTA


Como Ud. lo dice y lo constatan los diccionarios, orar y rezar son sinónimos. La Liturgia de la Santa Iglesia —cuya lengua materna es el latín— emplea en diversas circunstancias el oremus, que se traduce al vernáculo en oremos o recemos, puesto que son sinónimos.

Orar viene del latín orare; y rezar, del latín recitare, del que también proviene el español recitar. Ya en latín, los verbos orare y recitare tienen sentidos muy próximos: el primero significa “pronunciar una fórmula ritual, una  oración, una defensa en un juicio”; el segundo, “leer en voz alta y clara” (por lo tanto, lo mismo que en español recitar). Según el uso corriente, en los países latinos y en las lenguas románicas prevaleció para orare el sentido de rezar, o sea, decir o hacer una oración o súplica religiosa (cf. A. Ernout–A. Meillet, Dictionnaire étymologique de la langue latine, Histoire des mots, Klincksieck, París 4ª ed., 1979, p. 469).

Los católicos le damos al verbo rezar un sentido bastante amplio y genérico, y reservamos la palabra oración más especialmente —pero no exclusivamente— para los diversos géneros de oración mental, como la meditación, la contemplación, etc. No hay razón, por lo tanto, para hacer de esa ligera diferencia, común en los sinónimos, un tema de disputas.

Del punto de vista católico, el término oración engloba a todos los géneros de oración, desde la de petición hasta las oraciones de alabanza y glorificación a Dios

Los protestantes, sin embargo, resaltan esa diferencia por dos motivos. Primero, porque para ellos sirve de seña. En efecto, acentuando arbitrariamente esa pequeña diferencia de matiz entre las palabras, ellos utilizan orar en vez de rezar; y así inmediatamente se identifican como protestantes (como se les llamaban hasta hace poco) o cristianos (como prefieren llamarse ahora). Esto tiene la ventaja, para ellos, de detectar entre los circunstantes a otros protestantes que ahí estén. Es un recurso al cual recurren todas las sectas dotadas de un fuerte deseo de expansión, como es el caso de los protestantes en América Latina.

Por otro lado, la oración para los protestantes no tiene el mismo alcance que para nosotros los católicos. Mientras que para nosotros el término oración engloba a todos los géneros de oración
—desde la oración de petición hasta las oraciones de alabanza y glorificación de Dios— los protestantes descartan la necesidad de la oración de petición, que para ellos tiene poco o ningún sentido. Mas los católicos sabemos que la vida en esta tierra es una lucha ardua, en que debemos pedir a Dios en primer lugar los bienes eternos y después los bienes terrenos de que tenemos necesidad. Es lo que enseñó Nuestro Señor Jesucristo.

La errónea doctrina protestante

Para los protestantes no es necesario pedir los bienes eternos, porque ellos propugnan erróneamente que la salvación depende exclusivamente de Dios, sin ninguna necesidad de cooperación del hombre. Según doctrina de muchas sectas protestantes, Dios ya elaboró desde toda la eternidad dos listas: la lista buena, de los que irán al cielo; y la lista negra, de los que irán al infierno. Así, quien está en una lista, nada puede hacer para pasar a la otra lista. Si está en la lista buena puede pecar con libertad porque se salvará; y quien estuviese en la lista mala, puede rezar y hacer todas las penitencias y buenas obras que quiera, que de nada le valdrán pues ya está condenado. Así, la oración de petición para ellos no tiene ningún sentido, ninguna eficacia para la obtención de la vida eterna. Porque tanto la salvación como la condenación  ya están predeterminadas desde toda la eternidad. En estas condiciones, la única oración que tiene algún sentido es la oración de alabanza, glorificación de Dios y acción de gracias, por la selección gratuita que Dios habría hecho de incluirnos en la lista buena... Por eso, una vez que entre nosotros la palabra “rezar”, aunque tenga un sentido extensivo y amplio, remite sobre todo —como ya se explicó— a la idea de oración de petición, los protestantes prefieren decir “orar”, porque tienen en vista preponderantemente la oración gratulatoria (de acción de gracias) y doxológica (de alabanza y gloria a Dios).

En cuanto a los bienes de esta vida, tampoco tiene mucho sentido para ellos la oración de petición. Pues, según la doctrina protestante, si tenemos fe —indicio de que estaríamos en la lista de los predestinados— Dios nos premia también con el éxito en la vida terrena. No cabe refutar aquí esta falsa doctrina. Nuestra intención es apenas señalar la errónea —y, dígase de paso, monstruosa— concepción teológica que está por detrás de una opción lingüística aparentemente inocua.

El mismo Jesucristo, nuestro Señor, dio ejemplo de una oración larga y repetitiva en el Huerto de los Olivos

Es laudable persistir en el pedido

Para sustentar que “no debemos orar repetitivamente”, los protestantes, como bien lo indica la consulta, apelan a la Biblia. Probablemente se refieren al Evangelio de San Mateo (6, 7): “En la oración no afectéis [queráis] hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras”.

La interpretación de este texto de San Mateo no es, sin embargo, el que los protestantes le dan. Significa simplemente que la eficacia de la oración no proviene de la locuacidad, sino sobre todo de las buenas disposiciones del corazón. En principio, si las disposiciones son buenas, ¡cuanto más se reza, mejor! Y el mismo Jesucristo Nuestro Señor dio ejemplo de una oración larga y repetitiva en el Huerto de los Olivos, cuando postrado con el rostro en tierra rezó por más de una hora, diciendo: Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (cf. Mt. 26, 39-44; Lc. 22, 41-45). 

En cuanto a la necesidad de la insistencia en la oración, en el Evangelio de San Lucas (11, 5-8) se lee la impresionante lección del Divino Maestro: “Si alguno de vosotros tuviere un amigo y fuese a él a media noche, y decirle: Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa, y no tengo nada que darle; aunque aquel desde dentro le responda: No me molestes, la puerta está ya cerrada, y mis criados están como yo acostados, no puedo levantarme a dártelos: si el otro porfía en llamar, yo os aseguro que cuando no se levantare a dárselos por razón de su amistad, a lo menos por librarse de su impertinencia se levantará y le dará cuantos hubiere menester”.

La reiteración de nuestros pedidos a Dios debe pues llegar a ese punto de importunación, según el consejo del propio Nuestro Señor. Y por ahí se ve como los protestantes, abandonando la sabiduría de la Iglesia y arrogándose el derecho al libre examen, se apartan de la recta interpretación de las Sagradas Escrituras, haciendo ilaciones lineales, sin tomar en cuenta otros pasajes sobre el mismo tema, lo cual es indispensable para llegar al verdadero sentido de todos ellos.

Importunación del hijo, enternece a la madre

En cuanto a la negación del valor del Rosario, una vez más es el resultado del análisis torcido que caracteriza toda la teología protestante. El Rosario está compuesto de las más sublimes oraciones: el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria al Padre. Con todo, no se restringe a la repetición mecánica de esas oraciones. Su concepción es otra: mientras los labios profieren palabras sublimes, la mente se eleva a la contemplación de los principales misterios de nuestra Fe y el corazón se abrasa en el amor a Dios y a la Santísima Virgen. ¿Qué ejercicio de devoción podría haber más precioso que éste? Por ello los Papas lo sitúan inmediatamente después de la Santa Misa y del Breviario, para los sacerdotes, y de la recepción de los Sacramentos para los seglares. El Rosario es una suave importunación que enternece al Corazón de la Madre de Dios, una aparente contradicción de términos —¡importunación enternecedora!— que para los católicos no constituye ninguna dificultad (la Biblia lo explica), pero que no entra en una cabeza protestante. ¡Da pena! Sobre todo da pena que ellos no tengan a la Virgen por Madre. Es lo peor que les podría suceder.     





  




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